El padrastro trajo a su hija y a su nieta a casa de mi madre y mía.

Hace once años que mamá se casó de nuevo. Su marido, Felipe, tenía una hija, Nerea, de su primer matrimonio, quien entonces ya tenía 14 años. Felipe dejó su piso anterior definitivamente a aquella familia, renunciando a todos los derechos sobre el inmueble, y se trasladó con mamá y conmigo al piso heredado de mi padre. Felipe no tenía contacto alguno con su hija; la propia Nerea tampoco quería ver a su padre. Él pagaba la pensión alimenticia y ahí terminaba su implicación en la vida de Nerea.

No puedo decir que haya habido nunca química entre Felipe y yo, ni mucho menos que le cogiera cariño como a un padre. Nunca me gritó ni me levantó la mano, tampoco pretendió criarme: era tarde para hacerlo con una yegua de dieciséis años. Viví con ellos tres años y después me casé y tuve un hijo. Me vi obligada a irme de casa, ya que mamá y Felipe se negaron rotundamente a que llevara a mi marido a vivir bajo el mismo techo: un extraño en su refugio.

La relación entre mi marido y mi madre fue desde el inicio como aceite y agua. A Felipe, sinceramente, le daba igual con quién compartiese yo mi vida, nunca se metió. Mamá me ayudó al principio con el niño, nunca rehusó quedarse con su nieto. O al menos así era antes. Últimamente la llamé para pedirle que recogiera a mi hijo de la guardería y recibí como respuesta un tajante que no podía, porque estaba cuidando de la nieta de Felipe.

Entonces me vino a la mente, como un borrón inconexo en un sueño, que aquel hombre tenía también una hija perdida. Así que ahora ha tenido un bebé y de ahí ha surgido otra nieta. Tragué la negativa, pero esta no sería la última. Empezó a olerme raro y, movida por una sospecha difusa, fui a hacerles una visita inesperada.

La casa estaba vacía. En una esquina, una cuna; por doquier, ropita de bebé dispersa y tendida, y sobre mi cama, la colcha hecha un nudo. Llamé a mamá buscando sentido a aquella imagen onírica.

Nerea vive con nosotros musitó mamá, bajando la voz, mientras intentaba justificarse. Felipe lo propuso y yo lo aprobé. Está pasando por un momento complicado, está sola… Y, por cierto, ¿desde cuándo vienes a casa sin avisar?

Eso fue el colmo: resulta que ahora, si voy a MI casa, resulta que voy de visita. No solo el marido de mi madre se había aposentado en MI piso mientras yo y mi marido íbamos rodando de alquiler en alquiler, sino que pagamos una hipoteca y Felipe encima trae a su hija y a la nieta a vivir en propiedad ajena. ¿Tengo que trabajar para el banco mientras Felipe y Nerea juegan a hacer vida campestre sin preocupaciones?

La rabia me cegaba. Mamá echó más leña al fuego: cuando volvieron, le ordenó a Nerea que se encerrara en su cuarto y me arrastró para dialogar sobre mi comportamiento inaceptable. El asombro se mezcló con un frío irreal, como si flotara fuera del cuerpo.

Nerea vivirá aquí sentenció. Y ni se hable más.

Pregunté entonces por el piso que Felipe cedió en su día a su antigua familia. Mamá me soltó un Eso no es asunto tuyo y me colgó.

Indignación era poco: ¿cómo no iba a ser asunto mío si en MI habitación vivía ahora una desconocida con su bebé?

La pelea entre mamá y yo fue monumental. Le expuse que o Nerea se marchaba, o firmaría la cesión a mi marido y nos mudaríamos nosotros al piso. Mamá amenazó con darle su parte del piso a Felipe y zanjó que a mí lo que más me convenía era calmarme y no montar más dramas. Llamé a Felipe de camino a casa, y él me soltó que a mí no me incumbía quién viviese o dejase de vivir allí; que él llevaba a quien quisiera a su casa.

Mi marido me aconsejó dejarlo estar, que ya teníamos un techo, nuestro hijo pronto empezaría el colegio, todo iría bien Pero yo solo rumiaba el hecho de que mi madre había permitido la entrada de una extraña en mi propio hogar, sin siquiera consultarme, mientras que yo era quien estaba pagando la hipoteca. Luego mamá tuvo la decencia de llamarme para pedir ver a su nieto. Yo, en mi despecho, la rechacé, diciéndole que dedicara su tiempo a la otra nieta, a la de Felipe. Ella me llamó insensata y dijo que esperaba mis disculpas.

¿Ahora resulta que tengo que pedir perdón? ¿Por qué? ¿Por ser la única que vela por nuestra propiedad? ¿Porque la hija de mi padrastro reside en mi cuarto? He llegado incluso a plantearme dividir la casa. Al poco, sonó el móvil con un número desconocido: era Nerea. Me dijo que, si yo me sentía incómoda, estaba dispuesta a irse, que no quería ser fuente de conflicto.

No me la creo. Siento que hay algo detrás, que no es tan inocente como aparenta. ¿Y de qué va eso de que mamá quiera ceder su parte del piso a Felipe? ¡Eso es justo lo que espera Nerea! No sé cómo salir de este remolino. Lo que ocurre no me gusta nada. Estoy convencida de que Felipe y su hija lo han urdido todo para instalarse y aprovecharse de mamá.

¿Cómo la protejo? ¿Consigo una hipoteca inversa? ¿Vendo todo, le doy a mi madre el dinero para que se compre un estudio y acabo con esto? ¿O me planto en mi mitad del piso y empiezo a vivir allí hasta que consigan marcharse Nerea y Felipe?

Todo en esta historia parece tan confuso y surrealista, como si fluyera el tiempo a contracorriente y nadie tuviese rostro.

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MagistrUm
El padrastro trajo a su hija y a su nieta a casa de mi madre y mía.