El Número de Expediente En la farmacia, la dependienta le acercó el datáfono y, por costumbre, él pasó la tarjeta sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo, pitó y mostró un escueto «Operación denegada». Probó una vez más, ahora más despacio, como si la velocidad decidiera si seguía siendo alguien con dinero. — ¿Quizá otra tarjeta? —sugirió la farmacéutica, sin levantar la vista. Sacó la segunda, la de la nómina, y volvió a oír la negativa. Detrás, alguien resopló sonoramente y notó cómo se le encendían las orejas. Se metió en el bolsillo la caja de pastillas que había pedido y balbuceó que enseguida lo solucionaría. Fuera, se detuvo junto a una pared, fuera del flujo de peatones, y abrió la app del banco. En vez de las cifras habituales, vio una ventana gris y la frase que le dejó el cuerpo hundido: «Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento ejecutivo». Sin cuantía, sin explicación, sólo el botón de «Ver más» y un número, como de un DNI que no era el suyo. Se quedó mirando la pantalla, como si pudiera desvanecerse. De inmediato le vinieron a la cabeza cosas que no podía posponer: en una semana debía comprar billetes para viajar al pueblo de su madre, le tocaba revisión médica y había prometido acompañarla. Había hablado con el jefe para que le diera dos días; le puso pegas, pero accedió. Y luego estaba lo de las pastillas, que justo no había podido pagar. Llamó a la línea de atención del banco. Una voz automática le pidió «valorar la atención recibida» antes de que contestara nadie. — Dígame —dijo la operadora. Voz uniforme, distante, no por desgana sino por manual. Él dio nombre, fecha de nacimiento, los números finales del DNI. Explicó que le habían bloqueado las cuentas, que era un error. — Su perfil tiene una restricción por un procedimiento ejecutivo —respondió ella—. No podemos levantar el bloqueo. Debe acudir a la Agencia de la Administración de Justicia. ¿Ve el número del expediente? — Sí. No sé qué es. Yo no tengo deudas. — Lo comprendo. Pero el banco no es el iniciador. Cumplimos el requerimiento. — Entonces, ¿quién es el iniciador? —descubrió que hablaba más alto de lo habitual. — En el documento indica cuál es el juzgado. Puedo dictarle la dirección. Lo anotó en el reverso del ticket de la farmacia. La mano le temblaba, mezcla de rabia y vergüenza, como si le hubieran pillado robando una chorrada. — ¿Y el dinero? —preguntó—. Me han retenido… aquí pone «retención». — El cargo se hizo en el marco del procedimiento. Para recuperar el dinero debe dirigirse al ejecutante o al juzgado. — O sea, que ustedes no pueden ayudarme. — Podemos registrar una reclamación. ¿Desea que abra expediente? Él no quería un número, quería que alguien dijera: «Sí, es un error, lo solucionamos ahora». Pero escuchó cómo le dictaban la cifra. — Número de expediente… —ella lo pronunció como quien entrega una ficha de guardarropa—. El plazo de resolución es de hasta treinta días. Repitió el número en voz alta para no olvidarlo. Treinta días sonaban a condena, pero igual dio las gracias. Le salió un gracias automático, como un «adiós» al final de una conversación que te ha humillado. Ya en casa, abrió el cajón de los papeles: recibos, contratos, certificados antiguos. Siempre se había sentido ordenado: pagaba puntual, no pedía préstamos, ni se saltaba una multa de zona azul. Puso sobre la mesa el DNI, el NIF, la vida laboral, casi como pruebas de buena conducta. Su mujer salió de la habitación y le vio la cara y el despliegue de documentos. — ¿Te ha pasado algo? Se lo contó. Intentó sonar calmado, pero a la mitad la voz se le quebró. — ¿Será alguna multa antigua? —aventuró ella. — ¿Qué multa te bloquea todo y por esas cantidades? —dio un golpecito a la pantalla donde ponía lo de las restricciones—. Yo sólo salgo de casa para ir a trabajar. — Es que a veces pasa —se defendió alzando las manos—. Es más habitual de lo que parece. Que dijeran «es habitual» le sacaba de quicio. Como si su vida fuera estadística. — Ocurre que te confunden con un deudor y luego tú explicando que no eres un camello —dijo, y se arrepintió en el acto del tono. Ella dejó en silencio una taza de agua y se fue. Se quedó solo con los papeles y la sensación de que faltaba el aire en casa. Al día siguiente fue a la sucursal. Dentro todo era blanco y pulido, como un ambulatorio tras reforma. La gente sentada, mirando el móvil, esperando a que saliera su número en la pantalla. Sacó turno. En el papel ponía: «Consultas sobre cuentas». Al sentarse sintió el enfado crecer por el hecho mismo de estar esperando: el resguardo lo convertía en caso, no en persona. Al atenderle, la gestora sonrió con profesionalidad. — ¿En qué puedo ayudarle? Mostró la pantalla, explicó lo del bloqueo. — Sí, aquí aparece la restricción —dijo ella, clicando el ratón—. No tenemos acceso a la base judicial. Sólo puedo darle un extracto de movimientos y certificado de la situación. — Dame todo lo que puedes —pidió—. Lo necesito hoy. — El certificado tarda hasta tres días laborables. — ¿Y si necesito comprar medicinas? —notó que en su voz empezaba a colarse la queja; peor que el enfado. La gestora titubeó un instante. — Entiendo. Pero es el procedimiento. Firmó la solicitud, recibió la copia, todavía tibia por la impresora, y la sujetó como si fuera la única defensa contra esa fuerza invisible. Del banco fue al Registro Único. Olía a café de máquina y lejía, pero ni eso tapaba el cansancio de la gente. Junto a la entrada, un terminal de turnos y una chica del chaleco ayudando a elegir qué gestión pedir. — Vengo por lo de un embargo —dijo él. — Los del juzgado aquí no trabajan —respondió—. Podemos tomar su escrito, mandar la solicitud, ayudarle con la web de la Administración. ¿Qué tiene usted? Le mostró el certificado del banco y el número. — Mejor vaya directo al juzgado —opinó la chica—. Pero, si quiere, podemos imprimirle un informe del portal estatal, si sale ahí. No había mucho a elegir. Sacó turno y se sentó. Los números pasaban por la pantalla; la gente iba de las ventanillas a los bancos, protestando en voz baja. Miró sus manos y pensó que parecían más viejas que ayer. Ya en la ventanilla, le pidieron el DNI. — ¿Tiene usted cuenta verificada en la web estatal? —le preguntaron. — La tengo. Abrieron su perfil, buscaron bastante rato. — Sí aparece un procedimiento abierto —dijo la funcionaria—, pero con otro NIF diferente. Se asomó. — ¿Cómo que otro? — Mire, el suyo tiene… (leyó números). El expediente es distinto en una cifra. Una sola cifra. Sintió alivio, como si de golpe se le devolviera el derecho a indignarse. — Esa deuda no es mía. — Parece un error al relacionar datos —dijo—. Sucede a veces con homónimos o fechas similares. — ¿Y ahora qué? — Podemos tomar un escrito de disconformidad y adjuntar copia de los documentos. Pero decidirá el juzgado. Imprimió la solicitud, él la firmó. Adjuntaron copias de DNI, NIF, vida laboral. Observaba cómo su vida de repente cabía en una pila de papeles que desaparecían en el escáner. — ¿Plazo de resolución? —preguntó. — Treinta días —contestó. Y como adivinando su mirada—: A veces menos. Otra vez treinta. Salió del registro con la carpeta de copias y el justificante. El número importaba