El pasado martes estuve a punto de pedir el divorcio.

El martes pasado tuve un sueño extraño en el que casi pido el divorcio.
Estaba sentada en mi coche, mirando unos papeles difusos bajo las luces titilantes de una rotonda, absolutamente convencida de que la chispa se había apagado. No sentía nada más que una nada blanda, como si el alma se me hubiera escurrido entre los dedos.
En vez de volver a casa, mi sueño me llevó flotando hasta la vieja vivienda de mis padres, en las afueras difuminadas de Salamanca. Buscaba refugio o, quizás, simplemente retrasaba el desenlace inevitable, como quien da vueltas en una plaza adoquinada y no encuentra salida.
Mis padres llevan juntos casi desde otra vida, cincuenta y cuatro años envueltos en fotografías en sepia: él, don Joaquín, antiguo tornero de la fábrica de motores hombre de palabras escasas y manos anchas por el trabajo; ella, doña Berta, enfermera jubilada con los gestos serenos y la mirada siempre pendiente del pulso del hogar.
Mientras él hurgaba soñoliento entre piezas y tuercas oxidadas del viejo SEAT 127, yo me senté con mi madre sobre un hule de limones en la cocina. Por dentro me ardía el pecho y, medio susurrando sobre el zumbido del microondas, pregunté:
Mamá… le musité, observando cómo doblaba con una elegancia antigua unas toallas recién lavadas. Dime la verdad. Después de tanto tiempo… ¿sigues queriendo a papá? ¿O simplemente… os acostumbrasteis el uno al otro?
Ella detuvo las manos, se volvió y me miró con un brillo difícil de descifrar, entre ternura y una sonrisa que confundía los bordes de la realidad. No contestó al momento. Acarició mi brazo con una palma cálida y pesada de años, dibujó una curva cansada en la boca y volvió a sus rituales de lavado y doblez.
Me marché pronto de ese rincón de la infancia, envuelta en frustración. Pensaba que mi madre no entendía la urgencia moderna del “vínculo espiritual” o la necesidad de gestos que dejan marca en Instagram.
Pero cuando la calima del atardecer difuso de mi ciudad soñada empañaba los tejados, mi móvil vibró. Un mensaje larguísimo en WhatsApp, insólito en ella, que siempre reniega de esas máquinas como si fueran cosa de duendes burlones.
Lo leí igual que quien lee en voz alta bajo un aguacero, y para el final, los propios cristales del coche difuminaban mis lágrimas en trazos surreales.
Hija mía,
Hoy me preguntaste si todavía amo a tu padre. No respondí porque el amor no cabe en el hueco breve donde caben unas toallas dobladas. Pero quiero que sepas algo real:
Tu pregunta me hizo sonreír, no porque sea extraña, sino porque es imposible de responder con precisión de relojero antiguo.
¿Lo quiero igual que en el 72? No. Si buscas mariposas bailando sevillanas en el estómago, o esa electricidad nerviosa de la primera cita al sol de una terraza de la Gran Vía, no, eso se esfumó hace muchas lunas.
Pero el amor no es eso. Aquello era adrenalina.
Lo nuestro, hija, es raíces, no fuego artificial.
Ya no me tambalea el suelo bajo los pies, más bien, es el peso que me ancla fuerte cuando el mundo sopla fuerte de levante o de poniente.
Mi corazón no deja de latir por él; se apacigua, como río manso en Castilla. Ya mis manos no tiemblan, son suyas para agarrar la mañana cuando me duelen las caderas.
Ya no hay sorpresas grandilocuentes ni escapadas de novela. Nos quedan rituales:
La cafetera borboteando a las seis, exactas, porque sabe que yo ando por la cocina buscando calor. Nuestras pequeñas discusiones absurdas sobre si los vasos van boca abajo, o quién apagó la luz del recibidor.
Cómo tira disimuladamente de la manta para taparme cuando toso a media noche y pienso que nadie escucha.
Quizá a tu generación esto le suene a monotonía. Pero mira, cariño, esto lo es todo.
A esta altura de mi sueño no necesito a quien me lleve a París ni a quien regale pulseras, sino a quien escuche cuando susurro que me duele la espalda. A quien pasa un pañuelo sin preguntar por qué lloro con los telediarios.
A quien permanece cuando yo misma no me soporto.
¿Tu padre? Lo hace así, sin expectación, ni medallas, ni grandes palabras. Simplemente está.
Amar cincuenta años no es de película. Es hablar un idioma secreto, único, que nadie más habla. Es mirarse entre la multitud de una boda y saber exactamente lo que piensa el otro, porque compartimos cuentas de Iberdrola, sustos por los hijos, vacíos por amigos que ya no están y una cabezonería vieja de seguir adelante.
Así que sí, hija. Lo amo todavía.
Pero no al muchacho del bar de la plaza de 1972. Amo la vida que hemos construido. Amo la calma de saber, pese a los temporales y el ruido de fondo, él es mi refugio.
No busques fuegos artificiales. Busca quien sepa convertirse en tu casa.

Desperté y apagué el motor onírico. Rasgué los papeles nebulosos. Crucé la puerta del piso, donde mi marido, Antonio, hundido en el sofá parecía igual de exhausto que yo misma.
¿Quieres café? me preguntó, y en su voz temblaban ecos de siglos.
Sí. Lo deseo, contesté.
Todo empieza con mariposas. Pero sólo sobrevive si echas raíces.

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MagistrUm
El pasado martes estuve a punto de pedir el divorcio.