¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? exclamó la voz de Ana, convertida en un siseo. Le traes dulces. Cada seis meses. ¡Qué papá tan cuidadoso! ¿Eso es todo lo que sabes hacer? Llegas, sueltas caramelos y te despides sin cumplir nada. ¿Alguna vez has preguntado cómo vivimos? ¿Has traído dinero? ¡Jamás! Sólo apareces de vez en cuando para que ella no se olvide de papá. Un buen papá que, mientras yo no puedo dejar el trabajo, le regala a su hija que pasa los días sola en casa, ¡unos dulces!
Nunca antes Ana había tenido que discutir con él en presencia de Almudena. Y ahora la mujer se esforzaba por que la niña no escuchara, pero las paredes
***
Doce metros cuadrados. En una esquina, un escritorio cubierto de lápices, una figura de papel recortada torpemente y una pila de libros abiertos al azar.
Era aquí, en el cuarto que Almudena compartía con sus juguetes, donde pasaba la mayor parte de sus tardes solas. Tenía siete años, pero ya estaba acostumbrada a la soledad, sobre todo al caer la noche. En el colegio tenía amigos, compañeros de clase y hasta un compañero de pupitre, pero en casa la habitación era su universo.
Almudena repasaba una hoja de matemáticas. Los números le flotaban ante los ojos; el cansancio la vencía y no entendía la operación, pero debía terminarla. No podía entregar una hoja en blanco y nadie podía ayudarla. No sabía a qué hora volvería su madre ni si tendría tiempo después.
Todo lo hacía sola: los deberes, la escuela, el camino de dos patios donde el viento hacía crujir los columpios oxidados, el almuerzo de la sopa de ayer recalentada en la cocina. Y ahora, la suma.
Cinco más tres ocho. Escribo ocho se murmuraba mientras dictaba en voz alta.
Como si su madre estuviera allí:
Eres grande, Almudencita. Ármate.
Almudena se armaba. Porque Ana trabajaba de sol a sol. Siempre. Una madre que se esforzaba, que amaba, y que rara vez podía simplemente ser madre.
De pronto, a través de las delgadas paredes, escuchó voces en el portal. Alguna discusión. Almudena se quedó congelada; el lápiz se suspendió sobre el cuaderno. Alguien se acercó a la puerta. Su madre y alguien más.
Con la cautela que le sobraba, Almudena se deslizó hasta la puerta de su habitación, la abrió un poco y asomó la vista al pasillo semioscuro.
Entraron.
Lo que vio era a la vez familiar y ajeno. Ana, de cabello recogido en una coleta que solía rizar por las mañanas, estaba en el umbral del piso. A su lado estaba el padre, Víctor.
Víctor, que hacía dos años que no vivía con ellos, aquel hombre cuyo coche reluciente aparecía a veces en la entrada, provocando en Ana una mezcla de nerviosismo y una extraña esperanza. En medio de los seis meses sin él, Almudena había dejado de sentir que tenía papá.
En su mano, sobre el gris del escalón, llevaba un paquete rojo.
Ana colgó su chaqueta en el perchero. Víctor cerró la puerta con un portazo.
Almudena dijo Ana, la voz amable, pero luego, áspera, al voltear la vista hacia su exesposo. Tenemos visita.
Almudena salió temblorosa, sin despegar la mirada del paquete rojo. Víctor, al verla, le dirigió una sonrisa exagerada y empezó a cuchichear:
¡Hola, princesa! le tendió el paquete. Aquí tienes dulces. Los he buscado, escogido, ahorrado para ti
Almudena tomó el paquete con cuidado. Era pesado. Tras una fina lámina de plástico se asomaban envoltorios brillantes. ¡Dulces! En casa los dulces eran un lujo, una fiesta que sólo surgía cuando la abuela venía de visita o en algún cumpleaños infantil.
Y allí, un paquete entero. Olvidando todo, empezó a desenvolver una porción tras otra. Era su Osito favorito.
¡Gracias, papá! exclamó, con la boca llena, y volvió al paquete.
Ana observaba con una expresión que Almudena ya había aprendido a descifrar: no era aprobación, ni alegría, ni siquiera el deseo de volver a ver a su ex. Era algo más complejo, más frío.
Víctor, vamos a la sala ordenó Ana.
