—¡No es nuestro hijo! —exclamó Elena, removiendo los espaguetis en la cazuela con más brío del necesario. Sus ojos echaban chispas y la voz le temblaba de indignación contenida.
—Francisco, ¡esto no puede seguir así! —soltó de golpe—. ¡Es absurdo! ¿No lo ves?
Francisco se dejó caer en la silla de la cocina y suspiró, resignado:
—Lo sé, cariño… Pero ¿qué hacemos? ¿Echarlo a la calle? Ya conoces a mi madre…
—¡Ah, tu madre! Perdóname, pero ella es la culpable de todo este lío —le cortó Elena, tajante—. ¡Por su culpa estamos así!
Él se limitó a negar con la cabeza, sin palabras. Todo había empezado cuando su hermana Lucía se divorció de su marido, un vividor sin remedio. Doña Carmen, su madre, fue la primera en insistir en el divorcio: “¡Un yerno así es una vergüenza!”. Lucía, embarazada, se quedó sola, dio a luz a un niño, Pablo, y su marido jamás apareció ni en el hospital ni después.
Al principio, Lucía se las arregló sola, pero luego, de repente, se “cansó”. Quería rehacer su vida, salir, conocer a otros hombres… y Pablo empezó a estorbar. Así que Doña Carmen “aparcó” al nieto en casa de Francisco y Elena: “Solo dos semanas, ¡al fin y al cabo es vuestro sobrino!”. Y como ellos aún no tenían hijos, ¿qué problema habría?
Pero dos semanas se convirtieron en tres meses. Elena estaba al borde del colapso. Trabajaba desde casa como freelancer y pasaba el día sola con el niño, mientras Lucía aparecía cada vez menos: un beso en la frente, un “hasta luego”, y se marchaba. Tenía un nuevo novio, un hombre serio, de otra ciudad, que ni siquiera subía a la casa. “Los niños ajenos no son mi problema”, parecía decir.
Elena aguantó en silencio. Pablo, aunque no era su hijo, era cariñoso y dulce. Le daba pena verlo esperando a su madre junto a la ventana, una y otra vez, sin que ella llegara.
Una noche, exhausta, Elena se desplomó en la cocina y susurró:
—Francisco, se está volviendo rebelde… Hoy me dijo que yo no soy su madre y que no tengo derecho a mandarlo. Y es que… estoy embarazada.
—¿Cómo? —preguntó él, desconcertado.
—Sí, Francisco. Lo habíamos deseado tanto… Pero no puedo más. Vamos a tener nuestro bebé. No aguanto esta situación solita.
Dos semanas después, cuando el test mostró una sola raya, Elena lloró amargamente. Todo había sido en vano. Mientras tanto, Francisco llevó a Pablo de vuelta con su abuela, que acababa de jubilarse. Doña Carmen aseguró que podía ocuparse.
Pero Pablo ya tenía edad para darse cuenta de que nadie lo quería de verdad. La abuela no podía con él, empezó a pelearse en el colegio, suspendía… Hasta que Doña Carmen volvió a suplicarle a Elena:
—Elenita, él te quiere… Solo contigo se porta bien. Por favor, que se quede con vosotros un tiempo…
—¿Y Lucía?
—¿Lucía? De madre solo tiene el DNI. Me ha dicho que lamenta haber tenido a Pablo. Su nuevo marido no lo acepta, y están al borde del divorcio…
Elena, apretando los dientes, aceptó. Pablo volvió. Y poco a poco, su sonrisa regresó. Mejoró en el cole, compartía secretos con Elena, bromeaban camino al instituto. Hasta que un día, la abrazó y le susurró:
—Eres mi madre de verdad. Te quiero. Quiero vivir siempre contigo y con tío Francisco.
Elena rompió a llorar. Entonces lo supo: amaba a ese niño como si fuera suyo desde el principio.
Los años pasaron. Lucía se divorció. Pablo se quedó para siempre con Francisco y Elena. Tramitaron la custodia y, más tarde, la adopción.
Y un día, mientras Elena miraba por la ventana, Pablo se acercó y apoyó la cabeza en su vientre:
—Mamá, prométeme que tendré un hermanito… ¡Yo lo cuidaré!
Elena contuvo la respiración y sonrió. Esta vez, el test sí tenía dos rayitas. Y la felicidad, de verdad, era suya.