ya más que su nombre. Tardó aún dos días en conseguir cita en el juzgado. En la entrada, el de seguridad revisó su bolsa y pidió silenciar el móvil. En el pasillo, gente de pie, niños, montones de papeles. En la pared, un cartel: «Atención con cita previa». Al lado, una lista escrita a boli con nombres apilados. Preguntó a una mujer de la fila: — ¿Aquí va la lista? — Aquí va la vida —respondió ella, seria—. El que antes llega, primero apunta. Agregó su apellido al final. Se sentó en un alféizar, ya que de sillas no había. El tiempo no pasaba, se partía en pequeños enfados: colados, móvilazos contando que «los del juzgado no hacen nada», algún llanto desde el baño. Cuando le tocó, entró al despacho. La funcionaria, unos cuarenta años, ojos cansados, tras la mesa con el monitor y el sello. — ¿Nombre? —preguntó sin levantar la vista. Dio el suyo. — ¿Número de expediente? Le entregó el papel del banco. Miró el ordenador. — Aquí sale deuda de crédito —dijo. — No tengo ningún crédito —se le agrió la voz—. Mire el NIF. Es un error. Frunció el ceño, acercó la pantalla. — Realmente, el NIF no coincide —admitió—. Pero el sistema le vinculó por nombre y fecha de nacimiento. — ¿Con eso les basta para bloquear cuentas? Suspiró. — Trabajamos con los datos que nos llegan. Si hay error, hay que poner escrito de incidencia adjuntando identidad. ¿Usted lo ha tramitado? Le dejó las copias del registro. — Esto es de allí. Aquí está el justificante. Revisó. — Ese escrito aún no ha llegado. — No puedo esperar a que «llegue». Me han retenido dinero, no puedo ni pagar medicinas. Por fin la miró de frente. — ¿Cree que es el único? —le dijo bajo, sin ira—. Tengo cien expedientes encima. Puedo tomarle la reclamación aquí. Pero la resolución tampoco será instantánea. Le hubiera apetecido gritar, pero vio el cansancio en esa cara y supo que sólo empeoraría el recuerdo del funcionario. — Bien —dijo, controlando el aire—. Aquí. ¿Qué necesita? Le dio el impreso. Rellenó: «Solicito mi exclusión del procedimiento ejecutivo por error en la identificación». Adjuntó DNI, NIF. Ella estampó el sello de «Recibido». — Diez días máximo para la comprobación —dijo—. Si se confirma, se revocan las medidas. — ¿Y el dinero? — Para reembolsos, otro escrito. Y el que ha reclamado la deuda debe devolverlo. Yo sólo tramito la revocación. Salió del despacho con el nuevo sello. Como una pequeña victoria, pero sobre qué, no sabía: sobre haber logrado que reconocieran su existencia. Esa tarde pidió más horas fuera del trabajo. — ¿Me tomas el pelo? —el jefe le miraba como si se lo inventara para no venir—. Tenemos cierre de mes. — Me han bloqueado las cuentas —dijo—. Estoy yendo a oficinas. — Dime la verdad. ¿Son embargos, créditos, pensiones? Eso le dolió mucho más que la negativa del datáfono. Noto cómo se le endurecía la cara. — Nada de eso, un error del sistema —contestó. El jefe se encogió de hombros. — Pues que no nos salpique. Contabilidad ya ha preguntado por tus retenciones. Se fue a su mesa. Tenía un email de la contable: «Por favor, confirme si existen procedimientos judiciales». Notó el pecho encogido. Respondió: «Ha sido un error, lo estoy aclarando, aportaré documentos». Se dio cuenta de que ya tenía que demostrar su inocencia no sólo ante la justicia, sino frente a los compañeros de diez años. En casa, la mujer preguntó qué le habían dicho. — Han admitido el escrito —respondió. — Menos mal —dijo ella, y añadió—: ¿Estás seguro que no es por aquel préstamo de tu hermano? Tú eras avalista… Levantó la cabeza de golpe. — No lo era, me negué. Lo recuerdo. Ella asintió, pero el recelo seguía en la mirada. La máquina ya había hecho de las suyas: dejar una grieta casi imposible de tapar. Una semana después recibió el auto judicial en la web oficial. Lo abrió con las manos temblorosas. Decía: «Detectada identificación errónea del deudor. Anular medidas de ejecución». Lo leyó tres veces. Nada más verlo, consultó el banco. Las cuentas estaban operativas, los números de vuelta, como si no hubiera pasado nada. Pero el aviso seguía: «Las operaciones podrán estar restringidas hasta actualizar datos». Probó pagar una factura. Tardó, pero pasó, y no se movió hasta ver desaparecer la ruedecita de carga. Volvió a la farmacia por las pastillas que no pudo pagar el primer día. La dependienta ni se acordó de él. Quiso decirle «ya está», pero sería raro. Recogió la bolsa y se fue. Dos días después, le llamaron del banco. — Nos ha llegado el auto de anulación —la teleoperadora—. Pero puede que en su historial quede constancia hasta que actualice la central. Puede llevar hasta cuarenta y cinco días. — Entonces deja huella —dijo él. — Temporalmente. La palabra «temporalmente» no le tranquilizaba. Imaginó que, dentro de un mes, pedía financiación para arreglar las ventanas a su madre y le respondían: «Aquí consta un embargo». De nuevo, a dar explicaciones de que no era culpable. Hizo la reclamación para que le devolvieran el dinero retenido. Del juzgado le dijeron que el ejecutante era un banco que había dado crédito a otro, y que dependía de su contabilidad. Enviaron copia del auto, extracto de la retención, los datos. Respondieron: «Su reclamación está registrada». Un número más. Todo ese tiempo notó que hablaba bajito. Como si cualquier palabra pudiera volver a activar el mecanismo. Repetía las notificaciones a diario, entraba en la web estatal, buscaba su sección de procedimientos ejecutivos y comprobaba que ya no había nada. El vacío se convirtió en su nueva normalidad. Un día volvió al Registro Único por lo de su madre; necesitaba solicitar un poder. En la sala, un hombre con carpeta, desorientado como un chaval, miraba el ticket y el panel, sin saber a dónde ir. — ¿Qué consulta tiene? —le preguntó, sorprendiéndose a sí mismo. — Me sale una deuda, pero no sé de qué. En el banco me dijeron que pregunte al juzgado. Vio en esos ojos la mezcla de rabia y vergüenza que él mismo había sentido. — Pide primero un informe en el banco, que tenga el número de expediente —le aconsejó—. Luego aquí pide el informe en la web estatal; a veces ves si el NIF, fecha o nombre no corresponden. Si no es tuyo, haz escrito de error, y siempre pide justificante. El hombre escuchaba atento, como si le dieran el mapa de un territorio hostil. — Gracias —susurró—. ¿Y usted…? ¿Ya ha pasado por esto? Asintió. — He pasado. No es rápido, ni se borra del todo. Pero se sale. Salió con el poder en la carpeta y se detuvo a guardar los papeles. La carpeta pesaba, más de costumbre, no por los folios, sino por la manía de documentarlo todo. Notó que respiraba más tranquilo. En casa, clasificó el auto judicial, el certificado bancario y las copias de los escritos en un archivador, y rotuló: «Expediente ejecutivo, error». Antes le habría dado vergüenza, como si confesara algo. Ahora le daba igual. Guardó el archivador, cerró el cajón y, sin levantar la voz, avisó a su mujer: — Si vuelve a pasar, sé lo que hacer. No me voy a justificar. Lo reclamaré. Ella le miró largo y asentó. — Bien —dijo—. Vamos a por un té. Fue a la cocina y puso la tetera. El sonido del agua hirviendo le supo a victoria: prueba sencilla de que la vida, por fin, era suya, y no de expedientes ni de plazos.

