El síndrome de la vida eternamente pospuesta… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año cumplí los 60, y ninguno de mis familiares siquiera me felicitó por teléfono en mi aniversario. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y también un exmarido. Mi hija tiene 40 años, mi hijo 35. Ambos viven en Madrid, los dos estudiaron en universidades bastante prestigiosas de la ciudad. Son inteligentes, exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un importante empresario madrileño. Cada uno tiene una buena carrera y varias propiedades, además de sus negocios privados. Todo es estable. Mi exmarido se fue cuando mi hijo terminó la universidad. Dijo que estaba cansado de vivir a ese ritmo. Aunque él trabajaba tranquilo en la misma empresa, pasaba los fines de semana con amigos o en el sofá, y en vacaciones se iba todo el mes con familiares al sur. Yo, en cambio, nunca tomé vacaciones, trabajaba al mismo tiempo en tres sitios: como ingeniera en una fábrica, como limpiadora en la misma administración y los sábados y domingos como reponedora en un supermercado cercano de 8 a 20 horas, además de limpiar zonas comunes y almacenes. Todo lo que ganaba se iba a los hijos —Madrid es una ciudad cara y estudiar en universidades prestigiosas requiere buena ropa, además de alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, arreglarla, a reparar calzado. Siempre limpia y ordenada. Era suficiente para mí. Mis únicas distracciones eran los sueños en los que me veía joven, feliz, riendo. En cuanto mi esposo se marchó, cambió de coche, compró uno caro y moderno. Parece que tenía bastante ahorrado. Nuestra vida juntos fue rara: todos los gastos eran míos, salvo el alquiler, que pagaba él y ahí terminaba su aportación. Yo eduqué a nuestros hijos… La vivienda donde vivíamos la heredé de mi abuela. Un buen piso clásico, luminoso, de techos altos. Dos habitaciones, convertidas en tres. Había un trastero con ventana de 8,5 metros, lo reformé y allí cabía bien cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos habitación —aunque yo solo pasaba allí la noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, pasé al trastero. Mi hijo quedó en el cuarto. Nos separamos sin discusiones, sin repartos, sin reproches. Él quería VIVIR, no una vida gris, y yo estaba tan agotada que suspiré aliviada… Ya no tenía que preparar comidas, postres y compota, ni lavar ni planchar ni ordenar su ropa, podía dedicar ese tiempo al descanso. Por entonces ya tenía varios achaques —espalda, articulaciones, diabetes, tiroides, nervios hechos polvo. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. No dejé los otros trabajos. Me recuperé un poco. Contraté un buen especialista y, con su ayudante, me hicieron en dos semanas una excelente reforma en el baño. ¡Fue una alegría! ¡Felicidad personal! ¡Un regalo para mí! Todo ese tiempo enviaba dinero a mis hijos exitosos en vez de regalos por sus cumpleaños, Navidad, el 8 de marzo, el día del padre… Después llegaron el nieto y la nieta. Nunca pude dejar trabajos extra, no quedaba dinero para mí. Casi nunca me felicitaban, solo respondían a mis mensajes. No recibía regalos. Lo peor de todo fue no ser invitada a sus bodas. Mi hija fue sincera: “Mamá, no encajas en nuestro ambiente. Irán personas de la corte presidencial.” La boda de mi hijo me la contó mi hija cuando ya había pasado… Al menos no pidieron dinero para la boda… Ninguno ha venido a verme, pese a mis invitaciones. Mi hija dice que en mi ciudad “no hay nada interesante” (una capital de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde: “No tengo tiempo, mamá”. ¡El avión a Madrid vuela siete veces al día! Dos horas