El niño que siempre iba a visitar a su madre: Una historia real de amor, pérdida y esperanza inspira…

El muchacho que siempre visitaba a su madre. Una historia inspirada en hechos reales.

Un chico perdió a su madre cuando tenía apenas 10 años. Pablo, así se llamaba el chaval, tenía una relación más cercana con su madre que el pan con la mermelada. Cada día, cuando volvía del colegio en Madrid, se sentaban juntos y charlaban durante horas, arreglando el mundo a su manera. Si sacaba una nota baja, le regañaban los profesores, o se peleaba con algún compañero, a Pablo no le faltaba tiempo para contárselo todo a su madre, Mercedes. Ella, con su vocecita suave, su calma de no pasa nada, hijo y el cariño que sólo una madre española puede dar, siempre encontraba la palabra justa y el mejor consejo.

Después de esas charletas, Pablo volvía a respirar tranquilo. Mercedes abría los brazos y, al abrazarle fuerte, conseguía que los males del mundo se desvanecieran dejando en su cara una sonrisa nueva. Era el refugio de Pablo cuando las cosas se ponían feas. Pero, ay, hacía tiempo que Mercedes luchaba contra una enfermedad que no perdona. Cada día le flaqueaban más las fuerzas, y en cuestión de meses, se fue. Aunque Pablo hablaba con su madre y ella le había preparado para esa despedida, el dolor seguía siendo descomunal. El padre, Juan, pasaba la vida trabajando las hipotecas en euros no se pagan solas y Pablo se sentía más solo que el uno.

Pasaron algunas semanas tras el funeral y, por fin, Juan pudo cogerse unos días libres, decidido a pasar tiempo con su hijo. Ya tocaba. Sin embargo, al llegar a casa ese día, la alegría se le esfumó: Pablo no estaba por ninguna parte. Buscó en todos los rincones del piso, pero ni rastro del niño. Salió a la calle, todavía con la chaqueta puesta. En el banco de la plaza, unas vecinas cotillas conversaban animadamente.

¡Buenas tardes! saludó Juan. ¿Han visto a Pablo? No le encuentro por casa

Buenas tardes, Juan. Pues verá, desde hace unas semanas, el chico vuelve del cole, se queda un rato en casa y luego se va otra vez. Siempre solo, siempre pensativo. Por la noche vuelve, eso sí, pero no sabemos a dónde va.

Gracias respondió Juan, cada vez más preocupado. Se sentía culpable por no haber podido coger más vacaciones para pasar tiempo con Pablo. Sabía lo que sufría el niño, pero tampoco podía dejar el trabajo. Los euros del sueldo eran su salvavidas. Cavilando y dándole vueltas al remordimiento, Juan se fue caminando por la Castellana, sin rumbo fijo, temiendo que su hijo hubiera acabado en una mala compañía, de esas que te llevan más a los bares que a los parques.

De repente, frente al ultramarinos de la esquina, alguien le interrumpió el hilo de pensamientos con una vocecita aguda:

¡Buenas tardes, don Juan!

¡Hola, Lucía! ¿Cómo estás? ¿Has visto a Pablo? No está en casa y estoy algo perdido.

Sí, don Juan, sé dónde está. El otro día en el colegio, le vi llorando al lado del campo de baloncesto. Él siempre juega al fútbol y me sorprendió verle tan triste. Me contó lo de su madre respondió la niña, emocionada. Desde entonces, después de clase va cada día al cementerio de La Almudena, se sienta en un banco y hace los deberes allí. Dice que la casa le resulta muy vacía sin su madre, que se siente solo

¡Uy, mi madre me llama! ¡Hasta luego, don Juan!

Juan escuchó a la niña y la emoción le pudo: los ojos se le llenaron de lágrimas como si se hubiera puesto a pelar cebollas. Él también sufría mucho por la ausencia de Mercedes, y aunque intentaba ser fuerte, la culpabilidad de no estar más tiempo con su hijo le pesaba más que una siesta después de la paella. Bajó la cabeza y se dirigió al cementerio, que por suerte estaba casi a tiro de piedra. Diez minutillos después, llegó.

El cementerio estaba tranquilo, con una brisa suave moviendo las hojas de los cipreses. Si no fuera por el dolor, hasta resultaba agradable. De lejos, vio una silueta sentada en un banco, justo frente a la tumba de Mercedes. Quién si no iba a ser, claro: Pablo. Se acercó despacio y le oyó hablar, como si su madre pudiera responderle.

Hoy he sacado un 6 en mates, mamá. De esos que te dolían más a ti que a mí. Ya sé que me decías siempre que tuviera paciencia en los exámenes… Y los chicos de sexto se han reído de mí porque he llorado. Dicen que soy un flojo por no querer jugar al fútbol. No entienden nada. Echo tanto de menos cuando me abrazabas y parecía que todo se arreglaba ¡Qué vacío todo sin ti, mamá!

Empezó a llorar, y en ese momento el padre se le acercó en silencio. Se encontraron las miradas, pero no hicieron falta palabras. Se abrazaron fuerte, entre lágrimas.

Lo sé, Pablo, lo sé. También echo de menos a tu madre. Es injusto que se haya ido tan pronto

Me siento tan solo, papá. ¿Por qué ella? ¿Por qué yo no tengo mamá como los demás? ¡Con lo buena que era!

Las lágrimas ganaron la partida, y padre e hijo se lloraron el uno al hombro del otro hasta quedarse un poco más ligeros. Luego, ya más calmados, se sentaron juntos a recordar historias bonitas, anécdotas divertidas e incluso consiguieron reírse con algún recuerdo de Mercedes perdiendo el tren o quemando la tortilla.

A partir de aquel día, Juan decidió dejar las horas extra, aunque eso supusiera menos euros a fin de mes. Mejor pasar las tardes juntos, aunque fuera tomando un helado por el Retiro, yendo al teatro o simplemente paseando por el barrio. Poco a poco, su relación se hizo más sólida y hasta aprendieron a contar chistes malos el uno al otro sin rendirse jamás. Se volvieron el mejor equipo de la ciudad, conscientes de que ahora solo se tenían a ellos mismos.

Entre el silencio del cementerio y el bullicio de la vida, padre e hijo descubrieron esa magia de la familia española: la capacidad de encontrar consuelo en lo pequeño, de transformar el dolor en recuerdos y el vacío en más cariño. La pena de perder a alguien tan querido no se borra nunca, pero en aquel abrazo lleno de lágrimas y risas a la vez, ambos entendieron que el amor por Mercedes no moría; seguía con ellos, tan invisible como real. Era el hilo que les mantenía unidos, la promesa de que, juntos, podrían con todo.

La vida nos da de vez en cuando una torta (o dos), pero también nos obliga a valorar a nuestros seres queridos y crear nuevas memorias. Así, ya fuera ante la tumba de Mercedes o sentados en un banco del paseo, padre e hijo empezaron a reconstruir su pequeña gran familia. El dolor seguía, claro, pero desde entonces ya no estaban solos para afrontarlo y, sobre todo, nunca dejaron de reírse cada vez que recordaban los despistes de mamá.

Así es la vida en Madrid. Y así, entre lágrimas, abrazos y algún que otro chiste malo, Pablo y su padre aprendieron que la esperanza siempre encuentra un hueco, que el amor nunca se va del todo y que, aun con la nostalgia a cuestas, hay muchas razones para seguir adelante y disfrutar juntos de la vida.

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