El pretendiente me propuso dar un paseo a -20º porque «en los cafés solo están las mantenidas». Entonces yo no perdí la compostura…

Se llamaba Ramón. En las fotos, un hombre normal de unos treinta y cinco años, impecable, sin nada llamativo. En su perfil: disertaciones sobre la conciencia, el crecimiento personal y la búsqueda de una alma auténtica, viva. Ya en ese punto, yo debería haberme mostrado cautelosa: la experiencia me ha enseñado que cuanto más alto proclama un hombre la necesidad de una mujer verdadera, más probable es que solo busque una compañía cómoda, que no le pida nada y que acepte lo que venga.

Estuvimos escribiéndonos durante unos días. Ramón mantenía cierta cortesía, aunque a veces se colaban tintes extraños en sus mensajes. Especialmente disfrutaba lamentarse de que, según él, las mujeres de hoy están corrompidas por el dinero.

Todas quieren restaurantes, viajes a Ibiza y los últimos móviles, decía. Nadie quiere mirar el alma, simplemente pasear y conversar.

Yo, educada, asentía mentalmente y procuraba desviar la conversación a otros temas. Al final, cada quien lleva sus cicatrices. Tal vez una ex esposa le dejó sin casa ni ilusiones, quién sabe. Yo prefiero no sacar conclusiones antes de tiempo.

Y entonces propuso vernos. El problema era el frío: era pleno invierno castellano, de esos con menos diez en el termómetro y sensación aún peor por el viento. La AEMET había lanzado alerta naranja y Protección Civil enviaba recomendaciones de no salir salvo por necesidad.

Quedamos en El Retiro, propuso Ramón. Paseamos, respiramos aire y nos conocemos sin adornos.

Ramón, le contesté, hace menos diez grados, en diez minutos seremos estatuas de hielo ¿Tomamos un café en alguna cafetería?

No tardó en responder.

Yo no piso cafeterías, ahí solo hay mujeres mantenidas, esperando que les inviten. Yo busco una compañera de vida, con quien ir al fuego, al agua y al frío. Si para ti es fundamental que me gaste diez euros en ti, no estamos hechos el uno para el otro.

La curiosidad pudo conmigo. Quería conocer al luchador por la pureza de las relaciones, para quien un café americano era una señal de esclavitud financiera.

Vale, parque sea, a las 19:00 en la entrada principal.

Preparar la cita fue casi una odisea. Saqué del armario la ropa interior térmica, un jersey grueso y, para rematar, el traje de esquí. Botas con suela gorda y calcetines de lana, gorro y bufanda.

El espejo me devolvía la imagen de alguien listo para invernar en hielo.

Bueno, Ramón, sujeta el tipo, le guiñé al reflejo antes de salir al frío.

A las siete exactas llegué al parque. El aire helado me mordió las mejillas, la única parte expuesta. El silencio era absoluto; nadie en el entorno, salvo algún despistado.

Ramón aguardaba junto a la puerta, vestido con un abrigo de entretiempo. Cambiaba de pie y soplaba en sus manos con desesperación; su nariz ya mostraba ese matiz morado de ciruela madura, y las orejas ardían de rojo.

Me acerqué.

Hola, musité tras la bufanda.

Él me escudriñó como esperando ver una hada delicada en medias, tiritando graciosamente para darle ocasión de sentirse héroe. En lugar de eso, encontró una figura más parecida a una expedicionaria en el Ártico.

Hola, chocando los dientes. Has venido bien preparada.

Ya lo dijiste: fuego, agua y frío; he decidido empezar por el hielo. ¿Paseamos?

Quince minutos de gloria

Comenzamos a andar por el paseo. Esa cita entró directa entre las más surrealistas de mi vida.

¿Qué tal el tiempo? le pregunté con tono mundano.

Te espabila, respondió, forzando la cara ya rígida, solo movía labios azulados. A mí me gusta el invierno, es una prueba de carácter.

Coincido, asentí. Por cierto, lo de las mujeres mantenidas: explícame esa teoría, ¿por qué el café es símbolo de corrupción?

Hablar le dolía; el frío le quemaba la garganta, pero sus principios exigían sacrificio.

Porque temblaba. Las relaciones deben basarse en el interés mutuo, no en el dinero. Si la chica no acepta pasear y exige comida, es consumista.

¿Y si simplemente no quiere acabar con neumonía? le respondí, ajustando el gorro.

Son excusas, soltó, y se sonó ruidosamente. Quien quiere, busca maneras; hay que vestirse mejor.

Eso hice, abrí los brazos, mostrando mi volumen. Pero tú pareces poco equipado. ¿Seguro que no tienes frío?

¡Estoy bien! espetó, aunque temblaba a tal punto que era notorio aun en penumbra.

Diez minutos después, llegamos a la plaza central, donde cerraban un quiosco de café. Ramón lo miró con una melancolía digna de título trágico.

Quizá deberíamos regresar, propuso. El viento arrecia.

¿Pero qué dices? me animé. Apenas empezamos. Buscabas conocer el alma. Hablemos de literatura. ¿Te gusta Jack London? Tiene un relato sobre un hombre que murió congelado porque menospreció el frío.

La mirada que me lanzó no contenía ya ninguna inquietud espiritual.

Mira, tengo que irme, me cortó. Me han surgido cosas urgentes.

¿Qué cosas? Si tenías la noche libre.

Trabajo Acabo de recordar que no he enviado el informe.

¿A las ocho de la noche, en viernes?

¡Sí! casi gritó.

Giró de golpe y prácticamente corrió hacia la salida. Yo le seguí con calma, disfrutando el momento: mi superviviente duró exactos quince minutos.

En el metro ni se despidió, se esfumó en el calor salvador del suburbano. Espero que allí no sólo recobrara sus extremidades, sino quizá sus ideas. Aunque lo dudo.

Yo regresé a casa, preparé un té bien caliente y eliminé su contacto. No me dolió el tiempo perdido. Aquellos quince minutos fueron la mejor vacuna contra la culpa: me recordaron que cuidar de una misma nunca te convierte en mantenida.

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MagistrUm
El pretendiente me propuso dar un paseo a -20º porque «en los cafés solo están las mantenidas». Entonces yo no perdí la compostura…