El síndrome de la vida eternamente aplazada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido los 60. Y nadie de mi familia me ha felicitado por teléfono en mi cumpleaños. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y hasta mi ex marido sigue por ahí. Mi hija tiene 40; mi hijo, 35. Ambos viven en Madrid, ambos se graduaron en universidades bastante prestigiosas de la capital. Ambos son inteligentes y exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un gran empresario madrileño. Los dos tienen carreras brillantes, varias propiedades, y además de sus empleos públicos, cuentan con sus propios negocios. Todo parece estable. Mi ex marido se marchó cuando mi hijo terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él siempre trabajó tranquilo, en la misma empresa, los fines de semana los pasaba con amigos o tirado en el sofá, y en vacaciones se iba el mes entero con sus familiares al sur. Yo, en cambio, nunca cogía vacaciones, trabajaba en tres sitios a la vez: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los fines de semana – de empaquetadora en el supermercado del barrio desde las 8 hasta las 20, además de limpiar los almacenes. Todo lo que ganaba, iba para mis hijos – Madrid es una ciudad cara y estudiar en una universidad prestigiosa requiere ropa decente. Más alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, a veces la remendaba, arreglaba los zapatos. Iba siempre limpia y arreglada. Eso me bastaba. Mis únicos momentos de evasión eran los sueños, a veces soñaba que era joven, feliz, y reía. Mi ex marido, en cuanto se fue, se compró un coche nuevo, caro y elegante. Se ve que tenía ahorrado. Nuestra vida juntos fue peculiar – todos los gastos corrían de mi parte, excepto el alquiler, eso sí lo pagaba él, y ahí terminaba su aportación familiar. A los hijos los saqué adelante yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Es un buen piso, de los de antes, de techos altos y bien cuidado. Tenía dos habitaciones, reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 metros cuadrados con ventana, lo renové y cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos otra habitación, aunque yo solo iba de noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. Mi hijo siguió en su cuarto. La separación fue cordial, sin peleas ni división de bienes, sin reproches. Él quería VIVIR otra vida, y yo estaba tan agotada que lo viví como un alivio… Ya no tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar ni planchar su ropa, ni organizar nada, podía descansar. Tenía ya un montón de achaques – la espalda, las articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. Los trabajos extra no los dejé. Me recuperé. Contraté a un buen profesional y, junto con su ayudante, me hicieron un baño nuevo en dos semanas. ¡Para mí eso fue felicidad! ¡Felicidad personal! ¡Felicidad para mí! Todo ese tiempo, enviaba dinero a mis hijos en vez de regalos por los cumpleaños, Navidad, San Valentín, Día del Padre. Después vinieron los nietos. Así que no podía dejar los extras. Para mí no quedaba dinero. Rara vez me felicitaban en los días señalados, casi siempre en respuesta a mis mensajes. Nunca recibí regalos. Lo más doloroso es que ni mi hijo ni mi hija me invitaron a sus bodas. Mi hija me lo dijo con sinceridad: “Mamá, tú no encajarías en el ambiente. Habrá gente del Gabinete de la Presidencia.” La boda de mi hijo la supe por mi hija, después… Al menos no me pidieron dinero para la boda… Ninguno de mis hijos viene nunca, aunque siempre los invito. Mi hija dice que aquí no tiene nada que hacer en el pueblo (ciudad de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde “Mamá, ¡no tengo tiempo!” ¡Hay vuelos a Madrid siete veces al día! Solo dos horas… ¿Cómo llamaría esa etapa de mi vida? Quizá, vida de emociones reprimidas… Vivía entonces como Escarlata O’Hara – “ya lo pensaré mañana”… Ahogaba las lágrimas y el dolor, reprimía emociones… Vivía como un robot programado para trabajar. Después, unos madrileños compraron la fábrica y la reorganizaron. A los que estábamos cerca de la jubilación nos despidieron, perdí dos trabajos de golpe, pero eso sí, pude prejubilarme. La pensión: 900 euros… A ver quién vive con eso. Al final tuve suerte – en mi edificio de cinco plantas con cuatro portales quedaba una plaza de limpiadora… Me puse a limpiar los portales – otros 900 euros. No dejé el empaquetado ni la limpieza del súper, pagaban bien: 90 euros por turno. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reparar poco a poco la cocina. Fui haciéndolo yo, encargué los muebles al vecino – rápido, buen precio. Volví a ahorrar. Quería renovar las habitaciones, cambiar algunos muebles. Tenía planes… Pero para mí misma no había ningún plan. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla – nunca he comido mucho. Y medicinas. Gastaba mucho más en medicinas. El alquiler tampoco ayudaba – cada año subía. Mi ex marido me decía que vendiera el piso, en el barrio está bien valorado, me darían buen dinero. Que me comprara uno pequeño. Pero a mí me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Me crió mi abuela. Y el piso, donde ha transcurrido toda mi vida, me resulta muy valioso. Con mi ex mantuvimos buena amistad. Hablamos a veces como viejos conocidos. Le va bien. De su vida personal nunca habla. Una vez al mes viene, me trae patatas, verduras, arroz, agua. Lo pesado. No quiere aceptar dinero. Dice que no pida por internet, que te traen todo pocho, podrido… Y le hago caso. Dentro de mí todo está como apagado – hecho un ovillo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y a mis nietos solo los veo por Instagram. La vida de mi hijo la sigo en el perfil de mi nuera. Me alegra que les vaya bien. Que estén sanos y felicies. Van de vacaciones a sitios increíbles, frecuentan restaurantes caros… Tal vez no les di suficiente amor. Por eso no sienten amor hacia mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre le digo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces me envía mensajes de voz por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Cuando era joven, mi hijo me dijo que no quería escuchar problemas de padres, que el negativismo le afectaba. Y dejé de contarle nada, solo le digo “sí, hijo, todo está bien.” Me gustaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni siquiera saben que tienen una abuela viva – abuela pensionista y limpiadora. Seguro que según la leyenda, la abuela falleció hace años… No recuerdo haber comprado nunca nada para mí; a veces compro ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido jamás a hacerme la manicura, ni la pedicura… Una vez al mes voy a cortarme el pelo a la peluquería del barrio. Me lo tiño yo misma. Me alegra que tanto de joven como ahora sigo usando la misma talla – 46/48. No hace falta renovar el armario. Me da mucho miedo no poder levantarme un día de la cama – los dolores de espalda me torturan siempre. Me da miedo quedarme postrada. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeñas alegrías, trabajando siempre y dejando todo para “después”. ¿Dónde está ese “después”? Ya no existe… En mi alma hay un vacío… en mi corazón, absoluta indiferencia… Y a mi alrededor, vacío también… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí misma. He trabajado toda mi vida y sigo trabajando. Intento ahorrar un poco por si no puedo seguir. No es mucho, pero algo es algo… Aunque, ¿a quién engaño? Si caigo, no viviré… No quiero que nadie tenga que encargarse de mí. ¿Y sabéis qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… de verdad, para partirse de risa…

