Amanecía en Madrid. Alba encendió el móvil al máximo, como quien se aferra a la última señal de esperanza. En el fondo, sabía que él no respondería. Esa certeza era como el rumor de la lluvia antes de la tormenta: densa, inevitable, el aire se volvía pesado. Pero, aun así, subió el volumen. La esperanza, dijo una vez su abuela, es como una vieja cicatriz: duele, pero no se rinde.
Alba recogió su melena en un moño desordenado, lo hizo con la sutileza de quien quiere verse natural sin perder la elegancia. Se puso el abrigo verde oscuro, aquel mismo que él había dicho que la hacía parecer un bosque de otoño. Desde entonces lo había guardado en la parte trasera del armario, pero hoy lo sacó de nuevo. Pintó sus labios de rojo carmesí, demasiado brillante para una caminata matutina a la farmacia y a la panadería.
En la farmacia el bullicio era constante. Alguien tosía con voz ronca en un rincón, otro discutiía el precio de los medicamentos, y varios clientes permanecían inmóviles, cambiando de pie en pie. El olor a hierbas y a desinfectante impregnaba el aire. Alba tomó los suplementos que él le había recomendado tres años atrás, cuando ambos aún compartían un café al amanecer. Sostuvo el blister entre sus dedos, leyendo la letra diminuta. La fecha de caducidad: hasta el próximo otoño. Como si el tiempo siguiera contando sus últimos meses dentro de aquella caja.
En la panadería todo era igual que siempre: un joven con tatuaje en la muñeca atendía el mostrador, el aroma del pan recién horneado y la canela llenaba el local, y de un altavoz desgastado se colaba una música suave. Alba compró un croissant de frambuesa, el mismo que él había llamado el sabor de la mañana mientras se limpiaba las migas del mentón con una sonrisa. Se llevó dos. Uno para el té de casa, como antes, cuando la vida era más sencilla. El otro, sin razón, solo para tenerlo. Un pequeño trozo de pasado que cabía en el bolsillo.
Al regresar a su piso, el silencio la abrazó. Era denso, como polvo asentado sobre viejos libros. El aire parecía inmóvil, temeroso de moverse. El móvil reposaba en el alféizar, pantalla hacia abajo, como avergonzado de su propia mirada. Ningún mensaje, ninguna llamada. El mundo había pasado de largo sin notarlo, como si ella mismo se hubiera convertido en sombra que se desvanece bajo la luz gris del amanecer.
Alba puso a hervir la tetera, se quitó el abrigo despacio, como temiendo romper el silencio. Colocó los zapatos junto a la puerta, acomodó el cuello del abrigo en el perchero. Encendió la vieja radio; la voz del locutor anunciaba atascos en la M30, luego una nevada inesperada y, por último, la exposición de arte contemporáneo en el Museo del Prado. Todo sonaba ahogado, como bajo el agua. Tomó un sorbo de té, ardía en su garganta, pero lo tragó sin hacer muecas. Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío.
Afuera caía una nieve fina, punzante, que se posaba sobre paraguas, bufandas y el asfalto para luego derretirse. Un padre joven ajustaba la gorra a su hijo en un parque, con la ternura que solo los años traen. Los ancianos caminaban apoyados el uno en el otro, como si sus manos se hubieran fundido con los años. Alguien se apresuraba, resbalando sobre la acera helada; otro reía absorto en su móvil; una pareja se quedó congelada frente al escaparate iluminado con luces navideñas. La vida seguía su curso, ruidosa, vibrante, indiferente, pasando de largo como un tren que parte cuando uno aún duda en subir al andén.
Él no escribió.
Sin embargo, Alba barrió el suelo, aunque el polvo era escaso. Llamó a su tía y escuchó historias de la finca, del vecino, de una nueva receta de tarta. Regó el cactus del salón, vigilando que no se tornara amarillo. Solicitó una cita médica, una tarea que había postergado durante meses. Revisó los recibos; todo estaba pagado, y marcó una casilla en su agenda. Lavó la manta, añadiendo un poco más de perfume para que el hogar oliera a algo cálido y vivo.
Al caer la noche encendió la luz en todas las estancias, no por miedo a la oscuridad, sino porque la casa parecía respirar. Sus ventanas brillaban, reflejándose en el pavimento mojado, como susurrando: aquí hay alguien. Aquí hay vida.
Alba se miró en el espejo del cristal y pensó: «Él no escribió. Pero yo existo». No era excusa ni desafío, sino una verdad silenciosa. Como una vela que enciendes no para los demás, sino para ti mismo, para recordar que aún estás aquí.







