El último baile

El último baile

Estoy de pie en la puerta de la habitación y no encuentro el valor para entrar. Los hombros se me encogen hacia las orejas: es un tic antiguo, imposible de quitar tras treinta y cuatro años. En el historial médico leo: Arístides López Salinas, ochenta y un años, secuelas de ictus isquémico, parálisis de miembros inferiores.

Otro apellido. Otro paciente en silla de ruedas. Llevo tres años trabajando en la residencia Costa de los Pinos, y todos los lunes inician igual: nueva habitación, nueva ficha, guantes puestos, voz neutra. Aprendí a no implicarme. Mi primera paciente fue Eulalia Sánchez, setenta y dos años, fractura de cadera. Murió de neumonía a los tres meses. No dormí durante dos noches. Luego comprendí que, si cada vez me afectaba así, no aguantaría ni un año. Dejé de memorizar rostros.

Pero en esta habitación hay algo inusual.

En la pared, justo frente a la cama, cuelga una foto enmarcada en madera oscura. Un hombre joven vestido de frac negro, brazo adelantado, el torso girado. A su lado, una mujer con vestido de amplio vuelo se inclina hacia atrás, como a punto de caer, pero su mano la sostiene firme. El parquet reluce bajo sus pies.

Desvío la mirada al hombre en la silla. Me observa. No mira mis manos, ni la placa con mi nombre, me mira a los ojos.

¿Aurora Calvo? su voz es baja, con un deje ronco en las consonantes; pronuncia cada palabra con pausa, como si pusiera acentos.

Sí. Soy su nueva fisioterapeuta.

Nueva repitió. Y eleva levemente la mano derecha, los dedos largos, nudosos, dibujan un semicírculo suave en el aire. Siéntese, Aurora Calvo. Me han contado que es estricta. Eso es bueno.

Dejo el bolso en el suelo y me siento junto a la mesilla. Sobre ella hay algo que sólo he visto en películas: un metrónomo antiguo, de madera con placa de cobre y una escala de números.

¿Es un metrónomo? pregunto.

Wittner, mil novecientos sesenta y dos contesta Arístides. Alemán. Me lo regaló mi profesor cuando gané mi primer concurso provincial.

No me dijo de qué era el concurso. Pero la foto ya lo dice todo.

Abro la ficha y empiezo la exploración habitual. Brazos: movilidad conservada, aunque reducida. Manos: destreza aceptable. Piernas: sin movimiento. Nada. El ictus, hace un año, le robó las piernas. Lo hizo de golpe, por completo.

Vamos a trabajar brazos y cintura escapular digo. Tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes.

¿Y bailar? me pregunta, como si hablara de tomar un té.

Alzo la vista.

¿Cómo?

No, niega. Es pronto. Primero muéstreme qué sabe hacer usted. Luego hablaremos.

Sonríe, sólo con los labios. Sin dientes. Pero los ojos cambian. No es esperanza. No es súplica. Es cálculo.

Al volver a la sala de enfermería apunto en la pizarra: López S. Lu, Mi, Vi, 10:00 h. Me sorprendo recordando el apellido a la primera.

***

A la semana le conozco bastante bien.

Arístides López Salinas. Campeón de España de bailes de salón del setenta. Tenía veinticinco, la foto es de aquel día. Bailó hasta el noventa y cinco, hasta que la rodilla cedió. Luego enseñó. Luego jubilación. Luego murió su esposa. Luego la hija emigró a Chile. Después, la residencia.

Lleva dos años aquí. El primero aún caminaba. El segundo, ya no.

Su hija llama una vez al mes. Él la atiende con calma, sin reproches. Luego deja el móvil y se queda mirando por la ventana veinte minutos. Eso lo supe por Herminia Torres, la enfermera mayor, la que sabe la vida de cada residente: nombre, historia, costumbres. Treinta años aquí.

López no es como los demás, dice Herminia sin mirar. No protesta, no se queja, no pide extras. Y no se ha resignado. Es distinto. Los demás se resignan. Él espera.

No le pregunté qué espera.

En las sesiones, realiza los ejercicios con exactitud. Jamás pide parar ni se queja. Pero, cada vez que le masajeo la mano, sus dedos se mueven por sí solos. No al azar. Marcan ritmo, giran en arcos, suben y bajan como si recordaran algo que el cuerpo ha olvidado.

El miércoles pongo música de fondo en el móvil. Un vals, algo de Strauss, no sé muy bien.

Arístides queda inmóvil. Su mano derecha sube.

