Diario de Rodrigo, Madrid
Siempre pensé que el odio era un sentimiento remoto, propio de otros, ajeno a mí. Y sin embargo, me sorprendo a mí mismo odiando a mi mujer. Llevo quince años viéndola cada mañana, y solo este último año empecé a irritarme profundamente con sus maneras. Hay un gesto, sobre todo, que me desquicia: cuando, todavía en la cama, estira los brazos y dice con voz somnolienta: «¡Buenos días, mi sol! Hoy será un día precioso». Es una frase sencilla, pero sus brazos delgados, su rostro medio dormido, me producen una aversión incontrolable.
Se levanta despacio, camina hasta la ventana y se queda unos segundos mirando la Gran Vía en la distancia. Luego se quita el camisón y va al baño. Al principio de nuestro matrimonio admiraba su cuerpo, esa libertad casi indecente con la que se movía. A día de hoy sigue estando espléndida, pero su desnudez me enoja, me resulta insoportable. Hubo un día en que estuve a punto de empujarla, para que se diera prisa despertándose, pero solo conseguí murmurar de mala gana:
Date prisa, que esto ya cansa.
Ella no tenía prisas, vivía a su propio ritmo. Sabía de mi aventura, incluso conocía a la chica con la que llevaba viéndome ya casi tres años. El tiempo curó en parte sus heridas y, tras todo, solo quedaba un poso amargo de sentirse innecesaria. Me perdonaba mi indiferencia, mis arrebatos, mis intentos de esquivar el paso de los años a través de una aventura. Pero tampoco permitía que nada ni nadie le cambiara su modo pausado de vivir y entender cada minuto.
Esa voluntad tranquila le nació el día que supo que estaba enferma. Su enfermedad le consumía mes a mes y tenía claro que pronto habría de rendirse. El primer y urgente impulso fue contarlo, repartir el peso del diagnóstico, hacerlo pedacitos y repartirlos entre sus padres, sus amigas. Pero aquellas cuarenta y ocho horas más amargas de su vida las vivió sola, enfrentando el fin. Y al finalizar el segundo día se convenció de que, por muy cruel que fuera, callaría. Su vida se deslizaba entre los dedos y, con cada jornada, crecía en ella la serenidad de quien sabe contemplar el paso del tiempo.
Encontró sosiego en la pequeña biblioteca de su pueblo, a hora y media de Madrid. Cada tarde, se escondía entre estanterías polvorientas que un anciano bibliotecario había rotulado como Secretos de la vida y la muerte, y rebuscaba entre libros que prometían todas las respuestas.
Mientras, yo iba a casa de mi amante. Allí todo era acogedor, luminoso, familiar. Tras tres años de encuentros, la amaba con locura, de esa manera egoísta y angustiosa que hace a uno perder el aire cuando falta el cuerpo joven del otro. Esa tarde, la decisión de divorciarme pareció definitiva. ¿A quién beneficio arrastrando esta mentira, si ya no amo a Clara y, además, la detesto? Aquí por fin podría empezar de nuevo, experimentar la dicha que anhelaba. Intenté invocar sentimientos antiguos hacia mi mujer, sin éxito. Incluso llegué a convencerme de que me molestó desde el primer día que la conocí. Saqué una foto suya de la cartera y, con una determinación absurda, la rompí en pedazos.
Clara y yo habíamos quedado en un restaurante donde seis meses atrás celebramos nuestro aniversario de bodas. Ella llegó antes; yo, nervioso, pasé por casa para buscar los papeles del divorcio entre los cajones del armario. Revolví media casa, esparcí documentos, facturas, recuerdos por el suelo. En uno de los cajones apareció una carpeta azul oscuro, sellada con celo. No la había visto antes. Me agaché y rompí el precinto de un tirón. No esperaba gran cosa, quizás alguna foto comprometedora. Pero dentro solo había informes médicos, análisis, diagnósticos, todos a nombre de Clara.
Un escalofrío me recorrió. ¡Estaba enferma! Corrí al ordenador, escribí el nombre de la enfermedad. Leyendo la pantalla, me quedé helado: Entre 6 y 18 meses de vida. Comprobé las fechas: hacía medio año del primer informe. A partir de ahí, los recuerdos se vuelven confusos. Solo una frase no dejaba de sonar en mi cabeza: 6 a 18 meses.
Ella me esperó cuarenta minutos en la terraza del restaurante. Le llamaba, el móvil sonaba vacío. Acabó pidiendo la cuenta y pagó en euros, una suma insignificante como recuerdo de un día tan grande. Salió a la calle y se encontró con el otoño de Madrid, un sol templado que acariciaba la ciudad y daba ganas de abrazarla. Qué hermosa es la vida, qué suerte estar aquí, cerca del sol, de los parques, bajo los álamos.
Por primera vez desde que se enteró de su enfermedad, sintió lástima por sí misma. Había tenido fuerzas para callar su secreto ante todos: marido, padres, amigas. Su único afán había sido facilitarles el duelo, aun al coste de destrozarse por dentro. Pronto solo quedaría de ella un vago recuerdo. Caminaba viendo cómo la gente disfrutaba con esperanza: el invierno llegaría, sí, pero la primavera también. Ella ya no volvería a sentir esa certeza, y la pena la recorrió, explotando en lágrimas imparables.
Yo iba y venía por el piso, atrapado en el vértigo de comprender, por primera vez, la fugacidad de la vida. Recordé a Clara joven, cuando nuestros sueños eran frescos y creíamos en el futuro. Recordé que la amé, de verdad la amé. Quince años parecían borrarse, y sentí que todo podía volver; la juventud, la felicidad, la vida.
Esos últimos meses la cuidé cada minuto, como nunca antes. Solo temía perderla, habría dado mi vida para salvar la suya. Si alguien me hubiese recordado que un mes antes planeaba marcharme, que la odiaba, habría respondido: Ese ya no era yo.
Vi lo que le costaba despedirse de la vida, cómo lloraba por las noches creyendo que yo dormía. Comprendí que no existe castigo más atroz que conocer el final. Vi cómo luchaba, aferrándose a esperanzas imposibles.
Murió dos meses después. Llené de flores la acera desde nuestra casa hasta el cementerio de La Almudena. Lloré como un niño al ver bajar el ataúd. Sentí que envejecía mil años en un instante.
Al volver a casa, bajo su almohada, encontré un papelito doblado: era su deseo de Nochevieja. «Ser feliz a su lado hasta el último día». Dicen que en Nochevieja los deseos se cumplen. Quizás sea cierto, porque ese mismo Fin de Año, yo escribí: «Ser libre».
Al final, ambos obtuvimos aquello que creímos desear.





