Julia bajó del autobús con el frío cortándole las mejillas y las manos cargadas de bolsas pesadas. Recuerdo bien cómo, con paso rápido y el corazón latiendo fuerte, cruzó la puerta de la casa familiar en aquel pueblo castellano rodeado de encinas y campos de trigo. ¡Ya estoy en casa! exclamó al abrir la puerta. ¡Julia, hija mía! Todos salieron a recibirla entre abrazos y exclamaciones. Sabíamos que vendrías hoy, lo presentíamos.
Esa noche, con todos reunidos alrededor de la mesa de madera vieja, alguien llamó a la puerta. Deben ser los vecinos, que vienen a felicitarnos dijo mi madre encogiéndose de hombros, y fue a abrir. No volvió sola, sino acompañada de los invitados. Julia miró a quienes entraban en la sala y se quedó sin palabras, temblando de incredulidad.
Julia había viajado a Valladolid aquella mañana, con su bolso de cuadros bien apretado contra las piernas. El bolso iba repleto de lo justo, pero resultaba voluminoso, y además, la abuela había colocado encima una bolsa llena de empanadillas recién hechas, aún tibias y desprendiendo ese aroma a pan de pueblo y aceite de oliva que, incluso ahora, me hace salivar. No aguantó más y, con un gesto alegre, abrió la cremallera y sacó dos empanadillas doradas. ¿Quieres? ofreció al muchacho sentado a su lado, que había cedido su sitio junto a la ventana en cuanto la vio subir, gesto que a ella la hizo sentir una simpatía inmediata.
¡Claro! contestó él, aceptando encantado. Soy Julia se presentó la joven con una sonrisa. Yo soy Esteban ¿Vas a ingresar en la universidad? Así es suspiró Julia. Aquí cerca solo enseñan para tractoristas, y yo no me veo en un tractor.
Yo también vengo a estudiar, aunque me gusta el pueblo dijo él.
El trayecto a la ciudad duró casi cuatro horas; suficiente para que los dos jóvenes se hicieran amigos y compartieran confidencias. Antes de bajar cada uno en su destino, intercambiaron números y promesas de volver a verse. El curso empezó y el tiempo pasó entre nervios y exámenes. Julia y Esteban lograron entrar en las facultades de su elección y ambos estaban llenos de ilusión y esperanza. Aquellos días de inquietud quedaron atrás; el futuro se abría grande y luminoso ante ellos.
Un día, Esteban llamó a Julia: ¡Hola, Julia! ¿Celebramos que hemos entrado en la uni? ¿Vamos a algún café? Julia aceptó encantada. Esteban le resultaba sencillo y cercano; con él conversar era fácil, y tenía esa confianza de los de tierra adentro. Quedaron en el céntrico café El Hipopótamo, cuyo nombre siempre les hacía reír.
¿Y por qué se llama El Hipopótamo? preguntó Julia intrigada. Pues seguro que es porque quienes vienen aquí salen convertidos en uno, de tanto comer pasteles rió Esteban.
¡Seguro! dijo Julia, terminando de comerse un pastel con entusiasmo.
Pronto se convirtió en costumbre verse allí. El café se convirtió en su lugar, y no tardaron en llamarse nos vemos en nuestro sitio. Aquella tarde fue especial: allí se dieron el primer beso, suave y ardiente, que Julia recordaría toda la vida. El noviazgo se afianzó. Para Julia, Esteban era su compañero más cercano, como nadie más, salvo sus padres, claro, pero aquello era diferente.
Un día, cuando ya estaban en tercer curso, Esteban le propuso: Oye, Julia, ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Y en verano ¿nos casamos?
¿Eso es una proposición de matrimonio? rió Julia.
Bueno algo así ¡Por supuesto, me encantaría tenerte en casa! ambos rieron, bailando en plena calle.
Julia volvió feliz al piso compartido en la plaza Mayor, donde convivía con dos chicas más: Aurora y Carmen.
¡Hoy vienes radiante! Se te ve la felicidad en la cara. ¡Cuéntanos! preguntó Aurora.
¡Ay, chicas! Creo que pronto me mudaré con Esteban dijo Julia entusiasmada.
¡Nos invitarás a la boda, ¿no?! añadió Carmen.
En verano será la boda; de momento solo probar a vivir juntos.
Aurora se mostró preocupada: Julia, no lo hagas. Desde diciembre hasta verano puede pasar de todo. ¿Para qué apresurarse? Aquí vivís bien
Julia se rió: Aurora, pareces mi abuela. ¡Ya casi todas viven así!
