El Secuestro del Siglo
¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! leyó en voz alta Carmen el deseo que tenía apuntado en una papelito, lo prendió con el mechero y dejó caer las cenizas en la copa, apurando lo que quedaba de cava entre las carcajadas de sus amigas.
El árbol de Navidad parpadeó con sus luces como si se lo estuviera pensando, y de repente brilló con más fuerza. La música subió de volumen, las copas tintinearon, las caras se entremezclaron en una explosión de fiesta. Desde las ramas cayó una especie de polvo dorado o al menos así es como lo recuerda…
¡Mamáaa… Ma-má, despierta!
Carmen consigue abrir a duras penas un ojo. Por encima de ella se levantaban lo que parecía un equipo entero de fútbol.
Pero… ¿quiénes sois? ¿Os conozco, chicos?
Los niños, haciendo teatro, se presentan, inclinando la cabeza:
Piensa, mamá, Rodrigo 9 años, Luis 7, Pablo 5, Álvaro 3.
La plantilla al completo, sin cambios, todos con caras traviesas y llenos de energía. No eran estos precisamente los varones que había pedido en Nochevieja que corrieran tras ella
¿Y dónde está vuestro entrenador? Bah, quiero decir ¿Dónde está vuestro padre? masculla con la voz reseca. Traedle agua a mamá…
Carmen cierra los ojos sólo un instante y enseguida:
¡Ma-má!
De inmediato le ponen en las manos dos vasos de agua, una mandarina y una taza con caldo de pepinillos. Ya… El mayor ya sabe reanimar a su madre después de una noche de fiesta. Sí que crecen rápido.
Mamá, levanta, dijiste que… insisten los más pequeños.
Carmen intenta recordar cómo ha llegado hasta aquí y qué demonios prometió.
¿Película?
Nooo.
¿Al Burger King?
¡No!
¿A una tienda de juguetes?
¡Mamáaa, no te hagas la tonta! Nos estamos preparando y tú no te despiertas…
¿Pero adónde vais? Decídmelo, al menos cede al fin.
Cariño, arriba suena de repente una voz masculina. Entra en la habitación un hombre alto, moreno, ojos color avellana en los que bailan motitas doradas. ¡Madre mía, qué guapazo!
Ya está todo listo. El coche está cargado. Pasamos por el supermercado y nos vamos.
Carmen de verdad intenta hacer memoria y averiguar quién es ese hombre y por qué esos niños la llaman mamá. Su mente es una página en blanco. Ni una pista.
Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! ¡Y coge el tuyo! grita alguien desde el cuarto de los niños.
“¿Qué… acaso hay piscina? piensa. Qué vida más rarita tengo yo, y por qué no me acuerdo de nada…”
Carmen abre bien los ojos y mira a su alrededor. Con cada segundo, se siente más desubicada: no reconoce el sitio. Ni los muebles, ni las fotos, ni las cortinas con aquel estampado extraño.
La habitación le resulta totalmente ajena. Lo único familiar es una flor en maceta. Una poinsettia roja navideña con pétalos de terciopelo. La maceta blanca decorada con pequeñas perlas también le resulta conocida, extrañamente.
Cierra los ojos y trata de reconstruir el hilo de la noche anterior. Se fueron con sus amigas a cenar para celebrar la Nochevieja y jugar al Amigo Invisible. Como en los tiempos universitarios, pero ahora con bolsos caros, peinados complejos y esa falta de tiempo eterna.
Las amigas iban elegantes, risueñas, algo alborotadas por el poco frecuente soplo de libertad. Por fin lograron escapar, aunque solo fuera unas horas, de la rutina: marido, hijos, deberes, guarderías, guisos. Relucían como crías a la fuga de la última clase del día, chispeando de felicidad.
Sólo Carmen estaba tranquila, serena, tan dueña de sí misma como siempre. Ella no está casada, vive a su aire. No tiene que avisar a nadie, ni esperar, ni rendir cuentas.
“La última soltera”, bromeaban sus amigas, guiñándole un ojo y rellenando su copa de cava.