Llevo tiempo pensando en cómo te contar esto, porque me pesa y, a la vez, me parece casi gracioso visto desde fuera. Mira, este año he cumplido 60, y ni una sola llamada de parte de mi gente para felicitarme, ni siquiera un feliz cumpleaños rápido por teléfono. Soy madre de dos: Paloma y Rodrigo. Tengo un nieto, Marcos, y una nieta, Luz. Mi exmarido también sigue presente. Paloma tiene ya 40 años, Rodrigo 35.

Los dos viven en Madrid, se graduaron en universidades con mucha solera de allí. Siempre han sido listos, espabilados. Paloma está casada con un funcionario importante, Rodrigo con la hija de un gran empresario madrileño. Han tenido suerte en el trabajo, poseen varios pisos y negocios propios, aparte de sus puestos públicos. Todo les va de maravilla, no les falta de nada.

Mi ex se fue justo cuando Rodrigo terminó la uni. Me soltó que el ritmo de vida le agobiaba. Lo cierto es que él tenía una vida tranquila, trabajando siempre en lo mismo y los fines de semana entre amigos o tirado en el sofá. Cogía un mes entero de vacaciones y se iba al sur a ver familiares. Yo, en cambio, no cogía vacaciones nunca y trabajaba en tres sitios: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina y los sábados y domingos empaquetando productos en el súper de la esquina de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Además, me encargaba de limpiar los despachos y el almacén.

Todo el dinero se iba en los niños. Madrid es carísimo, y estudiar en universidades de prestigio exigía buena ropa, comidas decentes y, de vez en cuando, algún plan de ocio. Aprendí a remendarme la ropa, a arreglarme los zapatos. Siempre iba limpia y presentable, con eso tenía suficiente. ¿Qué hacía yo para entretenerme? Pues soñar. De vez en cuando, soñaba que era joven, feliz, riéndome a carcajadas.

