El Secuestro del Siglo
¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no me pueden alcanzar! leyó en voz alta Marina mientras sostenía un papelito, antes de prenderle fuego con el mechero. La ceniza cayó en su copa, y ella remató el último sorbo de cava entre las carcajadas de sus amigas.
El árbol de Navidad parpadeó como si lo estuviera pensando, y de golpe las luces brillaron más fuerte. La música subió de volumen, las copas tintinearon y los rostros se mezclaron en un confeti de fiesta. De las ramas cayó una lluvia de purpurina dorada O bueno, así lo recordaría ella después.
Ma-maá ¡Mamá, despierta!
Marina logró abrir un ojo con esfuerzo. Frente a ella se alzaba casi un equipo de fútbol.
¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños?
Los críos, entre risas, se presentaron con cabezazos de lado:
Mamá, acuérdate. Mateo 9 años, Alex 7, Santi 5, David 3 años.
Toda la plantilla, sin suplentes y con caras de pillos. Claramente, no eran esos los hombres corriendo detrás de ella que había pedido en Nochevieja…
¿Y dónde está vuestro entrenador?.. Bah, perdón ¿Dónde está el papá? farfulló ella con la voz más seca que un polvorón de un año. Traedle un vasito de agua a mamá.
Apenas cerró los ojos un segundo cuando: ¡Maaamá!
Le plantaron dos vasos de agua, una mandarina y un vaso con caldo de pepinillos. El mayor ya sabía exactamente cómo reanimar a una madre tras las fiestas. Van aprendiendo.
Mamá, levanta, que lo prometiste gimotearon los pequeños.
Por más que lo intentaba, Marina no recordaba cómo había llegado allí ni qué narices había prometido.
¿Ir al cine?
Noooo.
¿Al Burger King?
¡Tampoco!
¿A la juguetería?
Jo, mamá, ¡deja de hacerte la sueca! Casi estamos listos y tú aún sin levantarte
¿Se puede saber a dónde vais? Al menos avisad a vuestra madre se rindió.
Amor, despierta sonó de pronto una voz masculina. En la habitación apareció un hombre alto, moreno, con ojos color avellana salpicados de chispas doradas. ¡Anda, qué guapetón!
Ya estamos preparados, he cargado el coche. Paramos en el súper y de allí ¡al lío!
Marina juro por la Virgen intentó recordar quién era ese tío y por qué esos niños la llamaban mamá. Su cabeza era un solar. Ni una idea.
¡Mari, que no se te olviden los bañadores! gritó alguien desde la otra punta.
«¿Baño también? pensó. ¿Qué vida es esta que tengo y por qué no recuerdo nada…?»
Marina miró alrededor. Nada le resultaba familiar: ni una foto, ni un mueble, ni esas cortinas gruesas con dibujos que nunca había visto. Nada. Bueno salvo la maceta con una poinsettia roja, bien navideña, en su tiesto blanco decorado con perlitas. Esa sí le sonaba.
Cerró los ojos y trató de rebobinar. Recordaba la cena de Nochevieja con las chicas en un restaurante, su tradicional Amigo Invisible, como en los tiempos de la uni, solo que ahora con bolsos caros, moños imposibles y la constante prisa. Todas iban guapas, radiantes, celebrando esa libertad rara de huir un rato del marido, la compra, los deberes, la sopa como colegialas que han escapado de una clase soporífera.
Marina era la calma en persona: la soltera del grupo, a su aire, sin rendir cuentas a nadie. La última novia en pie, reían las amigas, llenándole sin disimulo la copa de cava.
De regalo, le tocó a una amiga un set de cremas con caviar negro y hebras de oro. Bromearon que aquello no era para la cara, sino para untar en tostas y desayunar con champán. Rieron aún más fotografiando la caja, como si guardar opciones de subasta en Sothebys…
A cambio, Marina recibió la famosa poinsettia con perlitas y una botella de un cava rarísimo, traído de un castillo de la Provenza. De esos para descorchar sólo cuando la vida lo exige a gritos.
Leyó en voz alta una tarjetita, ¿era un brindis o un deseo? Y ¡pum! Vacío. Como quien sale, tropieza, se despierta y se encuentra en escayola.
En el espejo seguía viendo a la misma Marina de siempre, joven, impecable, los ojos pintados igual que en Nochevieja. ¿Pero de dónde salían entonces ese marido y los niños? No recordaba ni el parto, ni bautizo, ni comunión bueno, ni la boda. Eso sí, nombres de los críos, sí, pero del marido ni idea. Muy raro.
Salió de la habitación. En el pasillo había varias maletas rodantes: dos grandes una negra y otra beige, ambas de marca cara y tres mochilitas. Así que no iban a merendar al Retiro. ¿Vacaciones? ¿Dónde, en Benidorm?
En ese momento el supuesto marido entró, cogiendo las maletas con una soltura que delataba costumbre, mientras empujaba suavemente a Marina hacia la puerta.
Si no corremos, perdemos el avión dijo sin pizca de estrés.
Ella miró su mano ¡no había alianza! Ni en la suya ni en la de él. Otro misterio o… ¿acaso…?
Los niños se metieron en un monovolumen espacioso como quien se monta en el AVE. Mochilas volando, cinturones abrochados al instante. El marido se puso al volante con destreza. Marina respiró hondo y se sentó delante. Le pasó un café. Caliente y con leche. ¡Justo el que odia! Esto sí que dolía.
Allá vamos anunció él, guiñándole un ojo a los niños. Y el coche arrancó. Cada metro que se alejaban, más sentía que algo estaba patas arriba.
