¿Pero tú te has vuelto loca del todo? Le dije a Encarni que vendrías tú. ¡Me aseguré de que te guardara el mejor trozo!
Lucía se quedó parada en mitad de la cocina, aferrada a la bolsa de la compra. Su suegra, Mercedes, la observaba desde el quicio de la puerta, brazos cruzados y el tipo de mirada que una espera recibir tras cometer una fechoría, no por haber comprado carne, sino como si hubiera robado un banco.
Señora Mercedes, es que no me ha dado tiempo a llegar al mercado trató Lucía de explicar, con voz tranquila. Después del trabajo he tenido que pasar por la tintorería para recoger su vestido, y luego por la farmacia…
¿Y no podías llamar? ¿Avisar? ¡Encarni te ha estado esperando hasta el cierre! ¡Luego una hora desahogándose conmigo por teléfono, diciendo que la he dejado tirada!
Lucía soltó la bolsa sobre la mesa, sintiendo una punzada incómoda por dentro.
La carne está bien, fresca dijo, mostrando el paquete. Mire, ternera gallega, recién traída…
Mercedes ni miró el paquete. Se acercó y lo apartó con las puntas de los dedos, como si fuera algo sospechoso.
Eso del supermercado está lleno de porquerías. Alejandro no va a comer eso, con lo delicado que tiene el estómago.
La semana pasada Alejandro lo compró igual se le escapó a Lucía.
Mala idea. La cara de Mercedes se tornó roja como un tomate.
¡Justamente! El marido haciéndolo todo, mientras la mujer vete tú a saber lo que hace… Tres años, Lucía, tres años en esta familia y no hay manera. Ni cocinas bien, ni eres de ayuda, ni te animas a tener hijos…
Señora Mercedes, eso no es justo.
¿Injusto? bufó Mercedes. Yo a mi suegra le besaba los pies, ni me atrevía a contradecirla. Tú, en cambio, llevas la cabeza bien alta, pasas de mis indicaciones, haces lo que te da la gana…
Mercedes pasó al recibidor, cogiendo el bolso de la percha con un movimiento brusco que ya le calaba los nervios a Lucía.
Yo a Alejandro le llevo diciendo tiempo que se divorcie antes de que sea tarde. Que busque una mujer de verdad, que sepa apreciar a su marido…
No terminó la frase. Se calzó los zapatos sin siquiera acomodar bien los talones.
Lucía se quedó clavada en la puerta de la cocina, aferrada al marco de madera.
Adiós, señora Mercedes.
Mercedes no respondió. Se oyó la puerta cerrarse tras ella y un silencio denso invadió la casa.
Lucía se deslizó hasta sentarse en el frío suelo de la cocina. El trozo de ternera quedó solo en la mesa, evocando todavía menos ganas de mirarlo que de mirar la cocina impoluta o las fotos de boda colgadas en la pared, donde Mercedes sonreía con tal esfuerzo que parecía que le hubieran metido una chincheta en el zapato.
Tres años. Tres años esforzándose. Aprendiendo recetas que Alejandro adoraba desde niño. Aguantando los almuerzos de domingo en casa de la suegra, donde cada plato llevaba el comentario pertinente: Alejandro está acostumbrado a que los cachelos estén cortados en dados, no en bastones. Sonreía, asentía, se disculpaba por cosas de las que no tenía culpa.
Y aun así, siempre insuficiente. Siempre mejor que se divorcie.
Lucía recostó la cabeza contra la pared. El techo necesitaba una mano de pintura. Tendría que decírselo a Alejandro.
Aunque ya daba igual.
Las siguientes dos semanas, Lucía vivió como una exiliada. Alejandro contestaba a los mensajes de Mercedes, se suspendieron comidas familiares con excusas de trabajo, y cualquier encuentro casual era un sencillo hola y adiós.
Entonces le llamó el notario.
El abuelo de Lucía, al que apenas había visto en la vida, falleció dejando como herencia una pequeña casa de campo a cuarenta kilómetros de Madrid. Un terrenito en una asociación vecinal reservada y con nombre poético: El Alba.
Habrá que ir a verlo, ¿no? dijo Alejandro, haciendo girar en sus manos las llaves, con un llavero de fresa medio descolorida. ¿Vamos el sábado?
Lucía asintió. Sábado, pues.
Ella no contó con algo.
¡Yo me apunto! exclamó Mercedes, apareciendo a las ocho de la mañana en la puerta con unas botas de goma y una cesta. Allí seguro que hay setas buenas, me lo comentó Encarni.
Lucía, en silencio, preparó el termo de café. Se avecinaba un día, por supuesto, maravilloso entre comillas.
La casa era justo como Lucía la había imaginado.
Un casita casi cayéndose, rodeada de maleza, con una verja que se aguantaba gracias al milagro y dos clavos oxidados. Olor a humedad y viejos periódicos en el interior.
Alejandro susurró Lucía, tirando de la manga de su marido. ¿Y si la vendemos? No necesitamos esto, ¿para qué venir aquí cada fin de semana a quitar malas hierbas?… Esta no es nuestra vida.
Alejandro iba a responder pero no le dio tiempo.
¿¡Venderla!? Mercedes surgió detrás, como salida de la tierra misma. ¿Estáis locos? ¡Esto es tierra! Nuestra propia parcela… Yo pagaría por tener algo así, ¡de verdad!
