EL SELLO DE CORREOS
Mario se ha ido de casa, cariño mi madre suspiró tan hondo que hasta a mí me faltó el aire.
¿Cómo que se ha ido? ni siquiera entendía.
Yo tampoco lo comprendo. Ha estado un mes fuera por trabajo, volvió ayer y no era el mismo. Le dijo a Lucía: Lo siento, amo a otra. Así, tal cual. Tú lo oyes mi madre se quedó mirando a la nada, perdida en sus pensamientos.
¿En serio ha sido tan frío? Esto no puede ser verdad, mamá. Menudo desgraciado me hervía la sangre pensando en el marido de mi hermana, Lucía.
Me llamó Teresa, que está con tu abuela. Dice que a tu hermana le dio un ataque tan raro, que tuvieron que llamar a la ambulancia. Diagnosticaron un problema neurológico con la deglución. Tanto lloriqueo, pobrecilla mi madre no paraba de parpadear, angustiada.
Mamá, tranquilízate, por favor Bastante hizo mal Lucía, que decía que a su marido había que ponerlo en un altar y tratarlo como a un santo. Mira lo que ha pasado Pobre, me da mucha pena. Pero, de verdad, no me creo que Mario deje así a Lucía y a Teresa. Seguro que la otra no le dura intentaba convencerme, negándome a aceptar lo que oía.
Lo de Mario y Lucía fue un flechazo brutal, amor de los que no te dejan dormir. Se casaron a los dos meses de conocerse y al poco nació su hija, Teresa. Todo parecía tranquilo, ordenado, como bendecido Y de repente, pum. Todo cuesta abajo.
Yo no lo dudé, tenía que ver a mi hermana.
Hablar de estas cosas siempre es jodido, pero con una hermana más todavía.
Lucía, cómo ha pasado esto ¿Mario te ha dado alguna explicación? ¿Se le ha ido la cabeza? la acosé a preguntas nada más verla.
Ay, Inés, ni yo lo creo Una mujer aparecería de la nada, no sé. Como si le hubieran echado un mal de ojo. Mario se volvió loco, se fue corriendo tras ella. No hubo manera de pararle. Simplemente dijo que la vida está para vivirla, no para dejarla escapar. Recogió cuatro cosas en una maleta y se largó. Te juro que me siento como si me hubieran pasado la cara por la acera y aquí sigo, sin entender nada Lucía lloraba y lloraba sin parar.
Venga, Lucía, que todo vuelve. Puede que recapacite ese bala perdida. Estas cosas pasan la abracé fuerte.
Pero el fugitivo no regresó.
Mario se mudó a otra ciudad. Incluso se casó de nuevo.
Su nueva mujer, Carmen, le sacaba dieciocho años, que para ellos nunca fue un problema. El alma no tiene edad, le gustaba repetir a Carmen.
Mario estaba completamente encandilado por Carmen. Decía que ella era su faro, su guía. Y Carmen era de armas tomar.
La tenía, esa cosa indomable. Podía ser la más dulce y al rato darte una bofetada con las palabras. Libre, salvaje, imprevisible.
Mario la adoraba.
¿Dónde has estado toda mi vida, Carmen? Media vida buscándote
Lucía, mientras tanto, se propuso vengarse de todos los hombres. Estaba tan guapa, que hasta las mujeres se giraban al verla pasar.
En el trabajo se lió con su jefe.
Lucía, cásate conmigo. Te colmaré de oro. Hazme ese favor
No quiero casarme, Alberto. Ya está. Lleva a Teresa a la playa, que le vendrá genial el mar le dijo a su jefe guiñándole un ojo con picardía.
Vámonos entonces, preciosa
Santiago era otro rollo. Más simple, más de casa. Le echó una mano con las chapuzas de la casa, le pintó las paredes, le arregló la caldera pero jamás le pidió matrimonio. Porque estaba casadísimo.
Lucía manejaba a los dos, según le venía en gana.
No había amor, sólo ayuda práctica para enterrar sus penas con cuerdecitas, y a seguir.