No se tensa, no da tirones, simplemente se eleva como el ala de un pájaro. Los dedos se abren, la palma busca el aire. Conduce. A una pareja invisible. Sólo con las manos, sentado, sin mover nada de cintura para abajo.

Dejo de escribir.

Es bello. De verdad. No bonito para su edad, ni emotivo porque está enfermo. Bello. Sus manos saben. Cincuenta y seis años guiando mujeres por un parquet, y ahora, en una habitación con vistas a los pinos, siguen guiando.

Termina la música, baja la mano. Me mira.

Usted nunca ha bailado afirma.

No respondo. Nunca he tenido ocasión.

¿O nunca hubo quién le enseñara?

No respondo. Él tampoco espera que lo haga. Se explica por sí solo.

Yo tenía catorce cuando mi madre me llevó a la Casa de Cultura. No quería ir. Todos los muchachos jugaban al fútbol; yo iba a un salón de espejos y parquet. Tres veces escapé. A la cuarta, el profesor me dijo: Serás grande porque eres cabezota. Y me quedé. No por el baile. Por tozudez.

Pausa. Los dedos esbozan un leve arco, ahora reconozco su gesto.

Después amé el baile. Pero todo empezó por puro orgullo.

En el vals todo se decide en tres segundos. La mano en el hombro y ya sabe si sabe bailar o no. Si sí, el cuerpo se relaja. Si no, se resiste. Usted lleva toda la vida resistiéndose, Aurora Calvo. Se nota en sus hombros.

Mis hombros. Siempre alzados, un poco hacia delante. Desde niña. Mi padre, bebedor. Mi madre se fue cuando tenía seis años. Crecer esperando el golpe. No físico. Cualquier golpe. Los hombros se alzan solos.

Soy fisioterapeuta digo. No pareja de baile.

Por ahora.

La siguiente sesión, viernes. Trabajo con sus hombros: círculos, abducciones, resistencia. Él cumple en silencio. Después pregunta:

Aurora Calvo, ¿vive sola?

No contesto. Continúo el ejercicio. Se da cuenta.

Yo también. Pero recuerdo cómo era de otro modo. Ayuda. ¿Y usted? ¿No tiene recuerdos así?

Paro el movimiento. Le miro.

Arístides, aquí no estamos para charlas.

Por supuesto. Venimos para el manguito rotador.

Y, aun así, pide.

Directo. Sin rodeos.

Baile conmigo, Aurora. Una sola vez. Yo conduzco con las manos. Las piernas, las suyas.

Dejo la toalla al borde de la cama.

Arístides, no es posible.

¿Por qué?

No sé bailar. No he bailado nunca. Nada de clubs, ni escuelas, ni discotecas. Nunca tocó.

Asiente.

Por eso lo pido.

Y además, es irresponsable. Yo no puedo levantarle, ni arriesgar, ni cargarle.

No va a levantarme. Yo me quedo sentado. Usted a mi lado. Tomo su mano y le indico los pasos. Tres minutos.

No respondo. Lo siento.

No insiste. No se ofende. Solo mira la foto en la pared y añade:

Piénselo. Sé esperar.

***

El lunes llego antes del horario. Tengo descanso antes de ver a Arístides y me quedo en la sala de enfermeras tomando un té en vaso de plástico. Herminia, la enfermera veterana, entra a por el libro de órdenes.

Camina especial. Pies girados afuera, paso largo treinta años de pasillos te cambian al andar. No somos amigas. Pero nos respetamos. Ella, porque yo nunca llego tarde. Yo, porque ella nunca miente.

¿Sigues con López? pregunta Herminia, sin apartar la vista del libro.

Sí. Desde marzo.

¿Te pidió algo?

Dejo el vaso.

Un baile.

Cierra el libro. Me mira.

No le queda mucho, Aurora. Un mes. Dos máximo. El corazón está agotado. El cardiólogo vino el jueves.

Aprieto el vaso. El plástico cruje.

¿Lo sabe?

Lo supo antes que el médico. Algunas personas lo sienten. No pide medicinas. Pide un baile. ¿Ves la diferencia?

La veo. Y pesa.

No sé bailar, Herminia. No podré. Le defraudaré.

Se sienta enfrente. Deja el libro en la mesa.

Llevo aquí más que tú de vida, Aurora. He visto de todo. Antes de marcharse, cada cual pide lo suyo: un cura, una llamada a la hija, abrir la ventana para oler los pinos. López pide un baile. Y no es por él. Es por ti. Para que lo recuerdes.

No comprendo. No todavía.

Fue maestro de baile de salón. Cincuenta años enseñando a mujeres que no sabían. Sólo tienes que no estorbarle.

