EL SELLO POSTAL… —Ilya ha dejado a Katia —suspiró mi madre con pesadumbre. —¿Cómo? —no comprendí…

EL SELLO

Javier se ha ido de casa de Lucía suspiró mi madre con dramatismo, de esos que reservan las madres para los desastres familiares.

¿Cómo dices? no entendía nada.

Pues ni yo, hija. Se fue de viaje de trabajo un mes y volvió como si le hubiesen cambiado por otro en el tren. Le ha dicho a Lucía: Perdóname, pero amo a otra. Y se quedó tan ancho, ya ves mi madre fijó la mirada en el techo como si allí encontrase respuestas entre las grietas.

¿Así, sin más? ¡No me lo creo! Qué horror empecé a enfadarme con Javier, ese yerno traidor.

Me llamó Sofía, que ha tenido que llamar a la ambulancia porque a tu hermana le ha dado un trastorno rarísimo con la garganta. De los nervios, claro mi madre parpadeaba sin parar.

Venga, mamá, tranquila. Si es que Lucía también, la pobre, siempre tenía a su marido en un pedestal, le bailaba las sevillanas y lo veneraba como a una talla en Semana Santa. Y ahora, mira Espero que lo de Javier no sea serio, que seguro la otra es un capricho. Él adora a Lucía y a Sofía, ¡yo lo sé! me resistía a asumir semejante cataclismo.

Lo de Javier y Lucía fue un amor a lo grande, de los que hacen temblar los cimientos de la casa. Se casaron a los dos meses de empezar a salir y, al poco, llegó Sofía. Todo en orden, vida tranquila, sin fuegos artificiales pero con la serenidad de las familias de anuncios de turrón. Hasta que, claro, la montaña se vino abajo

Evidentemente, corrí a ver a mi hermana. Y ahí estaba, como un cuadro flamenco, hecha un mar de lágrimas.

Lucía, ¿pero qué ha pasado? ¿Javier ha explicado algo? ¿Se le ha ido la olla? disparé todas las preguntas a bocajarro.

Ay, Carmen, ni idea. Apareció esa mujer ¿Le habrá hecho un conjuro? Porque él salió disparado. Me dejó con dos frases, metió cuatro cosas en una maleta y adiós muy buenas. La vida debe fluir, no vaciarse, me soltó. Como si de pronto la casa se quedara sin suelo Lucía lloraba sin pausa, como si le hubieran dejado el grifo abierto.

Bueno, Lucía, espera y dale tiempo. Igual vuelve el hijo pródigo, que peores cosas se han visto la abracé intentando no mojarme demasiado con el tsunami.

Pero el pródigo ni volvió ni mandó postal.

Javier se instaló en Valencia con su nueva esposa, que resultó ser una tal Ascensión. Lo curioso: Ascensión le sacaba dieciocho años. Y tan panchos los dos, porque ella decía muy seria: El alma no entiende de edades, hija.

Javier, más contento que unas castañuelas, veía en su Ascensión un faro.

Eso sí, la Ascensión tenía carácter: capaz de recitarte versos de amor y, al minuto, despellejarte con una sola palabra. Hipnotizaba a Javier, que repetía todo el rato:

¿Dónde te habías metido todo este tiempo, mi Ascensión? Media vida buscándote

Y Lucía, digamos que optó por desquitarse con la venganza alegre. Era guapa, de esas que hacen girar hasta a las abuelas en el mercado.

En el trabajo, encandiló a su jefe.

Lucía, cásate conmigo y te hago reina por la Puerta del Sol. No te van a faltar oro ni castillos presumía el tal Don Ernesto.

Que no, Ernesto, que de bodas ya estoy servida Mejor llévame a la playa, que Sofía necesita yodo le guiñó un ojo y le desinfló el entusiasmo.

Otro, el Santi, era más apañado. Le hacía chapuzas en casa, arreglaba la persiana rota, cambiaba el grifo. Pero casado como un roble, por supuesto. Así estaba Lucía, manejando a ambos como si de una tarta de la abuela se tratara.

Amor, lo que se dice amor, ni rastro. Los empleaba para pasar el trago amargo. Pero las noches, las verdaderas, las reservaba para añorar a Javier, que no se le iba ni en sueños.