Tomó al hombre del brazo y, sin prestar atención a Almudena, que todavía devoraba los caramelos sin masticar, lo condujo al fondo del piso.
Almudena, sintiendo que su presencia ya no importaba, se retiró a su habitación, pero escuchaba todo.
¿Entiendes lo que haces? exclamó Ana, con ese tono siseante. Traes dulces cada seis meses. ¿Eso es todo lo que puedes? ¿Ningún dinero? ¡Nada! Sólo apareces de manera intermitente para que no me olvide de papá. ¡Un buen papá que regala caramelos a una niña que pasa los días sola porque yo no puedo abandonar el trabajo!
Nunca antes Ana había tenido que ponérsele a él delante de Almudena. Y ahora la mujer hacía todo lo posible por que su hija no oyera, pero las paredes
Ana, pero empezó Víctor, pero sus palabras eran ininteligibles, y Almudena, con el oído pegado a la pared, no distinguió nada.
¡No pero, Ana! intervino ella. ¡Yo sigo pagando tu crédito! ¡Tu negocio arruinado! ¿Recuerdas a quién estaba a nombre? ¡A mí! Y tú, libre como el viento, ¿no quieres saldar tus deudas?
Se oyó un leve crujido.
Pago lo que puedo, dijo Víctor en voz baja. El dinero no aparece de la nada. Ayudo con lo que tengo. Podría arrojar oro, pero
¿Ayudas? exclamó Ana, a voz en cuello. Traes dulces y eso es tu ayuda? Vale supongamos que no tienes dinero. Vende el coche. Cierra el crédito.
¿Cómo venderé el coche si sin él no sobrevivo? replicó Víctor. Esa es mi única fuente de ingresos.
Si no ayudas con dinero, al menos quédate con la niña dijo Ana. Ven, si tuvieras tiempo, pero nunca lo tienes. Así es la vida.
Almudena, apoyada contra la pared, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Tenía solo siete años, pero ya comprendía. Comprendía que su padre se había ido. Que las deudas eran una sombra aterradora. Que el negocio del que tanto se jactaba ya no era orgullo sino carga. Y todo eso, por culpa de su papá.
Los dulces en su mano ya no le parecían tan sabrosos. Injustos, pensó. Pero, ¿dónde encontrar un mundo justo?
***
Muchos años después.
El paquete rosa y el sabor amargo.
La escena se repitió.
Almudena ya no era una niña de siete años. Tenía casi treinta, era una mujer adulta con una hija de tres años, Lola, que ahora corría por el apartamento, jugando con su amiga en un mundo que sólo ellas comprendían.
De nuevo se escuchó el golpe familiar en la puerta. Y de nuevo, el padre.
Esta vez, sin el escándalo en la escalera. Ana llevaba años pagando los créditos de Vídeo. Ella había criado a Almudena sola. Víctor, tras recibir una parte del dinero de la venta del antiguo piso (cuando Ana, cansada de esperar milagros, lo vendió y se mudó a un piso más modesto, y él se quedó con una compensación por su parte), seguía apareciendo cada seis meses, cosa que ya no le hacía gracia.
¡Hola, princesa! sonrió Víctor, igual que entonces. En la mano llevaba ya no un paquete rojo, sino uno rosa brillante. Traigo regalos para mi nieta.
Almudena forzó una sonrisa.
Hola, papá. Pasa.
Quería decir otra cosa, pero mantenía una fachada neutral.
Lola, al oír una voz desconocida, salió del cuarto de juegos. Al ver al abuelo que apenas recordaba, se mostró recelosa, pero el paquete rosa llamó su atención.
¿Quién es? preguntó a Almudena.
Es el abuelo, Lola. ¿No lo recuerdas? El año pasado nos trajo una Barbie respondió Almudena. El señor Víctor.
Víctor le entregó el paquete a Lola.
¡Mira, niña! exclamó. Mira lo que trae el abuelo.
Lola abrió el paquete y encontró dentro juguetes de colores, minifiguritas de la promoción de una cadena de tiendas. Unas chucherías sin valor.
Papá, nunca cambias dijo Almudena. Sigues igual.
¿Y por qué debería cambiar? replicó él, creyendo que la halagaba.
