El secreto de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos vecinos al piso segundo. Era la familia del jefe de taller de la fábrica, una industria importante en nuestra pequeña ciudad de provincias. —¿Y qué necesidad tienen de vivir en un edificio antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, la pensionista, a sus amigas—. Con sus contactos, seguro que podrían haberse agenciado un piso en una de las nuevas urbanizaciones. —No te fijes solo en lo tuyo, mamá. ¿Para qué iban a querer un bloque moderno si aquí tenemos un edificio de los de antes, con techos altos, habitaciones grandes y separadas, un recibidor enorme y una terraza que parece otra sala? —le respondía su hija Aña, de treinta años y soltera, siempre maquillada con vivos colores—. Además, les han puesto teléfono nada más llegar. No todos aquí tenemos teléfono, apenas tres en nueve pisos… —Lo tuyo es pasarte el día pegada al teléfono —le cortaba la madre—. Estarás cansando a los vecinos. Ni se te ocurra ir a molestar a los nuevos, que ellos tienen vida y cosas que hacer… —Tampoco son tan estirados, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de nueve años que se llama Natalia, casi mis años, bueno, unos cinco más. Los vecinos resultaron simpáticos y corteses. Lida trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba ya diez años en la fábrica. Todo esto lo contaba Aña a las vecinas en el patio, al atardecer, sentándose con ellas. —¿Cómo sabes ya tantas cosas? —le preguntaban—. Anda, pareces una investigadora. —Voy a llamar por teléfono a su casa. Ellos, a diferencia de otros, sí dejan —insinuando a quienes le cerraban la puerta sabiendo que se iba a tirar media hora de cháchara. Así Anya fue conociendo a los recién llegados, y cada vez iba más a hacer llamadas, ya fuese a sus amigas o compañeras del trabajo, sin corta alguna, cada vez sentándose más cómodamente. Se presentaba a veces arreglada, otras en bata, claramente buscando amistad con la pareja. Un día vio cómo Iván cerraba con gesto claro la puerta del salón donde veía la tele en cuanto ella entraba a llamar. Volvió a ocurrir varias veces. Aña sonreía a Lida, agradecida, miraba a la cocina, pero Lida tan solo asentía y le pedía que cerrase la puerta al salir. —No puedo cerrarla, tengo las manos llenas de harina —mostraba Lida—. Además, el cerrojo es de los que se cierran solos, un francés. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez bollos? ¡Qué de repostería tienes siempre! Yo ni idea —decía Aña. —Sí, son rosquillas de queso fresco para el desayuno. Por la mañana no da tiempo, así que… —sonreía Lida, dándole la espalda y volviendo a su masa. Aña ponía mala cara y se marchaba, descontenta por cómo la evitaban. —Mira, Lida, entiendo que te corte rechazarla —le comentó una vez Iván—, pero nuestro teléfono se pasa ocupado toda la tarde y así no pueden llamarme mis amigos. Así no puede ser. —Sí, ya lo veo… Se mete tan en confianza que parece su casa —consintió la mujer. Aquella tarde, Aña se sentó de nuevo, elegante y maquillada, en el recibidor y llamó a su amiga. —¿Vas a tardar mucho? Esperamos una llamada —le advirtió Lida tras diez minutos. Aña asintió comprensiva, colgó, pero entonces sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡Hoy vengo con algo dulce! Vamos, tomemos un té para celebrar la amistad. Entró en la cocina y dejó la tableta en la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve, querrá y no puede tomar dulce. Es alérgica. Aquí el chocolate está vetado. —¿Cómo? —se sonrojó Aña—. Yo lo hacía de corazón, para mostrar agradecimiento. —Tranquila, no hace falta agradecer, pero mejor deja de venir tanto a llamar. A no ser que sea una urgencia médica o llames a los bomberos, entonces por supuesto. Para eso sí, a cualquier hora. Sin