Mi ex, nada más irse, se compró un coche nuevo y caro. Debía de haber estado ahorrando sin que yo me enterara. Nuestro matrimonio siempre fue raro: todos los gastos caían sobre mis hombros, salvo la hipoteca, que la pagaba él. Y ese era todo su aporte. Yo eduqué a los niños.

La casa donde vivimos era herencia de mi abuela. Un piso grande, antiguo y bien cuidado en el centro, con techos altos. Tenía dos habitaciones que convertí en tres, haciendo obra en el trastero que era de unos 8 metros con ventana. Lo reformé y allí cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estantería; fue el cuarto de Paloma. Rodrigo y yo compartíamos la otra habitación, total, yo solo pasaba por casa a dormir. Mi ex vivía en el salón. Cuando Paloma se mudó a Madrid, me quedé con su cuarto y Rodrigo con la habitación de siempre.

La separación fue tranquila, sin líos ni peleas. Sin disputas por las cosas. Él quería VIVIR y yo, agotada, lo asumí con alivio… De repente, podía descansar, sin preocuparme por la comida o la colada, sin estar pendiente de planchar ni ordenar nada. Por fin tenía tiempo para mí.

Eso sí, ya arrastraba mil dolencias: la espalda, las articulaciones, la tiroides, diabetes y los nervios fatal. Por primera vez pedí vacaciones en el curro principal para tratarme. Pero no dejé los otros trabajos. Me cuidé un poco.

Un día contraté a un albañil buenísimo y, con su compañero, me renovaron el baño en dos semanas. No sabes cómo lo celebré. ¡Felicidad propia! Por fin, algo solo para mí.

Todos estos años, en vez de regalos, mandé dinero a mis hijos y luego a los nietos por los cumples, navidades, el Día de la Madre y del Padre. Así que, no podía dejar los trabajos extra y casi nunca guardaba dinero para mí. Las felicitaciones eran escasas, casi siempre en respuesta a las mías. Los regalos… ni uno.

Lo más doloroso: cuando se casaron, ni Rodrigo ni Paloma me invitaron. Paloma me lo dijo claro: “Mama, no pintas nada en esa celebración. Será todo gente del Gobierno, no sería tu ambiente.” Del bodorrio de Rodrigo me enteré por Paloma, cuando ya había pasado. Menos mal que no pidieron dinero…

Ni uno viene nunca a casa, aunque les insisto. Paloma dice que no tiene tiempo para venir a este pueblo que es una ciudad grande, no te creas. Rodrigo siempre dice: “¡Mamá, imposible, estoy a tope!” Pero a Madrid puedes llegar en avión en dos horas; hay vuelos siete veces al día.

¿Cómo llamaría yo a aquella etapa? La vida de emociones reprimidas. Iba sobreviviendo, como Escarlata OHara: Pensaré en ello mañana. Ahogaba las lágrimas, la rabia, la sorpresa, el desánimo, todo. Era como un robot solo para trabajar.

Luego la fábrica la compraron unos madrileños, y vino la reestructuración. A los de mi edad nos despidieron y así perdí dos trabajos de golpe. Eso sí, me pude jubilar antes por despido. Me dejaron una pensión de 800 euros… ¿Tú crees que se puede vivir dignamente con eso?

Tuve algo de suerte y en un edificio de mi barrio salió trabajo de limpiadora. Allí voy y sumo otros 800 euros. No dejé la empaquetadora los fines de semana, que pagaba bien: 50 euros por turno. Lo difícil era estar tantas horas de pie.

Me puse a reformar la cocina, despacito. Lo hice casi todo yo, el vecino me montó los muebles baratos y resultones. Iba ahorrando un poco más, con la idea de pintar, cambiar algún mueble. Siempre haciendo planes… pero en esos planes nunca salía yo. ¿En qué gastaba para mí? Solo en comida sencilla y en medicinas, que cada vez cuestan más. La factura de la luz, el agua y la comunidad sube todo el rato. Mi ex me dice muchas veces que venda el piso, que el barrio es bueno y me dan buen dinero, que compre uno pequeño. Pero me da pena, es el último recuerdo de mi abuela. Mis padres ni los recuerdo, ella me crio y esa casa es mi vida.

Con mi ex el trato es cordial, como viejos amigos. A veces viene y trae cosas pesadas: patatas, verduras, arroz, agua. Se niega a que le pague. Me dice que no use la compra online, porque te traen todo pocho o pasado. Así que acepto.

Siento como si algo en mí estuviera detenido, apretado en el pecho. Vivo y sigo trabajando mucho, sin soñar con nada para mí, sin querer nada. A Paloma y a los peques los veo solo en su Instagram. De Rodrigo sé por las fotos que sube su mujer. Me alegro de que estén bien, de que viajen, de que coman en sitios elegantes.

