**El Regreso a Casa**
El viejo caserón en las afueras de Valdeherreros, perdido entre los bosques de Castilla, olía a polvo y esperanza. Marta, sacudida en un autobús destartalado por un camino lleno de baches, sentía náuseas. El polvo le llenaba los pulmones, y el corazón se le encogía de angustia. ¿Por qué había tomado esta decisión? Vivir sola en aquella casa antigua, además en su estado, era una locura. Pero la decisión estaba hecha, y no había vuelta atrás.
Marta llevaba tres años enferma. La última visita al médico le dio un atisbo de esperanza: el tratamiento funcionaba, pero nadie sabía por cuánto tiempo. «Con su diagnóstico, nada es seguro», dijo el doctor con frialdad. Marta no discutió. La vida hacía tiempo que había perdido su sabor. Con su marido, Alejandro, convivían bajo la misma techumbre, pero se habían convertido en desconocidos. Cuando la enfermedad la derribó, él se alejó aún más, como si ya estuviese buscando un reemplazo para no quedarse solo. El amor había muerto hacía siglos, y Marta lo había aceptado.
Pero ayer, algo cambió todo. Al volver del hospital, débil, arrastrando los pies, encontró un escandaloso festejo en su pequeño piso. Alejandro, celebrando el inicio de sus vacaciones, había invitado a toda su cuadrilla. El humo de cigarrillos, las groserías y el olor a alcohol lo impregnaban todo. Marta se fue al parque, vagó durante horas, pero al volver solo halló basura, botellas vacías y a su marido roncando. Por la tarde, al despertarse, él buscó otra botella de vino. Marta intentó hablarle, pero recibió un grito:
—¡Esta casa es mía! La fábrica me la dio. ¡Bebo si me da la gana, y celebro lo que quiera! Tú aquí no pintas nada.
«¿Quién soy aquí?», pensó Marta, tragando lágrimas. Su trabajo, humilde y mal pagado, no valía la pena. «Mañana lo dejo. Me voy al pueblo, a la casa de mi madre. Al menos viviré mis días en paz, sin gritos ni borracheras».
La casa la recibió con olor a madera vieja y hierbas secas. Un dolor agridulce le atravesó el pecho al recordar. Tras la muerte de su madre, solo había vuelto una vez, para el entierro. Pero la casa estaba cuidada; los vecinos, quizás, la habían atendido. La llave, como en su infancia, seguía bajo el peldaño de la entrada. El cerrojo chirrió, pero cedió. Marta entró, aspiró el aire cargado de polvo y susurró:
—Hola, casa.
Las tablas del suelo crujieron en respuesta, como saludándola. Abrió las contraventanas, dejando entrar la luz del sol, y, tras cambiarse, fue al pozo por agua. Allí la esperaba su vecina, Remedios.
—¡Marta, ¿eres tú?! —exclamó la mujer, llevándose las manos a la cara—. ¡Has vuelto! Mi Julián cuidó de la casa, no fue en vano. Bien hecho, hija. Ven esta noche, cenaremos juntas.
Marta limpió los cristales, quitó el polvo, fregó los suelos hasta que brillaron. La casa resucitó, respiró calidez. El cansancio cayó sobre ella como un peso— la enfermedad no daba tregua. Pero encendió la chimenea, ahuyentando la humedad. A la hora de la cena, en casa de sus vecinos, compartió su historia, y Remedios, escuchándola, movió la cabeza:
—Has hecho bien en volver. Aquí te queremos, Valdeherreros es tu tierra. Y eso de morirte, ¡ni lo pienses! ¿Sabes? Necesitamos cartero en el pueblo. Es poco trabajo, pero así te entretienes. Y ve a ver a la tía Lucía, ella tiene infusiones buenas. Todo mal viene de los nervios, ya lo sabes. Aquí tendrás paz y sosiego.
Marta se durmió con una sonrisa, reconfortada por la bondad de los suyos. Al amanecer, una energía desconocida la despertó— el deseo de vivir, de crear, algo que no sentía desde hacía años. Desayunó y fue a la oficina de correos. El dinero nunca sobraba, y el ocio no era para ella. Al caminar por las calles de piedra, los vecinos le sonreían, le deseaban salud.
—¡Buenos días! —respondía ella, sintiendo un calor que le llenaba el pecho.
El verano dio paso al otoño. Ser cartera se convirtió en un placer: pasear despacio por el pueblo, entrar en cada portal, charlar un momento. El aire, limpio y fresco, llenaba sus pulmones. Marta encontró una paz que la ciudad nunca le había dado. Sus mejillas tomaron color, su rostro parecía rejuvenecido, como una manzana madura. Las infusiones de la tía Lucía hacían efecto: dormía bien, comía con apetito, y la debilidad se desvanecía.
La enfermedad se fue. Marta vivió en Valdeherreros muchos años más, rodeada del cariño de su hogar y de la gente que la quería. La felicidad, al parecer, no necesitaba mucho— solo paz en el alma, el abrazo de las paredes viejas y saber que uno es importante para alguien. ¿Y la enfermedad? En verdad, había sido cosa de los nervios, como todas las desgracias.




