El que codició la esposa ajena Al convivir bajo el mismo techo, Dudnikov demostró ser un hombre de …

Se me apareció, como en un delirio de siesta veraniega en la meseta, la historia extraña de Víctor de Olmedo hombre flojo de voluntad, alma enredada en nieblas y su mujer, la dulce y sufrida Eulalia. Dicen que en sueños los días se retuercen y las casas parecen pesadas como catedrales de piedra, y así era su vivir juntos, envuelto en una atmósfera tibia y opresiva, como si toda la vida se hubiese adormecido bajo el sol de Castilla.

Víctor, que daba clases de dibujo, manualidades y, a veces, de música en la escuelita rural de su pueblo próximo a Soria, era tan dependiente de su humor matutino, que la casa entera respiraba siguiendo el ritmo de su despertar. Algunas mañanas se levantaba risueño, contando chistes que no hacían gracia y caminando ligero, otras veces vagaba como un fantasma, amarrándose a la cafetera y pintando con las cejas fruncidas en el taller que había montado en la que debió ser la habitación del futuro hijo, según el sueño de Eulalia.

Pero el viejo caserón era de Víctor, así que Eulalia, callada, le dejó llenarlo de caballetes, tubos de óleo, arcillas y trastos, mientras él creaba, con feroz frenesí, cuadros opacos y esculturas toscas que fue colgando y desperdigando por cada rincón. Obras que ni siquiera vendía, pues prefería empapelar las paredes y abarrotar armarios con sus extrañas criaturas.

Sus pocos amigos artistas acudían a verle, y se deslizaban por la casa como sombras, observando aquellas pinturas sin atreverse a opinar. Sólo Basilio Menéndez, viejo profesor de Bellas Artes, después de trasegarse una botella de orujo de guindas, soltó un rugido: ¡Pero hombre, qué despropósito de manchas! ¿Esto qué narices es? No hay arte aquí salvo, claro está, la alegría de tu señora.

La escena se tornó grotesca: Víctor berreó, zapateó, echó a Basilio de la finca, chillándole que era un frustrado celoso con manos de trapo. Basilio, tambaleando, fue a parar al portón, donde Eulalia se apresuró a disculparse: No haga usted caso, que Víctor es muy suyo, y yo también me equivoqué al no prevenirle. Pero Basilio la miró con compasión: No le disculpes, hija mía. Qué casa tan bonita estropeada por estos horrores de Víctor… Todo artista pone su alma en lo que crea. Y la suya, pobre, está tan vacía como sus lienzos.

Pese a todo, Eulalia se resignó. Había decidido que, con el tiempo, Víctor recuperaría la sensatez, nacerían niños y el taller se transformaría, por fin, en cuarto de juegos.

Tras la boda, Víctor simuló ser buen esposo: traía frutas del mercado, entregaba la paga semanal en euros, cuidaba de Eulalia… hasta que la farsa terminó. Pronto, el afecto se evaporó, los billetes dejaron de aparecer, y sobre Eulalia recayó todo el peso del hogar, la huerta, las gallinas y también la suegra, una vieja dura y acusadora como el pedernal.

Cuando Eulalia quedó embarazada, Víctor se ilusionó al principio, pero la felicidad fue breve: apenas pasó una semana, Eulalia cayó enferma, perdió el embarazo y volvió a casa convertida en sombra de sí misma.

Sin embargo, la escena más absurda llegó a la puerta cerrada: Víctor, lágrimas de niño mimado, no le abría.

¡Abre, Víctor!
No pienso abrirte, Eulalia. Viniste para darme un hijo y has fracasado, ¡por tu culpa mi madre enfermó del corazón! gimoteaba tras la puerta.

Eulalia apenas pudo sentarse en el portal de piedra, hundida en un sollozo seco, repitiendo que también ella sufría. Siguió allí hasta el anochecer, y cuando él salió, flaco y desencajado, ella logró entrar en la casa y caer rendida en la cama, aguardando en vano a ese marido niño que ya era sólo un eco.

La muerte de la suegra fue el siguiente mazazo. Víctor se desplomó en la cama y confesó:
Nunca te he amado, Eulalia. Todo fue por mandato de mi madre, que quería nietos. Pero tú arruinaste nuestra vida.

