El sabor de la libertad
Terminamos la reforma el otoño pasado comenzó a contar María Inés.
Nos costó decidirnos por los papeles de pared; discutimos hasta quedarnos afónicos sobre el color de los azulejos del baño y, entre risas, recordamos cómo veinte años atrás soñábamos con tener ese ansiado piso de tres habitaciones.
Ahora sí dijo mi marido, satisfecho cuando celebrábamos el final de la odisea , ya podemos casar al chico. Rubén traerá aquí a su esposa, tendrán niños, y nuestra casa será ruidosa y, por fin, de verdad viva.
Sin embargo, ese futuro no llegó. Nuestra hija mayor, Lucía, volvió a casa con dos maletas y sus dos hijos.
Mamá, ya no tengo a dónde ir dijo, y esas palabras bastaron para desbaratar todos nuestros planes.
La habitación de Rubén la ocupó los nietos. Él, por suerte, no se quejó; solo se encogió de hombros:
Da igual, pronto tendré la mía.
“La suya” era el piso de mi madre, un pequeño apartamento de una habitación, también recién reformado, que llevábamos años alquilando a una joven pareja. Cada mes nos llegaba una suma discreta, pero esencial en nuestra cuenta: la famosa colchón de seguridad para cuando ya no fuésemos útiles a nadie, ni a nosotros mismos.
Recuerdo haber visto a Rubén y Clara, su prometida, pasar por delante de aquel edificio, mirando hacia arriba y charlando animadamente.
Yo sabía lo que tramaban, aunque no dije nada.
Un día escuché:
Señora María Inés, ¡Rubén me ha pedido matrimonio! ¡Ya tenemos sitio para la boda! ¡Imagine! Clara estaba radiante , allí tienen una calesa auténtica, ¡y un arpa en directo! ¡Y una terraza de verano! Los invitados saldrán al jardín…
¿Y después dónde vais a vivir? pregunté, sin poder contenerme menuda boda, con el dineral que cuesta
Clara me miró como si le hubiera preguntado por la previsión meteorológica en Marte.
Viviremos un tiempo aquí. Y luego ya se verá.
Pero, mira dije pausadamente , ya vive Lucía con los niños. Esto va camino de parecerse a una residencia, no a una casa.
Clara puso mala cara.
Pues sí. Mejor buscamos una residencia de verdad. Por lo menos allí nadie nos fisgará el alma.
Aquel nadie nos fisgará el alma me dolió. ¿Acaso yo fisgaba? Solo intentaba protegerles de una tontería.
Y luego hablé con Rubén. Mi último intento de que me entendiera.
Hijo, ¿para qué tanta apariencia? Casaros en secreto y destina el dinero al primer pago de tu propio piso mi voz temblaba.
Rubén miraba por la ventana, serio.
Mamá, ¿y por qué vosotros celebráis cada aniversario en El Dragón Dorado? También podríais quedaros en casa. Saldría más barato.
No supe qué contestar.
Pues eso sonrió Rubén, casi cruel , vosotros tenéis vuestro ritual, nosotros tendremos el nuestro.
Él comparaba nuestra modesta cena familiar una vez cada cinco años con su espectacular fiesta, que costaría miles de euros.
En sus ojos ya no veía a mi hijo, sino a un juez dictando sentencia: Sois unos hipócritas. Todo os está permitido, a nosotros nada. Olvidaba que aún estábamos pagando el préstamo de su coche. Y nunca había pensado en ese colchón de seguridad.
Y ahora le urgía casarse. ¡Y de qué manera!
Al final, él y Clara se enfadaron conmigo. Sobre todo por no cederle un par de llaves de la casa de mi madre.
***
Una noche regresaba tarde a casa en un autobús casi vacío, mirando mi reflejo en la ventana oscura. Allí estaba una mujer agotada, envejecida, con una bolsa de comida enorme y los ojos llenos de miedo.
De repente, con una claridad brutal, entendí que todo lo hacía por miedo.
Miedo a convertirme en una carga. Miedo a que mis hijos me abandonaran. Miedo al futuro.
No era que me diera pena el piso. Lo que temía era dárselo y quedarme sin nada.
