El niño vecino es idéntico a mi esposo de niño. Luego descubrí la razón…

**Diario de un Hombre: El Niño del Vecino**

Al fin, después de años de ahorros y dudas, Lucía y yo compramos nuestro piso en Madrid. La hipoteca era una cadena, pero valía la pena: queríamos un hogar estable, un lugar donde crecer junto a nuestra hija pequeña, Martina. Aunque ajustar el cinturón se había vuelto rutina, la ilusión de tener algo propio lo compensaba.

Lucía, entregada a la crianza, se afanaba entre los mobiliarios sin montar y los llantos de Martina por la dentición. Los vecinos eran rostros desconocidos, pero las risas de niños desde el patio del edificio delataban que no éramos los únicos jóvenes en el barrio.

Una tarde, mientras miraba por la ventana, la vi. Víctor, mi marido, caminaba charlando animadamente con una mujer rubia. Ambos reían. Algo se me encogió dentro. No era celosa, pero aquella escena me dejó un regusto amargo.

—¿Quién era esa? —pregunté, disimulando la tensión cuando entró.

—Ah, Chus, una vecina. Hablamos de proyectos. Nada importante.

Cambió de tema, y yo fingí olvidarlo. Pero la inquietud quedó.

Días después, la vi otra vez en el parque con un niño de unos siete años. Al principio no le di importancia, hasta que algo en el niño me heló la sangre. Su sonrisa, su forma de mover las manos… Era idéntico a Víctor de pequeño.

Martina me reclamó, pero la imagen no se iba. Esa noche, rebuscando en viejas fotos, encontré una de Víctor a su edad. Era el mismo niño.

El corazón se me salía del pecho. Aquel niño era la copia exacta de mi marido.

Cuando Víctor llegó, la rabia me ganó. Lo acusé de todo, grité sin dejarlo hablar. Él salió silencioso, y una hora después regresó… con ella.

—Esta es Chus, una vieja amiga. Escúchala, por favor.

No quería hacerlo, pero Chus habló. Y cada palabra me dejó sin aire.

Su marido, Javier, era estéril. Hace siete años, decidieron recurrir a un donante conocido. Y Víctor, su amigo de siempre, accedió a ayudar. El niño, Mateo, era su hijo biológico, pero jamás había formado parte de su vida. Hasta que el destino los trajo al mismo edificio.

Mostró papeles, informes médicos, incluso una carta de Javier agradeciéndole a Víctor su ayuda. Todo cuadraba.

Pasó el tiempo. Ahora compartimos cenas, los niños juegan juntos. A veces, cuando miro a Mateo, aún veo el reflejo de Víctor. Pero ya no duele.

La vida nos lanza tormentas cuando menos lo esperamos. La lección es clara: nunca juzgues sin escuchar. Incluso cuando el corazón pide gritar.

Rate article
MagistrUm
El niño vecino es idéntico a mi esposo de niño. Luego descubrí la razón…