Él no escribió

Almudena, la mañana anterior, subió el volumen del móvil al máximo. Por si acaso. En el fondo sabía que él no escribiría. Era como ese presentimiento de lluvia que se vuelve espeso y inevitable, como si el aire se espesara antes de la tormenta. Pero el sonido ya estaba activado. La esperanza, al fin y al cabo, es como una vieja cicatriz: duele, pero no se despega.

Se recogió el pelo en un moño descuidado, pero con la delicadeza suficiente para que pareciera natural y, sin embargo, bonito. Se puso el abrigo verde oscuro, ese mismo que alguna vez le había dicho Pedro que la hacía parecer un bosque de otoño. Desde entonces lo había guardado en el armario, pero hoy lo sacó. Se pintó los labios de rojo carmesí, demasiado brillante para una caminata matutina hacia la farmacia y la panadería.

En la farmacia reinaba el bullicio. Alguien tosía entrecortadamente en un rincón, otro discutía acaloradamente el precio de los antibióticos y un tercer cliente se balanceaba de un pie al otro, en silencio. Olía a hierbas y a ese toque ácido propio de los productos sanitarios. Almudena tomó las vitaminas que Pedro le había recomendado tres años atrás, cuando todavía compartían café a primera hora. Sostuvo la caja, examinando la letra diminuta. Caducidad: hasta el próximo otoño. Como si el tiempo dentro de aquel envase también estuviera contando sus últimos meses.

La panadería olía a pan recién horneado y a canela, y un joven con un tatuaje en la muñeca sonreía detrás del mostrador mientras una vieja bocina escupía música algo rasposa. Almudena compró un croissant de frambuesa, el mismo que Pedro había llamado el sabor de la mañana mientras se limpiaba las migas de la barbilla con una sonrisa. Se llevó dos. Uno para el té en casa, como antes, cuando la vida era más sencilla. El otro sin razón aparente, solo para guardar como un pequeño trozo de pasado que cabía en el bolsillo.

Al volver a su piso, la quietud la abrazó. El silencio era denso, como polvo asentado sobre los libros antiguos. El aire parecía inmóvil, temeroso de perturbado. El móvil reposaba en la repisa de la ventana, pantalla hacia abajo, como avergonzado de su propia mirada. Ningún mensaje, ni llamada. Era como si el mundo hubiera decidido pasar de largo sin notarla, como si ella se hubiera convertido en sombra disolviéndose en la gris luz del amanecer.

Almudena puso a calentar la tetera, bajó el abrigo despacio, como temiendo interrumpir la serenidad. Colocó los botines junto a la puerta, enderezó el cuello del abrigo en la percha y encendió la radio antigua. La voz del locutor hablaba de atascos, de nieve y de la exposición del Museo del Prado. Todo sonaba apagado, como bajo el agua. Sorbió un gole de té, demasiado caliente, quemándole la lengua, pero lo tragó sin hacer pucheros. Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío.

Afuera caía una nieve fina y punzante, que se posaba sobre paraguas, bufandas y el asfalto para luego desvanecerse. Un joven padre, en el parque oscuro, ajustaba la gorra a su hijo con la ternura que solo los años otorgan. Los ancianos caminaban apoyados el uno en el otro, como si sus manos se hubieran fundido con la costumbre. Algunos se apresuraban resbalando por la acera helada, otros reían absortos en el móvil, y otros se quedaban boquiabiertos frente al escaparate decorado con luces navideñas. La vida seguía su curso, ruidosa y despiadada, pasando junto a ella como un tren que parte mientras ella se queda en la plataforma, sin atreverse a subir.

Él no escribió.

Sin embargo, Almudena barrió el suelo con una escoba, aunque el polvo era casi inexistente. Llamó a la tía, que le contó historias de la casa de campo, del vecino y de una nueva receta de tarta. Regó el cactus viejo, vigilando que no se pusiera amarillento. Solicitó una cita con el médico, ese pequeño trámite que había pospuesto durante meses. Revisó los recibos: todo pagado, y marcó la casilla correspondiente en su agenda. Lavó la manta, añadiendo un poco más de suavizante para que el hogar oliera a algo cálido y vivo.

Al caer la noche encendió la luz en todas las estancias, no por miedo a la oscuridad, sino porque la casa parecía respirar. Las ventanas brillaban, reflejándose en el asfalto mojado, como susurrando: aquí hay alguien. Aquí hay vida.

Almudena se miró en el cristal y pensó: «Él no escribió. Pero yo sigo aquí». No era una excusa, ni un reto, sino una verdad sencilla. Como una vela que enciendes no para impresionar a nadie, sino para ti mismo, para recordar que aún estás presente.

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MagistrUm
Él no escribió