rencor, pero las llamadas de trabajo de Iván, o Natalia que intenta concentrarse… Ya ves. Aña recuperó el chocolate y se fue sin decir nada. No entendía ese trato y pensó que Lida simplemente le tenía celos. —Claro, sabe que soy más joven y guapa. Por eso está celosa. Quise tratarla con normalidad humana y ni un té me sirve, aunque yo trajera el dulce. —Qué cabezota eres, hija —le replicaba Nina Andréevna—. Me temo que te he enseñado mal. No se debe meter una en casas ajenas a la fuerza. No necesitan tus llamadas. Ese hogar no es un paso de gente. Así te lo hacen ver. Luego te ofendes encima. Mejor busca novio, pon tu propio teléfono y que vengan a llamar a tu casa y así tienes amigas. Anya decidió un último intento de acercamiento con Lida, y fue a pedirle el secreto de las rosquillas: —Vengo con un favor. ¿Me dicta la receta de las rosquillas? Yo también quiero aprender… —Pregúntale mejor a tu madre, seguro que sabe más. Yo hago la masa a ojo, nunca me apunto medidas. Las manos ya se lo saben —rió Lida—. Y ahora tengo prisa. ¡A tu madre, a tu madre! Aña volvió a sonrojarse y se fue. Sabía que su madre tenía un cuaderno viejo, atiborrado de recetas de ensaladas, albóndigas, sopas y, sobre todo, repostería, aunque llevaba tiempo sin preparar nada. Ella tampoco tenía muchas ganas para ponerse pero encontró la receta y sorprendió a su madre: —¿Vas a hornear algo? —preguntó la madre sorprendida. —¿Por qué te extraña? —cerró Aña el cuaderno marcando la página. —¿No será que te has reconciliado con Suso? ¿No os habíais peleado? —No peleamos. Solo que si me lo propongo vuelve detrás de mí —respingó Aña. —¡Póntelo en serio! Ya es hora de que te cases. ¿Qué mirabas en las recetas? ¿Te ayudo? —No hace falta. Solo me estoy mentalizando. A los días, la casa olió a masa recién horneada cuando la madre volvía de paseo: —¡Uy, qué maravilla, huele a bollos! No puede ser, hija, ¡estás enamorada! —No grites —rió Aña—. Ven a probar. No son bollos, son rosquillas de queso fresco, las de toda la vida. Aquel día el té hervía en la tetera, tazas limpias en la mesa, y las rosquillas doradas emanaban calor y dulzor. —Sabes, no lo has olvidado… Está riquísimo, hija. —¿Lo dices de verdad o solo por animarme? —preguntó Aña. —Pruébalas tú misma. ¡Esto sí que es comida! Aña recordó entonces una expresión de su padre: esto sí es comida. El mayor elogio. —Bien, pronto invitaré a Suso a merendar rosquillas. ¿Crees que le gustarán? —Seguro, ni lo dudes. Yo conquisté a tu padre así… ¡y cayó rendido! —rió la madre—. Anda, pídele y cocina, que yo me voy al piso de la vecina a ver la peli. Por fin te veo con cabeza. No solo de arreglos y rulos vive una mujer. El novio de Aña comenzó a ir a su casa. Se reían y discutían menos, la madre se fue acostumbrando a verlos juntos en la cocina, él ayudándola, y el ambiente lleno de carcajadas. Cuando, al poco, Aña anunció que habían ido a inscribirse en el registro civil, Nina Andréevna no pudo contener alguna lágrima: por fin… Aña cambió. Adelgazó para la boda. Suso le decía: —Ya no haces rosquillas. ¿Harás una tarta para la boda? La boda era en casa; cocinaron juntas la madre, la tía y Aña durante dos días, aunque eran apenas veinte invitados, la familia más que nada. Se mudaron a la habitación grande de la casa familiar. Al año pusieron teléfonos a todos los vecinos. Aña estaba feliz. Llamaba menos y no como antes, colgaba pronto. —Rita, tengo que dejarte. Ha subido la masa y Suso está al caer. Corría ilusionada a la cocina, donde la masa levaba en el cuenco. Ya estaba embarazada y pronto entraría en el permiso maternal, pero seguía preparando dulces para su marido, y porque a ella le encantaban las rosquillas de queso fresco. Caseras, nada como eso. Y Suso la adoraba, por la repostería, y por el cariño.