Obligaba a Rubén a buscarse la vida, pero al mismo tiempo le cortaba las alas, financiándole todo: por si acaso fallaba y el muchacho sufría.
Le podía exigir madurez, pero jamás lo trataba como a un adulto capaz de entender o hacer algo.
Ellos, Rubén y Clara, solo querían empezar la vida con belleza. Con calesa y arpa. Sí, es una locura. Pero es su derecho. Si lo pagan ellos.
Llamé a los inquilinos para que buscaran otra casa lo antes posible. Un mes después, telefoneé a Rubén:
Venid. Tenemos que hablar.
Vinieron cautos, preparados para pelear. Puse la tetera y dejé el llavero de las llaves del piso de mi madre sobre la mesa.
Aquí tenéis. Pero no os emocionéis: no es un regalo. La tendréis solo un año. En ese tiempo decidís: o solicitáis una hipoteca y lo compráis, o seguís, pero bajo otras condiciones. La renta anual, evidentemente, la pierdo. Pero consideradlo mi inversión. No en la boda; en vuestra oportunidad de ser familia y no vecinos.
A Clara se le abrieron mucho los ojos. Rubén miraba las llaves, como sin creerlo.
Mamá ¿Y Lucía?
Ella también tendrá sorpresas. Sois adultos. Vuestra vida será ahora vuestra labor. Nosotros dejamos de ser vuestro fondo ni vuestro monedero. Seremos simplemente padres, que quieren, pero no rescatan.
El silencio fue total.
¿Y la boda? preguntó Clara, por primera vez insegura.
La boda me encogí de hombros , lo que queráis. Si reunís para el arpa, pues habrá arpa.
***
Rubén y Clara se marcharon, y yo sentí miedo. Un miedo enorme. Si no lo logran. Si se enfadan para siempre.
Pero, por primera vez en años, respiré hondo. Porque por fin había dicho no. No a ellos. A mis propios temores. Y dejé marchar a mi hijo hacia una vida adulta, complicada, independiente.
Sea como sea
***
Ahora veamos desde los ojos de Rubén.
Clara y yo soñábamos con una boda mágica. Pero el divorcio de mi hermana lo arruinó todo. Cuando mi madre recomendó contener gastos, algo se me rompió por dentro.
¿Y vosotros por qué cada aniversario os vais al restaurante? solté. Podríais quedaros en casa. Es mucho más barato.
Vi a mi madre quedarse blanca. Quería hacer daño. Y lo hice.
Sí, ellos me regalaron el coche. ¿Y? ¡Yo nunca lo pedí! Ahora me lo echan en cara con los pagos. ¿Qué tengo que ver yo con eso? Tomaron la decisión, ahora que la paguen.
Hicieron la reforma. Decían que era para nosotros. Ahora, resulta que no podemos vivir allí.
El piso de la abuela, esa sagrada reliquia, era intocable. Más importante que mi boda.
¿Entonces qué? ¿Cómo decirle al mundo y a nosotros que existimos, que somos uno?
Clara un día, cabizbaja, dijo:
Rubén, no tengo nada que ofrecerte. Mis padres no pueden ayudarme. Tienen hipoteca.
Tú me das a ti misma respondí, intentando consolarla. Pero me hervía por dentro. No por ella, sino por la injusticia. Todo caía sobre las espaldas de mis padres. Y ellos ayudaban, pero siempre con esa mueca amarga, como si cada euro fuera un clavo más en su ataúd. Esa ayuda no anima. Quema de culpa.
Resumiendo: las críticas flotaban en el aire. Y entonces llamó mi madre, con voz extraña y firme.
Venid. Tenemos que hablar.
Fuimos como a una ejecución. Clara me apretaba la mano.
Si nos niega ayuda para la boda susurró.
Tal vez le dije.
***
Sobre la mesa estaban las llaves del piso de la abuela. Lo reconocí por el llavero. Eran las llaves de mi infancia.
Tomad dijo mi madre.
Dio un discurso. Breve pero radical. Sobre el año. Sobre las decisiones. Sobre dejar de ser nuestro fondo y monedero. El eterno no tenemos dónde vivir ya no servía. La esperanza de los padres siempre arreglan todo se derrumbó.
