Llevo tiempo pensando en cómo te contar esto, porque me pesa y, a la vez, me parece casi gracioso visto desde fuera. Mira, este año he cumplido 60, y ni una sola llamada de parte de mi gente para felicitarme, ni siquiera un feliz cumpleaños rápido por teléfono. Soy madre de dos: Paloma y Rodrigo. Tengo un nieto, Marcos, y una nieta, Luz. Mi exmarido también sigue presente. Paloma tiene ya 40 años, Rodrigo 35.
Los dos viven en Madrid, se graduaron en universidades con mucha solera de allí. Siempre han sido listos, espabilados. Paloma está casada con un funcionario importante, Rodrigo con la hija de un gran empresario madrileño. Han tenido suerte en el trabajo, poseen varios pisos y negocios propios, aparte de sus puestos públicos. Todo les va de maravilla, no les falta de nada.
Mi ex se fue justo cuando Rodrigo terminó la uni. Me soltó que el ritmo de vida le agobiaba. Lo cierto es que él tenía una vida tranquila, trabajando siempre en lo mismo y los fines de semana entre amigos o tirado en el sofá. Cogía un mes entero de vacaciones y se iba al sur a ver familiares. Yo, en cambio, no cogía vacaciones nunca y trabajaba en tres sitios: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina y los sábados y domingos empaquetando productos en el súper de la esquina de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Además, me encargaba de limpiar los despachos y el almacén.
Todo el dinero se iba en los niños. Madrid es carísimo, y estudiar en universidades de prestigio exigía buena ropa, comidas decentes y, de vez en cuando, algún plan de ocio. Aprendí a remendarme la ropa, a arreglarme los zapatos. Siempre iba limpia y presentable, con eso tenía suficiente. ¿Qué hacía yo para entretenerme? Pues soñar. De vez en cuando, soñaba que era joven, feliz, riéndome a carcajadas.
Mi ex, nada más irse, se compró un coche nuevo y caro. Debía de haber estado ahorrando sin que yo me enterara. Nuestro matrimonio siempre fue raro: todos los gastos caían sobre mis hombros, salvo la hipoteca, que la pagaba él. Y ese era todo su aporte. Yo eduqué a los niños.
La casa donde vivimos era herencia de mi abuela. Un piso grande, antiguo y bien cuidado en el centro, con techos altos. Tenía dos habitaciones que convertí en tres, haciendo obra en el trastero que era de unos 8 metros con ventana. Lo reformé y allí cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estantería; fue el cuarto de Paloma. Rodrigo y yo compartíamos la otra habitación, total, yo solo pasaba por casa a dormir. Mi ex vivía en el salón. Cuando Paloma se mudó a Madrid, me quedé con su cuarto y Rodrigo con la habitación de siempre.
La separación fue tranquila, sin líos ni peleas. Sin disputas por las cosas. Él quería VIVIR y yo, agotada, lo asumí con alivio… De repente, podía descansar, sin preocuparme por la comida o la colada, sin estar pendiente de planchar ni ordenar nada. Por fin tenía tiempo para mí.
Eso sí, ya arrastraba mil dolencias: la espalda, las articulaciones, la tiroides, diabetes y los nervios fatal. Por primera vez pedí vacaciones en el curro principal para tratarme. Pero no dejé los otros trabajos. Me cuidé un poco.
Un día contraté a un albañil buenísimo y, con su compañero, me renovaron el baño en dos semanas. No sabes cómo lo celebré. ¡Felicidad propia! Por fin, algo solo para mí.
Todos estos años, en vez de regalos, mandé dinero a mis hijos y luego a los nietos por los cumples, navidades, el Día de la Madre y del Padre. Así que, no podía dejar los trabajos extra y casi nunca guardaba dinero para mí. Las felicitaciones eran escasas, casi siempre en respuesta a las mías. Los regalos… ni uno.
Lo más doloroso: cuando se casaron, ni Rodrigo ni Paloma me invitaron. Paloma me lo dijo claro: “Mama, no pintas nada en esa celebración. Será todo gente del Gobierno, no sería tu ambiente.” Del bodorrio de Rodrigo me enteré por Paloma, cuando ya había pasado. Menos mal que no pidieron dinero…
Ni uno viene nunca a casa, aunque les insisto. Paloma dice que no tiene tiempo para venir a este pueblo que es una ciudad grande, no te creas. Rodrigo siempre dice: “¡Mamá, imposible, estoy a tope!” Pero a Madrid puedes llegar en avión en dos horas; hay vuelos siete veces al día.
