El pariente inesperado que se queda más tiempo del necesario

¿Cómo te lo imaginas, mamá? protestó Enriqueta, cruzando los brazos. ¿Vivir dos semanas con un hombre que ni siquiera conozco?

¿Con extranjero? Es Julián, el hijo de mi prima Lidia, ¡nuestro pariente!

¡Mamá, ya casi cumplo treinta! intentó razonarle. ¿Qué tiene que ver eso con la infancia? ¿Me vas a volver a intentar casar?

No digas tonterías: es familia. Así que acéptalo, que nada te va a pasar concluyó la madre con voz firme y colgó el teléfono.

Mi madre siempre ha venerado los lazos familiares; para ella la sangre es sagrada. Por eso, cuando el primo de su prima decidió mudarse a la capital, la ciudad de oportunidades, nos impuso a Enriqueta que le acogiera. No se le ocurriría negarle una habitación a un pariente, aunque fuera en Madrid.

Enriqueta, docente de lengua y literatura en un instituto de secundaria, recordaba con cierta ironía que el adverbio «por familia» era uno de los preferidos de aquel famoso escritor de la vieja escuela, conocido por sus cuentos de moral bastante peculiares.

Así pues, aceptó acoger al primo, pensando que quizá le haría algún favor. La casa donde vivían un modesto piso de dos habitaciones en un bloque de los años cincuenta, con una cocina diminuta que ni una mesa plegable cabía apenas tenía espacio para otro inquilino. «¿Cómo voy a meter a Julián en este agujero?», se preguntó Enriqueta.

Su ánimo estaba por los suelos; hacía tiempo que vivía sola y no había pensado en otro matrimonio. Su único matrimonio había sido universitario y terminó a los seis meses, sin hijos, sin nada que quedara. Enriqueta no quería volver a darle la espalda al amor, pero tampoco le interesaba casarse por obligación.

El piso, heredado de su abuela, era una mezcla de muebles de la época de la posguerra que, aunque anticuados, seguían funcionando: la lavadora giraba, el frigorífico enfriaba y el televisor emitía alguna señal. Con un salario decente que le pagaba el centro docente, Enriqueta se sentía cómoda. En su soledad la acompañaba su gato Mimo, nombrado al estilo de los tradicionales cuentos de niños.

Cuando la madre le habló del inquilino, le advirtió: «Te va a gustar». Enriqueta preparó una habitación y esperó, con cierta aprensión, la llegada de Julián. El joven, de treinta años, llegó con una sonrisa y una maleta. Tras un breve saludo, preguntó:

¿En qué parte de la casa me tocará vivir?

¿Buscas oro y diamantes? bromeó Enriqueta. No, solo quiero saber dónde me instalaré.

¿Y si algo no me gusta, no me quedo? insistió ella.

Me quedaré, pero

Pero ¿qué?

Nada, nada.

Se sentaron a tomar un café y a conocerse. Julián trajo un pastel que le había regalado Lidia y compró un pequeño bizcocho de chocolate. Resultó ser un inquilino educado, que sin que se lo pidieran lavó los platos y ayudó a poner la mesa. Cocinaba de forma aceptable y no dejaba charcos en el baño; en fin, parecía «criado en la civeta».

Gracias, tía Lidia, y a la primera esposa de Julián pensó Enriqueta. No sabía que también estaba divorciado.

¿De verdad? exclamó su amiga Lara cuando le contó lo del nuevo compañero. ¡Es un candidato perfecto! Yo mismo me divorcié de León por lo mismo.

Pero somos familia, y a mí no me cae bien replicó Enriqueta.

¿Familia? ¡Eso es como el agua del pozo! respondió Lara riendo. ¿Cómo puede no gustarte? ¿Será que es un?

No, no es eso dijo Julián, bastante guapo, aunque no del tipo de Enriqueta.

Aún así, ella no sentía chispa; sus ritmos biológicos no coincidían: ella era ave nocturna, él madrugador. Enriqueta prefería una vida pausada, guiada por el refrán castellano «Despacio que llevo prisa». Julián, en cambio, era incansable, siempre avanzando como si tuviera un motor bajo el pecho.

