El regreso
Aún me viene a la memoria cómo le sobrevino el malestar a Lucía nada más poner pie en el andén de la estación.
Apenas le dio tiempo a llegar a la papelera, doblada sobre sí misma, sintiendo cómo su abrigo caro se manchaba contra aquel hierro helado e industrial…
Señorita, ¿le ocurre algo? oyó, en un castellano cálido y llano.
Déjeme…
Lucía se irguió. A su alrededor, como en una película muda, desfilaban personas enfundadas en anoraks, con bolsas de viaje y redes repletas de patatas.
El aire olía a gasoil, a tabaco barato y a esa mezcla de humedad y naftalina tan propia de provincia, que a Lucía siempre le provocaba jaqueca.
Detestaba esa ciudad. La odiaba con el desdén de quien quince años atrás había escapado y hecho hasta lo imposible por olvidarse del camino de regreso.
El teléfono vibró en su bolso.
Era su padre.
Lucía, ¿dónde andas? He venido en el coche a recogerte.
Cogeré un taxi cortó ella. No hace falta que vengas. Dame la dirección del hospital.
Pero si tu madre ya no está en el hospital, hija. Le dieron el alta ayer. Fue sólo una bajada de tensión, dijeron que mejor en casa. Voy para allá
¿En casa? los dientes de Lucía rechinaron. ¿Me estás diciendo que he venido por una tontería?
Lucía, no te enfades. Tu madre estaba deseando verte. Hasta te ha hecho empanadillas.
¡Empanadillas, por Dios!
Y colgó de cuajo.
***
La casa en la que había crecido le pareció aún más pequeña.
Lucía se detuvo en el portal, contemplando la puerta forrada de polipiel, desgastada. El gato de la vecina ya se restregaba sobre sus botas, dejándoles pelos. Olía a cocido, a gato y a pastel. Siempre olía así. Siempre.
Entró sin llamar.
En la cocina, sentada junto a la mesa, su madre. Encogida, con bata descolorida, la camisa de dormir asomando por debajo.
Al verla, la madre abrió los brazos, y la cara se le llenó de una felicidad culpable que a Lucía le revolvió el estómago.
¡Lucita! ¡Mi niña! Pensé que llegarías más tarde…
Te pedí que no mintieras. Lucía ni se quitó las botas. Se quedó plantada en el recibidor. ¿Sabes que casi pierdo un contrato por esto? He pasado la noche en el tren para encontrarte horneando empanadillas.
Su madre bajó los brazos, encogiéndose.
Perdóname, hija. No quería preocuparte. Fue sólo el susto… y te echaba tanto de menos…
Eso se llama mentir. Lucía se descalzó de mala gana y tiró las botas en un rincón. Da igual. ¿Dónde tienes el tensiómetro? Mide la tensión y me voy al hostal. No pienso quedarme a dormir.
Quédate, hija…
Mamá, ese váter no funciona, la calefacción casi no tira, y los vecinos no dejan de gritar. No puedo estar aquí ni un minuto más.
Pasó a la cocina y se sentó. Había una fuente de empanadillas doradas, aún tibias. Ni las miró.
Dame el tensiómetro.
La madre lo sacó de un cajón: uno antiguo, de pera de goma.
¿Y esto? Lucía frunció el ceño. ¿No tienes dinero para uno digital? Te he enviado suficiente.
Lo guardé en la cartilla. Por si lo necesitabas tú…
Madre mía…
Infló la pera, mirando los números borrosos.
Ciento sesenta con noventa. ¿Te bebes la sal a cucharadas?
Sólo un poquito…
Mañana te compro medicinas y tensiómetro, y punto. Estoy agotada. ¿Dónde puedo dormir aquí?
Su madre corrió a preparar el sofá. Lucía se quedó en la cocina, mirando por la ventana los bloques grises, idénticos, y repitiéndose: “Que no me atrape esto. Que mañana me vaya”.
***
Aquella noche no logró dormir.
El sofá era corto, las muelles se le clavaban en la espalda, los vecinos discutían y a ratos hasta se escuchaba el bullicio de una pelea. Una mujer chillaba y un hombre maldecía como sólo en los barrios obreros lo hacen.
Lucía miraba el techo. Ahí estaba esa grieta de siempre, que de niña le parecía un relámpago, pero que ahora solo anunciaba lo vencido de la casa.
