LA ESTAMPILLA
Álvaro ha dejado a Lucía suspiró mi madre con esa pesadez en los hombros que sólo conozco de los días malos.
¿Cómo? me quedé perpleja, el café se me atragantó un poco.
Ni yo lo entiendo. Se fue un mes de viaje por trabajo. Cuando volvió, ya no era el mismo. Le ha dicho a Lucía que lo siente, pero que está enamorado de otra mi madre se quedó pensando, la mirada fija en una baldosa.
¿Así, sin más? Esto tiene que ser algún malentendido. Qué horror sentí una rabia tremenda contra el marido de mi hermana.
Me llamó Inés; dice que mamá está muy mal, que hasta tuvo que llamar a una ambulancia. Resulta que a Lucía, de los nervios, le ha dado como un trastorno para tragar mi madre parpadeaba intentando no venirse abajo.
Tranquila mamá. La verdad es que Lucía también, ya sabes, tenía a Álvaro en un pedestal, casi que le rezaba. Siempre con atenciones, siempre alrededor de él Ahora paga las consecuencias. Me da pena, sí, pero ojalá Álvaro no lo haya hecho por algo serio. Porque yo sé que él quiere a Lucía y a Inés me negaba a aceptar lo que nos tocaba vivir.
Álvaro y Lucía ardían de amor y pasión cuando se conocieron. A los dos meses se casaron, nació su hija Inés, y durante años todo fue previsible, estable, en calma… hasta que un día, de golpe, el mundo se vino abajo.
Por supuesto, corrí hasta la casa de mi hermana en cuanto me enteré. Qué difícil es hablar de estas cosas con alguien tan tuyo.
¿Cómo es posible, Lucía? ¿Ni una explicación? ¿Se ha vuelto loco Álvaro? la abordé a preguntas.
Ay, Belén, ni yo lo entiendo. Esta mujer apareció de la nada ¿Es que le ha hecho algún hechizo? Álvaro fue como un poseso detrás de ella. Imposible parar. Solo me dijo: Lucía, la vida tiene que fluir, no estancarse. Tumbó su ropa en la maleta y se largó. Es como si me hubiesen pasado la cara por el empedrado de la Gran Vía. No entiendo nada las lágrimas le nublaban los ojos y la voz.
Bueno, Lucía, esperemos. Quizá tu fugitivo recapacite. Siempre hay sorpresas la abracé mientras ella lloraba en mi hombro.
Pero el fugitivo jamás volvió.
Álvaro se instaló en Valencia, con su nueva esposa.
La otra, Carmen, era 18 años mayor que él. Pero la diferencia de edad jamás impidió que estuvieran locos el uno por el otro. El alma no tiene edad, repetía Carmen.
Álvaro estaba cegado. Carmen era su faro, su rumbo. Y vaya carácter el de Carmen Sabía querer, pero podía ser una fiera. Libre, salvaje, a veces cariñosa como una madre, a veces afilada como un cuchillo.
Álvaro la adoraba.
¿Dónde estabas todo este tiempo, Carmen? Te he buscado media vida
Mientras, Lucía se transformó en vengadora de su propio sufrimiento, decidida a devolver a los hombres algo de su propia medicina.
Siempre fue guapa, y tanto mujeres como hombres giraban la cabeza cuando ella pasaba.
En la oficina, inició un lío con su jefe.
Lucía, cásate conmigo. Te haré la reina de mi vida y te colmaré de oro, créeme.
No quiero marido, Julián, ya he tenido bastante. Mejor vamos a la playa, que a mi Inés le sentará bien el mar le guiñó un ojo juguetona.
Luego estaba Ángel, más apañado, el manitas. Le arregló el piso entero y nunca le pidió matrimonio: tenía mujer y dos críos en Getafe.
Lucía manejaba a ambos a su antojo, sin idealizarlos, sin amor. Le ayudaban a ir tirando, a poner una tirita sobre la herida. Pero en el fondo, lo único que hacía era sobrevivir, soñando con Álvaro, viéndolo en sueños, siempre despertando entre lágrimas, con el corazón en carne viva.
