Síndrome de la vida eternamente aplazada
Confesión de una mujer española de 60 años
María Torres:
Este año he cumplido sesenta, y ni una sola llamada de mi familia para felicitarme por mi cumpleaños. Ni una.
Tengo una hija, un hijo, dos nietos y, bueno, también un exmarido por ahí. La mayor, Carmen, tiene 40; el pequeño, Diego, 35. Los dos viven en Madrid y terminaron carreras en la Universidad Autónoma y la Complutense, respectivamente. Los dos son listos, triunfadores. Carmen está casada con un alto funcionario del gobierno, Diego con la hija de un importante empresario madrileño. Sus vidas, estables y llenas de propiedades, negocios propios además de sus empleos públicos. Les va bien. Les va muy bien.
El padre de mis hijos se fue el mismo año que Diego terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de nuestro ritmo, aunque él siempre mantuvo su trabajo tranquilo en una oficina: fines de semana con los amigos, o tirado en el sofá, y los veranos, siempre un mes entero en Andalucía, con sus primos. Yo nunca cogía vacaciones: trabajaba de ingeniera en una fábrica de Alcalá de Henares, luego en la limpieza de la misma, y los domingos empaquetando productos en el supermercado de la esquina, de ocho de la mañana a ocho de la noche, además de limpiar almacenes. Todo lo que ganaba era para los niños: Madrid cuesta caro, y ir a la universidad exigía buena ropa, alimentación y algún capricho.
Aprendí a coser y arreglar la ropa vieja, a remendar los zapatos. Siempre iba limpia, decente. Eso me bastaba. Mis únicas diversiones eran sueños: a veces me veía joven, feliz, riendo.
Mi marido, apenas se marchó, se compró un coche de lujo. Ahí debía de tener lo suyo ahorrado. Nuestra vida juntos era extraña: él solo pagaba la comunidad, nada más. El resto lo cubría yo. La educación de los niños vino de mi parte
El piso que compartíamos, en Chamberí, era herencia de mi abuela. Un buen piso antiguo, techos altos, dos habitaciones convertidas en tres: un pequeño trastero de ocho metros y medio con ventana que transformé en cuarto para Carmen, cama, mesa, armario, estanterías. Yo dormía con Diego en la otra, apenas paraba por casa más que para dormir. Él en el salón. Cuando Carmen se fue a Madrid, ocupé su cuarto y Diego se quedó en el suyo.
Nos separamos, sin discutir, sin peleas por los muebles, sin culpas. Él buscó “VIVIR”, y yo, agotada, me quedé con el alivio de no cocinar primero, segundo y postre todos los días, ni lavar ni planchar para nadie. Gané tiempo para mí.
Para entonces coleccionaba enfermedades: columna, articulaciones, diabetes, tiroides, nervios rotos. Por primera vez me cogí una baja y me dediqué a curarme. No dejé los trabajos extra, pero mejoré.
Contraté a un albañil buenísimo y con su ayudante me dejaron el baño como nunca en solo dos semanas. ¡Fui feliz! Una felicidad íntima. Personal.
A mis hijos siempre les mandaba dinero en lugar de regalos, también a sus hijos cuando llegaron. Los fines de semana en el supermercado seguían ahí, lo mismo que la limpieza en el portal; sin el extra no habría ni un euro para mí. Ellos casi nunca me felicitaban, y regalos, ninguno. Lo más doloroso fue que no me invitaron a sus bodas. Carmen lo dijo claro: “Mamá, allí no pegabas para nada. Vendría gente del gobierno.” De la boda de Diego me enteré cuando Carmen me lo contó, ya después
Al menos no pidieron dinero para celebraciones
Nunca vienen a verme, aunque los invito. Carmen dice que “para qué va a ese pueblo”, refiriéndose a Valladolid, ciudad grande pero, para ella, campo. Diego siempre responde: “No puedo mamá, estoy muy liado”. Hay siete vuelos al día de Madrid. Dos horas de viaje.
¿Cómo llamaría esa etapa? Vida de emociones silenciadas
Vivía como Escarlata OHara: Ya pensaré en ello mañana. Reprimía lágrimas, la pena, todo, desde el desconcierto hasta la desesperanza. Era un autómata.