Ella regaló a una amiga un set de cremas con caviar negro e hilos de oro. Se rieron diciendo que con esa crema igual te puedes hacer una tosta que untarla sobre pan para ofrecerla con el desayuno y champán. Se hacían fotos con la caja desde todos los ángulos, como si fuera una obra de arte.
A cambio, Carmen recibió la flor de Pascua: esa poinsettia en una maceta blanca de perlitas. Y una botella de cava rarísimo que su amiga había traído de un castillo antiguo del sur de Francia. De esos que se descorchan solo en grandes ocasiones.
Leyó una nota que ya no sabe si era un deseo o un brindis y ¡fin! No recuerda nada más. Lo típico de salí, caí, desperté… y escayola.
Se mira en el espejo: la misma chica de siempre, incluso tiene el misma maquillaje que usó en Nochevieja. ¿Pero entonces de dónde han salido esos niños, ese marido? No recuerda haber dado a luz, ni haberles criado, ni su boda con ese guapazo. Aunque sabe el nombre de los niños, no recuerda el del marido. Aquí algo huele raro…
Sale de la habitación. En el pasillo hay maletas con ruedas: dos grandes una negra y una beige claro de marca carísima. Al lado, tres mochilitas deportivas de niño.
No van de picnic. ¿Pero adónde? ¡¿De viaje!?
En ese momento entra el marido. Coge las maletas con una soltura de quien lo ha hecho mil veces y la empuja suavemente hacia la puerta.
Vamos a llegar tarde dice calmado, sin pizca de enfado.
Carmen mira instintivamente su mano. No lleva alianza. ¡Él tampoco! Otra rareza. O ¿acaso…?
Uno a uno los niños suben al coche: un enorme, cómodo monovolumen. Las mochilas al sitio, los cinturones puestos con destreza. El marido al volante muy seguro. Carmen suspira hondo y se instala en el asiento delantero.
Le pasa enseguida una tacita de café, caliente, con leche, exactamente como a ella NO le gusta. Eso, por alguna razón, le duele más que todo lo anterior.
En marcha dice él, sonriendo, guiñando el ojo a los niños. El coche arranca. Cuanto más se alejan de la ciudad, más inquieta se siente Carmen.
Los niños en el asiento de atrás charlan, se ríen, discuten en voz baja sus historias. El marido conduce concentrado, seguro. De vez en cuando le lanza una mirada traviesa, como si compartieran una broma secreta, como si él supiera algo que ella no ha recordado aún.
Carmen mira la carretera y se siente como el erizo en la niebla. Todo parece lógico: una familia, un viaje. Pero en realidad, no entiende nada.
Salen por la autopista y se pierden rápidamente de la ciudad. Carmen ya no se cree nada. En el fondo sabe con total certeza: esa no es su familia, ese hombre y esos niños no son suyos.
¡Él la ha secuestrado!
¡No ellos la han secuestrado a ella!
¿Pero cómo explica entonces que recuerde los nombres de los niños? Al final se hace un lío, pero la conclusión es clara: ese hombre es un extraño, la ha raptado, tiene que hacer algo.
Carmen se irgue en el asiento, aprieta bien el café y finge mirar la carretera. Por dentro, poco a poco, empieza a funcionar otro modo: no el de mujer desorientada, sino el de superviviente.
A la media hora, todos los niños se rebelan al unísono.
¡Papá, quiero ir al baño!
¡Yo tengo sed!
¿Podemos comer algo?
El coche se desvía a una gasolinera. Todos salen corriendo hacia el local.
Ahora. ¡Momento de huir! El corazón de Carmen late tan fuerte que apenas oye el ruido del tráfico. Mientras todos se distraen, ella se escabulle de la cafetería, se agacha y corre hacía el coche. Un tirón, avanza rápida y está al volante.
No hay llaves puestas.
Aquí estás, te buscábamos suena por la ventanilla abierta. Carmen se tensa.
Bueno, ya estamos todos. Seguimos dice él suavemente. Cielo, conduzco yo, tú descansa. Y vuelven a la carretera.
Una hora después aparece el aeropuerto a lo lejos: cristal, hormigón, coches y gente fluyendo sin parar. Dejan el coche abarrotado en el parking y entran todos juntos al edificio.
