EL PADRINO TÍO MIGUEL
Tío Miguel era divertido. Torpe como un osito. Bajito, regordete, con rizos rebeldes. Sus ojillos azules brillaban como caramelos de menta. Las gafas torcidas. Y una expresión infantil, alegre, inocente.
Daniel temía a los hombres. Se sobresaltaba con voces masculinas, con risotadas. Si algún adulto le tendía la mano en la calle—a sus seis años—se escondía tras su madre al instante.
—¡Sonia! ¡Qué niño tan miedoso tienes! —se reían los vecinos.
Pero Daniel no era cobarde. Una vez defendió a Lucía, la niña del quinto, cuando unos chavales le quitaron el balón. Se plantó frente a ellos, firme:
—¡No la toquéis! Es una chica. Si queréis pelea, venid a por mí.
Los matones se fueron, refunfuñando:
—¡Mira qué gallito el enano!
Lucía le agarró la mano después: «¡Vamos a ser amigos!».
Y cuando un gatito se quedó atrapado en un árbol, Daniel trepó sin dudar. Su madre lo vio desde la ventana, salió corriendo. Entre los vecinos bajaron tanto al niño como al minino. Se lo llevaron a casa, le pusieron de nombre Lola.
En el cole, Daniel era valiente, el más listo de la clase. Todos lo ponían de ejemplo. Pero los hombres seguían asustándole.
Todo empezó a los dos años. Cuando su padre—alto, moreno, ojos como carbón—gritaba y levantaba la mano contra su madre. Por la calle, la gente se volvía a mirarlo. David era el ideal… de apariencia, no de alma. Daniel no recordaba ni un abrazo, ni un «duérmete, niño», ni un «aquí estoy».
—¡Deja de lloriquear! ¡Los niños no lloran! ¿Juguetes blandos? Eso es de niñas. ¿Se te cayó el barco? Pues ya no tendrás más, manazas. Vete a jugar solo. Cállate.
Años después supo que había sido un error. Que su padre nunca quiso casarse con Sonia, pero la familia insistió.
—Te quiere, Dani. Es su manera de ser—decía su madre, acariciándole el pelo.
El tiempo pasó. Nada cambió.
—¡Deberías haber esperado a que yo quisiera un hijo! ¡Mira lo que nos ha salido, un llorica! —rugía su padre.
Nada en Daniel le gustaba. Y el niño se acostumbró. Hasta que un día, su padre se fue.
—Os mandaré dinero. Pero al crío no quiero verlo. No es el hijo que yo quería.
Sonia era guapa. Pelo miel hasta la cintura, ojos grandes. A Daniel le parecía una sirena. Trabajaba mucho.
Hasta que un día llegó a casa con Tío Miguel. Su jefe en la oficina.
—Hola, pequeño. Soy Tío Miguel. He traído pastelitos… y este avioncito. Es antiguo, de mi abuelo. Tu madre dijo que te gustan estas cosas.
Su voz era suave. Se movía como un oso en una tienda de cristales. Daniel se quedó callado, asustado.
—No pasa nada, Sonia. Me voy—dijo Tío Miguel, dejando los paquetes.
Cuando dio media vuelta, torpe como siempre, Daniel no pudo evitar sonreír.
—¡No se vaya, tío!
Tío Miguel lo alzó en brazos. Olía a colonia barata, a pan recién hecho.
—¡Qué niño más bonito eres! ¡Sonia, mira qué chico tienes! ¡Las chicas se van a volver locas contigo!
Desde entonces, Tío Miguel empezó a visitarlos. Se ponía en el suelo con el traje puesto para jugar. Le leía cuentos. Cuando Sonia estaba cansada, cocinaba él—sopas, croquetas, empanadas. El padre de Daniel nunca tocaba una sartén. «Eso es cosa de mujeres», decía.
—¿Por qué cocina usted, Tío Miguel? —preguntó Daniel una vez.