de viaje… ¿Cómo llamaría a esa etapa de mi vida? Quizás, vida de emociones reprimidas… Vivía como Escarlata O’Hara —“ya lo pensaré mañana”… Sofocaba lágrimas y dolor, suprimía todas las emociones, de la incomprensión a la desesperanza. Era como un robot programado para trabajar. Luego la fábrica la compraron empresarios de Madrid y hubo reorganización. A los próximos a la jubilación nos despidieron. Perdí dos trabajos, pero pude jubilarme antes de tiempo. Me dieron 900 euros de pensión… ¿cómo vivir con eso? Al final tuve suerte —en mi edificio, una finca de cinco alturas, se quedó libre la plaza de limpiadora… empecé a limpiar escaleras, 900 euros más. No dejé lo del supermercado, pagaban bien: 120 euros por día. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reformar poco a poco la cocina, lo hacía yo en su mayor parte y el mobiliario lo encargué al vecino, quedó bien y barato. Otra vez a ahorrar. Quería renovar también las habitaciones, renovar algo de mobiliario. Tenía planes… pero esos planes no me incluían a mí misma. ¿En qué gastaba dinero para mí? Solo en comida, la más sencilla, nunca he comido mucho. Y en medicinas, donde se iba la mayoría. El alquiler tampoco ayudaba, cada vez subía más. Mi exmarido decía que vendiera el piso, está en buena zona, da buen precio, y me comprara uno pequeño. Pero me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres, me crió ella. Quiero esa casa. Con mi ex mantengo una relación cordial, hablamos como viejos conocidos. Le va muy bien. Nunca hablamos de la vida privada. Una vez al mes viene, me trae algo de compra —patatas, verduras, arroz, agua. Cosas pesadas. Rechaza darme dinero. Dice que la compra online trae producto malo, mejor lo trae él. Y le acepto. En mí parece que algo se congeló, todo es un nudo. Sigo viviendo, trabajando mucho. No sueño con nada, no quiero nada para mí. Solo veo a mi hija y nietos en Instagram. De mi hijo sé algo por su mujer en Instagram. Me alegra verles bien, sanos. Van a sitios bonitos, a restaurantes caros. Tal vez no les di suficiente amor, por eso no sienten amor por mí. Mi hija pregunta a veces cómo estoy. Siempre respondo “bien”, nunca me quejo. Mi hijo envía algún audio por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien”. Una vez mi hijo me dijo que no quería escuchar los problemas entre su padre y yo, le afectaban negativamente. Así que dejé de contarle nada, solo le digo: “Sí, hijo, todo bien”. Quisiera abrazar a los nietos, pero sospecho que ni saben que tienen abuela —limpiadora, pensionista—, seguro que creen que su abuela murió hace mucho… Ya ni recuerdo cuándo he comprado algo para mí misma, salvo ropa interior y calcetines baratos. Nunca he ido a un salón de belleza. Una vez al mes corto el pelo en la peluquería de al lado, el tinte lo hago yo. Me alegra que sigo usando la misma talla de siempre —46/48—, no tengo que renovar vestuario. Y tengo mucho miedo de que un día no pueda levantarme de la cama —el dolor de espalda es constante. Temo quedar dependiente. ¿Debería haber vivido de otra forma, descansando, disfrutando pequeños placeres, no trabajando siempre y dejando todo para “luego”? ¿Dónde está ese “luego”? Ya no existe… Dentro de mí hay vacío… en mi corazón, completo desinterés… y a mi alrededor… también vacío… No culpo a nadie, pero tampoco me culpo. Toda la vida he trabajado y sigo haciéndolo, por si acaso, me hago una pequeña reserva por si dejo de trabajar. Aunque sé que si quedo postrada, no querré vivir… no quiero ser un problema para nadie. Y ¿sabéis qué es lo más triste? Que nunca, en toda mi vida, nadie me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… sí, para partirse de risa…

