El muro a su favor

El muro a su favor

Martina, ¿de verdad tienes que interrumpir esta conversación? Víctor ni siquiera giró la cabeza hacia mí. Plantado junto a la ventana, copa en mano, con esos hombros anchos y la confianza infinita de siempre, hablaba en voz baja, casi cariñosa lo cual era justo lo peor. Andrés me preguntaba a mí, ¿entiendes? A mí. No le líes con tus ideas.

Andrés Jiménez, nuestro invitado y socio de Víctor en algún negocio nuevo de logística, miraba fijamente su plato. Noté su incomodidad porque se removió en la silla y cogió el tenedor, aunque no tenía ninguna intención de comer.

Simplemente he comentado que en el centro hay locales enormes desocupados repliqué en tono neutro.

Martina. Ahora sí, Víctor se volvió, y tenía esa mirada que ya reconocía tras veintisiete años de convivencia. No era enfado. Peor aún: era condescendencia. Has atendido fenomenalmente a los invitados, la mesa está de maravilla, todo perfecto. ¿Por qué no traes el postre, anda?

En la mesa aún quedaban cuatro personas. Lucía, la mujer de Andrés, me lanzó una mirada rápida donde, juraría, relampagueó algo parecido a la compasión. O tal vez me lo imaginé. Me levanté, recogí unos platos y me fui a la cocina.

Allí me quedé un minuto plantada ante el fregadero, mirando cómo la lluvia fina, otoñal, difuminaba las luces de los bloques vecinos en el cristal. Tenía cincuenta y dos años. Detrás del muro, las voces seguían, se reía Víctor, tintineaban las copas. Saqué la tarta de queso que había hecho por la mañana, la coloqué en la bandeja y regresé al comedor.

Así era mi vida, ni más ni menos.

Vivíamos en una buena zona de Madrid; era nuestra casa desde siempre. Víctor la levantó, como le gustaba decir, cuando la empresa empezó a irle bien, hace quince años. Grande, dos plantas, garaje, jardín el jardín lo hice yo, porque él no tenía tiempo, y el jardinero metía los geranios donde no tocaba. Bonita, sí. Todos los invitados decían: qué casa más elegante tiene usted, Martina, y yo sonreía. Claro, porque todo, desde las cortinas hasta la última maceta, era asunto mío.

Solo que, legalmente, la casa estaba a nombre de Víctor.

Nunca trabajé en el sentido que lo hizo él. Nos conocimos en la facultad, yo fui un tiempo profesora de dibujo técnico en FP. Luego nació Álvaro, luego el negocio empezó a crecer y mudanzas, reuniones, atender a gente en casa, ir a eventos, estar allí. Dejé el trabajo. Víctor decía: ¿Para qué quieres ese sueldo de risa, si yo lo pago todo?, y efectivamente, lo pagaba, sin tacañería, pero cada vez que necesitaba dinero para mí, tenía que pedirlo o apartarlo del presupuesto de la compra.

Mis joyas las empecé a hacer por pura casualidad hace diez años, cuando me quedé atrapada en la casa de campo un verano lluvioso. Encontré una caja de cuentas que había comprado y olvidado. En una tarde monté un collar estupendo. Luego otro, y otro más. Las amigas primero los pedían prestados, luego empezaron a querer comprarlos. Invertí en herramientas, trabajaba ya con piedras y plata, y eso, por fin, era sólo mío. Mi sitio.

A Víctor le parecía tan relevante como los tomates que plantaba en las macetas.

Tú y tus collares decía a veces, cuando le enseñaba algo nuevo. Eso no es serio, Martina. ¿Dónde piensas vender esas cosas, en el mercadillo?

No respondía. ¿Para qué?

Álvaro creció, se fue a Barcelona, se casó, ahí se quedó. Nos veíamos en vacaciones. Me llamaba los domingos, preguntaba por la salud, yo le preguntaba por el trabajo. Todo correcto, todo bien. Nos queríamos, pero cada uno estaba en su vida.

En la mía, en realidad, no había vida.