Los niños detrás cuchicheaban y se reían. El hombre manejaba seguro, y de vez en cuando lanzaba miraditas cómplices, como si supiera algo importante. Marina miraba la carretera y se sentía como un erizo perdido entre la niebla: todo encajaba, pero nada tenía sentido.
Cogieron la autovía y salieron rápidamente de Madrid. Marina ya no se tragaba nada de todo esto: con total certeza, junto a ella no iba su familia, sino un tipo random y unos niños prestados.
¡La habían secuestrado!
O peor ¡ella era la víctima, pero no sabía por qué!
Y sin embargo, ¿por qué seguía recordando los nombres de los críos? Conclusión lógica de todo esto: este tío (y secuaces) la habían raptado, y era el momento de actuar.
Se enderezó, aferró el vasito de café y fingió mirar la autopista, pero por dentro se preparaba para saltar a La Resistencia…
Media hora después, los niños, al unísono:
¡Papá, tengo que hacer pis!
¡Tengo sed!
¿Hay algo de comer?
Pararon en una gasolinera y todos se bajaron corriendo. Aquí estaba: la ocasión perfecta. Con el corazón a mil, Marina se escurrió del bar, agachada y rápida como para una ginkana, se dirigió al coche, entró y ¡Estaba sin llaves!
Anda, aquí estás, te estábamos buscando sonó la voz del hombre por la ventanilla abierta. Marina pegó un brinco.
Bueno, si estamos todos, continuamos dijo con una calma que ponía nerviosa. Mi vida, conduce tú, pero luego me toca a mí. Y vuelta al viaje.
Una hora después apareció ante ellos el aeropuerto, todo cristal y gentío. Aparcaron y entraron en grupo.
Ahora sí que estaba nerviosa: Marina no iba a dejar que la embarcaran en un vuelo misterioso. Ni de broma iba a ser la tonta del cuento. ¡Lucharía!
Empezó a dejarse caer rezagada de la supuesta familia. Un paso, luego otro ¡y de pronto salió disparada!
¡Me están secuestrando! ¡Socorro! chilló al primer guardia de seguridad.
Actuó como un ninja: al suelo, esposada y flanqueada por una patrulla de agentes con cara de póker.
¡Paren, por favor! ¡Puedo explicarlo! gritaba el marido.
¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Una inocentada! No llevamos armas, ¡se lo juro!
Las voces llegaban lejanas a Marina, como agua de grifo. Y entonces, tal cual película, las vio: tras un cartel publicitario estaban sus amigas, con cara entre susto y risa.
¡Mamá! gritaron los niños, corriendo hacia otra mujer del grupo de amigas, mientras las demás se acercaban a los guardias, riéndo y pidiendo disculpas. Puro caos de risas y explicaciones cruzadas.
A Marina la liberaron de las esposas. El mundo dejó de dar vueltas. De pronto, comprendió: ¡no la habían secuestrado!
¿La habían gastado una broma?
Cuando el subidón de adrenalina bajó, las voces de sus amigas sonaron claras.
Era, efectivamente, el lío del siglo. Caro, colectivo, con toques de culebrón.
Las confidentes se peleaban por hablar, reían, se disculpaban a coro.
Resulta que querían presentarle a un buen chico. Uno que llevaba años medio enamorado, suspirando, pero nunca se atrevía porque conocía el carácter de Marina. Porque ella siempre respondía con un: Gracias, pero no. Estoy perfecta así.
Como sabían que hablar era inútil, optaron por lo original: ¿qué mejor manera que sumergirla directamente en una vida familiar de prueba? Un simulacro: mañana en familia, niños bien, hombre atento, café en mano, sonrisa irresistible y, de propina, unos ojazos que ni los de un galgo.
No queríamos que pensaras confesaron , solo que sintieras el calorcito.
Marina intentó indignarse pero no lo consiguió. ¿Porque francamente? Aunque el sistema era cutre, el experimento había sido genuino. A veces, solo hace falta una mañana, tres niños y un café fatal para saber si uno necesita amore en la vida.
Al mirar, vio al prota de su novela: sonrisa canalla, ojos avellana chispeantes, y los niños, que descubrían ahora ser sus sobrinos felices de la broma del siglo.
¡Que vais a perder el vuelo! se pusieron nerviosas las amigas. ¡Venga, corriendo a facturar!
¿Otro secuestro?, pensó Marina. ¿Adónde narices pretendían llevarme? ¿A la playa? ¿Mar Mediterráneo, a comer gambas y bucear con peces?
Él le tendió la mano.
Mejor vamos a presentarnos de nuevo. Soy Blas. Permíteme, ¿te puedo secuestrar otra vez? sonrió, con dulzura.
Marina miró a sus amigas: todas expectantes. Miró a las maletas. Miró de nuevo ese par de ojazos con chispas doradas y pensó: ¿qué pierdo por dejarme llevar?
¡Vámonos! dijo al fin, riéndose para sí, sabiendo de sobra que este secuestro era el más divertido de su vida.
Y casi en susurro añadió: Pero solo si los niños se quedan en casa…
Amigas tronchándose, él con sonrisa de oreja a oreja. El aeropuerto, la gente, el ajetreo de golpe todo parecía el principio de algo nuevo, cálido y, de forma inesperada, tan acogedor como el hogar propio.
A veces la vida no nos secuestra. Solo nos catapulta, sin avisar, justo donde debíamos estar desde hacía mucho.





