Dicen que es cierto lo que se comenta por aquí: cuanto más tiempo pasan juntos las parejas antes de casarse, peor suelen salir esos matrimonios…
Había una vez una pareja en Madrid que llevaba siete años viéndose cuando, al final, decidieron casarse. En todos esos años, jamás compartieron un solo día completo bajo el mismo techo: ambos estaban contentos de conservar su propio tiempo y espacio. Fue un embarazo inesperado el que les llevó a tomar la decisión de casarse.
Al principio, la convivencia despertó emoción y novedad en los dos. Primero llegó la ilusión de reformar el pequeño piso en Lavapiés; la abuela materna se mudó con los padres de la chica, dejando espacio a los recién casados. Luego vinieron las compras conjuntas de muebles y enseres para el hogar… Sin embargo, una vez todo estuvo en orden, la pareja comenzó a sentir cierta inquietud al pasar tantas horas juntos entre las cuatro paredes del piso.
El marido empezó a suplicar a su esposa que le dejara salir a tomar unas cañas con los amigos, y ella, aliviada, le animaba a hacerlo y disfrutaba de ese rato a solas. Aquello se volvió su rutina; era una vida cómoda para ambos. Como en los siete años pasados, solían verse en casa sólo al caer la noche.
A medida que se acercaba el momento del parto, el marido parecía cada día más apesadumbrado. La esposa apenas le daba importancia a ese cambio, hasta que un día recibió una llamada de una mujer desconocida y algo trastornada, que le contó que su marido se iría a vivir con ella. Y así fue: mientras la chica estaba en una revisión rutinaria con la matrona, su marido hizo las maletas y se marchó en silencio.
Lo que más indignación le causó a la joven fue que él ni siquiera se dignó a explicarle nada pese a estar embarazada, simplemente huyó. Tampoco se presentó a la vista del divorcio. Ella se las ingenió, gracias a algunos conocidos, para que llegado el parto no figurara ningún hombre como padre en los papeles del registro y dejó en blanco la casilla del padre. Todo resultó rápido.
La chica dio a luz a un hijo precioso. Era un niño grande, sano, risueño, con unos hoyuelos encantadores en las mejillas. Al verle, la muchacha se sintió plenamente calmada, olvidando la traición sufrida por su entonces querido y cercano marido. Sus padres la ayudaron a criar al niño, y ella no volvió a querer saber nada de relaciones amorosas; la herida, creía, nunca llegaría a cerrar del todo.
El niño tenía ya tres años cuando una tarde sonó el timbre de su portal. Esperaba que fuera su madre para ayudarle con el nieto y, con confianza, abrió la puerta sin mirar por la mirilla. Allí estaba su antiguo esposo. Traía un enorme ramo de rosas rojassus favoritas, desde siemprey un gran cochecito de carreras, el primer regalo que hacía a su hijo en tres años.
Ella le miró en silencio. Él apenas susurró:
Lo siento… haré lo que tú me pidas…
¿De verdad crees que ahora voy a perdonarte? Han pasado tantos años…
En ese momento, el pequeño salió corriendo al pasillo.
No. Y no vuelvas nunca más. Todos estos años no te hemos necesitado; ya nos hemos acostumbrado a vivir sin ti…
Ya no sentía dolor alguno. El rencor se había diluido con el tiempo y sólo quedaba compasión por el hombre que había perdido a su propio hijo.