Quizás les di poco amor, por eso ahora no sienten nada por mí. Paloma a veces me pregunta cómo estoy, siempre contesto que bien, nunca me quejo. Rodrigo me manda mensajes de voz: Hola, mama, espero que todo vaya bien. Nada más.

Una vez me dijo que no quería oírme hablar de los problemas con su padre, que le ponía de mal humor. Así que dejé de contarle nada y siempre le digo que todo va bien.

Me encantaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que no saben ni que existo. Seguro que piensan que su abuela murió hace años Les habrán contado otra cosa.

No recuerdo la última vez que me compré algo, salvo, de vez en cuando, unos calcetines o algo de ropa interior, siempre lo más barato. No sé lo que es una manicura, una pedicura en salón Solo voy a la peluquería del barrio una vez al mes para cortarme el pelo, el tinte me lo hago yo en casa. Al menos mantengo la misma talla de siempre, la 46/48, así que no renuevo armario.

Lo que más miedo me da es que un día no pueda levantarme de la cama por los dolores de espalda. Me aterra quedarme inmóvil.

Quizás no debería haber llevado esta vida sin descanso, sin caprichos, trabajando sin parar y dejando todo para después. ¿Pero dónde está ese después? Ya ha pasado. Siento vacío, indiferencia, y alrededor, nadie, nada.

No culpo a nadie, pero tampoco puedo culparme a mí. He dado siempre lo mejor de mí, y aún sigo trabajando. Sigo ahorrando, aunque sea poco, por si acaso. Sé que, si me quedo postrada, no quiero ser carga para nadie

¿Sabes lo más triste? Nunca, jamás, nadie me ha regalado flores. Ni una vez. Y casi me da la risa de pensarlo qué paradoja sería que un día alguien me traiga flores al cementerio. ¡Vaya, lo que me iba a reír!