La receta de la felicidad

Todo el bloque de vecinos observó cómo se instalaban los nuevos inquilinos en el segundo piso. Era la familia de un encargado de sección de una fábrica importante de una pequeña ciudad de provincias castellana.

¿Y por qué han decidido vivir aquí, en una casa antigua? comentaba la jubilada Doña Carmen a sus amigas, mientras echaba un vistazo a los recién llegados. Con los contactos que tiene él, seguro que podrían haber conseguido un piso nuevo en la zona de expansión.

No seas tú así de desconfiada, madre le respondió su hija soltera, Maribel, de treinta años, que siempre iba pintada de forma llamativa. ¿Para qué un piso nuevo cuando este edificio es del tipo de época, con techos altos, habitaciones amplias, entradas generosas, y una galería que es prácticamente una sala más? Además, les han puesto teléfono nada más llegar. ¡Solo hay tres teléfonos para nueve pisos aquí!

A ti solo te importa el teléfono, cotilla la cortó su madre. Ya cansaste a todos los vecinos. Y ni se te ocurra ir a casa de esos nuevos, que son gente seria y ocupada

Tampoco son tan serios. Son jóvenes y tienen una hija, Lucía, que solo tiene nueve años respondió Maribel, algo ofendida. Son casi de mi edad, o quizá solo cinco años mayores.

Los nuevos vecinos resultaron muy educados y sonrientes. Clara trabajaba en la biblioteca municipal y Ramón ya llevaba diez años en la fábrica del pueblo.

De todo esto hablaba Maribel cuando bajaba por las tardes a sentarse en el patio con las vecinas y su madre.

¿Y tú cómo sabes tanto? le preguntaban, medio en broma. ¡Menuda eres, Maribel, pareces de la Guardia Civil!

Pues que me dejan entrar a llamar por teléfono. Al contrario que otros, que nunca me abren la puerta solía contestar ella, lanzando indirectas a las vecinas que sabían de qué iba el asunto.

Así fue como Maribel entabló amistad con los recién llegados y empezó a aprovechar cada excusa para llamar desde su teléfono, tanto a amigas como a compañeras de trabajo. No se cortaba en pasar allí largo rato charlando. Maribel iba unas veces arreglada, otras en bata de casa, buscando claramente una relación cercana con esa familia.

Una tarde, se dio cuenta de que Ramón cerraba con cierta ostentación la puerta del salón donde veía la televisión nada más verla entrar. Eso volvió a ocurrir varias veces. Maribel sonreía y daba las gracias a Clara cuando, al acabar su llamada, pasaba por la cocina; pero Clara apenas respondía con un gesto y le pedía que cerrara al salir.

Ay, que no puedo cerrar; tengo las manos llenas de harina, mira le enseñaba Clara, señalando el amasijo. Además, la puerta se cierra sola. Es una cerradura francesa.

¡Vaya! ¿Otra vez haciendo bollería? Siempre cocinando Yo no tengo ni idea, la verdad comentaba Maribel.

Sí, son bollos de requesón para el desayuno. No tengo tiempo en la mañana, así que los dejo hechos ahora respondía Clara, volviéndose al trabajo.

Maribel torcía el gesto y se iba, molesta de que ya no quisieran tratarla más a fondo.

Mira, Clara, lo entiendo, pero me incomoda que le cuesta decirle las cosas comentó Ramón una noche. Nuestro teléfono está siempre ocupado por esta mujer y mis colegas ya no pueden llamarnos. No es justo.

Sí, ya he notado que entra como Pedro por su casa y se sienta a charlar como si esto fuese su salón asintió su esposa.

Aquella misma tarde, Maribel volvió, engalanada y perfumada, otra vez sentándose en el taburete del recibidor y charlando animadamente por teléfono.

Maribel, ¿vas a tardar mucho? Esperamos una llamada le advirtió Clara a los diez minutos.

Maribel asintió comprensiva, colgó el auricular y sacó una tableta de chocolate del bolsillo.

Hoy he traído algo dulce. ¡Un chocolate, para tomar un té juntas y celebrar nuestra amistad!