Síndrome de la vida eternamente aplazada
Confesión de una mujer española de 60 años
María Torres:

Este año he cumplido sesenta, y ni una sola llamada de mi familia para felicitarme por mi cumpleaños. Ni una.

Tengo una hija, un hijo, dos nietos y, bueno, también un exmarido por ahí. La mayor, Carmen, tiene 40; el pequeño, Diego, 35. Los dos viven en Madrid y terminaron carreras en la Universidad Autónoma y la Complutense, respectivamente. Los dos son listos, triunfadores. Carmen está casada con un alto funcionario del gobierno, Diego con la hija de un importante empresario madrileño. Sus vidas, estables y llenas de propiedades, negocios propios además de sus empleos públicos. Les va bien. Les va muy bien.

El padre de mis hijos se fue el mismo año que Diego terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de nuestro ritmo, aunque él siempre mantuvo su trabajo tranquilo en una oficina: fines de semana con los amigos, o tirado en el sofá, y los veranos, siempre un mes entero en Andalucía, con sus primos. Yo nunca cogía vacaciones: trabajaba de ingeniera en una fábrica de Alcalá de Henares, luego en la limpieza de la misma, y los domingos empaquetando productos en el supermercado de la esquina, de ocho de la mañana a ocho de la noche, además de limpiar almacenes. Todo lo que ganaba era para los niños: Madrid cuesta caro, y ir a la universidad exigía buena ropa, alimentación y algún capricho.

Aprendí a coser y arreglar la ropa vieja, a remendar los zapatos. Siempre iba limpia, decente. Eso me bastaba. Mis únicas diversiones eran sueños: a veces me veía joven, feliz, riendo.

Mi marido, apenas se marchó, se compró un coche de lujo. Ahí debía de tener lo suyo ahorrado. Nuestra vida juntos era extraña: él solo pagaba la comunidad, nada más. El resto lo cubría yo. La educación de los niños vino de mi parte

El piso que compartíamos, en Chamberí, era herencia de mi abuela. Un buen piso antiguo, techos altos, dos habitaciones convertidas en tres: un pequeño trastero de ocho metros y medio con ventana que transformé en cuarto para Carmen, cama, mesa, armario, estanterías. Yo dormía con Diego en la otra, apenas paraba por casa más que para dormir. Él en el salón. Cuando Carmen se fue a Madrid, ocupé su cuarto y Diego se quedó en el suyo.

Nos separamos, sin discutir, sin peleas por los muebles, sin culpas. Él buscó “VIVIR”, y yo, agotada, me quedé con el alivio de no cocinar primero, segundo y postre todos los días, ni lavar ni planchar para nadie. Gané tiempo para mí.

Para entonces coleccionaba enfermedades: columna, articulaciones, diabetes, tiroides, nervios rotos. Por primera vez me cogí una baja y me dediqué a curarme. No dejé los trabajos extra, pero mejoré.

Contraté a un albañil buenísimo y con su ayudante me dejaron el baño como nunca en solo dos semanas. ¡Fui feliz! Una felicidad íntima. Personal.

A mis hijos siempre les mandaba dinero en lugar de regalos, también a sus hijos cuando llegaron. Los fines de semana en el supermercado seguían ahí, lo mismo que la limpieza en el portal; sin el extra no habría ni un euro para mí. Ellos casi nunca me felicitaban, y regalos, ninguno. Lo más doloroso fue que no me invitaron a sus bodas. Carmen lo dijo claro: “Mamá, allí no pegabas para nada. Vendría gente del gobierno.” De la boda de Diego me enteré cuando Carmen me lo contó, ya después

Al menos no pidieron dinero para celebraciones

Nunca vienen a verme, aunque los invito. Carmen dice que “para qué va a ese pueblo”, refiriéndose a Valladolid, ciudad grande pero, para ella, campo. Diego siempre responde: “No puedo mamá, estoy muy liado”. Hay siete vuelos al día de Madrid. Dos horas de viaje.

¿Cómo llamaría esa etapa? Vida de emociones silenciadas

Vivía como Escarlata OHara: Ya pensaré en ello mañana. Reprimía lágrimas, la pena, todo, desde el desconcierto hasta la desesperanza. Era un autómata.