El turno

La cajera de la farmacia me acercó el datáfono, y yo, como siempre, acerqué la tarjeta sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo, sonó un pitido seco y apareció el mensaje Operación denegada. Lo intenté una vez más, más despacio, como si la lentitud pudiera cambiar mi fortuna y, de repente, convertirme en un hombre con dinero.

¿Tienes otra tarjeta? preguntó la cajera, sin mirarme.

Saqué la segunda, la de nómina, y de nuevo esa negativa tajante. Detrás, alguien soltó un resoplido sonoro y noté cómo me ardían las orejas. Metí la caja de pastillas que ya me habían servido en el bolsillo y murmuré que ahora mismo lo arreglaba.

Fuera, me detuve junto a la pared, apartándome del flujo de gente, y abrí la aplicación del banco. En vez de las cifras de siempre, sólo había una ventana gris y una frase que me dejó vacío por dentro: Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento ejecutivo judicial. Ni cantidad, ni explicación, solo un botón de Más información y un número que bien podía ser el de un pasaporte ajeno.

Me quedé mirando la pantalla como si pudiera deshacerlo con los ojos. Se me amontonaron mentalmente todas las cosas que no podían esperar: la semana próxima tenía que comprar los billetes a Soria, mi madre tenía cita para unas pruebas y le había prometido que la acompañaría. Llevaba días negociando con el jefe un par de jornadas libres; al final, tras mucha reticencia, me los habían dado. Y, además, estaban las medicinas, que ahora no podía pagar.

Marqué el número de atención al cliente del banco. Una voz automática me pidió que valorase la calidad del servicio antes de que nadie contestara.

Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? me dijo la operadora, con ese tono neutro que pone la gente a la que han entrenado para mantener distancia, no por enfado, sino por protocolo.

Le di mi nombre completo, fecha de nacimiento, las últimas cifras del DNI. Le expliqué que mis cuentas estaban bloqueadas y que debía de tratarse de un error.

Según su perfil, existe una restricción por expediente ejecutivo, respondió ella. No podemos levantar el bloqueo. Tiene que acudir al Juzgado de lo Social. ¿Ve el número de expediente?

Sí, lo veo. No sé qué es. No tengo deudas.

Lo entiendo. Pero el banco solo ejecuta lo que ordena la autoridad. La entidad no es la iniciadora.