Mercedes se llevó la mano al pecho y los ojos le brillaron como nunca.
Dadme las llaves. Yo arreglo todo, planto flores, arreglo el caserío. En un año me lo vais a agradecer.
Lucía miró a su suegra con escepticismo. Allí, entre hojas secas y botas de goma, Mercedes resplandecía como una niña.
Esto es trabajo para…
Lucía le susurró Alejandro suavemente. Déjala. Si le hace ilusión… ¿qué más da?
A Lucía no le importaba. Sólo le parecía raro. Pero discutir era aún más pesado. En silencio, alargó el llavero de la fresa.
…Pasaron dos meses como en una nube surrealista. Mercedes solo llamaba para cosas puntuales, no aparecía sin avisar y ni una sola vez mencionó la carne del supermercado, la falta de nietos o las patatas mal cortadas. Al teléfono tenía una voz enérgica, casi alegre: ¡Alejandro, todo bien! ¡Estoy liadísima, ya hablamos!
Lucía no entendía nada. ¿Nunca llegaría la tormenta? ¿Era una enfermedad grave y no lo decía?
Alejandro le preguntó una noche. ¿Tu madre está bien?
Perfectamente respondió él, encogiéndose de hombros. Se ocupa del campo. Dice que no tiene tiempo ni para dormir.
El viernes llamó Mercedes en persona.
¡Mañana os espero en la finca! Hago una barbacoa, os enseño el campo. ¡He hecho mucho! Cuando lo veáis no lo vais a creer.
Alejandro, no quiero ir negó Lucía cuando su marido le pasó la invitación. Dos meses en paz, y otra vez vuelta a lo mismo…
Lucía, mi madre se ha esforzado. Si no vamos, se lo va a tomar mal.
Ella siempre se lo toma mal.
Por favor le miró Alejandro con ese gesto suplicante que tenía desde niño, y Lucía se rindió.
El sábado, pues.
Y el sábado Lucía no reconoció a Mercedes.
La encontró en la entrada, con un vestido de lino, los brazos tostados por el sol y mejillas sonrojadas. Pero, sobre todo, tenía una sonrisa auténtica, de esas que suavizan arrugas y rejuvenecen años.
¡Por fin venís! exclamó Mercedes, abriéndole los brazos. Lucía, sin darse cuenta, se dejó abrazar. Olía a tierra, a eneldo y a miel.
El terreno era irreconocible. Había hileras de huertos junto a una valla bien fijada, arbustos de grosella que empezaban a florecer y bajo las ventanas, hileras de claveles de distintos colores.
Vamos, que os lo enseño todo Mercedes los arrastró, sin dejarles tiempo ni para respirar. Aquí las fresas, son buenísimas, me las ha dado la vecina. Para junio ya probaréis las primeras. Aquí los tomates, allá los pepinos. En otoño haré conservas, os las traigo todas, yo me quedo apenas con un par de botes.
Lucía e intercambió una mirada con Alejandro, ambos igual de perplejos.
Mamá, ¿tú sola has hecho todo esto? preguntó él.
¿Y quién si no? Mercedes se echó a reír, con una frescura inesperada. ¡Tengo manos y cabeza! Las vecinas me ayudan, si hace falta. Aquí la gente es de lo más generosa. Nada que ver con la ciudad.
Entraron a la casa. Dentro estaba igual de reformada: cortinas nuevas, ventanas relucientes, un mantel bordado en la mesa. El olor a humedad era cosa del pasado, sustituido por aroma a bizcocho y plantas aromáticas.
Mira dijo Mercedes, colocando sobre la mesa una jarra de leche y un paquete envuelto. Se lo he comprado a Dionisia, la de dos casas más allá. Leche de cabra, todo de su propia granja. Carne también. Llévatelo, tengo más cosas, queso y mantequilla.
Lucía miró el paquete. Carne casera, de vecina. Sin reproches por Encarni, sin mencionar el mercado.
Señora Mercedes… ¿usted… está bien aquí?
Mercedes se sentó en el taburete, con una expresión cálida, desconocida.
Lucía por primera vez la llamó así, toda mi vida he soñado con esto. Mi casa, mi trozo de tierra, manos metidas en el barro y la cabeza tranquila. En la ciudad parecía ahogarme, sin saber muy bien por qué. Aquí…
Señaló hacia la ventana.
Aquí sí que estoy viva.
De regreso a Madrid, el coche iba cargado de jarras y botes caseros.
Oye dijo Alejandro, rompiendo el silencio, quizá ya es hora de tener hijos, ¿no? Así ya tenemos donde ir en verano.
Lucía resopló, pero sonrió.
¿Sabes? Yo quería vender la finca aquel primer día. Pensé que era una ruina. Calló un momento, buscando palabras. Pero este sitio… ha arreglado todo. Lo que yo no conseguí en tres años entre tu madre y yo, lo ha hecho la casa en dos meses.
Alejandro frenó ante un semáforo y la miró.
Mi madre simplemente era infeliz. Y ahora ya no lo es.
Lucía asintió. Fuera, las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Y por primera vez en tres años, volver a casa se sentía fácil.
Habrá que visitarla más a menudo dijo, casi para sí.
Y se sorprendió al darse cuenta de que lo decía de corazón. Porque, en la vida, a veces basta un poco de tierra y naturaleza para encontrar el lugar de cada uno y dejar atrás los viejos resentimientos.







