La suegra no dejaba de criticar a su nuera por pasar demasiado tiempo frente al ordenador, pero su opinión cambió de golpe con solo recibir un regalo…
—¿Qué clase de esposa es esta? Ni cocina, ni limpia, siempre pegada a la pantalla como un zombi. Hablando con hombres en internet y diciendo palabras raras: bugs, Python, copiar y pegar… — se quejaba Dolores Martínez, refunfuñando por toda la casa.
—Mamá, por favor, no empieces — respondió su hijo Javier con calma—. Lucía es programadora. Esos ‘hombres’ son sus clientes. Les escribe programas y gana dinero. Y, por cierto, gana más que yo.
—Aunque gane millones — replicó la suegra—. Una mujer debe ser mujer, no una araña cibernética en su telaraña. Espero que para mi cumpleaños se aparte del teclado, aunque sea una hora.
Dolores decidió celebrar su cumpleaños con sencillez pero con gusto, en un café acogedor con sus amigas más cercanas y familiares. Todos reían, brindaban y entregaban regalos, algunos comunes y otros no tanto: una caja de bombones, un mantón, una cazuela… Lo de siempre.
Cuando llegó el turno de Javier y Lucía, el lugar quedó en silencio.
—Madre — comenzó Javier con una sonrisa tierna—. Lucía y yo te deseamos salud, paz y muchos años de vida. Y para que no solo escuches nuestros deseos, queremos darte algo especial…
Sacó un sobre envuelto con una cinta y se lo entregó a su madre. Dolores lo abrió, miró dentro y se quedó inmóvil, sin creer lo que veía.
—¿Esto es… un viaje a un balneario? — susurró.
—Sí — asintió Lucía—. Un mes entero. Y no sola, claro, sino con papá. Ya lo hemos organizado todo: la habitación, los tratamientos y hasta el transporte.
—¡Dios mío, esto debe haber costado una fortuna! — exclamó Dolores, llevándose las manos a la cara—. ¡Es increíble!
—Lo ha pagado Lucía — respondió Javier con tranquilidad—. Su trabajo en tecnología le permite hacer estas cosas. Dice que la salud no es algo en lo que se deba ahorrar.
La suegra miró a su nuera con atención, sin prejuicios, sin irritación. Por primera vez, no vio a una friki del ordenador, sino a una mujer joven con un corazón generoso y una profesión digna.
—Sabes… — comenzó Dolores, con la voz temblorosa—. No me imaginaba que eras así de maravillosa. Ganas bien, has pensado en mí… Perdóname, Lucía. Es que no lo entendía…
—No pasa nada — respondió Lucía con suavidad—. Sé que mi trabajo puede parecer extraño. Pero te quiero a ti, quiero a Javier y quiero que estéis bien.
En ese momento, la suegra cambió por completo. Sus labios esbozaron una sonrisa, sus ojos brillaron, abrazó a Lucía y, sin contener la emoción, exclamó:
—¡Esta sí que es una nuera! Se lo contaré a todo el mundo: inteligente, profesional y con un corazón de oro. Ya no puedo decir ni una palabra en su contra. ¡Y os traeré comida de casa: cocido, empanadas y croquetas!
Desde ese día, la paz reinó en el hogar. Dolores ya no criticaba a Lucía por el portátil, sino que la alababa ante las vecinas: «Mi Lucía es programadora, ¡una mujer del futuro!».
A veces, solo hace falta un poco de comprensión y un regalo sincero para cambiar las cosas. Las apariencias engañan, y el verdadero valor de una persona se descubre con acciones, no con prejuicios.