¿Cómo se arranca a una persona de una misma? ¿Qué hice mal? Siempre fui sumisa, cariñosa, complaciente; nunca discutimos
Los años fueron pasando.
Lucía siguió alternando entre las promesas de Julián y los ratos de compañía de Ángel, devolviéndolo a su casa cuando se cansaba.
Cuando Inés cumplió veinte años, decidió ir a ver a su padre. Sacó un billete para el AVE, pensando en cómo encararía a Carmen.
Llegó a la ciudad. Tocó al timbre.
Debes de ser Inés apareció en la puerta una mujer con aire magnético.
Mi madre es más guapa, pensó Inés.
¿Usted es Carmen? se aventuró.
Sí, pasa, tu padre no está, pero no tardará Carmen la condujo a la cocina.
¿Cómo estás? ¿Y tu madre? Carmen recogía las tazas, nerviosa. ¿Té, café?
Carmen, ¿cómo hizo para que mi padre se fuera de casa? Sé de sobra que quería a mi madre Inés le clavó la mirada.
No todo en la vida se puede controlar, Inés. En el amor no hay garantías. A veces una pasión aparece de la nada. Un encuentro lo cambia todo, y el destino se impone A veces no lo entiendes, solo puedes seguir el compás aunque la música cambie. Es inexplicable suspiró Carmen, sentándose de golpe.
¿Pero uno no puede frenarse, contenerse? Aunque sólo fuese por deber hacia la familia
No se puede, de verdad.
Gracias por su sinceridad Inés rechazó el café.
¿Te doy un consejo? Carmen sonrió con picardía. El hombre es como un sello: cuanto más lo escupes, más fuerte se pega. Y por lo general: con un hombre hay que ser a veces hierro, a veces terciopelo Por cierto, tu padre y yo estamos bastante enfadados.
Gracias por el consejo. ¿Cree que podré ver a papá? se tensó Inés.
No lo sé. Lleva una semana en un hotel. Si quieres, te doy la dirección Carmen escribió en un trozo de papel. Toma.
La noticia, en el fondo, tranquilizó a Inés. Podía hablar con su padre sola, sin testigos incómodos.
Adiós y gracias por el café Inés se marchó ligera, casi volando.
Buscó el hotel, llamó a la puerta.
Álvaro la recibió contento, algo nervioso.
Inés, pensaba volver hoy Ya sabes, una pelea y todo se complica
Eso es cosa vuestra, papá. Yo sólo venía a verte le cogió la mano con cariño.
¿Cómo está tu madre? preguntó, como por cumplir.
Está bien, papá. Nos hemos acostumbrado a estar sin ti suspiró.
Tuvieron una noche tranquila en aquella habitación, llena de palabras sinceras, risas y alguna lágrima…
Papá, ¿quieres de verdad a Carmen? soltó Inés de repente.
Mucho. Perdóname, hija dijo Álvaro, con una determinación tranquila.
Ya veo. Bueno, yo me voy, tengo que coger el tren Inés empezó a recoger sus cosas.
Ven a vernos, Inés. Al fin y al cabo, somos familia Álvaro bajó la vista.
Sí, claro Inés salió sin mirar atrás.
De regreso a Madrid, Inés decidió hacer propio el consejo de Carmen:
No amar demasiado, no tomar en serio las palabras dulces ni confiar en promesas tontas. Que les den.
Pero tres años después, la vida le regaló a Inés un hombre especial. Se llamaba Mateo. Era como si lo hubiera buscado un ángel solo para ella
Inés lo supo al verlo.
Cuando encuentras lo tuyo, lo de antes ya ni sabe a nada.
Mateo la abrazó con todo el corazón y nunca más la soltó. La tocó por dentro. Inés se enamoró. Sin condiciones. Hasta el último rincón.