Fue a la cocina, dejó el chocolate sobre la mesa.

No, por favor, guárdalo. Si Lucía lo ve, se le antoja y no puede tomar dulces, es alérgica. Así que lo del té, imposible. Lo siento de veras, pero el chocolate en casa está prohibido.

¿Cómo? ¿Un tabú? Maribel se sonrojó. Bueno, tú verás. Yo solo quería agradar.

No hace falta agradecimiento, pero tampoco es para venir tan a menudo a telefonear. Solo en casos de urgencia, para llamar al médico, a los bomberos, esas cosas son sagradas. Aunque sea por la noche, se entiende. Pero lo tuyo es otra cosa se disculpó educadamente Clara. Ramón recibe llamadas del trabajo, Lucía se distrae porque está con los deberes y tratamos de no hacer ruido.

Maribel recogió el chocolate, se marchó sin decir palabra. No comprendía por qué la trataban así y decidió que la esposa simplemente estaba celosa.

Ya ve, madre. Es porque sabe que soy más joven y mona le decía a Doña Carmen. Yo quería tratarla como una amiga, y ni siquiera me ofreció té. ¡Y yo ahí, con mi chocolate!

Niña, eres terca y testaruda. Mal te he enseñado yo, me temo. No puedes meterte en casa ajena bajo cualquier excusa, sus llamadas no les hacen falta. Y bien que te pusieron límites. Hasta celos sacas a relucir la reprendía Doña Carmen. Búscate un novio, pon un teléfono y deja que sean tus vecinos quienes vengan a tu casa. Así vivirás en paz.

Maribel intentó un último acercamiento a Clara: fue con un cuaderno pidiéndole la receta de los bollos.

Esta vez vengo a pedirte un favor. ¿Me dictas la receta de tus bollos de requesón? Ya es hora de aprender algo, ¿no? dijo. Lo anoto y me pongo a probar enseguida.

Mejor pregunta a tu madre. Las nuestras saben mucho. Además, no te puedo ayudar; yo amaso a ojo, nunca uso cantidades exactas. Las manos lo saben solas, hija le respondió Clara con una sonrisa apurada. Además tengo prisa, tengo que salir. Así que ¡a la madre!

Maribel volvió a casa colorada. Sabía de sobra que su madre guardaba, en el armario de la cocina, un cuaderno lleno de viejas recetas: ensaladas, croquetas, sopas y hasta platos de bacalao. De dulces y bollería, sobre todo, tenía muchas. Pero a Maribel le daba pereza cocinar, y su madre ya no horneaba desde hacía tiempo, cuidándose del peso y la tensión.

Aun así, sacó el cuaderno y hojeando sin interés, halló justo la receta que buscaba, para sorpresa de su madre.

¿Vas a hornear tú algo? se sorprendió Doña Carmen.

¿Y por qué no? contestó Maribel, marcando la receta y cerrando el cuaderno.

¿Será que has vuelto con Rodri? insistió la madre, aludiendo a su último pretendiente. Ya pensaba que esto se había acabado, como los anteriores.

¿Y quién dice que no podemos volver? se enfadó Maribel. Si quiero, él será el que corra detrás de mí.

¡Pues quiérelo! Ya es hora de sentar cabeza. Oye, ¿qué buscabas en el cuaderno? ¿Te ayudo?

No hace falta. Estoy preparándome, mentalmente respondió Maribel.

Pocos días después, cuando Doña Carmen regresó de su paseo, la casa olía a bollería recién hecha.

¡Ay, Virgen Santa! ¿A qué huele esta casa? exclamó su madre. No me lo creo ¡Sí que debes de estar enamorada!

Baja la voz, madre. Mejor ven a probar Maribel sonrió. Y no son empanadillas, son bollos de requesón. De los de toda la vida.

En la cocina hervía el agua para el té. Maribel dispuso las tazas, la tetera y una bandeja con bollos dorados como soles.

¡Tienes mano! dijo la madre. Hace tanto que no hacíamos ninguna repostería juntas Pensé que se te habría olvidado todo. Pero te han quedado muy bien, hija, muy bien.