Al alba se quedó traspuesta. Y soñó que volvía a ser pequeña y paseaba con su madre por El Rastro, y le compraban una empanadilla rellena, aún caliente, con azúcar en polvo. Y así de feliz iba ella, mordiendo…
Despertó porque lloraba.
Las lágrimas le corrían solas por las mejillas y no podía detenerlas. Se cubría el rostro con la sábana y sollozaba.
Al otro lado de la pared todo era silencio. Solo se oía el tic-tac del viejo reloj que siempre prometían tirar.
¿Lucía? llamó su madre tras la puerta. ¿No duermes?
No…, respondió Lucía, con la voz rota.
Han venido a verte.
¿Quién?
Una chica. Dice que se llama Pilar. ¿No te acuerdas?
Lucía se incorporó en el sofá. ¿Pilar? ¿Qué Pilar?
Cogió la bata y salió.
Ante ella, Pilar. La misma con la que compartía confidencias en el instituto. Su mejor amiga, la que dejó sin una palabra al marchar a Madrid.
Pilar casi no había cambiado: el mismo pelo claro recogido, hoyuelos en las mejillas. Sólo los ojos, más apagados, y ojeras hondas.
Hola dijo Pilar. Tu madre me dijo que estabas. He pensado en venir. Quince años ya…
Lucía se quedó sin respuestas. Quiso decir algo ácido, alguna excusa, pero no pudo.
Pasa, anda.
Se sentaron en la cocina. La madre de Lucía, prudentemente, se fue a la vecina. Pilar bebía té, abrazando la taza con ambas manos.
Me he casado contó. Y tengo una niña, Marta. Siete años. Este año empieza el cole.
Enhorabuena asintió Lucía.
¿Y tú? ¿Qué tal en Madrid?
Bien.
¿Casada?
Lo estuve.
¿Y eso?
Lucía encogió los hombros. No había ganas de explicar nada. Ni la traición, ni la soledad, ni los logros materiales. Nada.
No hubo suerte dijo.
Pilar asintió. Hubo silencio, y luego, de pronto, sonrió.
Te he perdonado, ¿sabes?
¿Perdonado? se sorprendió Lucía.
Claro. Te fuiste sin despedirte. Éramos como hermanas. Y de repente, nada. Al principio lloré, luego me enfadé, pero al final entendí que tenías que volar. Y yo también hice mi vida. Ahora, mira, aquí estamos. Me alegro de verte.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas. Se volvió hacia la ventana.
Fui una ingenua, Pilar. Lo siento.
Ya, mujer. Nos pasa a todas.
Hablaron hasta el anochecer. Pilar le contó de su marido (trabaja en una fábrica, le gusta la cerveza pero es buen hombre), de Marta (deja su arte en todas las paredes), de la vida misma. Lucía se sorprendió escuchando, y sintiendo que de verdad, le interesaba.
Oye dijo Pilar, antes de irse. ¿Mañana vienes a cenar? Hago cocido. Marta quiere conocerte.
No sé…
Vente le tomó la mano. Tu madre dice que te vas el miércoles. Así al menos charlamos un rato.
Lucía asintió.
***
Al día siguiente, Lucía fue a la farmacia.
Debía comprarle a su madre las pastillas, un tensiómetro decente, y algo más. Caminaba por la ciudad mirando todo y, de repente, cayó en cuenta de que el lugar no era tan horrible. Los árboles escarchados, los niños con trineos, las abuelas en los bancos… Vida sencilla.
En la farmacia, una cola enorme. Delante, una mujer envuelta en un abrigo antiguo, una bolsa de la compra hasta arriba. Se la veía falta de aire, inquieta.
¿Se encuentra bien? preguntó Lucía.
Nada, hija, solo el corazón. Ahora me tomo algo, y pasa.
Lucía la miró bien. Estaba pálida, con labios azulados, y sudor en la frente.
Siéntese, compro yo. ¿Qué necesita?
Nitroglicerina, hija. Bendita seas.
Lucía pagó por la medicación y se la entregó. Al minuto, la mujer respiró con alivio.
Gracias, bonita. ¿No eres de aquí, verdad?
Sí, lo soy dijo Lucía, sin pensarlo. Aquí nací.
Salió de la farmacia con una sonrisa.
***
Por la tarde, Lucía fue a casa de Pilar.
Vivía en un quinto sin ascensor, en un piso de los años sesenta, de esos con la escalera descascarillada. Lucía subía pensando: “Madre, ¿cómo aguantaba yo estos portales?”
