EL SELLO DE CORREOS
Íñigo ha dejado a Maite mi madre suspira con pesadez.
¿Cómo dices? pregunto sin entender.
Yo tampoco lo comprendo. Ha estado un mes en Valencia por trabajo. Volvió y ya no era él. Le dijo a Maite: perdona, pero amo a otra mi madre se queda pensativa mirando a un punto fijo.
¿Así, directamente? Debe ser una confusión No lo puedo creer siento rabia hacia el marido de mi hermana Maite.
Me ha llamado Soledad, dice que mamá está mal, ha llamado a la ambulancia. Resulta que a Maite le ha dado una crisis neurológica de disfagia mi madre parpadea con frecuencia, muy afectada.
Tranquila, mamá. Claro, Maite cometió el error, como se dice, de poner a su marido en el altar. Siempre bailando alrededor de él. Ahora le toca beber de su propia medicina. Pobrecilla. Espero que lo de Íñigo no sea serio con esa Ya verás cómo la sigue queriendo, a Maite y a Sole me niego a creer lo que oigo.
…Íñigo y Maite vivieron una pasión arrolladora. Dos meses después de conocerse, ya estaban casados. De ese amor nació su hija, Soledad. Su vida era ordenada, tranquila, hasta que
Todo se precipitó, como una bola de nieve montaña abajo.
No tardé en ir a casa de Maite. Hablar de estas cosas con un ser querido es duro.
Maite, ¿cómo ha pasado esto? ¿Íñigo llegó a dar alguna explicación? ¿Está loco o qué? inundo a mi hermana con preguntas.
Ay, Carmen, yo tampoco lo comprendo. ¿De dónde ha salido esa mujer? ¿Le ha hecho una brujería? Íñigo, como fuera de sí, se marchó corriendo tras ella. No pude pararlo. Me soltó: Maite, la vida tiene que fluir, y aquí se estanca. Tiró cuatro cosas en una maleta y se fue. Siento como si me hubieran arrastrado la cara por el suelo. No entiendo nada las lágrimas corren una tras otra por las mejillas de Maite.
Ánimo, Maite, igual tu fugitivo vuelve. A veces pasan cosasabrazo a mi hermana, que llora desconsolada.
…Pero el fugitivo no volvió.
Íñigo echó raíces en otra ciudad. Con otra esposa.
Cristina era dieciocho años mayor que Íñigo. La diferencia de edad nunca supuso un obstáculo para su amor ni para su felicidad. El alma no tiene edad, repetía a menudo Cristina.
Íñigo se desvivía por su segunda esposa. Ella era su guía, su faro.
El carácter de Cristina era complicado.
Sabía amar, sabía no amar. Era indómita, libre. Tan pronto podía envolver en palabras dulces, como cortar con crueldad.
Íñigo la adoraba.
Siempre le preguntaba:
¿Dónde has estado todo este tiempo, mi Cristina? Media vida buscándote
…Entre tanto, Maite decidió tomar su particular venganza contra todos los hombres.
Era guapa. No solo los hombres; también las mujeres se giraban a mirarla por la Gran Vía.
En el trabajo empezó un affair con su jefe, Don Santiago.
Maite, cásate conmigo. No te va a faltar nunca nada. No miento. Te trataré como una reina.
No quiero casarme, Santi, ya tuve bastante Mejor, vamos al mar. Quiero que Sole respire aire fresco guiña coqueta Maite.
Claro, mi vida, lo que quieras
Juan era más sencillo. Le ayudaba en casa, reformó el piso de Maite.
No le pidió nunca matrimonio; estaba muy casado.
Maite los tenía a ambos a su antojo.
Pero no se trataba de amor. Le ayudaban a sobrellevar la pena, nada más.
Pero Maite seguía echando de menos a Íñigo, soñaba con él. Despertaba empapada en lágrimas inútiles. Los recuerdos la agitaban, no podía dejar de pensar en Íñigo.
«¿Cómo se borra a alguien de una misma? ¿En qué fallé yo? Siempre fui sumisa, cariñosa, cumplía todos sus deseos. Jamás discutimos»
…Pasaron los años.
Maite continuó igual: unas veces sonreía enigmática a su jefe, otras devolvía a Juan a su familia.
…Soledad tenía ya veinte años cuando decidió visitar a su padre.
Compró un billete de AVE. Durante el viaje, pensaba cómo iniciar la conversación con su madrastra, Cristina.
Llegó a la otra ciudad.
Llamó al timbre.
Tú debes de ser Sole una mujer interesante asoma en el umbral.
«Mi madre es mucho más guapa», piensa Sole.
¿Es usted Cristina? deduce Sole.
Sí, pasa. Tu padre no está en casa, volverá pronto Cristina conduce a Sole a la cocina.
¿Cómo estás? ¿Cómo va mamá? Cristina hace café nerviosa ¿Lo quieres?
Cristina, dígame ¿Cómo consiguió llevarse a mi padre? Él amaba a mi madre, eso lo sé Sole clava la mirada en Cristina.
Sole, no todo en la vida puede preverse. En el amor no hay garantías. A veces surge una pasión inexplicable. Una sola mirada cambia todo. El destino nos une, sin saber por qué. No puedes más que cambiar el baile, digamos. Es algo que no se puede explicar Cristina suspira, sentándose.
¿Pero no se puede evitar? Existe una obligación con la familia, al menos Sole no entiende los argumentos de Cristina. La mira con desafecto.
No se puede, hija contesta Cristina, lacónica.
Gracias por hablar claro Sole ni prueba el café.
¿Te digo un consejo travieso, Sole? Un hombre es como un sello: cuanto más lo escupes, mejor se pega Cristina rompe a reír Y en fin, con los hombres hay que ser a ratos de acero y a ratos terciopelo Por cierto, tu padre y yo andamos peleados.
Gracias por el consejo. ¿Le espero entonces? pregunta, inquieta, la chica.
No lo sé. Lleva una semana en un hotel. Te doy la dirección Cristina garabatea algo en un trozo de papel Toma.
Sole, en el fondo, se siente aliviada. Así podrá hablar tranquila, sin testigos, con su padre.
Adiós. Gracias por el café dice rápidamente antes de irse.
Encuentra el hotel. Llama.
Íñigo se alegra mucho de verla. Está algo cortado.
Sole, justo hoy pensaba volver Ya sabes, una discusión
Papá, eso es asunto tuyo. Solo quería verte Sole le toma la mano.
¿Cómo está mamá? pregunta Íñigo, sin venir a cuento.
Bien, papá. Nos hemos acostumbrado a vivir sin ti suspira Sole.
Padre e hija comparten una tarde tranquila en la habitación del hotel, hablando entre risas y lágrimas
Papá, ¿quieres a Cristina? pregunta de pronto Sole.
Muchísimo. Lo siento, hija responde Íñigo con seguridad.
Vale. Bueno, me voy; en breve sale mi tren Sole se levanta.
Ven a verme cuando quieras, Sole. Somos familia Íñigo baja la mirada.
Claro, claro y Sole sale volando del hotel.
Al regresar a casa, decide seguir el consejo de Cristina.
No amar, no atarse, no creer promesas vacías de hombre. A escupir
…Hasta que tres años después apareció un hombre diferente. Miguel. Era para Sole. Lo mandó el cielo.
Lo supo en el acto. Lo sintió
Cuando encuentras lo tuyo, ya nada más tiene sabor
Miguel abrazó el alma de su mujer y no la soltó. Le tocó el corazón de verdad. Y Sole, esta vez, amó. Sin condiciones. Hasta la última ceniza.