¿Quién es entonces? Me di cuenta de que estaba alzando la voz más de lo necesario.

En el documento figura la oficina de la Seguridad Social correspondiente. Le dicto la dirección, si quiere.

La apunté al dorso del ticket de la farmacia, la mano temblándome de rabia y vergüenza, como si me hubieran pillado robando algo.

¿Y el dinero? pregunté. Aquí pone retención.

El saldo ha sido retenido dentro del procedimiento ejecutivo. Si desea reclamar, debe dirigirse al acreedor o al juzgado.

O sea, que ustedes no pueden ayudarme

Podemos dejar constancia de su reclamación. ¿Quiere que la tramite?

Yo no quería un número, quería que alguien dijese: Ha sido un error, lo arreglamos ya. Pero escuché cómo me dictaba la referencia, como quien entrega un resguardo de guardarropa.

Número de reclamación lo recitó y lo apunté para no olvidarlo. El plazo de respuesta es de hasta treinta días.

Recité el número en voz alta. Treinta días sonaban a condena, pero aun así di las gracias, como uno dice adiós al terminar una conversación humillante.

En casa abrí el cajón de los papeles donde guardo recibos, contratos y viejos certificados. Siempre he sido ordenado: pago a tiempo, no pido créditos innecesarios, incluso las multas de aparcamiento las abono el mismo día, para no olvidarme. Puse sobre la mesa el DNI, la tarjeta sanitaria, el certificado de la Seguridad Social, como si fueran pruebas de mi honradez.

Mi mujer salió de la habitación, vio la mesa y mi cara.

¿Qué ha pasado?

Se lo conté. Intenté mantenerme sereno, pero a mitad del relato se me quebró la voz.

¿No será alguna multa antigua? sugirió ella suavemente.

¿Qué multa bloquea cuentas y por esas cantidades? Señalé la pantalla del móvil, donde seguía el aviso. Yo no conduzco nada, voy del trabajo a casa y punto.

Solo preguntaba levantó las manos. Hoy pasa mucho.

La palabra pasa me crispó. Como si mi vida fuese solo una estadística.

Pasa que te etiquetan de deudor y tienes que demostrar que no eres un camello dije, y me arrepentí en cuanto oí el tono.

Ella dejó una taza de agua en la mesa y se marchó en silencio. Me quedé solo con los papeles y la sensación de que el aire del piso se había vuelto más denso.

Al día siguiente fui a la sucursal del banco. Dentro, todo era luz blanca y silencio, como en una consulta recién renovada. La gente esperaba el turno mirando el móvil, esperando a que su número apareciera en la pantalla.

Saqué el ticket: Consultas sobre cuentas. Me senté, sintiendo cómo mi paciencia se erosionaba en ese tránsito anónimo. El papelito no me hacía persona, me convertía en un problema.

Cuando llegó mi turno, la gestora sonrió de forma profesional.

¿En qué puedo ayudarle?

Le mostré el aviso, le expliqué la situación.

Sí, efectivamente hay una restricción dijo ella, tecleando. No podemos acceder a la base de datos judicial. Solo puedo emitir un extracto de los movimientos retenidos y un justificante con la restricción.

Dame cualquier cosa, lo que sea pedí. Lo necesito hoy mismo.

El justificante tarda hasta tres días laborables.

¿Y si tengo que comprar medicinas? Mi voz sonaba a súplica y eso me enfurecía más que la propia rabia.

La gestora dudó un segundo.

Lo siento, pero así es el procedimiento.

Firmé la solicitud y me dieron una copia, caliente aún del tóner, que sostuve entre las manos como si fuera mi única arma ante la maquinaria invisible.

Del banco me fui al registro único, el Ayuntamiento. El lugar olía a café de máquina y a detergente, que no lograba tapar la fatiga de la gente. A la entrada, una terminal de turnos y al lado una joven con chaleco, que ayudaba a elegir el trámite.

Vengo por un embargo judicial le expliqué.

Aquí no están los juzgados, me respondió. Podemos recoger la solicitud y ayudarte con Mi Carpeta Ciudadana. ¿Traes la documentación?

Le mostré el justificante bancario y el número del expediente.

Lo mejor es que vayas directamente al Juzgado de lo Social me aconsejó. Pero si quieres, puedo imprimir el extracto de Mi Carpeta, si aparece el expediente.

No tenía alternativa. Saqué un ticket y me senté. En la pantalla desfilaban números, la gente iba y venía de las ventanillas, algunos con carpetas, otros murmurando quejas o discutiendo por lo bajo. Miro mis manos y me parecen más viejas que ayer.

En la mesa, la funcionaria me pidió el DNI.

¿Tienes la identidad digital activada? preguntó.

Sí.

Entró en mi perfil, estuvo buscando un rato.

El expediente existe dijo al fin. Pero aquí consta un NIF diferente.

Me acerqué.

¿Cómo diferente?

Mira, estos son tus datos leyó los números. Aquí hay una cifra cambiada.

Una cifra. Sentí una extraña tranquilidad, como si me devolvieran el derecho al enfado.

No es mi deuda.

Parece un error de cruce dijo ella. Sucede con nombres coincidentes o fechas similares.

¿Y ahora qué hago?

Puedes presentar alegación, adjuntar documentación. Pero la decisión es del juzgado.

Imprimió el formulario, lo firmé, añadí copia del DNI, de la Seguridad Social. Vi cómo mi vida se convertía en un montón de folios que desaparecían en el escáner.

¿Cuánto tarda? pregunté.

Un mes, añadió. A veces menos.

Otra vez un mes. Salí con la carpeta en la mano, el número de registro parecía más importante que mi propio nombre.

El Juzgado de lo Social solo me daba cita dos días después. En la entrada, el guardia revisó mi mochila, pidió silenciar el móvil. El pasillo estaba lleno, algunos con niños, otros con carpetas de documentos. En la pared colgaba un aviso: Atención con cita previa. Al lado, un folio con nombres en columna.