Coge su libro y sale. Me quedo mirando el vaso estrujado entre mis manos. La piel seca y roja, de desinfectantes, de trabajo, de vida.

Arístides dijo: Piénselo. Yo sé esperar.

Pero ya no tiene tiempo.

Por la tarde entro en su habitación, fuera de horario, vestida normal: vaqueros, jersey, zapatillas. Sin guantes.

Está junto a la ventana. Los pinos ya son sombras. El metrónomo sobre la mesilla. La foto en la pared.

Arístides.

Gira la cabeza.

Voy a aprender digo. Pero necesito tiempo. Una semana. Prométame que si fallo no se enfadará.

Me disgustaré responde tranquilo. Pero me callaré. ¿Trato hecho?

Extiende la mano derecha, de dedos largos, y queda suspendida en el aire. No es para estrechar. Palma arriba. Invitación. Contrato.

Toco su palma con la punta de los dedos. Un segundo. Suficiente.

No sonrío. Pero los hombros bajan.

Trato.

Se acerca a la mesilla. Da cuerda al metrónomo. El cobre oscila.

Tic. Tic. Tic.

Uno-dos-tres. Uno-dos-tres. Cuente conmigo.

Cuento. De pie, en medio de la habitación, con zapatillas, sin música. Solo números y el tic-tac.

Espalda recta dice. Barbilla en alto.

Me estiro. Subo la barbilla.

Así. Recuerde: el vals no empieza en los pies. Empieza en la columna vertebral. Si la espalda está bien, los pies llegan solos.

Extiende su mano derecha, palma arriba.

Coloque su mano izquierda sobre la mía. Con suavidad. No sujete, no apriete. Solo apóyela.

Así lo hago. Su mano está cálida. Los dedos nudosos cierran alrededor de mi muñeca. Noto que su mano empieza a moverse, hacia la derecha.

Dé un paso con el pie derecho hacia la derecha. Cortito.

Doy el paso.

La izquierda acompaña.

La junto.

Ahora atrás con la izquierda.

Tropezó, el paso es demasiado largo.

Más corto. El vals no es una marcha. Son pasos cortos, deslizados.

Empezamos de nuevo. Tic. Tic. Tic. Su mano guía la mía. No tira, no empuja. Guía. Ángulo a la derecha, paso a la derecha. Hacia atrás atrás. Giro significa círculo.

Me piso. Me lío. Cuento en voz alta, y aun así me confundo.

No pierde la paciencia.

Piensa con los pies dice a los diez minutos. Deje de hacerlo. Piense por la mano. La mía sabe a dónde va. Confíe en ella.

Confiar.

No sé, nunca. Treinta y cuatro años huyendo de la confianza. Trabajo, piso de alquiler en Alcorcón. Cuarenta minutos en cercanías. Sin fotos, sin imanes, sin nadie que pueda fallarme ni quien me guíe.

Pero su mano espera. Tibia. De dedos largos. Cincuenta y seis años de memoria en el parquet.

Cierro los ojos. Dejo de contar.

Un paso. Otro. Giro. Sus dedos aprietan un poco es pausa. Tirón a la izquierda girar a la izquierda. No pienso. No me mando a mí misma. Solo sigo la mano.

Así susurra. Así.

Abro los ojos. Hemos dado la vuelta completa. Estoy justo donde empecé.

Por hoy basta Arístides suelta mi mano. Mañana repetimos. Y pasado. En una semana estará lista.

Asiento. La garganta se me cierra. Temo que la voz me falle.

Gracias logro decir.

Gracias a mí contesta. Por las piernas.

***

Ensayamos cada noche. Después de mi turno, me cambio y le busco. Él espera junto a la ventana. El metrónomo ya en marcha.

El martes me enseña a agrupar pasos de tres en tres.

Uno es fuerte. Dos-tres son débiles. Uno, pones el pie. Dos-tres, juntas. No al revés.

El miércoles, giros. En el tercero me equivoco y casi me doy con la mesilla. Arístides se ríe. Es la primera vez. Un sonido corto y ronco.

La mesilla no es buena pareja. No guía.

Y explica: el giro en el vals no lo lleva la cabeza. Lo mueve el torso. La cabeza queda atrás. Pero el cuerpo ya está allí. La cabeza llega después. Como en la vida. La decisión está tomada antes de pensarlo.

El jueves pone música. Con el móvil le bajé Strauss. «El bello Danubio azul». Cierra los ojos y levanta ambas manos. La izquierda más baja, la derecha alta. Como abrazando a alguien invisible. Dirige. Yo observo.

