EL SELLO POSTAL… –Ilya se ha ido de casa, se ha marchado de donde Katia –suspiró profundamente mamá. —¿Cómo? —no entendí. —Ni yo misma lo comprendo. Estuvo un mes fuera por trabajo. Volvió y no era el mismo. Le dijo a Katia: “perdóname, amo a otra”, —mamá quedó pensativa, fijando la vista en un punto. —¿Así, sin más? Tiene que ser una equivocación. ¡Qué horror! —comencé a enfadarme con el marido de mi hermana Katia. —Me llamó Sonia, que la abuela estaba mal, llamó al “Ambulancia”. Resulta que Katia tuvo un trastorno neurológico y no podía tragar —mamá pestañeó rápidamente, abrumada. —Mamá, tranquila… Claro, tampoco fue buena idea eso de poner a su marido en el altar bajo los santos, siempre bailándole el agua. Ahora que lo ha perdido, se da cuenta. La compadezco… Espero que lo de Ilya con esa mujer no sea serio. Él quiere a Katia y a Sonia —me negaba a aceptar lo que oía. …Entre Ilya y Katia surgió una pasión arrolladora, una de esas historias de amor que se viven a flor de piel. A los dos meses de conocerse, se casaron y nació su hija, Sonia. Todo iba perfectamente… Hasta que la vida decidió dar un vuelco. Como una bola que se despeña por la montaña… Por supuesto, fui al instante a ver a mi hermana. Qué difícil hablar de estos temas con alguien tan cercano. —Katia, ¿pero cómo ha podido pasar? ¿Ilya te explicó algo? ¿Se ha vuelto loco? —atiborré de preguntas a mi hermana. —Ay, Nina, ni yo me lo creo. ¿Quién será esa mujer? ¿Lo ha embrujado quizás? Ilya ha salido disparado, como un poseso. Imposible frenarlo. Me soltó: “Katia, la vida ha de fluir, no desvanecerse”. Cogió su bolso, metió todo y se largó. Me siento arrastrada por el asfalto, no entiendo nada… —Katia lloraba y lloraba. —Katia, espera, aún puede cambiar de opinión tu fugitivo… De todo se sale —abrazando a mi hermana, intenté consolarla. …Pero el fugitivo no volvió. Ilya se instaló en otra ciudad, con nueva esposa. Ksenia tenía dieciocho años más que Ilya. La diferencia de edad no impedía que se quisieran y fueran felices. “El alma no tiene edad”, repetía Ksenia. Ilya estaba deslumbrado por su segunda mujer, que se convirtió en su faro. El carácter de Ksenia tenía tela… Sabía amar, sabía no amar. Era como un arbusto salvaje: libre, inesperada. Podía derretirte con sus palabras o cortarte a tajos. Ilya adoraba a Ksenia. Siempre le repetía: “¿Dónde estabas antes, mi Ksenia? Te he buscado media vida”. …Mientras, Katia decidió vengarse de todos los hombres del mundo. Era guapísima; todos giraban la cabeza al cruzarla, hombres y mujeres. Terminó liándose con su jefe. Le volvió loco. —Katia, cásate conmigo. Te haré rica, princesa, te lo juro. —No quiero casarme, Dmitri, ya he tenido bastante… Vamos a la playa, que quiero que mi Sonia respire aire del mar —le guiñó. —Vale, cariño… Santi era más sencillo. Ayudaba en casa, le hizo hasta una reforma. No la pidió en matrimonio: estaba casado. Katia manejaba a los dos a su antojo. Pero de amor, nada. Sólo la ayudaban a sobrellevar el dolor. Katia seguía echando de menos a Ilya. Lo soñaba por las noches, se levantaba llorando. Los recuerdos la desgarraban. No lograba olvidar a Ilya. “¿Cómo arrancarme a esa persona de la piel? ¿Qué hice mal? Fui sumisa, cariñosa, complaciente. Jamás discutimos…” …Pasaron los años. Así vivía Katia: coqueteando con Dmitri, devolviendo a Santi a su familia… …Cuando Sonia cumplió veinte, decidió ir a ver a su padre. Compró el billete de tren, pensando cómo iba a hablar con Ksenia, la mujer que había roto su familia. Llegó la otra ciudad… Llamó a la puerta. —Tú debes de ser Sofía —en el umbral apareció una mujer interesante. “Pero mamá es mucho más guapa”, pensó Sonia. —¿Tú eres Ksenia? —adivinó Sonia. —Sí, pasa, tu padre no está. Pronto llegará —la llevó a la cocina. —¿Cómo estás? ¿Y tu madre? ¿Quieres té, café? —se desvivía Ksenia. —Ksenia, ¿cómo lograste llevarte a mi padre de nuestra casa? Él quería a mamá, lo sé de sobra —Sonia la miraba a los ojos. —Sonia, no todo en la vida puede preverse. No hay garantías en el amor. A veces, ocurre una pasión inexplicable. Una sola cita lo cambia todo. El cielo decide. Y a veces ni una misma entiende por qué. Hay que cambiar de baile cuando suena la música. Eso no se puede explicar —Ksenia se sentó, agotada. —¿Pero no podías controlarte? Hay que respetar la familia… —Sonia no entendía. —No, niña —respondió Ksenia, breve. —Gracias por la sinceridad —Sonia no aceptó el café. —¿Te doy un consejo? Los hombres son como sellos postales: cuanto más les escupes, mejor se pegan —rió Ksenia—. En fin, hay que ser a veces de acero, a veces de terciopelo… Por cierto, estoy peleada con tu padre. —¿Puedo esperarle? —Sonia se inquietó. —No sé… Lleva una semana en un hotel. Te doy la dirección —escribió en un papel. Sonia sintió alivio: podría hablar a solas con él. —Gracias por el café —dijo al irse. Encontró el hotel, llamó a la puerta. Ilya se alegró de verla. Se puso nervioso. —Sonia, iba a volver hoy mismo… Ya sabes, discusión y todo eso… —Papá, es cosa tuya. Yo sólo quería verte —le tomó la mano. —¿Cómo está mamá? —preguntó Ilya. —Bien, papá. Nos hemos acostumbrado sin ti —suspiró Sonia. Padre e hija pasaron una velada entrañable en la habitación, entre charla, risas y lágrimas… —Papá, ¿tú quieres de verdad a Ksenia? —preguntó Sonia de pronto. —Muchísimo. Perdóname, hija —contestó Ilya con firmeza. —Ya veo… Bueno, me voy, que tengo que coger el tren —Sonia recogió sus cosas. —Ven a verme, hija, seguimos siendo familia —dijo Ilya, bajando la mirada. —Claro, claro… —Sonia salió del hotel. De vuelta a casa, decidió seguir el consejo de Ksenia: No amar, no confiarse, no creerse las promesas vacías de los hombres. Que les den… …Pero tres años después apareció un hombre especial: Kiril. Él estaba hecho para Sonia. Se lo mandó el cielo… Sofía lo supo de inmediato. Lo intuyó con el alma. Cuando llega el amor verdadero, ya nada más te sabe igual… Kiril abrazó a su mujer con el corazón, sin soltarla nunca. Le rozó el alma sin tocarla. Sofía pronto se enamoró. Sin peros. Hasta el fondo…