El primer día la llevó a ver una obra de teatro, con entradas compradas con antelación por internet. A Enriqueta no le gustaba el teatro, pero aceptó para no avergonzar al invitado. Le encantaban los clásicos antiguos que encontraba en la red, pero la puesta moderna, sin telón, con vestuarios estrafalarios y una interpretación confusa, le resultó insoportable. El director parecía querer romper con la tradición, y ella se quejaba:

No entiendo por qué quitáis el telón y los trajes de época. ¡Esto no es nuestra época!

Julián, entusiasmado, intentó convencerla: «Es progreso, es avanzar». Le habló de sus ambiciones en Madrid, de los planes grandiosos que tenía. Mientras tanto, Mimo se escondía bajo la cama, como siempre que algo le desagradaba.

Al día siguiente, Julián compró una alfombra nueva y tiró la vieja que estaba en la escalera. Enriqueta aceptó el cambio sin protestar, aunque nadie le explicó el motivo. Más tarde, apareció un cazo nuevo en la cocina, porque el antiguo se le pegaba la comida. Enriqueta, que tomaba café con tostadas por la mañana, sospechó que el cazo era para él; a él le gustaba desayunar completo, mientras ella prefería algo ligero. No dijo nada.

Cuando Julián se ofreció a pagar la luz y el agua, Enriqueta lo rechazó: «No quiero que sientas que invades mi espacio». Él, desconcertado, respondió:

Pero si voy a usar los servicios, ¿por qué no ayudo a pagar?

No, no, señor. le contestó Enriqueta. No quiero que se entienda como una usurpación de mi vivienda.

El joven, sin perder el ánimo, siguió enviando currículos y asistiendo a entrevistas; estaba decidido a encontrar trabajo en la capital. En medio de tantas aplicaciones, una extraña alergia le atacó: estornudos, secreción nasal y una erupción facial aparecieron justo cuando su estancia de dos semanas estaba por terminar.

Nadie se marchó. De hecho, Julián empezó a gritarle a Enriqueta como si fuera una empleada: «¿Por qué llevas botas a la cocina? ¡Descalza, por favor!», o «¿Por qué compras ese detergente? Después no lo quitas de la ropa». Enriqueta se sentía como una tonta, como si ya no fuera la dueña de su propio hogar, sino que él la considerara una simple huésped.

Mimo seguía ignorando al intruso, saliendo de bajo la cama sólo cuando él no estaba. Finalmente, el día dieciocho, le llamaron y le ofrecieron un puesto de secretario en una empresa madrileña. Julián se mostró feliz y, mientras brindaba con vino, anunció:

He decidido proponerte algo No un negocio, sino… ¡un compromiso! En nuestra edad, el matrimonio debe ser meditado.

Enriqueta quedó boquiabierta. Desde bajo la cama, Mimo salió de pronto y se cruzó frente a los invitados. Julián, sorprendido, exclamó:

¡¿Qué? ¡¿Un gato?! dijo. Tengo alergia a los felinos, el médico acaba de confirmarlo.

¿No viste el arenero? replicó Enriqueta. Siempre lo he puesto limpio.

No lo había notado admitió él. Pero no puedo vivir con un gato.

Entonces, ¿qué propones? ¿Echarlo? dijo Enriqueta, irritada.

Puedo pagar por eso ofreció el joven. Pero yo también podría (se quedó en silencio).

Mejor lo matamos revirtió ella, sin pensar. ¡A ti también!

Julián, sorprendido, se levantó, tomó su copa y, al despedirse, lanzó:

No pensé que fueras tan primitiva.

¡Adiós! contestó Enriqueta, aliviada.

Al salir, el cazo desapareció y la alfombra quedó en su sitio. Su madre volvió a llamar:

¿Cómo pudiste echarlo? ¡Ya se ha quejado el sobrino!

Quería que me pidiera matrimonio, pero no lo tolero contestó Enriqueta, colgando el teléfono.

Nadie volvió a llamarla. Quizá la próxima vez algún pariente sufra de alergia a su presencia, como le ocurre a algunos hombres con la caspa de sus esposas.

Mamá, la próxima vez que quieras ayudar, acoge a tus familiares sin que sea una obligación; quien lo propone, paga las consecuencias. Enriqueta y Mimo, al fin, siguen tranquilamente en su pequeño hogar.

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MagistrUm
El pariente inesperado que se queda más tiempo del necesario