Querido diario,
Hoy no pot evitar reflexionar sobre una preocupación que tenemos casi todos los padres aquí en Madrid: cuando nuestros hijos adolescentes salen de noche con sus amigos. Lo más normal es que, como madre responsable, llame a mi hija Lucía para saber si está bien. Ella, un poco nerviosa pero intentando sonar tranquila, me contesta que sí, que todo va bien. Sin embargo, ese “sí” suyo no siempre me da la paz que busco, especialmente al enterarme después, con el corazón encogido, de que probó el alcohol por primera vez o, quizá, algo peor.
Recuerdo una historia de Don Francisco Gómez, el párroco de nuestro barrio, que siempre ha entendido muy bien la psicología de estos años difíciles. Él mismo fue hijo de sacerdote, sabe lo que supone intentar encajar con los compañeros, mientras intentas mantenerte fiel a tus principios y valores familiares. Aunque Paco suele confiar en su hija pequeña, Inés, quería asegurarse de que ella contase con él si alguna vez necesitaba ayuda. Así se le ocurrió una idea brillante: un pequeño código secreto, casi como un salvavidas. Así, Inés podía pedir auxilio sin miedo a que sus amigos pensaran mal de ella, evitando el sentimiento de vergüenza tan típico en esa edad.
El origen de este truco surgió tras las muchas visitas que Don Francisco hizo a centros de apoyo para jóvenes con problemas de adicción. Allí preguntaba a los chicos: “¿Cuántos de vosotros os habéis visto en una situación en la que hacíais algo que no queríais, por miedo a que se rieran de vosotros, y no supisteis cómo salir de ahí?”. Siempre se levantaban todas las manos, como una sola.
Escribía Don Francisco en su cuaderno:
“Un día, Inés iba a una fiesta con unos amigos. Le dije que, si en algún momento no se sentía a gusto, incómoda, o veía que la situación se complicaba, solo tenía que enviarme una X por mensaje a mí, a su padre, o a su hermano mayor. Quien recibiera la X debía llamarla en pocos minutos y decirle algo así:
¿Diga?
Inés, ha pasado algo y tengo que ir a recogerte ahora mismo.
¿Pero qué ha pasado?
Te lo explico cuando te vea. Prepárate que estoy llegando.
De este modo, Inés podía decir con toda tranquilidad a sus amigos que, lamentablemente, tenía que irse porque surgió una urgencia en casa. Nadie se reía de ella, ni sentía que huía avergonzada: simplemente tenía un asunto familiar. Así, la confianza entre nosotros crecía, y ella podía enfrentarse mejor a las presiones del grupo.
Lo fundamental es no dejar nunca al hijo tirado cuando te necesita; es demasiado fácil perder a un hijo en la adolescencia si se siente solo, pero trabajar la confianza y ayudarles a elegir bien a distinguir el bien del mal es de lo poco realmente impagable, más allá de cualquier cantidad de euros.
Me quedo con la tranquilidad de saber que, aunque Madrid esté llena de tentaciones, Lucía sabe que siempre puede contar conmigo, sin importar la hora ni el motivo. Esa confianza, esos códigos y esos pequeños trucos valen más que todo el oro del mundo.