Luego la fábrica la compraron los de Madrid y vino la reestructuración. A los que ya rondábamos la jubilación nos invitaron a irnos. Perdí dos curros, pero así pude jubilarme antes de tiempo. Me quedó una pensión de 750 euros al mes. Intenta tú vivir con eso

Al menos, en mi portal, una de las vecinas se jubiló y conseguí su puesto para limpiar escaleras. Otros 750 euros. No dejé el supermercado, pagaban bien, 45 euros cada turno. Acababa extenuada de tantas horas de pie.

Poco a poco empecé a arreglar la cocina, encargada al vecino, que me hizo un trabajo rápido, limpio y a buen precio. De nuevo volví a ahorrar algo. Planeaba renovar las habitaciones, cambiar algún mueble. Pero en mis planes nunca estaba yo. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida sencilla, nunca he comido mucho. Y en medicamentos, bastante. La comunidad tampoco ayuda: sube cada año. El exmarido me dice: “Vende ese piso. Te van a dar buen dinero por la zona. Cómpra un estudio.” Pero me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres; ella me crió y todo lo mío está ahí.

Con mi ex mantenemos relación cordial, como viejos conocidos. Él está bien, nunca habla de su vida personal. Cada mes me trae patatas, verduras, arroz, agua Lo que pesa. No quiere dinero. Me advierte que no pida la compra online, que siempre lo traen todo pasado o pocho. Le digo que sí

Algo dentro de mí se ha secado, lo noto hecho un nudo. Vivo. Trabajo. No sueño nada. No quiero nada para mí. Veo a mis nietos solo por Instagram, en las fotos de Carmen. De Diego, apenas algo en el perfil de mi nuera. Me alegra verlos bien, sanos, viajando por sitios bonitos, comiendo en restaurantes caros.

Quizás les di poco amor. Por eso, no lo recibo. Carmen pregunta de vez en cuando cómo estoy. Siempre respondo bien. Jamás me quejo. Diego a veces envía un audio: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Le respondo lo mismo. Una vez me dijo que no quería escuchar los problemas de papá y míos, que el mal rollo le venía mal. Así que dejé de contarle nada. Solo: Sí, hijo, todo bien.

Me gustaría tanto abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni saben que tienen una abuela viva. Seguramente, según la versión oficial, la abuela murió hace años

Ya ni recuerdo haberme comprado algo para mí, salvo algún sujetador o calcetines, de lo más barato. No piso un salón de manicura ni pedicura. Una vez al mes, corto de pelo en la peluquería del barrio. Me tiño el pelo sola. Al menos, igual que entonces, sigo usando la misma talla, 46/48. No hace falta renovar el armario.

Me aterra que un día no pueda levantarme de la cama. El dolor de espalda no me deja vivir. Temo acabar postrada.

¿Quizás nunca debí vivir así, sin descanso, sin placeres pequeños, trabajando y aplazando todo para luego? ¿Dónde está ese luego? Ya no existe Dentro de mí solo queda vacío en el corazón, indiferencia Y a mi alrededor, nada.

No culpo a nadie. Tampoco puedo culparme. He trabajado toda la vida y sigo haciéndolo. Intento guardar algo, por si un día no puedo trabajar. Aunque sé bien, sin mentiras, que si caigo en cama, no querré seguir No quiero que nadie se cargue con mi problema.

¿Saben qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores JAMÁS Sería cómico que el primer ramo me lo pusieran en la tumba. Casi me da la risa solo de pensarloPero esta mañana, antes de salir a limpiar el portal, he encontrado en la puerta de casa un pequeño paquete envuelto en papel azul, atado con un lazo. No tenía remitente, solo una nota escrita con trazo tembloroso: Gracias por todo, vecina. Que la vida le regale un día bonito.

Lo abrí con manos torpes y, por primera vez en mis sesenta años, allí estaban: unas flores. Pequeñas, sencillas, silvestres, mezcladas con ramitas de lavanda. Olían a campo y a sol. Cerré los ojos y sentí algo caliente en los párpados, como si se hubieran fundido todos los inviernos que llevé dentro. Me senté en el escalón, con los brazos llenos de ese ramo inesperado, y entendí que a veces la vida se acuerda de las historias que nunca nadie escucha.

