¡Borra, al fin haz algo! exclamó Begoña, irritada, empujando a su marido que se dormía de espaldas. ¡Esto es insoportable!
¿Qué? balbuceó él entre sueños.
A Borja no le molestaban los gritos de la vecina del piso de arriba, pero Begoña no podía conciliar el sueño:
¡Nuria vuelve a llorar! ¿No lo oyes?
El hombre no respondió, hundiéndose de nuevo en el sueño.
¡Pues sigue durmiendo! se enfadó Begoña iré yo misma, si no hay nadie más en el edificio que calme a este monstruo.
Se echó el albornoz y salió de golpe, cerrando la puerta con estrépito.
Borja se incorporó a duras penas, maldiciendo en silencio todo lo que le rodeaba, y salió tras ella.
***
Begoña ya estaba frente a la puerta del alborotador vecino, golpeándola con toda su fuerza.
Borja llegó justo a tiempo: Pablo había abierto la puerta de un portazo.
En el interior se escuchaba el llanto de Diego, de seis años, y los sollozos de Nuria.
¿Qué quieres? gruñó el dueño, con la voz amenazadora. Estaba ebrio, apenas podía mantenerse en pie.
¿Has mirado la hora? chilló Begoña, ¡es de noche!
¡Y qué! Pablo dio un paso hacia ella, apretando los puños.
¡Nada! rugió Borja y, con un golpe, derribó al vecino que se había puesto de pie.
El hombre cayó justo en el umbral y quedó inmóvil.
Pocos minutos después, Nuria salió temblando, con marcas en el rostro. Miraba a su marido con terror, sin atreverse a acercarse más.
Llama a la policía espetó Borja, mirando con compasión a la desdichada mujer se calmará y volverá a empezar.
No empezará sollozó Nuria ahora él dormirá.
¿Estás segura? preguntó Begoña.
Nuria se encogió de hombros:
Eso espero
¡Yo no lo creo! replicó Begoña sin permitir réplica no soporto más este baile de marionetas: tengo que ir al trabajo mañana. Así que, toma al niño, nos quedaremos esta noche. Y tú, mañana tendrás que arreglarlo con él dijo, mirando al vecino con desdén.
***
Los enfrentamientos nocturnos en aquel edificio se habían convertido en rutina para todos los moradores. Normalmente, nadie se metía.
Solo Borja, obedeciendo a su esposa, suspiraba, se vestía y subía al piso superior.
Con el tiempo, a Begoña también le cansó la situación. Notó, además, que cuanto más subía, más rápido corría su marido a rescatar a la vecina.
¿Otra vez? ¡Qué benefactor! le espetó mientras se alejaba.
Borja no le oyó. Solo veía los ojos asustados de Diego, que en ese instante se aferraba al regazo de su madre, y el rostro pálido y descompuesto de Nuria.
Tras lidiar con Pablo, Borja, como de costumbre, llevó a la mujer y al niño a su casa, lejos del pecado. Begoña les tendió una manta en la sala.
Al día siguiente, al atardecer, Nuria agradeció a sus salvadores llevando empanadillas y otros dulces caseros. Así fue como los vecinos se fueron haciendo amigos.
Con el tiempo, Nuria y Diego se convirtieron en habituales en la casa de Begoña y Borja. Nuria ofrecía ayuda con las tareas del hogar, y Diego
se aferraba a Borja como si fuera su héroe. Le gustaba el hombre fuerte, tranquilo, con el leve olor a tabaco y la seguridad que desprendía. Lo miraba como a un superhéroe.
Borja se sentía halagado por aquella mirada. Empezó a comprarle juguetes al chico, a reparar sus cochecitos, una vez le llevó un juego de piezas metálicas y, más tarde, un balón de fútbol.
***
Begoña y Borja no tuvieron hijos. Al principio querían quedarse solos; después simplemente no pudieron.
Ese silencio doloroso era como un tercer inquilino en la casa.
Y de repente, aquel niño con los ojos desorbitados
***
Begoña se contuvo en su casa, sin expresar su descontento, pero en el trabajo dejaba que sus emociones fluyeran. Las charlas en la sala de fumadores eran su vía de escape.
¡Imagina, anoche la vecina volvió llorando! contaba a sus compañeras, con voz cargada de calor. ¡Su marido volvió a alborotar! No entiendo a esas mujeres, ¡no se respetan! Yo no le daría ni un día de paciencia.
Tal vez la quiere, ¿no? sugirió cautelosa la mayor del grupo, la señora Valentina.
Cuando está sobrio, es un marido de oro replicó Begoña.
¡Puro oro! bufó, ni pescado ni carne. Un torpe. Otra mujer en su lugar ya habría tenido el valor de dejar al borracho.