No me adules. ¿De verdad te gustan? ¿O es solo para animarme? preguntó Maribel.

¿Es que no tienes boca propia? ¡Prueba uno, verás que está de rechupete! rio la madre. Maribel recordó entonces a su padre ausente y la frase que solía usar: ¡Esto sí que se puede comer!.

Pues pronto invito a Rodri a merendar bollos de estos. ¿Qué opinas, le gustarán?

Claro que sí, hija mía. A tu padre lo tuve yo medio enamorado gracias a estos bollos. No se cansaba nunca de ellos ni de mí, ja, ja. Venga, hornea, llámale Yo mientras me iré con la vecina a ver una película. Por fin te has puesto seria. Solo con vestidos y rizos no se conquista a nadie.

Y así fue como Rodri empezó a ir a casa de Maribel. Las discusiones se hicieron menos, la madre se acostumbró a verla pasar más tiempo en la cocina, y Rodri colaboraba; se reían y todo parecía armonía.

Cuando la hija anunció que habían presentado los papeles en el Registro Civil para casarse, Doña Carmen lloró de alegría: ¡Por fin!

Maribel cambió. Adelgazó, queriendo perder unos kilos antes de la boda. Rodri no paraba de preguntar:

¿Ya no haces más bollos de requesón? ¿Para la boda vas a hacer empanadas?

Días antes del enlace, que se celebró en casa, cocinaban entre la madre, Maribel y su tía, la hermana de Doña Carmen. Prepararon todo en dos días, a pesar de que serían solo veinte invitados, casi todos familia.

Los jóvenes empezaron la vida casados en una gran habitación de la casa familiar. Y al poco tiempo, instalaron teléfonos en todas las casas del bloque. Maribel estaba encantada. Al principio llamaba a todo el mundo, pero mucho menos tiempo que antes.

Rita, tengo que colgar, que la masa ya ha subido y Rodri viene pronto de la fábrica. Hablamos.

Corría a la cocina, donde la masa se esponjaba como una almohada en el bol. Maribel esperaba su primer hijo y pronto iba a coger la baja maternal. Sin embargo, seguía cocinando y horneando, para mimar a Rodri y porque, en el fondo, a ella los bollos de requesón caseros le fascinaban. ¡Qué delicia! Y Rodri, más enamorado que nunca, por aquellos dulces y el cariño con que lo recibía su mujerUna mañana de domingo, ya casi en primavera, todas las ventanas del bloque olían a canela y limón. Las vecinas, intrigadas, bajaron a asomarse al patio, donde Maribel colocaba una bandeja llena de bollos recién hechos. Los ofreció con una sonrisa grande, compañera y segura, tan distinta a la de meses atrás.

Clara, curiosa, se acercó con Lucía de la mano. Maribel, sin rencor, partió en dos un bollo y lo ofreció.

¿Sin azúcar, verdad? Para que Lucía pruebe también le guiñó un ojo, recordando la alergia.

Clara asintió sorprendida, agradecida. Lucía mordió el bollo y sus ojos se iluminaron.

¡Mamá, sabe a beso! dijo, haciendo reír a todas.

La receta es de mi madre, y de mi abuela afirmó Maribel, orgullosa. Ahora la sigo yo, y, cuando quieras, te la cuento a ojo, Clara. Pero tendrás que ensuciarte las manos.

Y así, entre aroma de bollería y risas sinceras, el bloque de vecinos olvidó murmuraciones y celos; acabaron compartiendo meriendas y alguna tarde de charla. La felicidad, pensó Maribel, no estaba en el teléfono, ni en los pisos nuevos, ni en saberlo todo de los demás, sino en tender la mano y encontrar, en lo sencillo y en lo propio, la alegría de sentirse en casa.

Y, cada cumpleaños, cada celebración, en la bandeja nunca faltaban los bollos de requesón: dorados, esponjosos, y con el secreto bien guardado que solo conocen las familias donde, a fuerza de paciencia y cariño, se mete la felicidad en el horno, día tras día, para compartirla de verdad.