Me acerqué a una mujer de la cola:

¿Aquí hay que apuntarse?

Aquí hay que sobrevivir, dijo sin humor. El que llega antes, firma antes.

Añadí mi apellido al final. Me senté en el alféizar, ya que no quedaban sillas. El tiempo no avanzaba, se fracturaba entre molestias: alguien se colaba, otro gritaba al teléfono que en el juzgado no hacen nada, alguien lloraba en el baño.

Cuando por fin me tocó, entré en el despacho. Detrás de la mesa, una funcionaria, unos cuarenta años, ojos cansados. Ordenador, pila de expedientes, sello.

¿Nombre?

Le respondí.

¿Número de expediente?

Le pasé el papel del banco.

Miró, tecleó.

Tiene usted una deuda bancaria dijo.

No tengo ningún préstamo me salió la voz más dura. Revíselo, es un error en el NIF.

Frunció el ceño, acercó la pantalla.

Efectivamente, no coincide, aceptó. Pero el sistema le ha vinculado por nombre y fecha de nacimiento.

¿Con eso basta para bloquear?

Suspiró.

Nosotros actuamos según los datos recibidos. Si hay error, declaración de identidad errónea y copia de DNI. ¿La ha presentado?

Puse los papeles de la oficina municipal sobre la mesa.

Aquí está. Registro de entrada.

Revisó.

Esto es al registro municipal. Aún no ha llegado aquí.

No puedo esperar a que llegue. Me han retenido dinero, no puedo pagar medicinas.

Por fin, me miró directamente.

¿Cree que es el único? dijo bajando la voz. Tengo un centenar de expedientes aquí. Puedo tramitar la solicitud en este momento, pero la resolución no es inmediata.

Noté las ganas de gritar asomando, pero vi su agotamiento y supe que de nada servía la rabia.

De acuerdo dije controlando el aire. Hagámoslo aquí. ¿Qué necesita?

Me pasó el formulario. Escribí: Solicito ser excluido del procedimiento ejecutivo por error de identificación. Adjunté los documentos. Ella estampó el sello de entrada.

Tardará hasta diez días verificarse. Si es correcto, se anularán las medidas.

¿Y el dinero?

Hay que presentar otra solicitud para que el acreedor devuelva lo retenido. Eso ya no depende de nosotros.

Salí del despacho con un nuevo sello. Sabe a victoria pequeña, como si simplemente hubieran aceptado que existo.

Por la tarde en el trabajo le pedí al jefe salir media jornada más el día siguiente.

¿Tú te crees que esto es broma? El jefe me miró como si me inventara todo para escaquear. ¿No ves que tenemos el cierre?

Tengo las cuentas bloqueadas le dije. Estoy yendo de ventanilla en ventanilla.

Mira, bajó la voz, dime la verdad: ¿hay algo? ¿Alguien te embargó, tienes algún préstamo, pensión de alimentos?

Eso dolió más que el rechazo en la farmacia. Sentí la cara tensa.

No tengo nada de eso dije. Es un error.

Encogió los hombros.

Vale. Pero que no nos salpique. Contabilidad ya ha preguntado por las retenciones.

Volví a mi mesa y vi el correo de contabilidad: Rogamos aclarar si tiene procedimientos judiciales. Todo se me oprimió dentro. Respondí: Ha sido un error, estoy tramitando, aportaré la documentación. Y caí en la cuenta de que ahora no solo tenía que demostrar mi inocencia al juzgado, también a quienes me conocen desde hace diez años.

Al volver a casa, mi mujer quiso saber la respuesta.

He presentado la reclamación, contesté.

Bueno, algo es musitó ella. Seguro que no es por lo del préstamo de tu hermano Tú saliste de avalista

Levanté la cabeza de golpe.

No fui avalista afirmé. Me negué, me acuerdo perfectamente.

Ella asintió, pero la sombra de la duda seguía en sus ojos. Ya era tarde; la máquina había hecho su trabajo: había abierto una grieta difícil de taponar con papeles.

Una semana después llegó la resolución a mi espacio en Mi Carpeta Ciudadana. La abrí con manos temblorosas. Decía: Identificación errónea del deudor reconocida. Cancelar medidas de ejecución. Lo leí tres veces para creérmelo.

Corrí a la app del banco. Las cuentas estaban desbloqueadas, los números volvieron como si nada. Pero aparecía un aviso: Operaciones sujetas a revisión hasta actualización de datos. Intenté pagar la luz. El pago pasó, aunque con un retardo interminable, y no respiré hasta que el círculo de carga desapareció.

Fui a la farmacia y compré las pastillas que no pude llevarme el primer día. La cajera ni me reconoció. Pensé decirle algo, pero lo dejé estar; recogí la bolsa y me marché.

Dos días después me llamó el banco.

Hemos recibido la orden de cancelación de medidas, avisó la operadora. Pero la incidencia puede seguir en la CIRBE antes de actualizar los datos. Puede tardar hasta cuarenta y cinco días.

O sea, queda huella.

Temporalmente.

La palabra temporalmente no aliviaba nada. Imaginé que, al mes siguiente, intentaría financiar el arreglo de las ventanas de mi madre y me contestarían: Aquí consta una restricción. Y otra vez tendría que explicar que yo no tuve la culpa.

Puse la solicitud de devolución del dinero. La funcionaria explicó que la entidad acreedora era un banco que había prestado a otra persona, y que la devolución sería a través de su contabilidad. Mandé las copias del auto de cancelación, el extracto de la retención, el IBAN. Recibí el acuse de recibo: Su petición ha sido registrada. Otro número.

Durante todo este tiempo notaba que hablaba más bajo. Como si temiera que una palabra de más pulsase el mecanismo erróneo otra vez. Revisaba las notificaciones varias veces al día, entraba en Mi Carpeta para asegurarme de que no había nuevos expedientes. El vacío era ya mi estado normal.