No es que sea anticuada. Es que mi madre es abogada, y sé cómo acaban estos matrimonios de prueba protestó Aurora.
Está bien, no te enfades, era una broma dijo Julia.
Julia creía que las reservas sobre vivir juntos antes de casarse eran tonterías, que el amor verdadero ese que ella sentía por Esteban era cosa de una entre un millón. Pero la conversación quedó dando vueltas en su cabeza, y empezó a posponer sus planes.
Esteban, viéndola dudosa, dejó de insistir.
Llegó diciembre, con los fríos intensos del invierno castellano. Julia y sus amigas paseaban bajo la nieve que cubría todo el pueblo y la ciudad de blanco. La tarde era mágica pero gélida. Justo al pasar frente a El Hipopótamo, Julia propuso entrar: ¡Entramos! Esteban y yo siempre venimos aquí
Mira, ahí está Esteban dijo Carmen, señalando la ventana, con una tono extraño.
Julia se giró y vio al chico, sentado en su sitio, junto a una joven, unos años más joven, ambos riendo y bromando.
Julia se apartó en silencio. Me voy a casa susurró.
Nos vamos contigo dijeron Aurora y Carmen.
Ya en casa, intentaron consolarla: que no debía sacar conclusiones, que todo podría ser un malentendido Pero Julia no lograba olvidar la mirada dulce con que Esteban contemplaba a la joven, ni que estuvieran en su café y su lugar. Era como una traición.
Julia dejó de contestar a las llamadas de Esteban. Cuando él fue a buscarla al piso, pedía a las compañeras que dijeran que no estaba.
Un día, Esteban la encontró en la facultad y le preguntó: Julia, ¿qué ocurre? ¿Tienes a alguien más?
Julia se indignó: ¿Qué si tengo a alguien? ¡Eres tú el que tiene a otra! ¡Déjame en paz, llego tarde al examen!
Se zafó y desapareció dentro del edificio. Esteban se fue sin entender nada.
Julia, tras aprobar los exámenes por adelantado, volvió al pueblo para pasar la Navidad. Pensaba que bajo el techo de su casa iba a poder superar mejor la pena y la decepción.
Y es cierto, el ánimo le mejoró en cuanto bajó del autobús en la parada de aquel pueblo castellano. El frío le hacía sentir viva, la nieve crujía bajo sus botas, y los árboles lucían como joyas ante el sol brillante. Las chimeneas echaban humo y todo parecía acogedor. Julia sonrió, tomó la bolsa de regalos para su madre, su padre y su abuela, y fue directa a casa. Al entrar, notó que el pino que habían plantado junto a la verja cuando era niña había crecido mucho, y decorado como en los viejos tiempos de su infancia.
¡Feliz Navidad! dijo al entrar en casa.
¡Julia, hija mía! todos se apresuraron a abrazarla.
Fue un día lleno de alegría y reencuentros. Ojalá los días de invierno fueran más largos, pues a las cinco ya era noche cerrada.
No pasa nada dijo el padre. Encendamos las luces del árbol y celebremos.
Esa noche, estaban todos sentados a la mesa cuando llamaron a la puerta.
Mi madre, pensando que serían los vecinos, fue a abrirla y volvió con Esteban vestido de San Nicolás, acompañado por una joven vestida de ayudante.
¿Esteban? preguntó Julia, reconociendo también a la joven del café. ¿Cómo me encontraste? ¿Qué significa todo esto?
Esteban soltó su característico carcajada retumbante, y la joven también se reía.
Tus amigas me dijeron dónde encontrarte. Además, quiero presentarte a mi hermana menor, Irene.
¿Hermana? repitió Julia, sorprendida.
Sí, claro, hermana asintió Irene. ¡Si te fijas bien, nos parecemos!
Julia sintió como si se quitara un peso de encima. Tanto preocuparse, y por no preguntar directamente, se decía interiormente.
Entonces, Esteban, delante de toda la familia y su hermana, sacó una cajita con un anillo y le pidió: Julia, ¿quieres casarte conmigo?
¡Sí, claro que sí! Julia le abrazó emocionada. ¡Esta es la mejor Nochevieja de mi vida!
Habrá muchas más mejores noches juntos dijo Esteban, pero prometamos que de ahora en adelante hablaremos siempre con franqueza sobre lo que sentimos.
¡Acepto! susurró Julia.
Y así fue, en aquel invierno de la Castilla profunda, donde las empanadillas aún conservaban el sabor cálido de la abuela y las historias cruzaban generaciones, que Julia supo lo que es amar y ser amada.