Cogí las llaves. Frías y pesadas, como nunca.
Sentí un golpe de realidad: duro y molesto.
Hemos pedido mucho, nos hemos enfadado, pero ni una sola vez hemos hablado con nuestros padres, de verdad: Mamá, papá, entendemos vuestros miedos. ¿Hablamos sobre cómo avanzar sin destrozaros?
No. Esperábamos que adivinaran y cumplieran nuestros sueños, sin palabras, sin condiciones, con una sonrisa. Como cuando éramos niños.
¿Y la boda? preguntó Clara, tímidamente.
¿La boda? mi madre se encogió de hombros , si tenéis para el arpa, habrá arpa.
Salimos a la calle. Yo jugueteaba con las llaves en el bolsillo.
¿Qué vamos a hacer? preguntó Clara. No sobre el piso, sino de todo.
No lo sé le dije, honestamente . Ahora es nuestro problema
En esa nueva y aterradora responsabilidad había una libertad salvaje y pura. El primer paso era este: entender si realmente necesitamos una calesa y un arpa. Las tradiciones tienen valor, pero deben basarse en algo más profundo que un solo día especial
***
¿Y el final?
Rubén y Clara comenzaron su vida adulta al día siguiente.
Por fin juntos, bajo el mismo techo. No es su piso, pero lo viven como propio. Pequeño, pero acogedor. Todo recién pintado. Sin nadie más. Al principio recibieron visitas a diario. ¡Era la libertad!
Luego, al mes, surgió un deseo compartido: ¡queremos perro! Pero uno grande.
Clara, resulta, siempre quiso uno, pero nunca pudo: su madre no la dejaba. Rubén sí tuvo perro en el colegio, pero se escapó y fue una tragedia para él
Así que el último eslabón de la felicidad llegó rápido: un simpático labrador llamado Toledo.
Aquella bolita de tres meses puso sus propias normas: destrozar esquinas, morder muebles y hacer sus cosas por toda la casa.
Cuando María Inés fue de visita, se llevó una sorpresa: nadie le había avisado del nuevo inquilino.
¡Rubén! ¡Clara! ¿Cómo se os ocurre? ¿Ni me preguntáis? casi lloraba María Inés, mirando el salón . ¿Y para qué una bestia tan grande? Un perro así necesita vigilancia todo el tiempo, y estáis fuera todo el día. ¡Claro que va a destrozar todo! ¡Y cuánta pelusa! ¿No la recogéis? ¡Y el olor! ¡No, esto no hay quien lo aguante! ¡Tenéis que devolver el perro! ¡Mañana mismo!
Mamá protestó Rubén , nos distes el piso por un año. ¿Ahora vas a decidir cómo vivimos? ¿Quieres que te lo devuelva?
De ninguna manera reaccionó María Inés , soy dueña de mi palabra: un año, es un año. Pero atentos: os toca devolver el piso tal como lo recibisteis. ¿Estamos claros?
Clarísimo contestaron Rubén y Clara casi al unísono.
Hasta entonces, no contéis conmigo. No quiero verlo más.
***
Y cumplió su palabra. No volvió. Apenas llamaba.
Y cuatro meses más tarde, Rubén regresó a casa: él y Clara se habían separado.
Durante semanas contaba lo mala ama de casa que era Clara. Cocinaba mal. No cuidó al cachorro. No lo sacaba a tiempo. Tuvieron que devolver a Toledo al criador. No fue fácil: les convencieron tras una semana de llamadas.
Habían comprado comida para el perro para tres meses lo exigió el criador. ¡Y la comida cuesta dinero!
¿Te precipitaste con Clara, hijo? preguntó María Inés, disimulando una sonrisa , ¡si hasta queríais una boda con calesa y arpa!
¡Boda, mamá! Por favor Puedes alquilar el piso de la abuela sin problema.
¿No prefieres quedarte allí? ¿Ya te has acostumbrado?
No, estoy mejor aquí en casa dijo Rubén, negando con la cabeza ¿o tú no lo ves bien?
Siempre lo veo bien contestó María Inés , sobre todo ahora que, al irse Lucía con los niños, la casa vuelve a estar vacía…







