El testamento del hijo menor

Verónica no quitaba los ojos de la cartelería que anunciaba Sala de Operaciones. Las letras se le fundían en la vista después de tantas horas de espera y el corazón le latía a toda velocidad. Con la mano temblorosa apretaba el pequeño camión rojo de plástico que su hijo menor, Juanito, había convertido en su tesoro: un tractor de cuatro años con pala. Al principio Juanito había preferido el camión azul del dibujo animado, pero con el tiempo se había encariñado con aquel regalo de su papá.

Al fin, tras el vidrio empañado, apareció la silueta de un hombre; la puerta se abrió y un médico cansado entró en el pasillo. Verónica se lanzó hacia él.

Doctor, ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo está Juanito?

El médico bajó la cabeza, quitándose la máscara.

Señora Verónica, lo siento hemos hecho todo lo posible

***

Verónica quedó acurrucada en la cama de su hijo, envuelta en una manta. La almohada aún guardaba el perfume de Juanito. En el espejo frente a ella se veía la huella de su manita manchada de galleta. Qué alivio que no hubiera limpiado el espejo; ahora él nunca volvería a ensuciárselo ni a posarse, cansado, sobre la almohada. Una lágrima salada rodó por la mejilla de Verónica; el dolor le quemaba el corazón, un corazón sano que Juanito nunca llegó a tener. Su hermano mayor, Mateo, estaba bien y ya era casi independiente: tenía dieciocho años y estudiaba en la Universidad Complutense. Pero Juanito

Lo que había parecido una alegría tardía se tornó en un inmenso sufrimiento. Todos los estudios prenatales habían dado resultados favorables y, justo antes del parto, se descubrió por casualidad un grave defecto cardíaco. En la corrección quirúrgica algo salió mal y el pequeño desapareció para siempre.

***

Verónica cerró los ojos y, sumida en un sueño agitado, volvió a encontrarse en una pradera bañada por el sol, cubierta de flores de mil colores y aromas. A lo lejos estaba Juanito, con su eterna sonrisa, con su camisa de rayas y con un gran ramo de margaritas en las manos.

¡Juanito! exclamó Verónica, pero él parecía no oírla, con la mirada perdida entre los pétalos.

Corrió sobre el campo abierto, abrió los brazos para abrazarlo, pero por más que corría, Juanito no se acercaba; al contrario, se alejaba cada vez más. Gritaba desesperada, tendía los brazos, pero no lograba alcanzarle. Entonces Juanito alzó sus ojos, sonrió y se desvaneció en el aire, mientras una nube de margaritas caía lentamente al suelo.

Verónica llegó al lugar donde se posaron los pétalos y miró bajo sus pies. Allí, con letras blancas perfectamente formadas, se había escrito una dirección sobre la hierba verde.

***

Despertó al sonar del móvil. En la pantalla apareció el nombre: Mateo.

¿Qué tal, hijo? respondió Verónica con voz ronca.

Mamá, hoy vengo, ¡prepárame algo! dijo Mateo.

Una sonrisa forzada se dibujó en el rostro de Verónica. Ya habían pasado casi tres meses desde la partida de Juanito, pero todavía tenía a su hijo mayor. Era momento de recomponerse y seguir adelante.

Claro, hijo, ¿qué te apetece? ¿Unos churros?

¡Sería genial, mamá! Ya voy en el autobús, llego en un momento.

Mateo trataba de venir cada fin de semana para distraer a sus padres; él también sentía un vacío al pensar en su hermano pequeño. Sin embargo, la vida continuaba y la familia debía afrontarla unida.

Con esfuerzo, Verónica se levantó y se dirigió a la cocina. Al abrir el frigorífico descubrió que no quedaba leche. Víctor, su marido, estaba en la mesa ensamblando una placa electrónica para su portátil. Levantó la vista y preguntó:

¿Necesitas algo? ¿Quieres ir al supermercado?

Mateo llamó. Va a llegar y quiere churros dijo Verónica con calma. No hay leche, pero salgo yo y aprovecho para despejarme un poco.

Víctor se ajustó los lentes y murmuró: Se le vuelve la vida poco a poco. Verónica se vistió sin prisa y salió. El viento primaveral acariciaba su rostro; los pájaros cantaban y los álamos mostraban un tono verdoso, a punto de vestirse de hojas frescas. La naturaleza despertaba tras el letargo invernal. Verónica suspiró: ¡Menos mal que no he visto a Juanito en esta quinta primavera!.

Sacudiendo la cabeza para alejar los pensamientos lúgubres, se encaminó al supermercado.

***

En la cesta llevaba leche, los caramelos favoritos de Mateo, pan y un pollo asado. Mientras se acercaba a la caja, una risa familiar resonó entre los pasillos. El corazón de Verónica se encogió: era la risa de Juanito. Corrió hacia el origen del sonido, pero solo vio una pequeña figura infantil escondida tras unas estanterías. Sabía que no podía ser real, pero siguió el rastro del niño, tropezando con un cartel promocional que colgaba torcido.