Palabras como flechazos de hielo. Y, sin embargo, Eulalia no se rebeló. No tenía adónde ir: su propia madre, ansiosa de rehacer su vida, se había marchado a la costa de Alicante con un viudo, vendiendo a la carrera el antiguo caserón y dejándola sin refugio siquiera para un invierno malo.

Y entonces la despensa quedó vacía. Eulalia revolvió el alacén en busca de los últimos granos de arroz, coció la última gallina ponedora, la llamada Pinta, y con resignación, salió para la feria ambulante del siguiente pueblo, a intercambiarla por algo que alargara unos días más la penuria.

Víctor exigió que hiciera caldo con la gallina, fastidiado de las papillas aguadas, pero Eulalia sólo sabía que aquel animalito era su única compañía fiel en la corte de los desengaños.

Él, indiferente, le ordenó además que llevase unas figuras y cuadros a la feria, por si algún alma despistada quería comprarlos. Eulalia, avergonzada, solo se atrevió a elegir dos pajaritos silbadores de barro y una grotesca hucha con forma de cerda, objetos que quizás alguien podría querer, pero los cuadros… mejor ni mencionarlos.

La feria rebullía de calor y vida: carpas de frutas, de miel de brezo, chales de seda y guirnaldas de almendras garrapiñadas al sol. Eulalia, sudorosa, se acercó a un puesto de abalorios, intentando ofrecer en voz baja su gallina a la vendedora. Un joven, Teo, que estaba cerca, se mostró interesado. Tomó la gallina entre las manos, la sopesó y preguntó el precio, notando la ternura de Eulalia:

¿Y los pajaritos de barro? ¿Y la cerda? inquirió con una sonrisa torcida.
Todo es obra de mi marido… Yo solo quiero comida respondió Eulalia, sonrojada.
Te lo compro todo dijo Teo, mirando a la gallina. Esta irá a casa de mi madre, que tiene corral. Ni en sueños irá a la parrilla, tranquila.
¿De verdad? Eulalia se sintió aliviar.
Y puedes venir a visitarla siempre que quieras, mujer.

Cuando Eulalia volvía a su pueblo, el coche de Teo la alcanzó. ¿Tendrás más figuras? Me vendrían bien para regalar.

El corazón de Eulalia latió con fuerza: En la casa hay muchas, demasiadas.

Víctor, aún tirado en la cama de hierro, gruñó al oír las voces. Teo, mirando los cuadros en el pasillo, susurró:
Curiosos estos cuadros, ¿son suyos?
¡Son míos! vociferó Víctor, levantándose con teatralidad. ¡Esto no es dibujar, es pintar! ¡Aquí hay arte!

Pero Teo no le prestaba demasiada atención. Se interesaba por las esculturas, por las historias mínimas de Eulalia, por la brisa que entraba por la ventana.

Día tras día, la extraña comedia se repitió. Cada visita, Teo compraba un cuadro, luego una figura. El supuesto enfermo de tristeza de repente revivió, y pintaba incansablemente, creyéndose al fin valorado. Pero el secreto era otro: Teo solo seguía comprando para tener la excusa de visitar a Eulalia, para regalarle palabras, para curarle la afonía de tanto callar.

La historia, con todo su absurdo de pesadilla, acabó en el único giro lógico de los sueños: Teo se llevó de la casa de los Olmedo aquello que siempre quiso, la atención de Eulalia, su antiguo amor. Los cuadros fueron a parar a la chimenea, los muñecos de barro se apilaron en sacos, el aire del pueblo se hizo menos pesado.

Víctor quedó solo, habitante de su propio museo de monstruos. Por fin supo, aunque tarde, que había perdido el tesoro más grande: Eulalia, delicada y constante, la única que lo cuidó como una madre paciente. Pero la vida, en los sueños, siempre se encarga de burlarse suavemente de quienes no aprendieron a valorar lo sencillo.

Y así, bajo el sol amarillo de Castilla, los caminos se separaron, y los días siguieron rodando hacia la página siguiente del sueño.

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