Me quedé allí, respirando despacio, mientras el aroma llenaba el portal y el corazón. Pensé que, al fin y al cabo, no todo lo que se aplaza se pierde para siempre. Que hay días en que la vidapor accidente, por milagrote devuelve una pizca de lo que soñaste. Y, aunque nadie lo sepa, aunque no salga en las fotos, hoy, solo por hoy, soy una mujer que recibe flores.

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MagistrUm
El síndrome de la vida eternamente pospuesta… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año cumplí los 60, y ninguno de mis familiares siquiera me felicitó por teléfono en mi aniversario. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y también un exmarido. Mi hija tiene 40 años, mi hijo 35. Ambos viven en Madrid, los dos estudiaron en universidades bastante prestigiosas de la ciudad. Son inteligentes, exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un importante empresario madrileño. Cada uno tiene una buena carrera y varias propiedades, además de sus negocios privados. Todo es estable. Mi exmarido se fue cuando mi hijo terminó la universidad. Dijo que estaba cansado de vivir a ese ritmo. Aunque él trabajaba tranquilo en la misma empresa, pasaba los fines de semana con amigos o en el sofá, y en vacaciones se iba todo el mes con familiares al sur. Yo, en cambio, nunca tomé vacaciones, trabajaba al mismo tiempo en tres sitios: como ingeniera en una fábrica, como limpiadora en la misma administración y los sábados y domingos como reponedora en un supermercado cercano de 8 a 20 horas, además de limpiar zonas comunes y almacenes. Todo lo que ganaba se iba a los hijos —Madrid es una ciudad cara y estudiar en universidades prestigiosas requiere buena ropa, además de alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, arreglarla, a reparar calzado. Siempre limpia y ordenada. Era suficiente para mí. Mis únicas distracciones eran los sueños en los que me veía joven, feliz, riendo. En cuanto mi esposo se marchó, cambió de coche, compró uno caro y moderno. Parece que tenía bastante ahorrado. Nuestra vida juntos fue rara: todos los gastos eran míos, salvo el alquiler, que pagaba él y ahí terminaba su aportación. Yo eduqué a nuestros hijos… La vivienda donde vivíamos la heredé de mi abuela. Un buen piso clásico, luminoso, de techos altos. Dos habitaciones, convertidas en tres. Había un trastero con ventana de 8,5 metros, lo reformé y allí cabía bien cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos habitación —aunque yo solo pasaba allí la noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, pasé al trastero. Mi hijo quedó en el cuarto. Nos separamos sin discusiones, sin repartos, sin reproches. Él quería VIVIR, no una vida gris, y yo estaba tan agotada que suspiré aliviada… Ya no tenía que preparar comidas, postres y compota, ni lavar ni planchar ni ordenar su ropa, podía dedicar ese tiempo al descanso. Por entonces ya tenía varios achaques —espalda, articulaciones, diabetes, tiroides, nervios hechos polvo. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. No dejé los otros trabajos. Me recuperé un poco. Contraté un buen especialista y, con su ayudante, me hicieron en dos semanas una excelente reforma en el baño. ¡Fue una alegría! ¡Felicidad personal! ¡Un regalo para mí! Todo ese tiempo enviaba dinero a mis hijos exitosos en vez de regalos por sus cumpleaños, Navidad, el 8 de marzo, el día del padre… Después llegaron el nieto y la nieta. Nunca pude dejar trabajos extra, no quedaba dinero para mí. Casi nunca me felicitaban, solo respondían a mis mensajes. No recibía regalos. Lo peor de todo fue no ser invitada a sus bodas. Mi hija fue sincera: “Mamá, no encajas en nuestro ambiente. Irán personas de la corte presidencial.” La boda de mi hijo me la contó mi hija cuando ya había pasado… Al menos no pidieron dinero para la boda… Ninguno ha venido a verme, pese a mis