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MagistrUm
El secreto de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos vecinos al piso segundo. Era la familia del jefe de taller de la fábrica, una industria importante en nuestra pequeña ciudad de provincias. —¿Y qué necesidad tienen de vivir en un edificio antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, la pensionista, a sus amigas—. Con sus contactos, seguro que podrían haberse agenciado un piso en una de las nuevas urbanizaciones. —No te fijes solo en lo tuyo, mamá. ¿Para qué iban a querer un bloque moderno si aquí tenemos un edificio de los de antes, con techos altos, habitaciones grandes y separadas, un recibidor enorme y una terraza que parece otra sala? —le respondía su hija Aña, de treinta años y soltera, siempre maquillada con vivos colores—. Además, les han puesto teléfono nada más llegar. No todos aquí tenemos teléfono, apenas tres en nueve pisos… —Lo tuyo es pasarte el día pegada al teléfono —le cortaba la madre—. Estarás cansando a los vecinos. Ni se te ocurra ir a molestar a los nuevos, que ellos tienen vida y cosas que hacer… —Tampoco son tan estirados, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de nueve años que se llama Natalia, casi mis años, bueno, unos cinco más. Los vecinos resultaron simpáticos y corteses. Lida trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba ya diez años en la fábrica. Todo esto lo contaba Aña a las vecinas en el patio, al atardecer, sentándose con ellas. —¿Cómo sabes ya tantas cosas? —le preguntaban—. Anda, pareces una investigadora. —Voy a llamar por teléfono a su casa. Ellos, a diferencia de otros, sí dejan —insinuando a quienes le cerraban la puerta sabiendo que se iba a tirar media hora de cháchara. Así Anya fue conociendo a los recién llegados, y cada vez iba más a hacer llamadas, ya fuese a sus amigas o compañeras del trabajo, sin corta alguna, cada vez sentándose más cómodamente. Se presentaba a veces arreglada, otras en bata, claramente buscando amistad con la pareja. Un día vio cómo Iván cerraba con gesto claro la puerta del salón donde veía la tele en cuanto ella entraba a llamar. Volvió a ocurrir varias veces. Aña sonreía a Lida, agradecida, miraba a la cocina, pero Lida tan solo asentía y le pedía que cerrase la puerta al salir. —No puedo cerrarla, tengo las manos llenas de harina —mostraba Lida—. Además, el cerrojo es de los que se cierran solos, un francés. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez bollos? ¡Qué de repostería tienes siempre! Yo ni idea —decía Aña. —Sí, son rosquillas de queso fresco para el desayuno. Por la mañana no da tiempo, así que… —sonreía Lida, dándole la espalda y volviendo a su masa. Aña ponía mala cara y se marchaba, descontenta por cómo la evitaban. —Mira, Lida, entiendo que te corte rechazarla —le comentó una vez Iván—, pero nuestro teléfono se pasa ocupado toda la tarde y así no pueden llamarme mis amigos. Así no puede ser. —Sí, ya lo veo… Se mete tan en confianza que parece su casa —consintió la mujer. Aquella tarde, Aña se sentó de nuevo, elegante y maquillada, en el recibidor y llamó a su amiga. —¿Vas a tardar mucho? Esperamos una llamada —le advirtió Lida tras diez minutos. Aña asintió comprensiva, colgó, pero entonces sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡Hoy vengo con algo dulce! Vamos, tomemos un té para celebrar la amistad. Entró en la cocina y dejó la tableta en la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve, querrá y no puede tomar dulce. Es alérgica. Aquí el chocolate está vetado. —¿Cómo? —se sonrojó Aña—. Yo lo hacía de corazón, para mostrar agradecimiento. —Tranquila, no hace falta agradecer, pero mejor deja de venir tanto a llamar. A no ser que sea una urgencia médica o llames a los bomberos, entonces por supuesto. Para