¿Cómo llamaría yo a aquella etapa? La vida de emociones reprimidas. Iba sobreviviendo, como Escarlata OHara: Pensaré en ello mañana. Ahogaba las lágrimas, la rabia, la sorpresa, el desánimo, todo. Era como un robot solo para trabajar.
Luego la fábrica la compraron unos madrileños, y vino la reestructuración. A los de mi edad nos despidieron y así perdí dos trabajos de golpe. Eso sí, me pude jubilar antes por despido. Me dejaron una pensión de 800 euros… ¿Tú crees que se puede vivir dignamente con eso?
Tuve algo de suerte y en un edificio de mi barrio salió trabajo de limpiadora. Allí voy y sumo otros 800 euros. No dejé la empaquetadora los fines de semana, que pagaba bien: 50 euros por turno. Lo difícil era estar tantas horas de pie.
Me puse a reformar la cocina, despacito. Lo hice casi todo yo, el vecino me montó los muebles baratos y resultones. Iba ahorrando un poco más, con la idea de pintar, cambiar algún mueble. Siempre haciendo planes… pero en esos planes nunca salía yo. ¿En qué gastaba para mí? Solo en comida sencilla y en medicinas, que cada vez cuestan más. La factura de la luz, el agua y la comunidad sube todo el rato. Mi ex me dice muchas veces que venda el piso, que el barrio es bueno y me dan buen dinero, que compre uno pequeño. Pero me da pena, es el último recuerdo de mi abuela. Mis padres ni los recuerdo, ella me crio y esa casa es mi vida.
Con mi ex el trato es cordial, como viejos amigos. A veces viene y trae cosas pesadas: patatas, verduras, arroz, agua. Se niega a que le pague. Me dice que no use la compra online, porque te traen todo pocho o pasado. Así que acepto.
Siento como si algo en mí estuviera detenido, apretado en el pecho. Vivo y sigo trabajando mucho, sin soñar con nada para mí, sin querer nada. A Paloma y a los peques los veo solo en su Instagram. De Rodrigo sé por las fotos que sube su mujer. Me alegro de que estén bien, de que viajen, de que coman en sitios elegantes.
Quizás les di poco amor, por eso ahora no sienten nada por mí. Paloma a veces me pregunta cómo estoy, siempre contesto que bien, nunca me quejo. Rodrigo me manda mensajes de voz: Hola, mama, espero que todo vaya bien. Nada más.
Una vez me dijo que no quería oírme hablar de los problemas con su padre, que le ponía de mal humor. Así que dejé de contarle nada y siempre le digo que todo va bien.
Me encantaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que no saben ni que existo. Seguro que piensan que su abuela murió hace años Les habrán contado otra cosa.
No recuerdo la última vez que me compré algo, salvo, de vez en cuando, unos calcetines o algo de ropa interior, siempre lo más barato. No sé lo que es una manicura, una pedicura en salón Solo voy a la peluquería del barrio una vez al mes para cortarme el pelo, el tinte me lo hago yo en casa. Al menos mantengo la misma talla de siempre, la 46/48, así que no renuevo armario.
Lo que más miedo me da es que un día no pueda levantarme de la cama por los dolores de espalda. Me aterra quedarme inmóvil.
Quizás no debería haber llevado esta vida sin descanso, sin caprichos, trabajando sin parar y dejando todo para después. ¿Pero dónde está ese después? Ya ha pasado. Siento vacío, indiferencia, y alrededor, nadie, nada.
No culpo a nadie, pero tampoco puedo culparme a mí. He dado siempre lo mejor de mí, y aún sigo trabajando. Sigo ahorrando, aunque sea poco, por si acaso. Sé que, si me quedo postrada, no quiero ser carga para nadie
¿Sabes lo más triste? Nunca, jamás, nadie me ha regalado flores. Ni una vez. Y casi me da la risa de pensarlo qué paradoja sería que un día alguien me traiga flores al cementerio. ¡Vaya, lo que me iba a reír!