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MagistrUm
El síndrome de la vida eternamente aplazada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido los 60. Y nadie de mi familia me ha felicitado por teléfono en mi cumpleaños. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y hasta mi ex marido sigue por ahí. Mi hija tiene 40; mi hijo, 35. Ambos viven en Madrid, ambos se graduaron en universidades bastante prestigiosas de la capital. Ambos son inteligentes y exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un gran empresario madrileño. Los dos tienen carreras brillantes, varias propiedades, y además de sus empleos públicos, cuentan con sus propios negocios. Todo parece estable. Mi ex marido se marchó cuando mi hijo terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él siempre trabajó tranquilo, en la misma empresa, los fines de semana los pasaba con amigos o tirado en el sofá, y en vacaciones se iba el mes entero con sus familiares al sur. Yo, en cambio, nunca cogía vacaciones, trabajaba en tres sitios a la vez: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los fines de semana – de empaquetadora en el supermercado del barrio desde las 8 hasta las 20, además de limpiar los almacenes. Todo lo que ganaba, iba para mis hijos – Madrid es una ciudad cara y estudiar en una universidad prestigiosa requiere ropa decente. Más alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, a veces la remendaba, arreglaba los zapatos. Iba siempre limpia y arreglada. Eso me bastaba. Mis únicos momentos de evasión eran los sueños, a veces soñaba que era joven, feliz, y reía. Mi ex marido, en cuanto se fue, se compró un coche nuevo, caro y elegante. Se ve que tenía ahorrado. Nuestra vida juntos fue peculiar – todos los gastos corrían de mi parte, excepto el alquiler, eso sí lo pagaba él, y ahí terminaba su aportación familiar. A los hijos los saqué adelante yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Es un buen piso, de los de antes, de techos altos y bien cuidado. Tenía dos habitaciones, reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 metros cuadrados con ventana, lo renové y cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos otra habitación, aunque yo solo iba de noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. Mi hijo siguió en su cuarto. La separación fue cordial, sin peleas ni división de bienes, sin reproches. Él quería VIVIR otra vida, y yo estaba tan agotada que lo viví como un alivio… Ya no tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar ni planchar su ropa, ni organizar nada, podía descansar. Tenía ya un montón de achaques – la espalda, las articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. Los trabajos extra no los dejé. Me recuperé. Contraté a un buen profesional y, junto con su ayudante, me hicieron un baño nuevo en dos semanas. ¡Para mí eso fue felicidad! ¡Felicidad personal! ¡Felicidad para mí! Todo ese tiempo, enviaba dinero a mis hijos en vez de regalos por los cumpleaños, Navidad, San Valentín, Día del Padre. Después vinieron los nietos. Así que no podía dejar los extras. Para mí no quedaba dinero. Rara vez me felicitaban en los días señalados, casi siempre en respuesta a mis mensajes. Nunca recibí regalos. Lo más doloroso es que ni mi hijo ni mi hija me invitaron a sus bodas. Mi hija me lo dijo con sinceridad: “Mamá, tú no encajarías en el ambiente. Habrá gente del Gabinete de la Presidencia.” La boda de mi hijo la supe por mi hija, después… Al menos no me pidieron dinero para la boda… Ninguno de mis hijos viene nunca, aunque siempre los invito. Mi hija dice que aquí no tiene nada que hacer en el pueblo (ciudad de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde “Mamá, ¡no tengo tiempo!” ¡Hay vuelos a Madrid siete veces al día! Solo dos horas… ¿Cómo llamaría esa etapa de mi vida? Quizá, vida de emociones reprimidas… Vivía entonces como Escarlata O’Hara – “ya lo pensaré mañana”… Ahogaba las lágrimas y el dolor, reprimía emociones… Vivía como un robot programado para trabajar. Después, unos madrileños compraron la fábrica y la reorganizaron. A los que estábamos cerca de la jubilación nos despidieron, perdí dos trabajos de golpe, pero eso sí, pude prejubilarme. La pensión: 900 euros… A ver quién vive con eso. Al final tuve suerte – en mi edificio de cinco plantas con cuatro portales quedaba una plaza de limpiadora… Me puse a limpiar los portales – otros 900 euros. No dejé el empaquetado ni la limpieza del súper, pagaban bien: 90 euros por turno. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reparar poco a poco la cocina. Fui haciéndolo yo, encargué los muebles al vecino – rápido, buen precio. Volví a ahorrar. Quería renovar las habitaciones, cambiar algunos muebles. Tenía planes… Pero para mí misma no había ningún plan. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla – nunca he comido mucho. Y medicinas. Gastaba mucho más en medicinas. El alquiler tampoco ayudaba – cada año subía. Mi ex marido me decía que vendiera el piso, en el barrio está bien valorado, me darían buen dinero. Que me comprara uno pequeño. Pero a mí me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Me crió mi abuela. Y el piso, donde ha transcurrido toda mi vida, me resulta muy valioso. Con mi ex mantuvimos buena amistad. Hablamos a veces como viejos conocidos. Le va bien. De su vida personal nunca habla. Una vez al mes viene, me trae patatas, verduras, arroz, agua. Lo pesado. No quiere aceptar dinero. Dice que no pida por internet, que te traen todo pocho, podrido… Y le hago caso. Dentro de mí todo está como apagado – hecho un ovillo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y a mis nietos solo los veo por Instagram. La vida de mi hijo la sigo en el perfil de mi nuera. Me alegra que les vaya bien. Que estén sanos y felicies. Van de vacaciones a sitios increíbles, frecuentan restaurantes caros… Tal vez no les di suficiente amor. Por eso no sienten amor hacia mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre le digo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces me envía mensajes de voz por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Cuando era joven, mi hijo me dijo que no quería escuchar problemas de padres, que el negativismo le afectaba. Y dejé de contarle nada, solo le digo “sí, hijo, todo está bien.” Me gustaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni siquiera saben que tienen una abuela viva – abuela pensionista y limpiadora. Seguro que según la leyenda, la abuela falleció hace años… No recuerdo haber comprado nunca nada para mí; a veces compro ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido jamás a hacerme la manicura, ni la pedicura… Una vez al mes voy a cortarme el pelo a la peluquería del barrio. Me lo tiño yo misma. Me alegra que tanto de joven como ahora sigo usando la misma talla – 46/48. No hace falta renovar el armario. Me da mucho miedo no poder levantarme un día de la cama – los dolores de espalda me torturan siempre. Me da miedo quedarme postrada. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeñas alegrías, trabajando siempre y dejando todo para “después”. ¿Dónde está ese “después”? Ya no existe… En mi alma hay un vacío… en mi corazón, absoluta indiferencia… Y a mi alrededor, vacío también… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí misma. He trabajado toda mi vida y sigo trabajando. Intento ahorrar un poco por si no puedo seguir. No es mucho, pero algo es algo… Aunque, ¿a quién engaño? Si caigo, no viviré… No quiero que nadie tenga que encargarse de mí. ¿Y sabéis qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… de verdad, para partirse de risa…