Al recogerlo, quedó paralizada: sobre fondo blanco, en letras rojas, estaba la misma dirección que había visto en su sueño.

Juanito, ¿qué quieres decirme? susurró Verónica.

Regresó a casa pensando que todo aquello tenía un motivo. Juanito quería transmitirle algo, pero ¿qué? Tendría que buscar esa dirección en Internet, pero no hoy. Hoy llegaría su único hijo restante y debía recibirlo como se merece, manteniendo la compostura.

***

La tarde transcurrió cálida y agradable; Verónica encontraba fuerzas para sonreír mientras Mateo contaba anécdotas de la vida universitaria. Víctor y ella lo miraban con ternura: él era su único hijo ahora. Cuando todos se retiraron a sus habitaciones, la noche tomó su sitio.

Agotada, Verónica se quedó dormida rápidamente. Media noche la despertó un tenue canto que venía del baño. Su corazón se aceleró: era la voz de Juanito, cantando la canción del camión azul del dibujo animado.

Se levantó de un salto, se dirigió al baño con cautela, pero al abrir la puerta no había nadie. Las lágrimas brotaron.

¿Qué esperaba? ¿Que Juanito apareciera en el baño? ¡Ya no está! se recriminó Verónica.

Encendió el grifo para lavarse y aclarar su mente. No podía seguir torturándose. Por el bien de Víctor y Mateo, debía seguir adelante. Al mirarse en el espejo, vio su rostro pálido, con ojeras y una pequeña contusión bajo el ojo.

En un arrebato de ira, cubrió su mano de espuma y la arrasó contra el espejo, sin saber por qué. La espuma descendía formando, de forma inexplicable, letras que formaban la dirección. Un frío recorrió su espalda y una voz infantil susurró:

Te espero, mamá

***

¿Qué haces despierto? preguntó Víctor, levantándose al ver la luz de la pantalla del portátil.

Verónica, con el portátil en el regazo, respondió:

Víctor, acércate Si sientes lo mismo que yo, no será una alucinación

Víctor se acercó, su corazón latía con fuerza al observar una foto del pequeño de cuatro años: Egor Zínov, 4 años. La leyenda decía que sus padres habían fallecido en un accidente hace tres años y que vivía con su abuela, ahora fallecida, en un comedor de menores.

Esta dirección me persigue en los últimos días explicó Verónica. Es el mensaje que me deja Juanito

Víctor, tras pensarlo un momento, afirmó con decisión:

Vamos

***

Caterina Álvarez, directora del comedor, guió a Verónica y Víctor por un largo pasillo luminoso, girando constantemente para explicar la situación.

Cuando Egor llegó, pensamos que sería temporal. Es un niño sociable, aunque ha sido rechazado tres veces por familias adoptivas; se encierra cuando le presentan a los adoptantes. No sé cómo funcionan otras instituciones, pero no puedo obligar a un niño a ir a donde no quiere. Él asegura que sus padres volverán por él. Últimamente habla de un amigo imaginario llamado Juanito, que le dice que pronto vendrán sus padres.

Verónica y Víctor se miraron incrédulos. ¿Acaso su hijo fallecido había decidido ayudar a un huérfano?

Conozcan al niño concluyó la directora, abriendo la puerta a la sala de juegos.

Verónica reconoció al pequeño al instante. Era delgado, sentado entre otros niños, construía una torre de bloques mientras tarareaba la canción de Juanito. De pronto, Egor dejó los bloques, se levantó y corrió hacia Verónica y Víctor gritando:

¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais!

***

La directora agilizó el proceso de adopción; su corazón se conmovió al saber de la pérdida de Juanito. Un mes después, Verónica, Víctor y Mateo fueron a recoger a Egor. En el umbral, el niño soltó su mano y exclamó:

¡Mamá, esperad! miró hacia el fondo del pasillo. Allí está Juanito, quiere despedirse.

El pecho de Verónica se encogió de nuevo, pero ahora era una tristeza luminosa, con la certeza de que no podía cambiar el pasado, pero sí seguir viviendo. La vida de Egor dependía de ella y Víctor; debía ser fuerte por él.

Egor corrió hasta el final del pasillo, se quedó un instante junto a la ventana, y regresó a los brazos de sus nuevos padres. Detrás de la ventana, un paloma blanca surgió de la nada, sobrevoló el edificio, dio vueltas sobre la cabeza de Egor, Verónica, Víctor y Mateo, y se elevó hacia el cielo, desvaneciéndose entre las nubes.

Así, la pérdida de Juanito se transformó en una oportunidad para amar otra vida. La lección que Verónica aprendió fue que el dolor nunca desaparece por completo, pero sí puede convertirse en la fuerza que nos impulsa a abrir el corazón a nuevos comienzos.

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