Diario de Isabel Un secreto
En un pequeño pueblo de Castilla, de esos que parecen más una aldea que otra cosa, vivía una niña llamada Carmen. Un día, mi madre siempre tan crédula con lo mágico y lo misterioso me llevó a ver a la echadora de cartas del pueblo. Aquel día fue especial, lo recuerdo como si fuese hoy.
La anciana mezcló su baraja, la dejó caer en la mesa y sentenció:
Tu Carmen será feliz. Todo se le dará bien en la vida… pero a su lado no veo un hombre.
Yo tenía unos diez años, y aunque no entendí del todo sus palabras, aquella frase enigmática se grabó en mi memoria, como si fuese la letra de una canción triste.
Pasaron los años. Me convertí en una mujer alta, guapa y de esas que hacen volverse a los chicos del pueblo. Me llamaba la atención uno, luego otro, pero a la hora de la verdad nunca escogía a nadie definitivamente. Terminado el instituto, todo el mundo daba por hecho que estudiaría en Salamanca o Madrid, pero preferí quedarme y entrar a trabajar en la quesería del pueblo. Las malas lenguas decían que tenía algo con algún jefe, aunque jamás nadie nos vio juntos fuera del trabajo.
Las mujeres de la fábrica aconsejaban a las recién llegadas:
Ten cuidado, Carmen, que como te estanques aquí ni cuenta te das y la vida se te escapa. Deberías irte a Valladolid; allí, con tu planta y simpatía, te buscarían para todo.
Yo asentía, sonreía y seguía mi camino.
Un día, un rumor recorrió veloz el pueblo: ¡Carmen está embarazada! Se encendieron las tertulias en la plaza, como si hubieran dado cuerda a todos de golpe, intentando adivinar quién “había alegrado” la vida de la chica más popular del lugar. Nadie lo supo ni entonces ni después.
Mi madre fue tajante:
Ya te vale, hija, menuda vergüenza. Ahora apechuga. Yo no pienso ayudarte, búscate la vida como puedas. Tenéis un mes para marcharos de casa, aquí no os quiero.
Muy bien, mamá le dije sin perder la calma. Me iré. Pero luego, no me pidas que vuelva.
Dos semanas más tarde, logré comprar una casita pequeña, con sus cacharros viejos y todo. Los vecinos decían que tuve suerte: los hijos de la antigua dueña se la llevaron al centro y malvendieron la casa. Nunca supieron cómo pude reunir aquellos miles de euros, siendo yo joven y embarazada. Eso era el primer misterio.
Después vinieron los prodigios. En nada arreglé la casa, le puse jardín, un pozo y levanté una valla nueva con ayuda de unos hombres que contrataron todo y desaparecieron en un par de días. Luego, llegó un camión de repartos cargado de electrodomésticos y algo de mobiliario. Iba feliz, me sentía ligera. Nadie diría que era una madre abandonada y sin horizonte.
Al llegar el otoño, nació mi hijo Lucas. La cuna azul apareció en el porche. Me repuse rápido, volví a mi mejor aspecto; siempre aseada, elegante, paseaba por el pueblo con una sonrisa serena y la cabeza bien alta.
En casa, claro, no paraba: bebé, huerto, leña para la chimenea, la compra, la colada, las noches sin dormir No obstante, nunca me quejé. En mi familia siempre se había trabajado de sol a sol y yo continué igual, fuerte y constante.
Mis vecinas, viéndome tan luchadora y buena persona, comenzaron a acercarse y a ayudarme. Alguna se quedaba con Lucas si yo tenía recados; otras, un día me enviaban al marido a arar el huerto o venían a desyerbar. En lo principal, sin embargo, yo podía sola.
Cuando Lucas rondaba los dos años, un día, Fernando el más cotilla del barrio fue corriendo donde la de al lado:
¡Has visto!
¿El qué?
¡Carmen está otra vez embarazada!
Qué va, seguro que lo has soñado.
¡Que no, mujer! ¡Pásate a verla!
Nuevamente volvieron los comentarios; la incógnita volvía a ser la misma: ¿quién la habría “bendecido” esta vez? Nadie tenía ni idea. No se me veía con hombre alguno.
Ignoré con práctica facilidad todos los cotilleos y me enfoqué en vivir. En la finca apareció una sauna de madera, y hasta la canalización del gas, que lograron desviando la red expresamente hacia mi casa. Un invernadero de policarbonato, carísimo, floreció en el huerto.
Se dice pronto, comentaban en la taberna, ¿y de dónde saca el dinero esa mujer sola? Si tendrá un noviete influyente y millonario Aunque nadie aclaró jamás el enigma.
Al poco, la cuna azul volvió a verse en mi porche: Lucas tenía ya un hermano, Javier. Y dos años después, un tercero, Martín.
Tres hijos crié, y nadie supo nunca quienes eran los padres.
Algunos me señalaban y reían de mí, otros veían a los críos sanos y alegres y, al ver que yo no me rendía y no faltaba al trabajo ni a mis deberes, me admiraban. Y otros, más amargos, me usaban como ejemplo negativo para sus propias hijas.
Mi madre no me comprendía ni quería comprenderme, y nunca intentó conocer a sus nietos.
Pero yo paseaba ergida, sin dejarme influir por miradas ni chismorreos.
Lo cierto es que el tiempo fue pasando Un día cualquiera, una berlina lujosa se detuvo frente a mi casa. Bajó don Ramón, el director de la quesería, con un ramo enorme de azucenas. Llamó a la puerta y estuvo dentro largo rato. Afuera, el gentío se arremolinaba en la acera, cuchicheando:
¿Qué pasa? ¿Qué hace don Ramón, con ese porte, en casa de Carmen, a plena luz, y con flores?
Sabían que hacía un año había enviudado, tras cuidar con devoción a su mujer enferma. Nunca se desentendió de ella, ni cuando contrató enfermera. Fue un hombre correcto con todos.
Cuando salimos de la casa, tanta gente había alrededor que me sentí extraña. Don Ramón me rodeó la cintura, me besó delante de todos y dijo en voz alta:
Carmen ha aceptado ser mi esposa. Queremos invitar a todo el pueblo a nuestra boda, junto a nuestros hijos.
Se hizo un silencio tan rotundo que podía oír mi propio corazón. De pronto, todos entendieron por fin a quién se parecían mis hijos y las felicitaciones empezaron a llover por todas partes.
Tras una boda alegre y multitudinaria, don Ramón nos llevó a su casa a mí y a los niños. Todos los vecinos ayudaron a la mudanza.
Un año después, nació la tan esperada niña.
Después de aquello, ¿quién puede ya fiarse de las cartas y de las pitonisas?