eso sí, a cualquier hora. Sin rencor, pero las llamadas de trabajo de Iván, o Natalia que intenta concentrarse… Ya ves. Aña recuperó el chocolate y se fue sin decir nada. No entendía ese trato y pensó que Lida simplemente le tenía celos. —Claro, sabe que soy más joven y guapa. Por eso está celosa. Quise tratarla con normalidad humana y ni un té me sirve, aunque yo trajera el dulce. —Qué cabezota eres, hija —le replicaba Nina Andréevna—. Me temo que te he enseñado mal. No se debe meter una en casas ajenas a la fuerza. No necesitan tus llamadas. Ese hogar no es un paso de gente. Así te lo hacen ver. Luego te ofendes encima. Mejor busca novio, pon tu propio teléfono y que vengan a llamar a tu casa y así tienes amigas. Anya decidió un último intento de acercamiento con Lida, y fue a pedirle el secreto de las rosquillas: —Vengo con un favor. ¿Me dicta la receta de las rosquillas? Yo también quiero aprender… —Pregúntale mejor a tu madre, seguro que sabe más. Yo hago la masa a ojo, nunca me apunto medidas. Las manos ya se lo saben —rió Lida—. Y ahora tengo prisa. ¡A tu madre, a tu madre! Aña volvió a sonrojarse y se fue. Sabía que su madre tenía un cuaderno viejo, atiborrado de recetas de ensaladas, albóndigas, sopas y, sobre todo, repostería, aunque llevaba tiempo sin preparar nada. Ella tampoco tenía muchas ganas para ponerse pero encontró la receta y sorprendió a su madre: —¿Vas a hornear algo? —preguntó la madre sorprendida. —¿Por qué te extraña? —cerró Aña el cuaderno marcando la página. —¿No será que te has reconciliado con Suso? ¿No os habíais peleado? —No peleamos. Solo que si me lo propongo vuelve detrás de mí —respingó Aña. —¡Póntelo en serio! Ya es hora de que te cases. ¿Qué mirabas en las recetas? ¿Te ayudo? —No hace falta. Solo me estoy mentalizando. A los días, la casa olió a masa recién horneada cuando la madre volvía de paseo: —¡Uy, qué maravilla, huele a bollos! No puede ser, hija, ¡estás enamorada! —No grites —rió Aña—. Ven a probar. No son bollos, son rosquillas de queso fresco, las de toda la vida. Aquel día el té hervía en la tetera, tazas limpias en la mesa, y las rosquillas doradas emanaban calor y dulzor. —Sabes, no lo has olvidado… Está riquísimo, hija. —¿Lo dices de verdad o solo por animarme? —preguntó Aña. —Pruébalas tú misma. ¡Esto sí que es comida! Aña recordó entonces una expresión de su padre: esto sí es comida. El mayor elogio. —Bien, pronto invitaré a Suso a merendar rosquillas. ¿Crees que le gustarán? —Seguro, ni lo dudes. Yo conquisté a tu padre así… ¡y cayó rendido! —rió la madre—. Anda, pídele y cocina, que yo me voy al piso de la vecina a ver la peli. Por fin te veo con cabeza. No solo de arreglos y rulos vive una mujer. El novio de Aña comenzó a ir a su casa. Se reían y discutían menos, la madre se fue acostumbrando a verlos juntos en la cocina, él ayudándola, y el ambiente lleno de carcajadas. Cuando, al poco, Aña anunció que habían ido a inscribirse en el registro civil, Nina Andréevna no pudo contener alguna lágrima: por fin… Aña cambió. Adelgazó para la boda. Suso le decía: —Ya no haces rosquillas. ¿Harás una tarta para la boda? La boda era en casa; cocinaron juntas la madre, la tía y Aña durante dos días, aunque eran apenas veinte invitados, la familia más que nada. Se mudaron a la habitación grande de la casa familiar. Al año pusieron teléfonos a todos los vecinos. Aña estaba feliz. Llamaba menos y no como antes, colgaba pronto. —Rita, tengo que dejarte. Ha subido la masa y Suso está al caer. Corría ilusionada a la cocina, donde la masa levaba en el cuenco. Ya estaba embarazada y pronto entraría en el permiso maternal, pero seguía preparando dulces para su marido, y porque a ella le encantaban las rosquillas de queso fresco. Caseras, nada como eso. Y Suso la adoraba, por la repostería, y por el cariño.