No hace falta un nieto
Mamá piensa que Sonia es demasiado frágil terminó diciendo mi marido, Alfonso, tras varios intentos. Que hay que ayudarle más porque está sola, sin marido. Y claro, nosotros como que lo tenemos todo muy estable
¿Estable? Me giré hacia él. Alfonso, desde que nació Daniel, he cogido quince kilos. Me duele la espalda, apenas puedo enderezarla, y las rodillas me hacen crujidos todo el día. El médico ha sido clarísimo: o me cuido, o en un año no tendré fuerzas para coger a Dani en brazos.
Necesito ir al gimnasio. Dos veces por semana, hora y media cada sesión. Pero tú no paras en casa, tus turnos nunca son iguales. ¿A quién le pido que se quede con el niño? ¡A tu madre el nieto no le interesa, ya tiene suficiente con su nieta!
Alfonso se quedó en silencio.
¿A quién, en efecto?
Yo apoyé la frente contra el cristal frío de la ventana y contemplé cómo el viejo SEAT Ibiza de mi suegra se alejaba del portal, doblando la esquina con parsimonia, mientras las luces traseras parpadeaban y se esfumaban en la calle oscura.
El reloj de la cocina marcaba las siete en punto.
Mercedes Gómez había estado con nosotros exactamente cuarenta y cinco minutos.
En el salón, Alfonso malaba como podía al pequeño Daniel. Yo oía el traqueteo de las ruedas del camión de juguete que él empujaba en el suelo, mirando de vez en cuando a la puerta por la que acababa de irse su abuela.
¿Se ha ido ya? Alfonso se asomó al umbral, masajeándose el cuello dolorido.
Volado, sí respondí sin mirarle. Dijo que Dani ya estaba lloriqueando del cansancio y que mejor no alterar su rutina.
Bueno, la verdad es que gimoteó un par de veces cuando ella lo cogió en brazos intentó sonreírme Alfonso, pero le salió una mueca.
Gimoteó porque apenas la reconoce. Hace tres semanas que no nos visita. ¡Tres!
Me aparté del ventanal y me puse a apilar tazas sucias en el fregadero.
No le des más vueltas, Carmen Alfonso se acercó por detrás a abrazarme por la cintura, pero esquivé el gesto y fui a por la esponja. Mi madre ya está acostumbrada a Lucía. Es mayor, con ella es todo mucho más fácil.
No es más fácil, Alfonso. Es más entretenido para tu madre.
Lucía es la hija de Sonia. Y Sonia, la niña mimada. Y nosotros en fin, como si nos hubieran pegado a la familia a martillazos.
El viernes pasado sucedió casi igual.
Mercedes vino un momentito, soltó una sonajera barata para Daniel y enseguida comenzó a mirar la hora y a buscar la puerta con la mirada.
Alfonso apenas tuvo oportunidad de mencionar que el sábado tenía que salir temprano y, ya que estaba, a ver si su madre podía quedarse dos horitas con su nieto mientras yo iba a la farmacia y al mercado.
¡Ay, Alfonsito, imposible! exclamó Mercedes, manoteando el bolso. ¡Vamos con Lucía a los títeres y luego Sonia quiere que la recoja todo el fin de semana!
La pobre, trabaja tanto, necesita tiempo para su vida privada.
Sonia criaba a su hija sola, pero lo de sola era relativo.
Mientras se reencontraba a sí misma y cambiaba de pareja en pareja, Lucía pasaba semanas enteras en casa de la abuela. Mercedes la recogía del cole, la llevaba a bailes, le compraba abrigos carísimos y conocía de memoria a todas las muñecas.
¿Has visto lo que ha publicado? señalé el móvil sobre la mesa. Mira el estado de WhatsApp de tu madre.
Alfonso resopló y cogió el aparato.
Desfilaron fotos: Lucía comiendo helado, la abuela empujándola en el columpio, modelando plastilina juntas un sábado por la tarde.
Debajo, en letras grandes: Mi mayor alegría, mi razón de ser.
Con ellas pasó todo el finde me mordí los labios para no venirme abajo. Aquí se presentó por diez minutos y allí, pura felicidad.
Alfonso, que Dani solo tiene un año. Es tu hijo, su nieto. ¿Por qué esa diferencia?
No hubo respuesta.
De repente, Alfonso recordó cómo el mes anterior su madre lo despertó de madrugada, desesperada porque se le había roto el grifo y el agua se salía por todos lados, y él, sin dudarlo, cruzó media ciudad para arreglárselo.
Recordó también el préstamo que le tapó para que pudiera regalarle a Sonia el último móvil por su cumpleaños.
O aquellos fines de semana de mayo que pasó rompiéndose la espalda en la huerta de la familia, mientras Sonia y Lucía tomaban el sol en la terraza.
¿Probamos a pedirle el favor otra vez? musitó Alfonso. Le explico, de verdad, que es por salud y no por capricho
No respondí. Sabía perfectamente cómo terminaría la conversación.
***
Hicieron la llamada un martes por la tarde. Alfonso activó el manos libres para que yo escuchara.
Mamá, te llamo por algo importante
Carmen tiene que ir al gimnasio por prescripción. Tiene la espalda fatal
¡Ay, hijo, gimnasio no! se oyó animada la voz de Mercedes, mientras de fondo Lucía se reía. Que haga gimnasia en casa, y menos dulces, que así no duele la espalda.
Mamá, no es negociable. El médico le ha pautado ejercicios y masajes. ¿Podrías quedarte con Dani los martes y jueves, de seis a ocho? Yo paso a recogerte.