Había una casa grande, un marido, invitados dos veces por semana, almuerzos solidarios a los que Víctor acudía para hacerse ver, y yo, siempre a su lado, con el vestido adecuado, la sonrisa correcta. Era como su tarjeta de visita con piernas: hombre respetable, familia impecable, mujer guapa, sabe recibir. Eso también es un trabajo, ya. Solo que no se paga ni se agradece.

La carta llegó en febrero. Un sobre normal, de un notario de la calle Goya, nombre desconocido. Lo abrí en la cocina. Víctor aún dormía.

La tía segunda de mi madre, Nieves Beltrán, a la que solo vi tres veces en la vida y la última en un funeral hacía veinte años, había muerto en diciembre. Sin hijos. Me dejaba un edificio. No un piso, ni un terrenito: un edificio. Antiguo almacén industrial, céntrico, dos plantas, más de trescientos metros cuadrados. Abandonado.

Leí la carta tres veces.

Luego llamé al notario.

Sí, Martina Fernández me aclaró el hombre amablemente. La señora Beltrán le dejó todo especificado, usted es la única heredera. Incluso el terreno donde está el edificio, todo legal desde los noventa.

¿Terreno en el centro de Madrid?

Céntrico-céntrico no son muchas hectáreas, pero el sitio es buenísimo.

Di las gracias, colgué y estuve sentada un buen rato con la carta en la mano.

A Víctor no le dije nada. Ni sé por qué. Bueno, sí lo sé Porque ya podía imaginarlo: iría, miraría ese edificio medio ruinoso, diría que lo tiraba abajo o lo vendía él porque conocía a tal, y otra vez me vería sonriendo a su lado mientras decidían por nosotros.

La primera vez fui sola, diciendo que iba a ver a Lidia, mi mejor amiga.

El edificio quedaba en una callejuela detrás del Teatro María Guerrero, en esa zona de Madrid donde los palacetes decimonónicos conviven con bloques setenteros y modernas oficinas de cristal. Era un sitio tranquilo, piedras viejas, los árboles ya con brotes.

El almacén daba un poco de miedo. Estuco cayéndose, ventanas tapiadas, una verja oxidada. Pero la estructura aguantaba. Di un par de vueltas, palpé el ladrillo, miré la cubierta: seguía firme. Entré por una puerta lateral.

Techos altos. Grandes ventanales aún con cristales sueltos. El suelo cubierto de baldosas antiguas bajo toneladas de polvo. Olía a húmedo y a madera.

De pie, bajo una gotera, con la luz filtrándose desde el tejado agujereado, tuve la certeza más rara: era mío. Y era de verdad mío.

El notario era un hombre simpático de cuarenta y tantos. Lo arreglamos todo en dos semanas, recogí yo misma los papeles y los escondí en el armario del cuarto donde hacía las joyas, un reducto donde Víctor jamás entraba.

Lidia, mi amiga del colegio, ahora agente inmobiliaria, fue la primera en saber todo.

¿En serio? dijo tras una pausa larga.

En serio.

Martina, eso es dinero. Un edificio céntrico, terreno ¿lo entiendes?

Entiendo. Pero no pienso vender.

¿Y entonces qué?

Callé. Al rato le solté:

¿Te acuerdas de cuando íbamos de jovencillas a ver exposiciones al Círculo de Bellas Artes?

Vaya que sí.

Quiero hacer algo así. Un espacio para mostrar cosas, trabajar, aprender. Un centro cultural, digamos.

Otra pausa aún más larga.

Eso cuesta una pasta. La reforma, arreglarlo todo

Lo sé.

¿Tienes dinero?

Ahora no. Pero lo tendré.

No preguntó más. Lidia siempre supo escuchar en los silencios; la quiero por eso.

Busqué el dinero como sabía: joyas. Tenía muchas piezas sin vender, guardadas. Algunas, las mejores, colgantes de plata y piedras, pulseras hechas a mano que me llevaban semanas.

Lidia tenía una conocida con una tiendecita de bisutería y regalos en Malasaña. Acuerdo rápido: Lidia llevaba mis piezas, decía que eran de una artista muy exclusiva, la tienda se quedaba un porcentaje mínimo. El primer lote voló en tres semanas.

No te lo imaginas decía Lidia, al teléfono. Preguntan si habrá más. ¿Te acuerdas de aquel anillo con labradorita que no querías soltar? Vendido en dos horas.