EL SELLO DE CORREOS

Íñigo ha dejado a Maite mi madre suspira con pesadez.

¿Cómo dices? pregunto sin entender.

Yo tampoco lo comprendo. Ha estado un mes en Valencia por trabajo. Volvió y ya no era él. Le dijo a Maite: perdona, pero amo a otra mi madre se queda pensativa mirando a un punto fijo.

¿Así, directamente? Debe ser una confusión No lo puedo creer siento rabia hacia el marido de mi hermana Maite.

Me ha llamado Soledad, dice que mamá está mal, ha llamado a la ambulancia. Resulta que a Maite le ha dado una crisis neurológica de disfagia mi madre parpadea con frecuencia, muy afectada.

Tranquila, mamá. Claro, Maite cometió el error, como se dice, de poner a su marido en el altar. Siempre bailando alrededor de él. Ahora le toca beber de su propia medicina. Pobrecilla. Espero que lo de Íñigo no sea serio con esa Ya verás cómo la sigue queriendo, a Maite y a Sole me niego a creer lo que oigo.

…Íñigo y Maite vivieron una pasión arrolladora. Dos meses después de conocerse, ya estaban casados. De ese amor nació su hija, Soledad. Su vida era ordenada, tranquila, hasta que

Todo se precipitó, como una bola de nieve montaña abajo.

No tardé en ir a casa de Maite. Hablar de estas cosas con un ser querido es duro.

Maite, ¿cómo ha pasado esto? ¿Íñigo llegó a dar alguna explicación? ¿Está loco o qué? inundo a mi hermana con preguntas.