Un día volví al registro para un trámite de mi madre debía gestionar un poder para recoger resultados médicos. En la sala un hombre, perdido como un escolar, sujetaba su carpeta y miraba las pantallas sin saber adónde ir.

¿Qué trámite necesitas? le pregunté, sorprendiéndome a mí mismo.

Me han dicho que tengo una deuda susurró. No sé de qué. El banco me envía a los juzgados.

En sus ojos vi la misma mezcla de rabia y vergüenza que sentí yo.

Lo primero, pide el extracto en el banco con el número de expediente. Después, aquí pueden sacarte el detalle de Mi Carpeta, a veces ves por qué datos te han vinculado. Si hay errores en el NIF o la fecha de nacimiento, reclama por identificación equivocada. Y exige siempre resguardo de entrada.

Me escuchó atento, casi como si le estuviera dando el mapa de un laberinto.

Gracias dijo. ¿Tú has pasado por esto?

Asentí.

Sí, lo he pasado. No rápido, ni del todo. Pero lo he pasado.

Salí del registro con el poder en la carpeta y me planté en la puerta para guardarlo en la mochila. La carpeta no pesaba tanto por el papel como por el miedo adquirido a dejar cabos sueltos. Por primera vez en meses, me sorprendí respirando tranquilo.

En casa, archivé los documentos del juzgado, los justificantes bancarios y las copias de las reclamaciones en una funda, y la marqué con rotulador: Proc. ejecutivo. Error. Antes me habría dado reparo ponerle un nombre así, por si parecía culpable de algo. Ya me daba igual. Guardé la funda en el cajón, lo cerré y, sin subir el tono, le dije a mi mujer:

Si vuelve a pasar, sé lo que tengo que hacer. Y no pienso excusarme. Reclamaré lo que es mío.

Ella me miró, asintió despacio.

Vale dijo. ¿Preparo el té?

Fui a la cocina y encendí la placa. El agua del hervidor empezó a burbujear y me pareció el sonido más tangible del mundo, una señal de que mi vida todavía me pertenecía, y no a los números y los plazos.