Almudena sabía que nunca le había ayudado de verdad. No había dinero cuando necesitó tutorías para la universidad, ni apoyo cuando, estudiante, trabajaba de noche para comprarse una chaqueta nueva. Sus ayudas siempre se habían limitado a regalos simbólicos.
Mira, estoy aquí dijo Víctor, sentándose en un sillón viejo. Tengo un hijo.
Almudena se estremeció. Un hijo. Luis. El hijo de una segunda esposa, nacido en 2002. Nunca lo había visto, sólo en fotos.
Enhorabuena contestó fríamente. ¿Quieres que haga un préstamo para su boda?
Víctor se quedó sin palabras.
Quiero invitarte insistió. Al menos una horita. Te distraerías.
Almudena sintió la furia hervir, pero la contuvo. ¿Por qué no había dicho nunca al padre quién era? Luis tenía todo: coche, casa, la atención del padre. ¿Y ella?
Está bien dijo al fin. Iré.
***
La boda. Lujosa, algo que Almudena nunca podría permitirse con su marido porque el alquiler de su piso ya la ahogaba. Se sentó en una mesa alejada, rodeada de conocidos y primos lejanos. Vio a Luis, a su novia, Marina, una joven delicada con un vestido blanco costoso. Vio a Víctor, que durante toda la noche se curvaba para agradar a los jóvenes.
Cuando llegó el momento de los brindis, Víctor se levantó. En la mano no llevaba un paquete, sino un documento.
Queridos Luis y Marina anunció. Hoy celebro vuestro cumpleaños vuestro futuro. Y para que vuestra felicidad sea sin tormentas, les he preparado algo
Entregó a Luis unas llaves. Las llaves del piso.
Una sombra cayó sobre los ojos de Almudena. Nunca había sentido una ira tan profunda, como si todo lo acumulado durante años se derramara de una sola vez.
Una clave para el piso. Para el hijo. A ella, Almudena, le tocaba seguir trabajando, trabajando y trabajando, pagando la hipoteca de su modesto piso, mientras su madre había pasado años pagando los créditos del papá. A Luis, siempre le había sido todo fácil, el coche, los viajes, los regalos costosos.
Así se llama justicia susurró.
Al salir, lanzó a su padre y a su nueva familia una mirada cargada de puro odio. En su cabeza resonó la frase venenosa: «¡Que ese sea su último día feliz!»
***
Un mes después.
Los rumores corrían entre los familiares, esos que siempre saben todo. Luis había sido asaltado en un callejón, golpeado hasta quedar incapacitado para caminar y hablar. Víctor tuvo que contratar una enfermera. Marina estaba embarazada, pero perdió al bebé en el quinto mes. Víctor se debatía entre el hijo postrado y la nuera llorando. El vaso de whisky era su único consuelo.
Una tarde, Víctor llegó a la puerta de Almudena, tambaleándose.
Vine a desahogarme dijo.
Almudena escuchó, asintió, pero dentro solo había una satisfacción siniestra. «Disfruta, papá, de tu vida feliz».
No indagó más en la vida de Víctor. Devolvió la deuda si es que se podía llamar deuda.
Pasó el tiempo.
Almudena decidió visitar la tumba de la abuela paterna, aquella que siempre la había tratado mejor que su propio padre. Junto a la sepultura había una nueva fosa: la de Luis.
Vaya, qué duro comentó sin emoción alguna. Ni tristeza, ni ira, ni compasión. Vacío.
Sabía ahora que el hermano que nunca había conocido ya no existía.
Una vez más, Víctor volvió, esta vez con una petición.
Almudena su aspecto de hombre de cincuenta y tantos años había envejecido hasta parecer un abuelo. ¿Me prestarías mil euros? Te los devolveré pronto.
¿Cuándo? preguntó.
Cuando pueda
No importa, no los devuelvas.
Almudena aceptó sin preguntas. Le agradaba ver lo bajo que había caído.
No volvió a verle. Los parientes le contaron que Víctor había vendido sus dos pisos, había invertido en una secta, se había refugiado en una nueva fe. Su esposa, madre de Luis, había regresado a su tierra natal. Almudena, en cambio, había conseguido pagar la hipoteca, había adquirido un segundo piso para alquilar y vivía tranquila. A veces, cuando recordaba el pasado, al padre, a su familia, una idea surgía: ¿habría sido ella la causa de todas esas desgracias?