Ay, Carmen, yo tampoco lo comprendo. ¿De dónde ha salido esa mujer? ¿Le ha hecho una brujería? Íñigo, como fuera de sí, se marchó corriendo tras ella. No pude pararlo. Me soltó: Maite, la vida tiene que fluir, y aquí se estanca. Tiró cuatro cosas en una maleta y se fue. Siento como si me hubieran arrastrado la cara por el suelo. No entiendo nada las lágrimas corren una tras otra por las mejillas de Maite.

Ánimo, Maite, igual tu fugitivo vuelve. A veces pasan cosasabrazo a mi hermana, que llora desconsolada.

…Pero el fugitivo no volvió.

Íñigo echó raíces en otra ciudad. Con otra esposa.

Cristina era dieciocho años mayor que Íñigo. La diferencia de edad nunca supuso un obstáculo para su amor ni para su felicidad. El alma no tiene edad, repetía a menudo Cristina.

Íñigo se desvivía por su segunda esposa. Ella era su guía, su faro.

El carácter de Cristina era complicado.

Sabía amar, sabía no amar. Era indómita, libre. Tan pronto podía envolver en palabras dulces, como cortar con crueldad.

Íñigo la adoraba.

Siempre le preguntaba:

¿Dónde has estado todo este tiempo, mi Cristina? Media vida buscándote

…Entre tanto, Maite decidió tomar su particular venganza contra todos los hombres.

Era guapa. No solo los hombres; también las mujeres se giraban a mirarla por la Gran Vía.

En el trabajo empezó un affair con su jefe, Don Santiago.

Maite, cásate conmigo. No te va a faltar nunca nada. No miento. Te trataré como una reina.

No quiero casarme, Santi, ya tuve bastante Mejor, vamos al mar. Quiero que Sole respire aire fresco guiña coqueta Maite.

Claro, mi vida, lo que quieras

Juan era más sencillo. Le ayudaba en casa, reformó el piso de Maite.

No le pidió nunca matrimonio; estaba muy casado.

Maite los tenía a ambos a su antojo.

Pero no se trataba de amor. Le ayudaban a sobrellevar la pena, nada más.

Pero Maite seguía echando de menos a Íñigo, soñaba con él. Despertaba empapada en lágrimas inútiles. Los recuerdos la agitaban, no podía dejar de pensar en Íñigo.

«¿Cómo se borra a alguien de una misma? ¿En qué fallé yo? Siempre fui sumisa, cariñosa, cumplía todos sus deseos. Jamás discutimos»

…Pasaron los años.

Maite continuó igual: unas veces sonreía enigmática a su jefe, otras devolvía a Juan a su familia.

…Soledad tenía ya veinte años cuando decidió visitar a su padre.

Compró un billete de AVE. Durante el viaje, pensaba cómo iniciar la conversación con su madrastra, Cristina.

Llegó a la otra ciudad.

Llamó al timbre.

Tú debes de ser Sole una mujer interesante asoma en el umbral.

«Mi madre es mucho más guapa», piensa Sole.

¿Es usted Cristina? deduce Sole.

Sí, pasa. Tu padre no está en casa, volverá pronto Cristina conduce a Sole a la cocina.

¿Cómo estás? ¿Cómo va mamá? Cristina hace café nerviosa ¿Lo quieres?

Cristina, dígame ¿Cómo consiguió llevarse a mi padre? Él amaba a mi madre, eso lo sé Sole clava la mirada en Cristina.

Sole, no todo en la vida puede preverse. En el amor no hay garantías. A veces surge una pasión inexplicable. Una sola mirada cambia todo. El destino nos une, sin saber por qué. No puedes más que cambiar el baile, digamos. Es algo que no se puede explicar Cristina suspira, sentándose.

¿Pero no se puede evitar? Existe una obligación con la familia, al menos Sole no entiende los argumentos de Cristina. La mira con desafecto.

No se puede, hija contesta Cristina, lacónica.

Gracias por hablar claro Sole ni prueba el café.

¿Te digo un consejo travieso, Sole? Un hombre es como un sello: cuanto más lo escupes, mejor se pega Cristina rompe a reír Y en fin, con los hombres hay que ser a ratos de acero y a ratos terciopelo Por cierto, tu padre y yo andamos peleados.

Gracias por el consejo. ¿Le espero entonces? pregunta, inquieta, la chica.

No lo sé. Lleva una semana en un hotel. Te doy la dirección Cristina garabatea algo en un trozo de papel Toma.