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MagistrUm
El Número de Expediente En la farmacia, la dependienta le acercó el datáfono y, por costumbre, él pasó la tarjeta sin mirar. La pantalla parpadeó en rojo, pitó y mostró un escueto «Operación denegada». Probó una vez más, ahora más despacio, como si la velocidad decidiera si seguía siendo alguien con dinero. — ¿Quizá otra tarjeta? —sugirió la farmacéutica, sin levantar la vista. Sacó la segunda, la de la nómina, y volvió a oír la negativa. Detrás, alguien resopló sonoramente y notó cómo se le encendían las orejas. Se metió en el bolsillo la caja de pastillas que había pedido y balbuceó que enseguida lo solucionaría. Fuera, se detuvo junto a una pared, fuera del flujo de peatones, y abrió la app del banco. En vez de las cifras habituales, vio una ventana gris y la frase que le dejó el cuerpo hundido: «Cuentas bloqueadas. Motivo: procedimiento ejecutivo». Sin cuantía, sin explicación, sólo el botón de «Ver más» y un número, como de un DNI que no era el suyo. Se quedó mirando la pantalla, como si pudiera desvanecerse. De inmediato le vinieron a la cabeza cosas que no podía posponer: en una semana debía comprar billetes para viajar al pueblo de su madre, le tocaba revisión médica y había prometido acompañarla. Había hablado con el jefe para que le diera dos días; le puso pegas, pero accedió. Y luego estaba lo de las pastillas, que justo no había podido pagar. Llamó a la línea de atención del banco. Una voz automática le pidió «valorar la atención recibida» antes de que contestara nadie. — Dígame —dijo la operadora. Voz uniforme, distante, no por desgana sino por manual. Él dio nombre, fecha de nacimiento, los números finales del DNI. Explicó que le habían bloqueado las cuentas, que era un error. — Su perfil tiene una restricción por un procedimiento ejecutivo —respondió ella—. No podemos levantar el bloqueo. Debe acudir a la Agencia de la Administración de Justicia. ¿Ve el número del expediente? — Sí. No sé qué es. Yo no tengo deudas. — Lo comprendo. Pero el banco no es el iniciador. Cumplimos el requerimiento. — Entonces, ¿quién es el iniciador? —descubrió que hablaba más alto de lo habitual. — En el documento indica cuál es el juzgado. Puedo dictarle la dirección. Lo anotó en el reverso del ticket de la farmacia. La mano le temblaba, mezcla de rabia y vergüenza, como si le hubieran pillado robando una chorrada. — ¿Y el dinero? —preguntó—. Me han retenido… aquí pone «retención». — El cargo se hizo en el marco del procedimiento. Para recuperar el dinero debe dirigirse al ejecutante o al juzgado. — O sea, que ustedes no pueden ayudarme. — Podemos registrar una reclamación. ¿Desea que abra expediente? Él no quería un número, quería que alguien dijera: «Sí, es un error, lo solucionamos ahora». Pero escuchó cómo le dictaban la cifra. — Número de expediente… —ella lo pronunció como quien entrega una ficha de guardarropa—. El plazo de resolución es de hasta treinta días. Repitió el número en voz alta para no olvidarlo. Treinta días sonaban a condena, pero igual dio las gracias. Le salió un gracias automático, como un «adiós» al final de una conversación que te ha humillado. Ya en casa, abrió el cajón de los papeles: recibos, contratos, certificados antiguos. Siempre se había sentido ordenado: pagaba puntual, no pedía préstamos, ni se saltaba una multa de zona azul. Puso sobre la mesa el DNI, el NIF, la vida laboral, casi como pruebas de buena conducta. Su mujer salió de la habitación y le vio la cara y el despliegue de documentos. — ¿Te ha pasado algo? Se lo contó. Intentó sonar calmado, pero a la mitad la voz se le quebró. — ¿Será alguna multa antigua? —aventuró ella. — ¿Qué multa te bloquea todo y por esas cantidades? —dio un golpecito a la pantalla donde ponía lo de las restricciones—. Yo sólo salgo de casa para ir a trabajar. — Es que a veces pasa —se defendió alzando las manos—. Es más habitual de lo que parece. Que dijeran «es habitual» le sacaba de quicio. Como si su vida fuera estadística. — Ocurre que te confunden con un deudor y luego tú explicando que no eres un camello —dijo, y se arrepintió en el acto del tono. Ella dejó en silencio una taza de agua y se fue. Se quedó solo con los papeles y la sensación de que faltaba el aire en casa. Al día siguiente fue a la sucursal. Dentro todo era blanco y pulido, como un ambulatorio tras reforma. La gente sentada, mirando el móvil, esperando a que saliera su número en la pantalla. Sacó turno. En el papel ponía: «Consultas sobre cuentas». Al sentarse sintió el enfado crecer por el hecho mismo de estar esperando: el resguardo lo convertía en caso, no en persona. Al atenderle, la gestora sonrió con profesionalidad. — ¿En qué puedo ayudarle? Mostró la pantalla, explicó lo del bloqueo. — Sí, aquí aparece la restricción —dijo ella, clicando el ratón—. No tenemos acceso a la base judicial. Sólo puedo darle un extracto de movimientos y certificado de la situación. — Dame todo lo que puedes —pidió—. Lo necesito hoy. — El certificado tarda hasta tres días laborables. — ¿Y si necesito comprar medicinas? —notó que en su voz empezaba a colarse la queja; peor que el enfado. La gestora titubeó un instante. — Entiendo. Pero es el procedimiento. Firmó la solicitud, recibió la copia, todavía tibia por la impresora, y la sujetó como si fuera la única defensa contra esa fuerza invisible. Del banco fue al Registro Único. Olía a café de máquina y lejía, pero ni eso tapaba el cansancio de la gente. Junto a la entrada, un terminal de turnos y una chica del chaleco ayudando a elegir qué gestión pedir. — Vengo por lo de un embargo —dijo él. — Los del juzgado aquí no trabajan —respondió—. Podemos tomar su escrito, mandar la solicitud, ayudarle con la web de la Administración. ¿Qué tiene usted? Le mostró el certificado del banco y el número. — Mejor vaya directo al juzgado —opinó la chica—. Pero, si quiere, podemos imprimirle un informe del portal estatal, si sale ahí. No había mucho a elegir. Sacó turno y se sentó. Los números pasaban por la pantalla; la gente iba de las ventanillas a los bancos, protestando en voz baja. Miró sus manos y pensó que parecían más viejas que ayer. Ya en la ventanilla, le pidieron el DNI. — ¿Tiene usted cuenta verificada en la web estatal? —le preguntaron. — La tengo. Abrieron su perfil, buscaron bastante rato. — Sí aparece un procedimiento abierto —dijo la funcionaria—, pero con otro NIF diferente. Se asomó. — ¿Cómo que otro? — Mire, el suyo tiene… (leyó números). El expediente es distinto en una cifra. Una sola cifra. Sintió alivio, como si de golpe se le devolviera el derecho a indignarse. — Esa deuda no es mía. — Parece un error al relacionar datos —dijo—. Sucede a veces con homónimos o fechas similares. — ¿Y ahora qué? — Podemos tomar un escrito de disconformidad y adjuntar copia de los documentos. Pero decidirá el juzgado. Imprimió la solicitud, él la firmó. Adjuntaron copias de DNI, NIF, vida laboral. Observaba cómo su vida de repente cabía en una pila de papeles que desaparecían en el escáner. — ¿Plazo de resolución? —preguntó. — Treinta días —contestó. Y como adivinando su mirada—: A veces menos. Otra vez treinta. Salió del registro con la carpeta de copias y el justificante. El