Carmen está tensa. No piensa permitir que la trasladen a ningún sitio desconocido, ¡no se va a dejar secuestrar! Está lista para defenderse.
Sin que lo noten, empieza a separarse discretamente del clan perfectamente coreografiado. Da un paso, otro, y de pronto echa a correr.
¡Socorro, me están secuestrando! grita lanzándose hacia el guardia de seguridad.
El vigilante reacciona en segundos. Carmen termina en el suelo, boca abajo, esposada. Surgen policías, walkie-talkies, rostros serios.
¡Parada! ¡Un momento! ¡Lo puedo explicar! grita el hombre al que toma por su secuestrador.
¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Una inocentada! ¡No hay armas, no es un secuestro!
La voz del hombre le llega a Carmen como si estuviera bajo el agua. Y entonces, de repente, lo ve. Detrás de un cartel de publicidad están sus amigas. Sonriendo, asustadas y felices al mismo tiempo.
¡Mamá! gritan los niños y corren hacia una mujer que está junto a las amigas. El resto va hacia los vigilantes, riéndose, explicando lo de la broma mientras piden que suelten a la “secuestradora”.
La levantan y le quitan las esposas. El mundo deja de dar vueltas. Carmen está en mitad del aeropuerto, con el pelo revuelto, el corazón desbocado y de pronto entiende: no la han secuestrado.
¿La han… gastado una broma?
Cuando la adrenalina cesa y el zumbido de los oídos se apaga, Carmen comienza a entender las palabras.
Era una broma. Inmensa. Carísima. En equipo. Con tintes de película policíaca.
Las amigas cuentan a coro, entre risas y disculpas, cómo llevaban semanas pensando en presentarle a un buen chico. Ese que llevaba años suspirando por Carmen, al que siempre le faltó valor para lanzarse: porque conocía bien su carácter. Carmen sobre las citas siempre decía lo mismo:
Gracias, no hace falta. Estoy bien así.
Y ellas lo sabían. Por eso no lo intentaron a las claras. ¿Para qué perder tiempo cuando es mejor demostrarlo?
Así surgió la idea: no presentarle al hombre, sino sumergirla de lleno en la rutina familiar. Para que viera un desayuno juntos, los niños organizados, el hombre atento y sereno, haciendo lo que hace falta y encima sonriendo. Y con esos bellísimos ojos avellana.
No queríamos que pensaras, sólo que sintieras ese calor de hogar confiesan sinceras.
Carmen intenta enfadarse pero no puede. Las mujeres sabemos: no siempre funciona a la primera, pero cuando funciona, es rotundo.
Sí, el método es… peculiar. Sí, le faltó el infarto. Pero fue un experimento puro: a veces para saber si necesitas a alguien en tu vida basta una mañana, tres niños y una taza de café del propio secuestrador.
Entonces lo ve. Su héroe, con una sonrisa pícara, mirada de Gato con Botas y esas motas doradas en los ojos avellana. Los hijos son en realidad sus sobrinos, felices con el teatrillo de su tío favorito.
¡Vamos, que el avión no espera! se animan las amigas de repente. ¡Corred a facturar!
¿Qué, otro secuestro más? piensa Carmen. ¿Y a dónde pretendían llevarme? ¿A la playa? ¿Al Mediterráneo? ¿A bucear y comer mangos?
Él le tiende la mano.
Encantado, me llamo Hugo. ¿Me dejas que te secuestre, pero esta vez de verdad? sonríe.
Carmen mira a sus amigas: están todas en silencio, expectantes. Luego a las maletas, y regresa la mirada a esos ojos dorados que parecen mirarle el alma.
Piensa: ¿Qué me impide aceptar?
¡Venga, vamos! suspira Carmen, sonriendo, y de verdad sintiendo que ese secuestro es el principio de la mejor aventura.
Y, en voz baja, añade: Pero, eso sí, ¡los niños se quedan en casa!
Ríen las amigas, él sonríe aún más, y el ajetreo del aeropuerto se llena por fin de esa luz cálida y divertida que sólo anuncian los nuevos comienzos.
A veces la vida no nos rapta.
Simplemente nos empuja de golpe hacia donde siempre debimos estar.