Sole, en el fondo, se siente aliviada. Así podrá hablar tranquila, sin testigos, con su padre.

Adiós. Gracias por el café dice rápidamente antes de irse.

Encuentra el hotel. Llama.

Íñigo se alegra mucho de verla. Está algo cortado.

Sole, justo hoy pensaba volver Ya sabes, una discusión

Papá, eso es asunto tuyo. Solo quería verte Sole le toma la mano.

¿Cómo está mamá? pregunta Íñigo, sin venir a cuento.

Bien, papá. Nos hemos acostumbrado a vivir sin ti suspira Sole.

Padre e hija comparten una tarde tranquila en la habitación del hotel, hablando entre risas y lágrimas

Papá, ¿quieres a Cristina? pregunta de pronto Sole.

Muchísimo. Lo siento, hija responde Íñigo con seguridad.

Vale. Bueno, me voy; en breve sale mi tren Sole se levanta.

Ven a verme cuando quieras, Sole. Somos familia Íñigo baja la mirada.

Claro, claro y Sole sale volando del hotel.

Al regresar a casa, decide seguir el consejo de Cristina.

No amar, no atarse, no creer promesas vacías de hombre. A escupir

…Hasta que tres años después apareció un hombre diferente. Miguel. Era para Sole. Lo mandó el cielo.

Lo supo en el acto. Lo sintió

Cuando encuentras lo tuyo, ya nada más tiene sabor

Miguel abrazó el alma de su mujer y no la soltó. Le tocó el corazón de verdad. Y Sole, esta vez, amó. Sin condiciones. Hasta la última ceniza.