número importaba ya más que su nombre. Tardó aún dos días en conseguir cita en el juzgado. En la entrada, el de seguridad revisó su bolsa y pidió silenciar el móvil. En el pasillo, gente de pie, niños, montones de papeles. En la pared, un cartel: «Atención con cita previa». Al lado, una lista escrita a boli con nombres apilados. Preguntó a una mujer de la fila: — ¿Aquí va la lista? — Aquí va la vida —respondió ella, seria—. El que antes llega, primero apunta. Agregó su apellido al final. Se sentó en un alféizar, ya que de sillas no había. El tiempo no pasaba, se partía en pequeños enfados: colados, móvilazos contando que «los del juzgado no hacen nada», algún llanto desde el baño. Cuando le tocó, entró al despacho. La funcionaria, unos cuarenta años, ojos cansados, tras la mesa con el monitor y el sello. — ¿Nombre? —preguntó sin levantar la vista. Dio el suyo. — ¿Número de expediente? Le entregó el papel del banco. Miró el ordenador. — Aquí sale deuda de crédito —dijo. — No tengo ningún crédito —se le agrió la voz—. Mire el NIF. Es un error. Frunció el ceño, acercó la pantalla. — Realmente, el NIF no coincide —admitió—. Pero el sistema le vinculó por nombre y fecha de nacimiento. — ¿Con eso les basta para bloquear cuentas? Suspiró. — Trabajamos con los datos que nos llegan. Si hay error, hay que poner escrito de incidencia adjuntando identidad. ¿Usted lo ha tramitado? Le dejó las copias del registro. — Esto es de allí. Aquí está el justificante. Revisó. — Ese escrito aún no ha llegado. — No puedo esperar a que «llegue». Me han retenido dinero, no puedo ni pagar medicinas. Por fin la miró de frente. — ¿Cree que es el único? —le dijo bajo, sin ira—. Tengo cien expedientes encima. Puedo tomarle la reclamación aquí. Pero la resolución tampoco será instantánea. Le hubiera apetecido gritar, pero vio el cansancio en esa cara y supo que sólo empeoraría el recuerdo del funcionario. — Bien —dijo, controlando el aire—. Aquí. ¿Qué necesita? Le dio el impreso. Rellenó: «Solicito mi exclusión del procedimiento ejecutivo por error en la identificación». Adjuntó DNI, NIF. Ella estampó el sello de «Recibido». — Diez días máximo para la comprobación —dijo—. Si se confirma, se revocan las medidas. — ¿Y el dinero? — Para reembolsos, otro escrito. Y el que ha reclamado la deuda debe devolverlo. Yo sólo tramito la revocación. Salió del despacho con el nuevo sello. Como una pequeña victoria, pero sobre qué, no sabía: sobre haber logrado que reconocieran su existencia. Esa tarde pidió más horas fuera del trabajo. — ¿Me tomas el pelo? —el jefe le miraba como si se lo inventara para no venir—. Tenemos cierre de mes. — Me han bloqueado las cuentas —dijo—. Estoy yendo a oficinas. — Dime la verdad. ¿Son embargos, créditos, pensiones? Eso le dolió mucho más que la negativa del datáfono. Noto cómo se le endurecía la cara. — Nada de eso, un error del sistema —contestó. El jefe se encogió de hombros. — Pues que no nos salpique. Contabilidad ya ha preguntado por tus retenciones. Se fue a su mesa. Tenía un email de la contable: «Por favor, confirme si existen procedimientos judiciales». Notó el pecho encogido. Respondió: «Ha sido un error, lo estoy aclarando, aportaré documentos». Se dio cuenta de que ya tenía que demostrar su inocencia no sólo ante la justicia, sino frente a los compañeros de diez años. En casa, la mujer preguntó qué le habían dicho. — Han admitido el escrito —respondió. — Menos mal —dijo ella, y añadió—: ¿Estás seguro que no es por aquel préstamo de tu hermano? Tú eras avalista… Levantó la cabeza de golpe. — No lo era, me negué. Lo recuerdo. Ella asintió, pero el recelo seguía en la mirada. La máquina ya había hecho de las suyas: dejar una grieta casi imposible de tapar. Una semana después recibió el auto judicial en la web oficial. Lo abrió con las manos temblorosas. Decía: «Detectada identificación errónea del deudor. Anular medidas de ejecución». Lo leyó tres veces. Nada más verlo, consultó el banco. Las cuentas estaban operativas, los números de vuelta, como si no hubiera pasado nada. Pero el aviso seguía: «Las operaciones podrán estar restringidas hasta actualizar datos». Probó pagar una factura. Tardó, pero pasó, y no se movió hasta ver desaparecer la ruedecita de carga. Volvió a la farmacia por las pastillas que no pudo pagar el primer día. La dependienta ni se acordó de él. Quiso decirle «ya está», pero sería raro. Recogió la bolsa y se fue. Dos días después, le llamaron del banco. — Nos ha llegado el auto de anulación —la teleoperadora—. Pero puede que en su historial quede constancia hasta que actualice la central. Puede llevar hasta cuarenta y cinco días. — Entonces deja huella —dijo él. — Temporalmente. La palabra «temporalmente» no le tranquilizaba. Imaginó que, dentro de un mes, pedía financiación para arreglar las ventanas a su madre y le respondían: «Aquí consta un embargo». De nuevo, a dar explicaciones de que no era culpable. Hizo la reclamación para que le devolvieran el dinero retenido. Del juzgado le dijeron que el ejecutante era un banco que había dado crédito a otro, y que dependía de su contabilidad. Enviaron copia del auto, extracto de la retención, los datos. Respondieron: «Su reclamación está registrada». Un número más. Todo ese tiempo notó que hablaba bajito. Como si cualquier palabra pudiera volver a activar el mecanismo. Repetía las notificaciones a diario, entraba en la web estatal, buscaba su sección de procedimientos ejecutivos y comprobaba que ya no había nada. El vacío se convirtió en su nueva normalidad. Un día volvió al Registro Único por lo de su madre; necesitaba solicitar un poder. En la sala, un hombre con carpeta, desorientado como un chaval, miraba el ticket y el panel, sin saber a dónde ir. — ¿Qué consulta tiene? —le preguntó, sorprendiéndose a sí mismo. — Me sale una deuda, pero no sé de qué. En el banco me dijeron que pregunte al juzgado. Vio en esos ojos la mezcla de rabia y vergüenza que él mismo había sentido. — Pide primero un informe en el banco, que tenga el número de expediente —le aconsejó—. Luego aquí pide el informe en la web estatal; a veces ves si el NIF, fecha o nombre no corresponden. Si no es tuyo, haz escrito de error, y siempre pide justificante. El hombre escuchaba atento, como si le dieran el mapa de un territorio hostil. — Gracias —susurró—. ¿Y usted…? ¿Ya ha pasado por esto? Asintió. — He pasado. No es rápido, ni se borra del todo. Pero se sale. Salió con el poder en la carpeta y se detuvo a guardar los papeles. La carpeta pesaba, más de costumbre, no por los folios, sino por la manía de documentarlo todo. Notó que respiraba más tranquilo. En casa, clasificó el auto judicial, el certificado bancario y las copias de los escritos en un archivador, y rotuló: «Expediente ejecutivo, error». Antes le habría dado vergüenza, como si confesara algo. Ahora le daba igual. Guardó el archivador, cerró el cajón y, sin levantar la voz, avisó a su mujer: — Si vuelve a pasar, sé lo que hacer. No me voy a justificar. Lo reclamaré. Ella le miró largo y asentó. — Bien —dijo—. Vamos a por un té. Fue a la cocina y puso la tetera. El sonido del agua hirviendo le supo a victoria: prueba sencilla de que la vida, por fin, era suya, y no de expedientes ni de plazos.