El presentimiento de la desgracia Julia se despertó en mitad de la noche y no pudo volver a concil…

PRESENTIMIENTO DEL MAL

Celia se despertó en mitad de la noche, y no volvió a conciliar el sueño hasta el amanecer. Algo se deslizaba entre imágenes extrañas y emociones sin nombre, zarandeándole el corazón como una marejada. Sentía una opresión tan densa que solo podía llorar, sin saber el motivo. El aire pesaba, y una premonición oscura se cernía sobre ella, como si un viento gélido barriera las calles vacías de Salamanca.

Se acercó a la cuna donde dormía su pequeño hijo, Mateo. El niño sonreía en sueños y hacía ruiditos con los labios. Celia le acomodó la mantita, y salió a la cocina. Tras los cristales, la noche era tan espesa que parecía tinta.

Celia, ¿otra vez sin dormir? oyó la voz grave de Jorge, su marido.

Otra vez esto No comprendo, Jorge, qué me pasa susurró ella.

Lo mismo será la dichosa depresión postparto bromeó él, con una sonrisa cansada.

No sé Mateo ya tiene medio año, nunca he tenido nada de esto, ¡y ahora de repente!

Vete tú a saber: hormonas, los nervios Tranquila, todo saldrá bien.

Tengo miedo, Jorge musitó, apretándose a él.

No te preocupes, cariño. Todo irá bien le aseguró mientras la abrazaba.

Tres semanas después, Celia recibió la llamada de la enfermera del centro de salud. Había sido un día de revisiones con Mateo, justo al cumplir los seis meses; análisis y especialistas, una rutina como otra cualquiera. Pero la llamada le destempló el alma.

¿Ha pasado algo? preguntó Celia.

Nada, no te preocupes, la doctora te lo explicará respondió la enfermera.

En la sala de pediatría el tiempo trascurría lento, y las sombras de la preocupación se hundían en su pecho como las campanas de la Catedral Nueva en la niebla. Cuando al fin entraron, Celia sentía que todo el presentimiento se volvía nudo en la garganta.

Siéntate, Celia Ruiz Martínez dijo la doctora, bajando la voz. Necesitamos hacer más análisis. No te asustes: solo queremos asegurarnos de algo.

¿Qué es lo que pasa? susurró Celia, y supo con certeza que los malos augurios iban a hacerse reales.

Las pruebas de Mateo han salido mal. Tiene los leucocitos muy elevados y otros valores preocupantes. Hay que repetir los análisis, esta vez en un centro especializado.

¿Dónde? balbuceó Celia.

En el hospital de oncohematología de Valladolid contestó la doctora.

Celia no recordó cómo llegó a casa. Jorge le esperaba, después de pedir permiso en el trabajo tras recibir un mensaje suyo.

Celia, ¿qué ocurre? preguntó.

Las lágrimas caían por el rostro de Celia sin que esta las sintiera siquiera:

Nos envían al hospital de Valladolid Necesitan hacerle más pruebas a Mateo murmuró, derrotada.

Puede que no sea nada, que solo sea un susto, ¡ya verás! intentó calmarla él.

No Lo sentía, pero no sabía de dónde venía la desgracia musitó ella, abrazando a su hijo mientras el niño se removía en sueños.

Leucemia aguda dictaminó el médico mayor, muy serio, tras leer los informes. Es imprescindible comenzar el tratamiento cuanto antes.

Celia no podía soportar el abismo que se abría ante ellos. La primera sesión de quimioterapia fue sin ella, con Mateo en la UCI y ella esperando fuera, en un pasillo interminable.

Vete a casa le insistía la enfermera de guardia. Hoy no van a dejarte entrar.

No puedo No sé estar sin mi niño.

Celia y Jorge llevaban casados ocho años. El sueño de tener un hijo se había resistido tanto, tantos análisis, tantas consultas Solo al octavo año llegó el embarazo, y aquellos meses fueron tan dulces y temerosos, que Jorge la trataba como a un jarrón antiguo. Nada de cargar peso, nada de disgustos, ni una copa de vino ni un cesto con ropa. El último mes lo pasó ingresada en el Hospital Clínico, vigilada: había riesgo de parto prematuro. Y por fin, hace seis meses, nació el esperado Mateo, a quien llamaron como el padre de Jorge, fallecido en un accidente de coche varios años antes.

Celia, hija, no se debe poner a un niño el nombre de un muerto trágicamente le advirtió la abuela, supersticiosa de la Salamanca antigua.

Eso son tonterías, abuela respondía Celia, feliz, y nada quería que enturbiara su dicha.

Celia pasaba las horas junto a la camita de Mateo, ahora en otra realidad: la del hospital, la de los tubos y las batas blancas. El niño se había consumido en semanas, la carita pálida, las ojeras hundidas como cuevas bajo la piel. Tras un forcejeo doloroso con el jefe de enfermería, consintieron que la madre entrara con él: su desesperación era imposible de ignorar. Solo entonces el llanto traspasó muros de paredes y papeles firmados.

Ese tipo de trasplantes aquí no los hacemos explicó el director del hospital, don Ernesto.

¿Dónde, entonces? exigió saber Celia.

En Sevilla o fuera En Israel tienen medios. Pero es carísimo.

Buscaremos el dinero. Prepare todo, por favor.

Prepararon el informe médico y lo enviaron a una clínica de Tel Aviv. El sí llegó rápido, tan irreal como la noche. Pero el coste era un laberinto sin salida: más de 200.000 euros.

Celia, ni vendiendo el piso y el coche llegamos a esa cifra dijo Jorge, desolado. He puesto anuncios, pero no es suficiente.

