**El Regalo de la Vida**
Mi nombre es Javier, y tengo 61 años. La vida ha sido un camino de luces y sombras, pero ahora me encuentro en un lugar donde la soledad y la nostalgia se entrelazan. Mi primera esposa falleció hace ocho años, tras una larga enfermedad que la consumió poco a poco. La cuidé hasta su último suspiro, y desde entonces, he vivido en silencio, acompañado solo por el eco de mis pensamientos. Mis hijos, ya adultos y con sus propias familias, apenas vienen a verme. Una vez al mes, dejan algo de dinero y medicinas, y se marchan como si tuvieran prisa. No los culpo; cada uno carga con sus obligaciones. Pero en las noches de tormenta, cuando la lluvia golpea el tejado de tejas y el viento silba entre las rendijas, me siento terriblemente solo.
El año pasado, mientras navegaba por internet, encontré a Carmen, mi primer amor de la adolescencia. La adoraba en aquellos días. Tenía el pelo largo y suelto, los ojos negros como el carbón y una sonrisa que iluminaba el aula entera. Sin embargo, justo cuando me preparaba para el examen de ingreso a la universidad, su familia la comprometió con un hombre mayor, de Andalucía. Después de eso, perdimos el contacto.
Cuarenta años más tarde, el destino nos volvió a unir. Supe que también era viuda; su marido había muerto cinco años atrás. Vivía con su hijo menor, pero él trabajaba en otra ciudad y apenas la visitaba. Al principio, solo intercambiábamos saludos corteses. Luego, empezaron las llamadas. Después, los cafés en la plaza. Y sin darme cuenta, me encontraba yendo en mi vieja moto a su casa cada semana, con una cesta de frutas, unos dulces y pastillas para sus dolores.
Un día, medio en broma, le dije: “¿Y si dos almas viejas como nosotros se casaran? ¿No aliviaría esto la soledad?” Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas. Me apresuré a decir que era solo una broma, pero ella sonrió con dulzura y asintió. Y así, a los 61 años, me volví a casar con mi primer amor.
**Capítulo 2: El Día de la Boda**
El día de nuestra boda, llevé un traje oscuro de lana. Ella vestía un sencillo vestido de seda color crema, el pelo recogido con un peine de carey. Amigos y vecinos vinieron a celebrar. Todos decían: “¡Parecéis dos jóvenes enamorados!” Y la verdad, así me sentía.
Esa noche, después de recoger los restos de la cena, ya era tarde. Le preparé un vaso de leche caliente y salí a cerrar la verja. Nuestra noche de bodas algo que creía olvidado a mi edad por fin había llegado. Entré en la habitación. Ella estaba sentada en la cama, con una tímida sonrisa.
Me acerqué. Con manos temblorosas, le quité la blusa con cuidado y entonces me quedé helado. Su espalda, sus hombros, sus brazos, estaban marcados por cicatrices profundas, como un mapa de dolor. Sentí que el corazón se me partía en dos.
Ella se cubrió rápidamente con la manta, asustada. Yo temblaba al preguntarle: “Carmen ¿qué te hicieron?” Ella bajó la mirada y susurró: “En aquellos años él tenía mal genio. Gritaba me pegaba Nunca se lo conté a nadie”
**Capítulo 3: El Dolor Silencioso**
Me senté a su lado, con el pecho roto, las lágrimas quemándome los ojos. Todos esos años, había cargado con su sufrimiento en silencio. Tomé su mano y la apreté contra mi pecho. “Ya pasó. Desde hoy, nadie volverá a hacerte daño. Nadie tiene derecho a lastimarte excepto yo, pero solo por amarte demasiado.”
Ella rompió a llorar, un llanto suave y antiguo que resonó en la habitación. La abracé con delicadeza. Su cuerpo era frágil, sus huesos marcaban su fragilidadesa mujer pequeña que había resistido tanto. Nuestra noche de bodas no fue como la de los jóvenes. Nos acostamos juntos, escuchando el canto de los grillos y el susurro del viento. Le acaricié el pelo. Le besé la frente. Ella rozó mi mejilla y murmuró: “Gracias. Gracias por demostrarme que aún hay bondad en el mundo.”
Sonreí. A mis 61 años, por fin lo entendí: La felicidad no está en el dinero ni en las pasiones de la juventud. Está en tener una mano que te sostenga y un corazón que lata junto al tuyo en la oscuridad.
**Capítulo 4: Un Nuevo Amanecer**
Con el tiempo, nuestra unión se hizo más fuerte. Las mañanas se llenaron de risas y conversaciones sobre sueños olvidados. Paseábamos por el parque, disfrutando de la compañía del otro. Un día, mientras caminábamos, Carmen me dijo: “Javier, nunca creí que volvería a ser feliz. Pensé que la vida solo me reservaba soledad.” La miré y respondí: “La vida es un regalo, Carmen. A veces solo necesitas tiempo para encontrar el camino de vuelta.”
Decidimos viajar a la costa, a un pequeño pueblo donde ambos habíamos sido felices de jóvenes. Reservamos una casita junto al mar. El olor a sal y el sonido de las olas nos envolvieron en paz, como si el tiempo se hubiera detenido.
**Capítulo 5: Las Sombras del Pasado**
Pero no todo fue fácil. A veces, en medio de la risa, Carmen se quedaba callada, perdida en sus pensamientos. Una tarde, en la playa, le pregunté: “¿Qué te inquieta? Sé que a veces te veo lejos.” Ella miró al horizonte. “A veces temo que esto sea un sueño. He vivido tanto con miedo que no sé cómo llevar tanta felicidad.”
La tomé de la mano. “No temas. Estoy aquí. Juntos enfrentaremos cualquier sombra.” Ella sonrió, pero en sus ojos había una tristeza antigua.
**Capítulo 6: Renacer**
Con el tiempo, Carmen comenzó a florecer. Compartió sus sueños de juventud, como aprender a pintar. Le compré óleos y pinceles. “Nunca es tarde para empezar”, le dije. Sus ojos brillaron al ver su primer cuadro: un paisaje de nuestra playa. “Mira, Javier, lo hice yo”, decía con orgullo.
**Capítulo 7: Una Nueva Misión**
Carmen se unió a un grupo de mujeres que compartían sus historias. Pronto, propuso crear un taller de arte para ayudar a otras. Juntos lo organizamos, y se convirtió en un refugio. Al verla guiar a aquellas mujeres, mi corazón se llenó de orgullo.
**Capítulo 8: Las Pruebas**
Un día, recibió la noticia de que su exmarido había muerto. A pesar de todo, el dolor la alcanzó. La abracé mientras lloraba. “Está bien sentir”, le dije. Esa noche, acurrucados, le susurré: “Siempre estaré aquí.”
**Capítulo 9: El Amor que Cura**
Con los años, nuestra unión se fortaleció. Carmen entendió que el amor sana. Paseábamos por el parque, y un día me dijo: “Gracias por esta segunda oportunidad.” Sonreí. “La felicidad es un viaje que hacemos juntos.”
**Capítulo 10: El Legado**
Nos mudamos a una casa más grande, con un estudio para ella. Un día, entre cajas, encontramos cartas de juventud. “Mira lo que escribiste”, le dije. Ella sonrió. “Aquí estoy, a tu lado, como debía ser.”
Hoy, mientras miro atrás, sé que el amor cura las heridas más profundas. A los 61 años, me casé con mi primer amor, y eso me devolvió la vida. Carmen y yo hemos construido un hogar l