Su rostro cambia. El tiempo se borra. No toda la vida, pero sí esas capas recientes y pesadas. Ya no está aquí. Está sobre el parquet. Es el mismo joven del frac negro, su pareja se inclina hacia atrás y él la sostiene.

Termina la canción. Baja las manos.

Estaba mirando dice. No recrimina, sólo observa.

Sí. Dudo. Baila con mucha belleza.

No bailo. Recuerdo. No es igual. Bailar es cosa de dos. Uno solo: es memoria. La memoria importa, pero el baile, sólo entre dos.

Silencio.

El sábado, bailamos de verdad. En el vestíbulo. Hay parquet.

El recibidor. Ventanales, sillas. Allí se hacen conciertos de vez en cuando. Un parquet viejo, oscuro, pero auténtico.

Habrá gente digo.

Que miren.

Muerdo el labio.

¿Cree que estoy preparada?

No admite. Pero sus pies sí. La cabeza entorpece toda la vida. No se puede evitar.

El viernes hacemos fisioterapia normal. Ejercicios de manos, dedos. Lo cumple todo, pero la mano derecha falla más. Los dedos no se abren, el meñique se curva hacia dentro.

No digo nada.

Él tampoco.

Después me pide:

Espalda recta, barbilla alta. Muéstreme.

Me enderezo. Subo la barbilla. Brazos a los lados.

Él observa largo rato. Asiente.

Mañana. Cinco en punto. El vestíbulo.

Salgo al pasillo. Herminia está allí. No pregunta. Sofi, su cara, lo sabe.

¿Mañana? suelta.

Mañana.

Se da la vuelta. Pies afuera, paso ancho. Se detiene en la puerta, sin mirar atrás.

Yo friego el parquet. Para que no resbale.

Y se va.

Esa noche no pego ojo. Tumbada en mi piso, miro el techo. El piso es vacío, sin cosas, sin rastro de vida. Tres años aquí, ningún rincón es mío. Ninguna estantería tiene memoria de mis manos. Vivo lista para irme, sin huellas. Como agua: paso y no queda marca.

Arístides era lo opuesto. Dejó huella. En cada mujer que enseñó, en cada alumno. En la foto del joven guiando sobre parquet. Sus manos guardaban memoria, y la transmitían.

Me giro en la cama. Las manos sobre la almohada. Anchas, uñas cortas y uniformes. Manos que sujetan, masajean, estiran. Pero no guían. No invitan. No sostienen a nadie para no dejarle caer.

Mañana, mis piernas serán sus piernas. Sus manos me llevarán donde sola jamás hubiese ido.

Y recuerdo lo de Herminia: No pide por él. Pide por ti. Para que lo recuerdes. Ahora sí lo entiendo. No era que él quisiera bailar su último baile. Quería que yo tuviese mi primer baile.

Da miedo. Un miedo real.

***

Sábado. Cinco en punto. Vestíbulo.

Llego temprano y los minutos pesan. Pacientes, fichas, ejercicios, todo sigue, pero dentro de mí, un metrónomo insiste. Uno-dos-tres. Uno-dos-tres.

Cuarto de cinco me cambio. Falda: la única que tengo, azul marino, por debajo de las rodillas. Fue para una boda de una compañera y nunca la volví a ponerme. Zapato bajo. Pelo recogido.

El vestíbulo está vacío. Herminia se aseguró, adelantó las cenas, llevó a todos al comedor. El parquet brilla. Cafetería limpia. Ventanales, tras ellos los pinos y un cielo gris de marzo.

En punto, el chirrido de ruedas. Arístides entra solo, su silla perfecta. Lleva camisa blanca, con gemelos. Nunca le vi sin jersey. Hoy, camisa. Sobre las piernas, el metrónomo.

Para junto a la pared. Mira el parquet. Después, a mí.

Bonita falda dice. Para el vals hace falta falda. Los pantalones no dejan sentir el giro.

Me acerco. Mis piernas no tiemblan. Las manos sí. Muy poco.

Coloca el metrónomo en una silla. Lo pone en marcha. El cobre oscila.

Tic. Tic. Tic.

Póngase a mi derecha. Dé la cara a la ventana.

Me coloco.

La izquierda sobre la mía derecha. Como ensayamos. Sin apretar.

Mi mano en la suya. Sus dedos cierran, cálidos. Pero menos firmes que el lunes. Lo noto. Y él sabe que lo noto.

Nada de compasión dice. Baile.

Con la otra mano, pulsa el móvil. Strauss. El bello Danubio azul. Empiezan los violines, pequeña pausa.

Uno.

Su mano conduce a la derecha. Doy el paso. Derecho, corto, como me enseñó.