invitaciones. Mi hija dice que en mi ciudad “no hay nada interesante” (una capital de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde: “No tengo tiempo, mamá”. ¡El avión a Madrid vuela siete veces al día! Dos horas de viaje… ¿Cómo llamaría a esa etapa de mi vida? Quizás, vida de emociones reprimidas… Vivía como Escarlata O’Hara —“ya lo pensaré mañana”… Sofocaba lágrimas y dolor, suprimía todas las emociones, de la incomprensión a la desesperanza. Era como un robot programado para trabajar. Luego la fábrica la compraron empresarios de Madrid y hubo reorganización. A los próximos a la jubilación nos despidieron. Perdí dos trabajos, pero pude jubilarme antes de tiempo. Me dieron 900 euros de pensión… ¿cómo vivir con eso? Al final tuve suerte —en mi edificio, una finca de cinco alturas, se quedó libre la plaza de limpiadora… empecé a limpiar escaleras, 900 euros más. No dejé lo del supermercado, pagaban bien: 120 euros por día. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reformar poco a poco la cocina, lo hacía yo en su mayor parte y el mobiliario lo encargué al vecino, quedó bien y barato. Otra vez a ahorrar. Quería renovar también las habitaciones, renovar algo de mobiliario. Tenía planes… pero esos planes no me incluían a mí misma. ¿En qué gastaba dinero para mí? Solo en comida, la más sencilla, nunca he comido mucho. Y en medicinas, donde se iba la mayoría. El alquiler tampoco ayudaba, cada vez subía más. Mi exmarido decía que vendiera el piso, está en buena zona, da buen precio, y me comprara uno pequeño. Pero me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres, me crió ella. Quiero esa casa. Con mi ex mantengo una relación cordial, hablamos como viejos conocidos. Le va muy bien. Nunca hablamos de la vida privada. Una vez al mes viene, me trae algo de compra —patatas, verduras, arroz, agua. Cosas pesadas. Rechaza darme dinero. Dice que la compra online trae producto malo, mejor lo trae él. Y le acepto. En mí parece que algo se congeló, todo es un nudo. Sigo viviendo, trabajando mucho. No sueño con nada, no quiero nada para mí. Solo veo a mi hija y nietos en Instagram. De mi hijo sé algo por su mujer en Instagram. Me alegra verles bien, sanos. Van a sitios bonitos, a restaurantes caros. Tal vez no les di suficiente amor, por eso no sienten amor por mí. Mi hija pregunta a veces cómo estoy. Siempre respondo “bien”, nunca me quejo. Mi hijo envía algún audio por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien”. Una vez mi hijo me dijo que no quería escuchar los problemas entre su padre y yo, le afectaban negativamente. Así que dejé de contarle nada, solo le digo: “Sí, hijo, todo bien”. Quisiera abrazar a los nietos, pero sospecho que ni saben que tienen abuela —limpiadora, pensionista—, seguro que creen que su abuela murió hace mucho… Ya ni recuerdo cuándo he comprado algo para mí misma, salvo ropa interior y calcetines baratos. Nunca he ido a un salón de belleza. Una vez al mes corto el pelo en la peluquería de al lado, el tinte lo hago yo. Me alegra que sigo usando la misma talla de siempre —46/48—, no tengo que renovar vestuario. Y tengo mucho miedo de que un día no pueda levantarme de la cama —el dolor de espalda es constante. Temo quedar dependiente. ¿Debería haber vivido de otra forma, descansando, disfrutando pequeños placeres, no trabajando siempre y dejando todo para “luego”? ¿Dónde está ese “luego”? Ya no existe… Dentro de mí hay vacío… en mi corazón, completo desinterés… y a mi alrededor… también vacío… No culpo a nadie, pero tampoco me culpo. Toda la vida he trabajado y sigo haciéndolo, por si acaso, me hago una pequeña reserva por si dejo de trabajar. Aunque sé que si quedo postrada, no querré vivir… no quiero ser un problema para nadie. Y ¿sabéis qué es lo más triste? Que nunca, en toda mi vida, nadie me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… sí, para partirse de risa…