El pequeño sollozaba desconsolado frente a la lápida de su madre, insistiendo en que seguía con vida. Nadie le hizo caso hasta que llegó la policía.
A comienzos de mayo, algunos empezaron a notar a un chiquillo que frecuentaba el camposanto.
No tendría más de diez años. Cada día, iba hasta la misma sepultura.
Se arrodillaba junto a la fría losa y clamaba al cielo:
¡Ella no ha muerto! ¡No está aquí!
Los transeúntes lo miraban con pena. Creían que el dolor nublaba su razón.
No asimilaba la partida de su madre. Con el tiempo, aceptaría la realidad.
Pero semanas pasaron, y el niño persistió en sus visitas, lloviera o hiciera sol.
El cuidador, harto de los lamentos diarios, avisó a las autoridades.
Un agente se aproximó con cuidado al muchacho.
Hola susurró.
El niño alzó un rostro demacrado, surcado por lágrimas, con ojos envejecidos prematuramente.
¿Sabes cómo saber si alguien respira bajo tierra? inquirió.
El policía se sobresaltó.
Eso… no es propio de un niño.
Dijeron que mamá se durmió al volante. Pero ella jamás tenía sueño.
¡Jamás! balbuceó. Y no me dejaron verla…
El agente observó la tumba: tierra removida, una pala cercana.
¿Quién te contó eso?
Los de su trabajo. Un señor con anillo de oro… y una mujer que sonríe hasta cuando está furiosa.
¿Sus nombres?
El niño los dijo. El policía los anotó. Algo en esa voz le resonó, y reportó el caso.
La investigación reveló que Anna, la madre, era contable en una farmacéutica.
Había desaparecido días antes del “accidente”. Su jefe alegó agotamiento y luego su deceso. El certificado lo firmó el médico de la empresa.
No hubo velatorio, el féretro se mantuvo sellado. Al exhumar, estaba vacío.
El caso escaló. Anna no solo llevaba las cuentas.
Había reunido pruebas contra la empresa: documentos, grabaciones, transferencias ilegales.
Iba a denunciarlo, pero la descubrieron.
Lo que el niño ignoraba: no hubo accidente. La policía simuló su muerte.
Al presentar las pruebas, ya tenían datos de otros casos. La incluyeron en protección de testigos.
Para evitar sospechas, montaron el funeral. El féretro siempre estuvo vacío.
No le dijeron al niño para proteger la operación. Él solo sabía una verdad: su madre vivía.
Y acertó.
Tras el juicio y las detenciones, tres meses después, Anna volvió a casa.
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