Dos-tres.

Izquierda junta. Un paso atrás.

Y avanzamos.

Su mano dibuja el camino. A la derecha: paso. Giro: círculo. Avanzar: retrocedo. Retroceder: me aproximo a él. Él, sentado, solo la mitad superior baila. Hombros, torso, cabeza, todo lo aprendido durante medio siglo. Yo soy sus piernas. Su continuación. Lo que la enfermedad le quitó.

El parquet, resbaladizo. No cuento. No pienso. Sólo sigo su mano. Recto, giro, ventanas y pinos, sillas. Por todo el vestíbulo.

Tres minutos.

Tres minutos que valen por cincuenta y seis años de aprendizaje. De él. Yo sólo escucho. Su mano. Su ritmo. Su vida, que fluye de su palma por mi mano, y baja a mis piernas, al suelo, al parquet.

La música termina. Su mano para.

Estoy delante de él. La falda se mueve leve. El corazón golpea con fuerza. Pero los hombros mis hombros siempre alzados, siempre tensos están bajos. Por primera vez.

Me mira. Veo en su cara la expresión de la foto. El joven del frac negro que sabe que es el mejor sobre el parquet. Que no fallará. Que la pareja puede abandonarse porque él sujeta.

Gracias dice. Ha sido un buen vals.

Lo he hecho todo mal confieso, la voz me tiembla.

No. Hizo lo único importante. Confió. Lo demás son detalles.

Suelta mi mano. Y deja palabras para siempre.

Ya sabe bailar el vals, Aurora Calvo. Ese es mi legado. Cuando baile, una parte de mí baila con usted.

Quedo sola en el vestíbulo. Tic. Tic. Tic. El metrónomo sigue marcando tiempos vacíos. Strauss calla.

Lléveselo Arístides asiente al metrónomo. Le hará más falta.

No digo.

Aurora, lléveselo.

Gira la silla y se encamina a la salida. Se detiene.

Espalda recta. Barbilla alta. No lo olvide.

Y se marcha.

Me quedo sola. Parquet. Ventanas. Pinos. Cielo de marzo. El metrónomo que sigue, tic, tic, tic.

Lo recojo. Lo aprieto contra mí. La madera aún guarda su calor.

Al día siguiente voy a su habitación en la hora de rutina. Lleva jersey, como siempre. La camisa blanca cuelga en el armario. Trabajamos: manos, dedos, resistencia. Ni una palabra del baile. Ni yo tampoco. Como si nunca hubiese existido.

Pero lo veo: está más callado. No más triste. Más calmo. Como quien ha hecho lo que debía y ya puede dejarlo ir.

El fin de semana no vuelvo a casa. Hago guardia por una compañera. Paso por su habitación por la noche. Puerta entreabierta. Él, junto a la ventana, mira los pinos. Manos en los apoyabrazos. Los dedos, inmóviles.

El metrónomo, en mi bolso.

Dos semanas hacemos lo mismo. Ejercicios, apuntes. La mano derecha pierde fuerza, los dedos se encojen. Leo los resultados, pero no se los digo. Él tampoco pregunta.

El miércoles añade:

Gracias por no tenerme lástima, Aurora.

No le compadezco respondo.

Por eso, gracias.

En abril, Arístides López Salinas se duerme y no despierta. Herminia me llama a las seis. Voz firme, la costumbre de treinta años.

López se fue esta noche. Sin dolor.

Cuelgo. Me siento en la cama una hora. No lloro. Sólo estoy. Afuera, Alcorcón amanece: coches, portazos, un lunes más. El mundo no cambia. Yo sí.

El lunes cruzo su habitación. Cama hecha. Mesilla vacía. La foto la llevó su hija. Vino de Chile, hizo papeles en dos días y voló de vuelta. Herminia me contó que la mujer lloró en el pasillo, pero entró a la habitación de ojos secos. Se llevó el cuadro, el álbum y la camisa. Dejó la silla.

En mi estantería, en el piso vacío, está el metrónomo. Madera, cobre, Wittner de 1962. Regalo del maestro por el primer concurso provincial.

Me levanto. Me acerco. Le doy cuerda.

Tic. Tic. Tic.

Espalda recta. Barbilla alta.

Uno-dos-tres.

Doy un paso con el derecho. Corto, como enseñó. Junto la izquierda. Atrás.

Por primera vez, mi piso vacío, sin fotos, ni imanes ya no es vacío. Porque en él bailamos dos. Mis piernas. Sus manos. Con los dedos largos, nudosos, el semicírculo suave en el aire.

Una parte de él baila conmigo.

Y bailará siempre.

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