Quizá no tenga adónde ir, con el niño sola intervino la joven Ira. Es difícil.
¡Nada de eso! exclamó Begoña, exhalando humo. Ni siquiera están casados con él, y viven bajo su techo. Hace tiempo que debería barrerlo con la escoba, y ella lo aguanta. ¡No tiene ni una pizca de orgullo! ¡Es una sumisa!
Hablaba con voz alta, como intentando convencer a sus colegas y, sobre todo, a sí misma, de que era fuerte, inteligente e independiente, mucho mejor que Nuria.
Sin embargo, al volver a casa, casi todos los días veía la misma escena: Borja y Diego, arrodillados sobre ese mismo juego de piezas, y escuchaba el sonido que tanto anhelaba y le resultaba ajeno: la risa feliz de su marido.
Una sábado, Begoña regresaba del supermercado cargando bolsas pesadas. La puerta del piso de Nuria estaba entreabierta. Miró por dentro por reflejo y se quedó paralizada en el umbral.
No se estaban besando, ni abrazando, ni haciendo nada reprochable.
Simplemente estaban
Borja estaba sentado en una taburete, con un martillo en la mano, y Diego, junto a él, entregaba los clavos con aire de importancia. Nuria, apoyada en el marco, los observaba con una serenidad profunda que heló la sangre de Begoña: formaban una unidad. Era la imagen de una familia perfecta, la que ella nunca pudo crear.
«Qué monstruosa idea», se reprochó, y salió rápidamente. «¡Tonterías! Borja no puede… Yo soy todo para él… Y esa Nuria ¡tonta!»
***
La siguiente vez que Nuria pidió ayuda, Begoña la detuvo en la puerta y, alzando la voz para que Borja escuchara, le escupió al oído:
¡Basta, Nuria! ¿Cuándo vas a ponerte cuerda? ¡Él ni siquiera es tu marido! ¿Por qué toleras a ese monstruo ebrio en tu propia casa? ¡Expúlsalo y termina! ¿O te gusta hacerte la víctima? ¡Míralo! ¡Tu hijo te observa!
Sus palabras, como semillas venenosas, cayeron en terreno fértil.
Una semana después, Pablo, encorvado y miserable, con una maleta en la mano, abandonó el edificio.
Begoña celebró. ¡Al fin!
Ahora Nuria y su hijo desaparecerían de sus vidas para siempre. Ya no habría necesidad de protegerlos.
***
En efecto, llegó la calma. Los sábados dejaron de llegar empanadillas y el corredor quedó sin la sonora risa infantil.
Al principio, Begoña disfrutó del orden y la tranquilidad, pero pronto ese silencio se volvió denso, opresivo.
Borja llegaba del trabajo, cenaba en silencio y se refugiaba en el salón, conversando con la tele. Cada día se volvía más sombrío y callado.
«Simplemente está cansado», se decía Begoña, «por eso no me mira al cenar, ni se ríe de mis bromas. Por eso se acuesta dándole la espalda, como si yo no existiera».
Y entonces ocurrió lo que lo cambió todo.
Una tarde, Begoña volvió del trabajo antes de lo habitual, con un fuerte dolor de cabeza. Entró en el ascensor y, distraída, pulsó el botón equivocado. Salió un piso más bajo y la puerta del apartamento de Nuria estaba entreabierta
Un déjà vu
Y entró.
Se preguntó una y otra vez: ¿por qué? ¿Para qué había ido allí?
Al ver a Borja y Nuria inmersos el uno en el otro, ajenos a todo alrededor, quedó paralizada, sin decir una palabra, sin revelar su presencia. Salió de puntillas y cerró la puerta tras de sí
Una hora después, Borja volvió como si nada hubiera pasado, cenó en silencio frente a la tele
Y Begoña siguió callada.
No volvió a decir nada a su marido. No pudo. Decidió que, al saber su secreto, bastaba para intentar repararlo.
¡Cuánto la aborrecía en ese instante! ¡Y a sí misma! Por haber empujado a Nur
…
Así, Begoña se quedó esperando.
Esperando.
Borja y Nuria continuaron su romance a escondidas. Begoña lo sabía, pero fingía no ver, no entender.
A veces Nuria llegaba a casa con su hijo y pasteles
Begoña sonreía, aceptaba el pastel y callaba.
Soportaba
Ya no era la primera vez.
***
Así ocurre. Un día, llamando a la vecina sumisa, Begoña no sospechaba que, en ese mismo instante, estaba programando su propio futuro.
Ahora se encontraba en una posición desdichada. Su silencio era la confesión más ruidosa de su propio fracaso.
Begoña temía hablar demasiado, por miedo a romper la feliz familia en la que desempeñaba el papel principal.
El papel de la sumisa