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MagistrUm
EL SELLO POSTAL… –Ilya se ha ido de casa, se ha marchado de donde Katia –suspiró profundamente mamá. —¿Cómo? —no entendí. —Ni yo misma lo comprendo. Estuvo un mes fuera por trabajo. Volvió y no era el mismo. Le dijo a Katia: “perdóname, amo a otra”, —mamá quedó pensativa, fijando la vista en un punto. —¿Así, sin más? Tiene que ser una equivocación. ¡Qué horror! —comencé a enfadarme con el marido de mi hermana Katia. —Me llamó Sonia, que la abuela estaba mal, llamó al “Ambulancia”. Resulta que Katia tuvo un trastorno neurológico y no podía tragar —mamá pestañeó rápidamente, abrumada. —Mamá, tranquila… Claro, tampoco fue buena idea eso de poner a su marido en el altar bajo los santos, siempre bailándole el agua. Ahora que lo ha perdido, se da cuenta. La compadezco… Espero que lo de Ilya con esa mujer no sea serio. Él quiere a Katia y a Sonia —me negaba a aceptar lo que oía. …Entre Ilya y Katia surgió una pasión arrolladora, una de esas historias de amor que se viven a flor de piel. A los dos meses de conocerse, se casaron y nació su hija, Sonia. Todo iba perfectamente… Hasta que la vida decidió dar un vuelco. Como una bola que se despeña por la montaña… Por supuesto, fui al instante a ver a mi hermana. Qué difícil hablar de estos temas con alguien tan cercano. —Katia, ¿pero cómo ha podido pasar? ¿Ilya te explicó algo? ¿Se ha vuelto loco? —atiborré de preguntas a mi hermana. —Ay, Nina, ni yo me lo creo. ¿Quién será esa mujer? ¿Lo ha embrujado quizás? Ilya ha salido disparado, como un poseso. Imposible frenarlo. Me soltó: “Katia, la vida ha de fluir, no desvanecerse”. Cogió su bolso, metió todo y se largó. Me siento arrastrada por el asfalto, no entiendo nada… —Katia lloraba y lloraba. —Katia, espera, aún puede cambiar de opinión tu fugitivo… De todo se sale —abrazando a mi hermana, intenté consolarla. …Pero el fugitivo no volvió. Ilya se instaló en otra ciudad, con nueva esposa. Ksenia tenía dieciocho años más que Ilya. La diferencia de edad no impedía que se quisieran y fueran felices. “El alma no tiene edad”, repetía Ksenia. Ilya estaba deslumbrado por su segunda mujer, que se convirtió en su faro. El carácter de Ksenia tenía tela… Sabía amar, sabía no amar. Era como un arbusto salvaje: libre, inesperada. Podía derretirte con sus palabras o cortarte a tajos. Ilya adoraba a Ksenia. Siempre le repetía: “¿Dónde estabas antes, mi Ksenia? Te he buscado media vida”. …Mientras, Katia decidió vengarse de todos los hombres del mundo. Era guapísima; todos giraban la cabeza al cruzarla, hombres y mujeres. Terminó liándose con su jefe. Le volvió loco. —Katia, cásate conmigo. Te haré rica, princesa, te lo juro. —No quiero casarme, Dmitri, ya he tenido bastante… Vamos a la playa, que quiero que mi Sonia respire aire del mar —le guiñó. —Vale, cariño… Santi era más sencillo. Ayudaba en casa, le hizo hasta una reforma. No la pidió en matrimonio: estaba casado. Katia manejaba a los dos a su antojo. Pero de amor, nada. Sólo la ayudaban a sobrellevar el dolor. Katia seguía echando de menos a Ilya. Lo soñaba por las noches, se levantaba llorando. Los recuerdos la desgarraban. No lograba olvidar a Ilya. “¿Cómo arrancarme a esa persona de la piel? ¿Qué hice mal? Fui sumisa, cariñosa, complaciente. Jamás discutimos…” …Pasaron los años. Así vivía Katia: coqueteando con Dmitri, devolviendo a Santi a su familia… …Cuando Sonia cumplió veinte, decidió ir a ver a su padre. Compró el billete de tren, pensando cómo iba a hablar con Ksenia, la mujer que había roto su familia. Llegó la otra ciudad… Llamó a la puerta. —Tú debes de ser Sofía —en el umbral apareció una mujer interesante. “Pero mamá es mucho más guapa”, pensó Sonia. —¿Tú eres Ksenia? —adivinó Sonia. —Sí, pasa, tu padre no está. Pronto llegará —la llevó a la cocina. —¿Cómo estás? ¿Y tu madre? ¿Quieres té, café? —se desvivía Ksenia. —Ksenia, ¿cómo lograste llevarte a mi padre de nuestra casa? Él quería a mamá, lo sé de sobra —Sonia la miraba a los ojos. —Sonia, no todo en la vida puede preverse. No hay garantías en el amor. A veces, ocurre una pasión inexplicable. Una sola cita lo cambia todo. El cielo decide. Y a veces ni una misma entiende por qué. Hay que cambiar de baile cuando suena la música. Eso no se puede explicar —Ksenia se sentó, agotada. —¿Pero no podías controlarte? Hay que respetar la familia… —Sonia no entendía. —No, niña —respondió Ksenia, breve. —Gracias por la sinceridad —Sonia no aceptó el café. —¿Te doy un consejo? Los hombres son como sellos postales: cuanto más les escupes, mejor se pegan —rió Ksenia—. En fin, hay que ser a veces de acero, a veces de terciopelo… Por cierto, estoy peleada con tu padre. —¿Puedo esperarle? —Sonia se inquietó. —No sé… Lleva una semana en un hotel. Te doy la dirección —escribió en un papel. Sonia sintió alivio: podría hablar a solas con él. —Gracias por el café —dijo al irse. Encontró el hotel, llamó a la puerta. Ilya se alegró de verla. Se puso nervioso. —Sonia, iba a volver hoy mismo… Ya sabes, discusión y todo eso… —Papá, es cosa tuya. Yo sólo quería verte —le tomó la mano. —¿Cómo está mamá? —preguntó Ilya. —Bien, papá. Nos hemos acostumbrado sin ti —suspiró Sonia. Padre e hija pasaron una velada entrañable en la habitación, entre charla, risas y lágrimas… —Papá, ¿tú quieres de verdad a Ksenia? —preguntó Sonia de pronto. —Muchísimo. Perdóname, hija —contestó Ilya con firmeza. —Ya veo… Bueno, me voy, que tengo que coger el tren —Sonia recogió sus cosas. —Ven a verme, hija, seguimos siendo familia —dijo Ilya, bajando la mirada. —Claro, claro… —Sonia salió del hotel. De vuelta a casa, decidió seguir el consejo de Ksenia: No amar, no confiarse, no creerse las promesas vacías de los hombres. Que les den… …Pero tres años después apareció un hombre especial: Kiril. Él estaba hecho para Sonia. Se lo mandó el cielo… Sofía lo supo de inmediato. Lo intuyó con el alma. Cuando llega el amor verdadero, ya nada más te sabe igual… Kiril abrazó a su mujer con el corazón, sin soltarla nunca. Le rozó el alma sin tocarla. Sofía pronto se enamoró. Sin peros. Hasta el fondo…