Silencio al otro lado.
Alfonsito, ya sabes cómo voy de liada. Tengo que recoger a Lucía del cole a las cinco, luego tiene actividades, después vamos a pasear al Retiro. Sonia cuenta conmigo, sale tardísimo del trabajo.
No puedo dejar a la niña tirada porque tu Carmen quiera hacer pesas.
Mamá, Daniel también es tu nieto. Apenas lo ves una vez al mes.
No empieces, hijo. Lucía es una niña, me busca, me necesita. Daniel es pequeño, no se entera aún. Cuando crezca, hablaremos.
Ahora no puedo, vamos a pintar. Venga, un beso.
Alfonso dejó el teléfono en la mesa.
¿Has oído eso? ¿Que nuestro hijo tiene que ganarse su atención, que se la merece solo si demuestra algo?
No pensaba que lo diría tan claro murmuró Alfonso.
¡Yo sí! Desde el día que nos dieron el alta en el hospital, cuando se retrasó dos horas porque tenía que comprarle unos leotardos nuevos a Lucía.
Alfonso, no me duelen sus desprecios hacia mí. Me da igual que me vea gorda o perezosa. Me duele por Dani. ¿Qué le diremos cuando pregunte por qué la abuela Mercedes siempre está con Lucía y nunca con él? ¿Que su tía es la favorita y su padre el pagador y manitas gratuito?
Alfonso empezó a dar vueltas por la cocina, nervioso, una y otra vez. De pronto se detuvo.
Escucha lo que vamos a hacer. ¿Te acuerdas lo del arreglo de cocina para su cumpleaños?
Asentí. Llevábamos medio año ahorrando para regalarle un nuevo mobiliario a Mercedes. Alfonso ya había encontrado carpintero, negociado presupuesto, buscado conjunto.
Era dinero suficiente para pagar un abono anual en el mejor gimnasio de Madrid, con piscina y entrenador para mí.
No habrá reparación sentenció. Mañana llamo a la tienda y lo anulo todo.
¿Hablas en serio? No daba crédito.
Más que nunca. Si ella solo tiene energía y cariño para una nieta, tendrá que arreglarse también sus asuntos sola. Que le pida a Sonia que le cambie la caldera, le lleve patatas o le pague los recibos.
Nosotros contrataremos una niñera los días que vayas al gimnasio.
***
A la mañana siguiente fue Mercedes quien llamó.
Alfonsito, ¿Estás libre esta tarde para mirar la campana de la cocina? Se me llena todo de humo Y Lucía echa de menos a su tío. Pregunta por ti.
Alfonso, desde la oficina, se tomó un momento para contestar.
Antes habría salido volando, pero ahora
Mamá, no puedo ir.
¿Cómo que no puedes? ¿Y la campana? ¡Me ahogo aquí!
Pídele a Sonia o a su novio nuevo.
Estoy muy ocupado: ahora todo mi tiempo libre es para Carmen y Daniel.
¿Por estas tonterías? farfulló Mercedes. ¿Vas a dejar a tu madre por los caprichitos de tu mujer?
No dejo a nadie. Solo pongo prioridades. Como tú.
Tú eliges a Sonia y Lucía. Yo elijo a Carmen y Daniel. Así de sencillo.
¡Me faltas al respeto! bramó ella. ¡He dado mi vida por vosotros! ¡Te he hecho un hombre decente! ¿Y ahora así me pagas?
¿Y ese todo es qué? Alfonso se mantuvo templado. ¿Ayudar a Sonia con mi sueldo? ¿Darle descanso mientras yo reventaba en tu jardín?
Ah, y sobre la cocina: ya hemos cancelado la compra. Ese dinero es para nuestra familia. Si abuela está ocupada con Lucía, necesitaremos niñera.
El grito de Mercedes casi quebró el móvil:
¡Cómo te atreves! ¡Desagradecido! ¡No me llames más! ¡No pises mi casa jamás!
Alfonso colgó. Tenía las manos temblorosas, pero un peso se le quitó del pecho. Sabía que el escándalo acababa de empezar.
Luego vendrían mensajes furiosos de su madre a Sonia, que a su vez le bombardearía a él. Insultos, súplicas, amenazas, y todo el repertorio del chantaje emocional.
Así fue.
Esa noche, al llegar, yo ya había escuchado el mensaje de Mercedes, salpicado de insultos, el menor de los cuales fue víbora.
¿Y si nos estamos equivocando? susurré después de acostar a Daniel. Sigue siendo tu madre.
Madre es la que quiere de verdad a todos sus hijos y nietos, Carmen. No la que escoge favoritos y usa a los demás como recursos.
He cerrado los ojos demasiados años. Lo excusaba todo. Pero cuando prefirió el horario con Lucía antes que tu salud o la atención a Daniel No. Ya está bien.
**
El escándalo duró semanas.
Sonia y Mercedes, privadas ya del suplemento de euros de Alfonso y de nosotros, no paraban: llamadas, mensajes, amenazas, súplicas, reproches.
Nosotros nos mantuvimos firmes. No respondimos más.
Y dos semanas después del escándalo, apareció Sonia en casa. Sin mediar palabra, me llamó calzonazos desagradecido y exigió que Alfonso pagase las facturas de mamá y dejara dinero para la comida y las medicinas.
Alfonso simplemente le cerró la puerta en la cara. Había tenido ya suficiente de ser el hijo agradecido.