¿Cómo me desengancho de este hombre? Si he sido la más entregada, siempre pendiente, sin discutir ni una vez ¿Por qué me ha fallado?

Pasaron años. Lucía seguía jugando al despiste: una sonrisa de ensueño para Ernesto, otra vuelta a casa de Santi.

Sofía, su hija, cumplió veinte años y decidió que era hora de saldar cuentas con el padre fugitivo.

Compró un billete de tren y, durante el trayecto, meditaba cómo enfrentarse a la famosa Ascensión.

Llegó a Valencia, llamó al timbre y apareció una mujer peculiar, con aire misterioso.

Mi madre es mucho más guapa, pensó Sofía.

¿Usted es Ascensión? adivinó Sofía.

Sí, adelante. Tu padre no está, pero llegará pronto la otra la llevó a la cocina, donde siempre se solucionan los temas gordos en España.

¿Cómo estás? ¿Y tu madre? ¿Quieres un café, un té? Ascensión le bailaba a Sofía los tazones por delante.

Ascensión, dígame: ¿cómo consiguió llevarse a mi padre? Él quería a mi madre, eso lo sé yo perfectamente Sofía la miró fijamente, como quien examina un jamón antes de cortarlo.

Sofía, hay cosas que no se pueden planear. El amor llega y punto. Una pasión te pilla de improviso y te mueve de sitio, ¿qué quieres que te diga? Una mirada lo cambia todo y lo otro ya Hay que cambiar de pareja de baile, hija. No tiene explicación parecía que Ascensión acababa de bailar un paso doble y necesitaba silla.

¿Pero no se puede controlar? ¿No es irresponsable? Hay un deber hacia la familia Sofía no tragaba el argumento.

No, hija mía, no puedes poner puertas al campo resumió con resignación Ascensión.

Gracias por su sinceridad Sofía declinó el café.

¿Te doy un consejo de los de picardía? Mira, los hombres son como los sellos: cuanto más los escupes, más se pegan. Y, sobre todo, unas veces hay que ser acero y otras, terciopelo. Por cierto, tu padre y yo estamos peleados ahora.

Bueno, ¿le espero? se inquietó Sofía.

No sé si vendrá Lleva una semana en un hotel. Toma, aquí tienes la dirección le dijo, escribiendo en un trozo de servilleta.

Sofía casi respiró aliviada. Por fin podría hablar con su padre a solas y poner puntos sobre las íes.

Hasta luego y gracias Sofía salió con paso de flamenca decidida.

Encontró el hotel, subió y llamó a la puerta.

Javier recibió a su hija entre tímido y emocionado.

Sofía, justo pensaba volver hoy a casa Ya sabes, una pelea con tu madrasta se encogió de hombros.

Papá, eso es cosa tuya. Solo quería verte le cogió la mano con cariño.

¿Y tu madre? preguntó Javier fuera de contexto.

Todo bien, papá. Nos hemos apañado sin ti suspiró Sofía.

Padre e hija se regalaron una velada tranquila, con conversación de verdad, risas y hasta alguna lágrima.

Papá, ¿tú quieres a Ascensión? le soltó de pronto Sofía.

Mucho, Sofía, lo siento respondió Javier, firme.

Entiendo. Bueno, me voy; el tren sale pronto se puso la chaqueta.

Vuelve cuando quieras, hija. Al fin y al cabo, seguimos siendo familia Javier bajó la mirada.

Claro, papá y Sofía salió volando del hotel como una bailarina tras la última ovación.

Al volver a Madrid, Sofía decidió hacer caso a Ascensión: pasar de los hombres, no creerse ni media palabra y, desde luego, no enamorarse ni a tiros.

Pero pasó, claro. A los tres años apareció el especial. Un tal Álvaro, caído del cielo, solo para ella.

Sofía lo supo al instante.

Cuando encuentras el tuyo, el resto ya no sabe igual

Álvaro abrazó su alma y no la soltó. Tocó su corazón y Sofía se enamoró. Esta vez, sin condiciones. De verdad, del todo.

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MagistrUm
EL SELLO POSTAL… —Ilya ha dejado a Katia —suspiró mi madre con pesadumbre. —¿Cómo? —no comprendí…