¿Por cuánto?

Dijo la cifra en euros.

Salí al balcón. La habitación se me llenó de aire.

En tres meses junté con joyas lo que me habría parecido ciencia-ficción un año antes. Lo guardé en una cuenta que abrí a mi nombre, en un banco chiquitito cerca del notario. Víctor no sabía nada.

A la vez, contacté con obreros. No de los amigos de mi marido; a través de foros y reuniones a pie de calle. Al final di con un equipo pequeño, cuatro personas lideradas por Vicente, hombre callado y cincuentón que miró el edificio como yo, sin asco.

Los muros aguantan dijo, examinando los ladrillos. El tejado hay que rehacerlo entero. Hay que cambiar suelos, poner ventanas nuevas, rehacer toda la instalación cuatro meses, si no paramos.

No paramos.

Vicente me miró con atención, ni crítica ni paternalismo.

Bien asintió.

En casa todo como siempre: yo cocinaba, atendía visitas, escuchaba charlas de logística, sonreía. Víctor ni se enteraba. Yo era su papel tapiz, y el papel tapiz nunca se mueve.

Una vez casi me pilló; encontró un recibo de una ferretería en mi bolso.

¿Esto?

Compré unas cosas para la casa contesté tranquila.

¿Imprimación? ¿Para qué?

Quiero revisar las paredes del sótano. Huele a humedad.

Él encogió los hombros y volvió a su móvil. Fin del drama: treinta segundos de amago.

Vicente resultó buenísimo. No era de los que corren mal ni de los que eternizan el proyecto. Hablábamos sólo de lo estrictamente necesario. A veces iba al edificio y simplemente me quedaba allí, en medio del polvo y las herramientas, y me sentía bien. Como si flotara.

En junio, con los ventanales nuevos y las paredes listas, Lidia vino a ver.

Madre mía, Martina, esto va a quedar de escándalo.

Va a quedar, sí.

¿Has pensado qué harás aquí? Hay que tener claro el concepto, como dicen ahora.

Me lo he imaginado. Exposiciones, sobre todo. Artistas locales, hay muchísimos y no tienen sitio. Talleres, formación. Alquilar espacios para quien necesite trabajar. Un pequeño café. Una esquina de libros.

Tienes un plan entero Lidia sonrió.

Lo pienso desde hace tres años le dije. Pero ahora es posible.

En septiembre conocí a Sofía. Vendía muñecas hechas a mano en una feria y leía sentadita tras la mesa, ignorando a los curiosos. Sus muñecas eran de otro planeta. Me paré, cogí una.

¿Las haces tú?

Desde hace siete años me miró sin soltar el libro. ¿Te gusta?

Mucho. Soy Martina. Estoy montando un espacio artístico, pequeño. Busco gente que quiera exponer o trabajar allí.

Sofía cerró su libro.

Así, poco a poco, se fue armando la tribu. Sofía conocía a dos pintoras. Una trajo un escultor. El escultor era amigo de una mujer que daba cursos de cerámica y llevaba años buscando local. En octubre ya tenía una lista de doce personas esperando la inauguración.

El dinero se agotaba. Joyas valiosas, quedaban pocas por vender. Aún debía pagar a Vicente la última parte y comprar la iluminación y el letrero.

Vendí lo más preciado: el conjunto que tardé dos años en hacer, de plata con amatista. Lidia me llamó al día siguiente.

Martina, lo han comprado en una hora. La clienta, fascinada, preguntó si tenías más.

No queda nada le dije.

¿Triste?

No, de verdad.

El edificio abrió en noviembre. Sin grandes fuegos, solo publiqué un mensaje en un grupo de vecinos: abre nuevo espacio artístico, bienvenidos artistas y curiosos. El primer día vinieron unas sesenta personas.

Víctor estaba de viaje de negocios. Le dije que dormía en casa de Lidia. Le dio igual: “Cenaré solo”.

De pie en la sala, viendo a la gente mirar las obras, tocar las muñecas de Sofía, hablar y sonreír, me temblaban un poco las manos, no de miedo, sino porque por fin algo ocurría.

Vicente vino, se apoyó en la pared, lo contempló todo.

Ha quedado bien dijo.

Gracias.

Gracias a ti.

