El observador de la ventana

Cada noche, justo a las ocho en punto, Miguel apagaba la luz de la cocina y se sentaba junto a la ventana. Este ritual era su salvación, ese hilo al que se aferraba para no desmoronarse. El día terminaba en ese instante, un momento en el que podía simplemente estar, sin hablar, sin explicaciones, solo existir.

En la ventana de enfrente, en el séptimo piso de un viejo edificio en la calle Granados, se encendía una lámpara amarilla y tenue. No de inmediato, sino con un parpadeo lento, como si alguien dudara: ¿debo encenderla? ¿Molestará? ¿No es demasiada luz para tanta oscuridad? Miguel ya conocía ese titileo de memoria, era una señal: algo estaba a punto de pasar. Nada ruidoso, no para todos. Solo para quienes sabían esperar.

Entonces aparecía ella. Delgada, con un pañuelo que a veces se quitaba o se ajustaba. A veces con una taza, otras con un libro. Y en ocasiones, con una mirada tan cansada que parecía que el día no había durado 24 horas, sino una eternidad. Se sentaba frente a la ventana sin mirarle directamente, pero como si ambos apuntaran al mismo sitio: al anochecer, al reflejo, al silencio. Miguel la llamaba en su mente: la mujer de la ventana. Sin nombre. Sin palabras. Solo luz y sombra.

No se conocían. Él no sabía su nombre, nunca había escuchado su voz. Pero cada aparición era como un susurro: estás vivo, yo también estoy aquí. Noche tras noche, Miguel dejaba todo para las ocho. Después, solo existía la ventana. Como si nada más importara, y solo ese pequeño instante le recordara que seguía respirando. Empezaba a vivir al caer la noche. Exactamente el tiempo que duraba su silueta bajo esa luz.

Hacía dos años, Miguel había perdido a su esposa. Rápido, cruel, sin piedad. Ni siquiera le dio tiempo a asustarse. Diagnóstico, quimioterapia, oxígeno, silencio. La muerte no llegó dramáticamente, simplemente apagó la vida, como quien corta la corriente de un interruptor. Él se quedó. Solo. No como un viudo, sino como una sombra. Al principio, bebió. No para olvidar, sino porque no sabía cómo llenar el vacío. Luego, solo calló. No por resentimiento, sino porque dentro… no había nada.

Contaba las gotas del grifo. El chirrido del ascensor. Los tonos de llamada. Trabajaba desde casa, de manera mecánica, como un autómata. Los amigos desaparecieron. Unos por iniciativa propia, otros porque él los alejó. La vida se convirtió en un vacío sin eco. Hasta que, una primavera, apareció ella.

Al principio, solo vio una sombra. Un contorno. Después, un rostro. Una mirada tranquila, sin curiosidad, sin invadir. Solo eso: una mirada. Neutra. Reconfortante. Que no exigía nada.

Una vez, llegó tarde. Había ido a la farmacia y regresó después de lo habitual. La luz en su ventana ya estaba encendida. Ella estaba allí. Sin libro, sin taza. Solo sus ojos, y una quietud tensa. Como si esperara. O como si recordara. Él se acercó a la ventana con timidez, conteniendo la respiración. Alzó la mano. Suavemente, casi sin querer. Sin expectativas. Ella no reaccionó. Pero tampoco apartó la mirada. Se quedó. Y eso fue suficiente para que algo en él se removiera.

Al día siguiente, no apareció. La lámpara seguía encendida, pero ella no estaba. Solo el marco vacío. El gato, sí, estaba allí. Encorvado, con la cola rodeando sus patas. Mirando fijamente hacia abajo. Hacia él. Como si supiera. Como si dijera: espera.

Miguel no podía estar quieto. Su corazón latía raro. Rápido. No por miedo, sino por algo casi olvidado. Inquietud. Preocupación. Hasta salió a la calle, rodeó el edificio, se plantó frente al portal de enfrente y alzó la vista. La misma ventana. El mismo silencio. No se atrevió a llamar. No se permitió romper su pacto tácito: estar cerca, sin cruzar líneas.

Dos días después, volvió. Lenta, como moviéndose entre algodones. Con un vendaje en el brazo. Sus movimientos, contenidos. Pero su mirada, la misma. Solo un poco más profunda. Más firme. Él volvió a alzar la mano. Con un hilo de inseguridad. Y ella… le respondió. Suavemente. Con la palma cansada. Como diciendo: estoy aquí. Te veo.

Y a la mañana siguiente, encontró un papel bajo su puerta. Sin sobre. Doblado por la mitad, con marcas en los bordes, como si alguien lo hubiera tenido entre las manos mucho rato antes de dejarlo. La letra era femenina, redondeada:

*”Gracias por mirar. Yo también te miro. Eso es muy importante.”*

Lo leyó una y otra vez. Como un conjuro. Como prueba de que nada era en vano. Que el silencio podía hablar. Que podías ser visto, aunque nadie pronunciara tu nombre. Aunque no supieras quién eras sin ella.

Volvió a sentarse frente a la ventana. La luz se encendió. Ella apareció. Y ya no hubo soledad, ni distancia. Solo estaban ella y él. Dos figuras frente a sus ventanas. Dos vidas que, por fin, ya no resonaban en el vacío.

A veces, para sobrevivir, no hacen falta palabras grandilocuentes. Ni promesas. Basta con que alguien, aunque sea al otro lado de la calle, te note. Que alguien te vea. Que puedas decir, aunque sea en silencio: estoy aquí. Y recibir como respuesta, quizás no una voz, pero sí una luz.
La luz que se enciende cada noche en la ventana de enfrente.

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El observador de la ventana