El sol comenzaba a esconderse tras la sierra cuando me preparé para dar mi paseo vespertino. Había planeado caminar tranquilamente por el bosque de las afueras de Segovia, buscando despejar la mente entre pinos y robles, lejos del ruido de la ciudad y los problemas diarios.
Entonces lo escuché.
No era canto de mirlo, ni el susurro típico de las hojas al viento, ni el correteo suave de los animales del monte. Era un lamento ronco y doloridoun sonido que no encajaba en la calma de aquella tarde.
Se me encogió el pecho y, siguiendo el sonido, aparté ramas y zarzas. El llanto se hacía cada vez más fuerte, más angustiado. Avancé, abriéndome paso entre la maleza, hasta que localicé la fuente: un perro de tamaño mediano, cruce de pastor, atrapado bajo un tronco caído. Una de sus patas traseras estaba pillada, retorcida de mala manera, y el animal temblaba de puro agotamiento. Tenía el pelaje sucio y las respiraciones cortas, sus ojos desbordados de miedo me miraban sin descanso.
Me detuve, conteniendo la respiración. Di un paso lento, luego otro, intentando que mi voz sonara calmada pero firme. Tranquilo, chico. Ya estoy aquí. Voy a ayudarte.
El perro gruñó débilmente, protestando más de miedo que de enfado, demasiado débil para defenderse.
Me arrodillé junto a él, extendiendo la mano despacio. Tranquilo, susurré, rozando suavemente su costado, no voy a hacerte daño. Solo quiero sacarte de aquí.
El tronco era pesado, hundido en el barro después de las últimas lluvias. Sabía que tendría que emplear toda mi fuerza para moverlo. Quité mi abrigo y lo puse bajo el tronco para hacer palanca y no herir más al animal. Hundí las botas en el suelo blando y empujé mientras el perro gemía cada vez más alto. El sudor me resbalaba por la frente y, por un instante, dudé que pudiera conseguirlo.
Pero con un último esfuerzo, el tronco cedió y rodó hacia un lado.
El perro se arrastró fuera del hueco, tembloroso, y cayó rendido al suelo. Se quedó ahí tumbado unos segundos, sin moverse ni mirar. Yo me mantuve cerca, dándole margen. Cuando al fin levantó la cabeza, sus ojos se clavaron en los míos. Seguía el miedo, pero también apareció algo distinto: un leve destello de confianza.
Me atreví a acercar la mano otra vez, con más decisión. Por un segundo el perro se encogió, pero no se apartó. En vez de eso, apoyó la cabeza en mi pecho, y el temblor fue remitiendo poco a poco.
Ya pasó, le susurré, acariciando despacio su pelaje terroso. Te tengo.
Lo cogí con cuidado, acunándolo como si fuese de cristal, y lo llevé hasta mi coche. Sentía su peso contra mí, su calor reconfortante entre los brazos. Al llegar al vehículo, lo deposité en el asiento del acompañante y puse la calefacción para calmarlo.
El perro, vencido tras la aventura, se acurrucó y apoyó la cabeza en mi regazo. Movió la cola una sola vez, apenas perceptible.
Noté dentro de mí una alegría serena, inesperada; comprobar que, de vez en cuando, una sola persona puede dar un respiro de paz en medio del desbarajuste de la vida.
Mientras conducía de vuelta a casa, las respiraciones del animal se hicieron más profundas y tranquilas. Su cuerpo relajado, protegido por el calor y la seguridad. Y supe, sin ninguna duda, que aquella tarde no solo se había salvado una vida: había encontrado compañía donde menos lo esperaba.
Esa noche, en mi diario, aprendí que muchas veces basta con dar el paso: un gesto sencillo puede cambiarlo todo, y en la soledad del bosque, a veces no estás tan solo como creías.