Y a partir de ahí, esto tomó velocidad. Los talleres se alquilaban enseguida. Los cursos de cerámica llenos. El café, que montó una chica joven llamada Sonia, funcionó desde diciembre y pronto fue lugar de encuentro del barrio, no solo de artistas. Salió una nota pequeña en un periódico local, luego otra.

Un día me crucé con el vecino del edificio de enfrente, un señor ya mayor.

¿Ha sido usted la que ha abierto eso? preguntó, señalando el local.

Sí.

Llevo viviendo aquí desde antes de la Expo y jamás había habido aquí una razón para venir. Es usted valiente.

Le di las gracias y me fui. Sonreía como una tonta hasta el coche.

Víctor se enteró en enero. Se lo comentó uno de sus socios al ver mi nombre en una noticia sobre la inauguración del espacio. Lo soltó, tan tranquilo, durante la cena:

Martina, ¿tienes algo que contarme?

Quitaba la mesa. Sin prisa.

Sí, claro. Siéntate, que preparo té.

Le conté todo: la herencia, la reforma, las joyas. Escuchaba con esa cara inexpresiva de los hombres acostumbrados a negociar.

Al terminar, solo dijo:

Me lo has ocultado.

Sí.

¿Por qué?

Le sostuve la mirada. A lo mejor quería saberlo. O creía que quería.

Porque si te lo hubiera contado antes, Víctor, habría acabado siendo tu proyecto, no el mío.

Eso no es justo.

No respondí. Igual que no es justo que en veintisiete años no me hayas preguntado nunca de verdad qué quiero yo.

Se levantó, se fue hacia la ventana con la taza.

¿Esperas que te diga que me siento orgulloso?

No, no hace falta. Puedes evitar el comentario.

No lo dijo.

Pasaron algunos meses, igual que siempre. Pero algo se había movido. Sin drama, solo como cuando la escarcha se derrite sin que lo notes.

Y entonces vino el baile.

El Baile Benéfico Municipal de Madrid se celebraba cada febrero. Íbamos siempre. Ese año, recibí un sobre a mi nombre, uno aparte. Me llamó una señora del comité: por primera vez, se otorgaría el Premio Municipal a Nuevos Espacios Urbanos, y mi Casa Beltránasí la llamé, por tía Nieves, era finalista.

¿Podría acudir personalmente?

Sí, claro.

Víctor se enteró el mismo día. No lo oculté. Me miró raro, como si de repente yo fuera otra.

Enhorabuena.

Gracias.

Me compré yo misma el vestido: azul oscuro, sencillo, buen corte. Llevé una sortija de mi propia creación, de labradorita, y pendientes con granates pequeñitos.

Nos sentaron en mesas distintas. Víctor, como habitual del comité, más cerca del escenario. Yo, con los demás nominados. Nos cruzamos la mirada antes de sentarme. Él asintió. Yo igual.

La sala era señorial, en un palacete con molduras y lámparas de araña. Mucha gente elegante, música, flores. Me senté muy recta pensando que hace un año estaría fregando platos al fondo escuchando risas ajenas.

Al anunciar el premio, caminé hacia el escenario. Lenta las piernas se rebelaban, pero con dignidad.

El presidente del comité, un señor mayor con voz de actor de radio, habló del valor de los espacios culturales. Me dio una estatuilla de cristal y un sobre.

¿Quiere decir unas palabras?

Tomé el micrófono. Silencio total. Encontré a Lidia al fondo, sonriendo. Luego busqué a Víctor. Su expresión era indescifrable. Ni orgullo, ni tristeza. Algo entre medias.

Quiero dar las gracias a quienes creyeron en este sitio incluso antes de que existiese: artistas, artesanos, todos los que llegaron y se quedaron. Y a mi tía Nieves, que no sabía que me legaba mucho más que un edificio.

Hablé dos o tres minutos. Hubo aplausos. Bajé con mi trofeo y volví a mi silla.

Lidia me abrazó corriendo.

¡Has visto su cara! me susurró.

La he visto.

¿Y qué?

Nada. Nada que me cambie los planes.

Tras el protocolo, cuando empezó el baile, se acercó Víctor.

Buen discurso.

Gracias.

Estás estupenda.