Pero Lucía seguía echando de menos a Mario. Soñaba con él, se despertaba llorando, sin consuelo. Los recuerdos no la dejaban en paz, le jalaban el corazón de vuelta a Mario.
¿Cómo se arranca a alguien de ti? ¿Qué fallé? Si fui sumisa, cuidé de él, le consentía todo. Nunca nos peleábamos
Pasaron años.
La vida de Lucía era como la puerta giratoria: a veces le sonreía de forma misteriosa a Alberto, a veces devolvía a Santiago a su familia.
Teresa tenía veinte años cuando se atrevió a buscar a su padre.
Sacó un billete de tren. Todo el viaje pensando cómo saludar a Carmen, la mujer que le había robado a su padre.
Llegó a esa ciudad extraña.
Tocó el timbre.
Tú debes de ser Teresa le abrió la puerta una mujer curiosa, con los ojos escrutadores.
«Mi madre es mucho más guapa», pensó Teresa.
Y usted es Carmen, ¿verdad?
Sí, pasa, cariño. Tu padre no está, pero no tardará. Siéntate en la cocina.
¿Cómo va todo? ¿Cómo está mamá? Carmen se puso a buscar la tetera. ¿Un té, un café?
Carmen, ¿por qué lo hizo? ¿Cómo consiguió llevarse a mi padre? Sé que él quería a mi madre, lo sé Teresa la miró directo a los ojos, sin pestañear.
Hija, no todo en esta vida se puede planear. No hay garantías en el amor. Hay pasiones que caen sin avisar. Una sola tarde puede cambiarlo todo. El destino se encarga de unificar, la vida es como un baile donde a veces hay que cambiar de pareja. No tiene explicación Carmen se sentó cansada.
Pero, ¿de verdad no se puede parar uno? Al menos por lealtad, por la familia
No se puede, reina respondió Carmen, seca.
Gracias por la sinceridad rechazó la taza de café con cortesía.
Puedes quedarte con un consejo mío, si quieres rió Carmen, con esa chispa suya: Mira, un hombre es como un sello de correos: cuanto más le escupes, más se pega Y recuerda, con un hombre, unas veces hay que ser de hierro, otras de terciopelo. Por cierto, estoy enfadada a muerte con tu padre ahora mismo.
Vale, gracias ¿Entonces espero a papá?
No lo sé, lleva una semana en un hotel. Te doy la dirección Carmen garabateó algo en un papel. Toma.
Esto tranquilizó a Teresa. Podría ver a su padre sola, sin testigos.
Adiós, gracias por todo Teresa se marchó con paso rápido.
Localizó el hotel y fue a buscar a Mario.
Él se alegró mucho de verla. Se le notaba incómodo.
Teresa, justo pensaba volver a casa hoy Ya sabes cómo son las broncas
Papá, a mí me daba igual. Sólo quería verte Teresa le apretó la mano, dulce.
¿Y tu madre? preguntó Mario sin lógica.
Está bien. Nos hemos acostumbrado sin ti Teresa suspiró.
Padre e hija pasaron una tarde juntos en la habitación: confidencias bajitas, risas, alguna lagrimita
Papá, ¿quieres a Carmen?
Muchísimo, hija Perdóname, de verdad.
Vale, ya lo entiendo. Me tengo que ir, que se me va el tren.
Teresa, vuelve cuando quieras. Somos familia, pese a todo Mario apartó la mirada.
Claro, claro Teresa se despidió y se fue.
Y al volver a casa, decidió seguir el consejo de Carmen: no querer, no necesitar, no fiarse de palabras vacías de hombre. Que les den
Pero al cabo de tres años se cruzó con alguien diferente. Diego apareció como un regalo, un tipo hecho para ella. Mandado del cielo.
Teresa lo supo en cuanto lo vio.
Cuando encuentras lo tuyo, lo demás deja de saberte a nada.
Diego la abrazó con el alma y nunca la soltó.
Se enamoró sin condiciones, sin reservas. Lo suyo fue arder sin miedo.