No tenemos dos meses algo debemos hacer

La solidaridad rebosó el barrio: la empresa, la parroquia, la peña del barrio chamuscado, hasta el Ayuntamiento aportó una parte; el resto, fueron pequeñas monedas en urnas por las tiendas, donativos de los amigos y tardes interminables enviando mensajes por todas partes. Llegaron solo a la mitad.

Ve tú primero dijo Jorge después. Yo enviaré lo que consiga. Quizá aparezca un comprador.

Celia y Mateo volaron a Tel Aviv, los billetes ardiendo en sus manos como panecillos en el horno. Allí, los días eran de esperas y de rutinas médicas. Los euros desaparecían con la rapidez de la arena en la Ría de Vigo, y Celia apenas pensaba en cómo reunir el resto: se aferraba, simplemente, a la fe.

En la habitación vecina había otra madre: su hijo Álvaro tenía tres años. Venían de Valladolid, y ella, Inés, había logrado conseguir toda la suma que pedían, aunque su hijo estaba peor: nadie había detectado la leucemia hasta muy tarde, y la operación se retrasaba, la enfermedad acechando a cada rincón.

No llores, Celia animaba Inés. Ya verás cómo después de esto irás con Mateo al zoo, igual que yo llevé a Álvaro el año pasado Le encantaron los osos, estuvo media hora mirándolos. No sabía entonces que estaba enfermo. La primera vez que le sangró la nariz fue allí, y yo no supe detenerlo Repetidas veces Hasta que acabamos aquí.

Inés, ya verás como todo irá bien la consolaba Celia, aunque en su corazón pesaba esa mezcla de miedo y esperanza tan absurda como las siluetas de los pájaros negros recortadas contra el sol de Jerusalén.

A los pocos días, Álvaro empeoró y pasó a la UCI. Inés se negaba a alejarse de la puerta.

Ven, acuéstate un rato le rogaba Celia.

Tengo que estar aquí. Álvaro lo nota, así está más tranquilo.

La enfermera, cansada, le puso un calmante. Inés ya no lloraba, solo miraba el suelo, esperando un milagro que olía a incienso y lavanda.

Una tarde, cuando Celia acunaba a Mateo y Jorge le informaba al teléfono de que no había vendido nada pero que enviaba lo que podía, un grito desgarrador atravesó el pasillo. Celia dejó caer el móvil y corrió: ya sabía, aún antes de saberlo. Bajo el neón blanquecino, Inés gimoteaba de rodillas frente a la puerta clausurada. La rodeaban enfermeras, incapaces de consolarla.

Inés, tienes que seguir viviendo por él lloró Celia, sujetándola.

¿Para qué? Se ha ido mi niño Es mi culpa. ¿Cómo vivo con eso? gritaba su amiga.

Celia la acompañó de vuelta a la habitación. El médico, encogiéndose de hombros, solo dijo:

Que descanse. Tendrá tiempo para llorar luego.

Celia no durmió aquella noche. Sentada junto a la cuna de Mateo, quería grabarse el rostro de su hijo en la memoria, temerosa de que el sueño la traicionara y todo desapareciera.

Al día siguiente, Inés entró aún más demacrada que la víspera, una sombra con vejez de siglos pegada a los párpados.

Aprovecha vuestra oportunidad, Celia. Se fuerte. Yo tengo que encargarme de los funerales, de los nueve días, del cuarenta Pondré una lápida, dejaré flores le entregó un sobre sellado. Léelo cuando me haya ido, no tengo fuerzas ya para más.

Sí susurró Celia.

Cuando volvió a quedarse sola, abrió la carta:

«Querida Celia, deseo de corazón que Mateo viva. Que sea feliz por él y por mi Álvaro: que crezca, aprenda, juegue al fútbol, que monte en bicicleta y vaya contigo al zoo. Por favor, id al nuestro, saluda de mi parte al oso negro. En el sobre hay dinero: a nosotros no nos sirvió, que ayude a curar a tu hijo».

Celia rompió a llorar: por fin tenía el dinero, pero era el precio de un destino robado.

Jorge, no vendas el piso llamó luego. Algún día volveremos a casa.

¿Y el dinero?

Hay. Todo irá bien.

Jorge colgó. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió, porque había escuchado una certeza nueva en la voz de Celia.

La operación fue al día siguiente del primer cumpleaños de Mateo. Días eternos en la sala de espera, tiempo deformado, entre sueños absurdos de leones púrpura. Pronto, por fin, dejaron a las madres entrar y cuidar de sus hijos, después vino el mes de aislamiento y la lenta rehabilitación. Daba igual: la operación había salido bien.

Poco a poco, el niño revivía: tocaba juguetes, mordisqueaba pan, empezó a reír. Cuando una tarde pronunció algo parecido a «mamá», Celia lloró de alegría. Era milagro, era sol entre las nubes de una Castilla dormida.

¡Oso! decía Mateo, señalando con el dedo al enorme animal enjaulado.

No, Mateo, se dice oso reía Celia.

Habían ido al viejo zoo de Madrid, aquel donde Inés y Álvaro pasaron una tarde mágica.

Saludos al oso de parte de Álvaro susurró Celia, mirando por unos segundos al animal solitario.

Mateo correteaba por los senderos, se manchaba con un helado, montaba a hombros de Jorge y miraba fascinado jirafas y flamencos. La vida había vuelto, como un río renovado. El hospital era ya un recuerdo lejano; solo en algunas madrugadas, Celia se levantaba inquieta y comprobaba que el pequeño respiraba tranquilo. Todo era, por fin, otra vez posible: había vida, y alegría, y la inmensa carga de un milagro antiguo sobre sus hombros.

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El presentimiento de la desgracia Julia se despertó en mitad de la noche y no pudo volver a concil…