Pero esta vez no le molestaba.
Abrió la puerta Marta: delgada, rubita, de ojos enormes.
¿Es usted la tía Lucía? preguntó. Mamá dijo que la esperara.
Soy yo asintió Lucía.
Yo soy Marta. Pase. Hay cocido.
La casa era modesta pero limpísima. Muebles viejos, papel en las paredes, dibujos infantiles por doquier. Olía a cocido y a bizcocho.
Pilar trajinaba junto a los fogones.
¡Lucía! Pasa, ponte cómoda. Vamos a cenar ya. Marta, trae las cucharas.
Se sentaron. Lucía comió cocido y sintió aquel calor casi olvidado. Hacía tiempo que no comía tan bien, ni compartía mesa sin vanidad ni apariencias.
¿Me dibujas algo? pidió a Marta.
La niña le miró, pensativa.
Eres guapa. Te haré princesa.
Eso quiero ver sonrió Lucía.
Marta trajo el cuaderno y los lápices. Se puso mano a la obra.
Lucía, mientras, tomaba té con mermelada de guinda y charlaba con Pilar.
¿Tienes hijos? preguntó Marta, sin dejar de dibujar.
No, cariño. No he podido.
¿Por qué?
¡Marta! la cortó Pilar.
No pasa nada Lucía sonrió. A veces pasa, Marta. No todos tienen suerte.
Pues no te preocupes sentenció la niña. Eres joven aún. Todo irá bien.
Lucía rió agradecida.
Marta le entregó el dibujo: una señora con corona y capa larga, rodeada de flores.
Eres tú explicó. Eres princesa. Pero triste. Le haré un sol para que te alegres.
Lucía tuvo que contener las lágrimas.
Gracias, cielo. Lo colgaré en mi piso, en Madrid. ¿Vale?
Vale asintió Marta. ¿Volverás?
Volveré prometió Lucía. Y supo que lo decía de verdad.
***
Volvió a casa de noche. Su madre no dormía, la esperaba en la cocina.
¿Ha ido bien? le preguntó.
Bien, mamá. Muy bien.
Se sentó junto a ella y le cogió la mano, arrugada y cálida.
Mamá, perdóname. Por todo.
¡Ay, niña, tonterías! ¿Por qué?
Por por haberme avergonzado de ti, de esta ciudad, de mí misma. Por pensarme mejor solo por irme. Solo fui una cobarde.
La madre calló y le acarició el pelo, como de pequeña.
No fue cobardía, Lucía. Sobreviviste, que ya era mucho. Aquí uno o se iba o se perdía del todo. Hiciste lo correcto. Pero no nos olvides nunca.
No os olvidaré, mamá. Te lo prometo.
***
Aquella mañana, Lucía partía de nuevo.
Su padre la llevó a la estación en el viejo Renault. Su madre quedó en el andén, diminuta y frágil en su viejo abrigo, agitándole la mano.
Lucía miraba tras el cristal, notando una opresión dulce en el pecho.
Oye tosió el padre. Vuelve pronto. No estaremos siempre.
Volveré, papá. Lo juro.
Ocupa su asiento en el tren. Revisa el móvil. Un mensaje de Pilar: Vuelve pronto. Marta pregunta por la tía Lucía. Le has caído de maravilla.
Lucía sonríe y guarda el teléfono.
El tren arranca. Las viviendas grises, los campos helados, las parcelas pasan rápidas tras la ventanilla. Y esta vez, extrañamente, no le duele la cabeza. No siente ganas de huir ni de cerrar los ojos.
Saca el dibujo de Marta de la maleta. Lo abre. La princesa, la corona, las flores y, en una esquina, el sol a medio colorear.
Lucía mira fuera. Allí, sobre los campos, alza el sol; rojo, grande, de verdad.
***
A la semana, Lucía envió a Pilar unos euros. Sin decir nada, para Marta; para pinceles, para clases.
Pilar quiso negarse, pero Lucía insistió.
Medio año después, Lucía regresó a la ciudad. Sola. Sin avisar. Sacó billete y fue.
Esta vez eran tres, sentadas en la cocina: Lucía, Pilar y Marta. Compartían cocido y charla. Y Lucía pensaba, mientras las veía, que la felicidad debía de ser esto: saberte necesaria para alguien. Así, sencillamente.