—Me gusta, chiquillo. En mi casa éramos muchos. Mis padres no paraban. Además… cocinar con amor es un regalo. Tu madre trabaja mucho. Que descanse.
—Pero usted también trabaja.
—¡Bah! Yo soy fuerte. Este verano os llevo a mi pueblo. Hay una rana en el pozo… y campos de margaritas.
Daniel se aferró a él. No quería que Tío Miguel desapareciera nunca.
Un mes después, se encontraron con su padre en la calle. Iba borracho, del brazo de una mujer.
—¿Y este? ¿Ya encontraste sustituto, Sonia? ¡Podías haber elegido algo mejor que este espantajo! —se rió.
Tío Miguel calló.
—Papá, ¡no le hables así! —gritó Daniel.
—¿Cómo? ¿Ahora te atreves a ladrar? —Su padre agarró a Tío Miguel por la camisa.
—¡Para! ¡Por favor! —Daniel se colgó de su pierna.
Desde ese día, los abuelos paternos se lo llevaban más a menudo. Criticaban a Sonia. A Tío Miguel. Decían que un padre solo hay uno.
—Tienen razón, hijo. Él es tu sangre. Yo solo soy… un extraño—murmuraba Tío Miguel.
—¡No diga eso! ¡No se vaya!
Daniel creció. La casa era cálida. Tío Miguel siempre en movimiento—trabajando, cultivando tomates en el huerto, leyéndole cuentos. Le enseñó a tallar madera. Un día le dejó «pilotar» el coche, con Daniel en su regazo.
Las vecinas cuchicheaban:
—El niño es precioso. ¡Qué pena que salga al padrastro! ¡El padre biológico era un Adonis!
Daniel se les plantó:
—¡Tío Miguel es el mejor! ¡Cállense!
A él le ardía. Pero Tío Miguel seguía callado. «¿Para qué? Si es la verdad».
Hasta los abuelos maternos lo rechazaban: «¿Después de un hombre como David, te conformas con este don nadie?». Que Tío Miguel fuera cariñoso, trabajador, listo… eso no contaba.
Un día, paseando con Lucía, Daniel confesó:
—Quiero más a mi padrastro que a mi padre. Pero mi familia no me perdona.
—Dani, perdónalos tú a ellos. A mí me encanta Tío Miguel.
Cuando Daniel se graduó—soñaba con ser capitán de barco—recibió un telegrama. Tío Miguel estaba enfermo.
Regresó a casa. Fuerte, alto, guapo… pero lloró como un niño en el andén.
—No te mueras. Por favor—suplicó.
Tío Miguel había entrado en sus vidas sin hacer ruido. Pequeño, risueño, protegiéndolos siempre. Era la vida misma.
Al verlo en el hospital, Daniel no lo reconoció. ¿Dónde estaba su hombre rechoncho? Aquel esqueleto no podía ser él.
Una mano se alzó. Sus ojos brillaron—los mismos que iluminaron la infancia de Daniel. El muchacho cayó de rodillas.
—¡Papá! ¡Quédate! ¡Te necesito! ¡Te llevaré en mi barco, como te prometí!
Tío Miguel siempre decía que un padre solo hay uno. Pero al oír «papá», su rostro se iluminó.
—Haz las paces con tu padre, Dani. Y cuida a tu madre. Gracias… por dejarme estar con vosotros. Sois mis estrellas.
—¡Gracias a ti! —Daniel lloró sobre su pecho.
Se reconcilió con su padre. El hombre, al ver al hombre en que se había convertido su hijo, se disculpó una y otra vez.
—Volveré, papá.
Ahora, cada vez que regresa del mar, Daniel lleva un ramo de margaritas al lugar donde descansa Tío Miguel. Mira las nubes. Recuerda la rana del pozo, los campos de flores. Y enciende aquella linterna queY entre el suave resplandor de la linterna, Daniel sintió que una brisa cálida—casi como un abrazo—le acariciaba la mejilla mientras murmuraba: “Siempre estaré aquí, mi capitán”.