Luego la fábrica la compraron los de Madrid y vino la reestructuración. A los que ya rondábamos la jubilación nos invitaron a irnos. Perdí dos curros, pero así pude jubilarme antes de tiempo. Me quedó una pensión de 750 euros al mes. Intenta tú vivir con eso
Al menos, en mi portal, una de las vecinas se jubiló y conseguí su puesto para limpiar escaleras. Otros 750 euros. No dejé el supermercado, pagaban bien, 45 euros cada turno. Acababa extenuada de tantas horas de pie.
Poco a poco empecé a arreglar la cocina, encargada al vecino, que me hizo un trabajo rápido, limpio y a buen precio. De nuevo volví a ahorrar algo. Planeaba renovar las habitaciones, cambiar algún mueble. Pero en mis planes nunca estaba yo. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida sencilla, nunca he comido mucho. Y en medicamentos, bastante. La comunidad tampoco ayuda: sube cada año. El exmarido me dice: “Vende ese piso. Te van a dar buen dinero por la zona. Cómpra un estudio.” Pero me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres; ella me crió y todo lo mío está ahí.
Con mi ex mantenemos relación cordial, como viejos conocidos. Él está bien, nunca habla de su vida personal. Cada mes me trae patatas, verduras, arroz, agua Lo que pesa. No quiere dinero. Me advierte que no pida la compra online, que siempre lo traen todo pasado o pocho. Le digo que sí
Algo dentro de mí se ha secado, lo noto hecho un nudo. Vivo. Trabajo. No sueño nada. No quiero nada para mí. Veo a mis nietos solo por Instagram, en las fotos de Carmen. De Diego, apenas algo en el perfil de mi nuera. Me alegra verlos bien, sanos, viajando por sitios bonitos, comiendo en restaurantes caros.
Quizás les di poco amor. Por eso, no lo recibo. Carmen pregunta de vez en cuando cómo estoy. Siempre respondo bien. Jamás me quejo. Diego a veces envía un audio: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Le respondo lo mismo. Una vez me dijo que no quería escuchar los problemas de papá y míos, que el mal rollo le venía mal. Así que dejé de contarle nada. Solo: Sí, hijo, todo bien.
Me gustaría tanto abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni saben que tienen una abuela viva. Seguramente, según la versión oficial, la abuela murió hace años
Ya ni recuerdo haberme comprado algo para mí, salvo algún sujetador o calcetines, de lo más barato. No piso un salón de manicura ni pedicura. Una vez al mes, corto de pelo en la peluquería del barrio. Me tiño el pelo sola. Al menos, igual que entonces, sigo usando la misma talla, 46/48. No hace falta renovar el armario.
Me aterra que un día no pueda levantarme de la cama. El dolor de espalda no me deja vivir. Temo acabar postrada.
¿Quizás nunca debí vivir así, sin descanso, sin placeres pequeños, trabajando y aplazando todo para luego? ¿Dónde está ese luego? Ya no existe Dentro de mí solo queda vacío en el corazón, indiferencia Y a mi alrededor, nada.
No culpo a nadie. Tampoco puedo culparme. He trabajado toda la vida y sigo haciéndolo. Intento guardar algo, por si un día no puedo trabajar. Aunque sé bien, sin mentiras, que si caigo en cama, no querré seguir No quiero que nadie se cargue con mi problema.
¿Saben qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores JAMÁS Sería cómico que el primer ramo me lo pusieran en la tumba. Casi me da la risa solo de pensarloPero esta mañana, antes de salir a limpiar el portal, he encontrado en la puerta de casa un pequeño paquete envuelto en papel azul, atado con un lazo. No tenía remitente, solo una nota escrita con trazo tembloroso: Gracias por todo, vecina. Que la vida le regale un día bonito.
Lo abrí con manos torpes y, por primera vez en mis sesenta años, allí estaban: unas flores. Pequeñas, sencillas, silvestres, mezcladas con ramitas de lavanda. Olían a campo y a sol. Cerré los ojos y sentí algo caliente en los párpados, como si se hubieran fundido todos los inviernos que llevé dentro. Me senté en el escalón, con los brazos llenos de ese ramo inesperado, y entendí que a veces la vida se acuerda de las historias que nunca nadie escucha.
Me quedé allí, respirando despacio, mientras el aroma llenaba el portal y el corazón. Pensé que, al fin y al cabo, no todo lo que se aplaza se pierde para siempre. Que hay días en que la vidapor accidente, por milagrote devuelve una pizca de lo que soñaste. Y, aunque nadie lo sepa, aunque no salga en las fotos, hoy, solo por hoy, soy una mujer que recibe flores.