Víctor, por favor, ahórratelo.

Se quedó callado.

Tenemos que hablar. De verdad.

Lo sé. Luego en casa.

La charla fue larga. Nada de gritos ni lágrimas: demasiado cansancio para eso. Sólo dos personas adultas que llevan toda la vida juntas, mirándose como si fueran casi desconocidas.

Le dije claramente: quiero divorciarme.

Silencio largo.

¿Tienes a alguien?

No. Sólo quiero vivir mi vida.

Pero ya la vives. Ahora.

Sí. Y quiero seguir haciéndolo. Sola.

Él se levantó, paseó por el salón.

¿La casa? ¿Nos la repartimos?

El inmueble está a tu nombre contesté tranquilamente. Pero el terreno, la parcela donde está levantado, resulta que es mío.

Se quedó de piedra.

¿Eso desde cuándo?

Desde hace muchos años. Me enteré al tramitar la herencia. El notario lo detectó y traje a un abogado para revisar. Todo legal. La tierra es mía.

Por primera vez en la vida, me miró realmente de otra manera.

¿Cuánto lo has sabido?

Desde la herencia.

¿Y nunca dijiste nada?

No. Como tú nunca me preguntaste lo que yo quería decir.

Sentados, hablamos mucho, desmenuzando una convivencia, pacíficamente.

Los abogados tardaron tres meses, el divorcio fue limpio, sin estridencias. Dejo la casa a Víctor, aunque en las condiciones que mi abogada pactó con firmeza. La compensación se fue a ampliar Casa Beltrán, monté un pequeño café más grande y una sala de exposiciones en la planta de arriba.

Me mudé a un piso modesto en el barrio, cerca de la Casa Beltrán. Cuarto piso, vistas a los tejados y una tilia vieja que cada primavera perfuma el aire incluso de ventanas cerradas.

La primera noche, desperté a las tres, escuchando el silencio. Nada de voces, pasos, ni respiración de nadie cerca. Solo el ruido puntual de algún coche y la lluvia contra los cristales.

Tenía cincuenta y tres años. Estaba sola, y no tenía miedo. Solo eso ya era importante.

Al año siguiente, Casa Beltrán funcionaba a tope. Tres artistas residentes, cursos de cerámica llenos, el café de Sonia estaba de moda, con jazz en directo los viernes.

Sofía vendía ya muñecas por encargo. Nos hicimos amigas; como las amistades que llegan a tiempo.

A veces Lidia bromeaba:

Martina, pareces diez o quince años más joven.

Simplemente, duermo bien respondía yo.

Seguía haciendo joyas por placer, no por dinero. Por las tardes, encendía mi luz, me rodeaba de piedras y plata, y ese tiempo era sólo mío.

A Víctor lo vi por casualidad, en diciembre, saliendo de una cafetería cercana: él caminaba en sentido contrario. Nos vimos al instante.

Había envejecido, o eso creí. O simplemente ahora lo miraba distinto.

Martina.

Víctor. Hola.

Nos paramos. Pausa, seca, no incómoda.

¿Qué tal?

Bien. ¿Tú?

Normal. Vaciló. Me han dicho que habéis abierto otro salón.

Sí, en noviembre.

Te felicito dijo. Y esta vez era totalmente sincero.

Gracias.

Otro silencio. Daba un poco de frío.

Verás comenzó, estoy pensando en alquilar un local para un showroom, aquí en el centro. ¿No sabrás quién está rehabilitando edificios por la zona? Alguien de fiar.

Le miré. Durante veintisiete años, fue mi instinto ayudarle, resolverle la vida.

Sonreí.

No, Víctor, no tengo ni idea.

Se le notó sorprendido. No molesto, solo sorprendido.

Bueno. Vale.

Suerte.

Igualmente.

Cada uno tiró por su acera. Llegué hasta la esquina, subí la bufanda. Hacía un fresco agradable. Desde una esquina olía a pino de los puestos navideños.

Pensé en pasarme más tarde por Casa Beltrán; hoy Sofía colgaba una exposición nueva. Sonia seguro que horneaba su tarta famosa. Sonaría quizá algo de jazz, habría risas y el resplandor de las lámparas por los grandes ventanales.

Seguí caminando.

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