El misterio que desgarraba el corazón

**El secreto que desgarraba el corazón**

Últimamente, a Jaime le parecía que sus padres le ocultaban algo importante, un secreto pesado como una losa. Esa idea lo perseguía como una sombra, apretándole el corazón con angustia. El niño de once años, con ojos claros como el cielo y pelo siempre revuelto, amante del fútbol callejero y las aventuras, se sentía perdido en sus propias dudas.

Cuando Jaime entraba en la habitación donde hablaban sus padres, su madre, Lucía, se sonrojaba de repente, y su padre, Alejandro, empezaba a contar chistes torpes o anécdotas viejas. Algo pasaba a sus espaldas, ¿pero qué? Jaime, perspicaz y observador para su edad, no encontraba respuesta. Lo había criado su abuela, Isabel Martínez, quien le enseñó a ver el mundo más allá de lo que ven los demás niños.

Para la abuela, lo importante no era si Jaime llevaba la ropa impecable o sacaba sobresalientes en el colegio. Lo que le importaba era inculcarle el amor por los libros. Creía que la buena literatura y el calor del hogar harían de él un hombre de buen corazón. Incluso cuando Jaime ya sabía leer solo, ella seguía leyéndole en voz alta, hablando de los personajes, sus decisiones y las lecciones que escondían. Su padre, Alejandro, refunfuñaba diciendo que al niño no le hacían falta «tantas fantasías», pero Isabel se mantuvo firme: los libros ayudarían a Jaime a encontrar su camino.

Jaime adoraba a su abuela y le confiaba todos sus secretos. Pero ahora, con esas sospechas royéndole por dentro, temía incluso hablar con ella. Su imaginación pintaba escenarios oscuros: ¿y si su padre no era solo ingeniero en una fábrica, sino que trabajaba para los servicios secretos? ¿Quizás era un espía y pronto lo descubrirían? Jaime se imaginaba cómo se llevarían a sus padres, cómo él y su madre y abuela tendrían que llevar paquetes a la cárcel. ¿Y si su madre también estaba metida? Entonces se quedaría solo con la abuela, mientras sus padres sufrían interrogatorios.

—No pueden ser espías— susurraba Jaime, sentado en su habitación en un pequeño pueblo cerca de Valencia. —Son demasiado buenos. ¿O los obligaron? Mamá es tan frágil, podría asustarse fácilmente…

Esos pensamientos le hacían saltar las lágrimas. Sentía pena por ellos, imaginando su sufrimiento por un secreto terrible. Su imaginación, alimentada por las novelas de aventuras que leía con su abuela, convertía cada palabra de sus padres en un código oculto. Le parecía que hablaban en un lenguaje secreto, lleno de claves. Por las noches, Jaime se quedaba despierto, sobresaltándose con cada ruido, temiendo que vinieran a por ellos. No sabía cómo ayudarlos, y eso le destrozaba el corazón.

Sus padres notaron que algo le pasaba. Estaba pálido, callado, ya no sonreía. Lo llevaron a médicos, pero estos solo se encogían de hombros: «Es la edad, el estrés, el cole». Les recomendaban que jugara más al fútbol, que pasara tiempo en familia. Pero nada funcionaba: Jaime sentía que ocultaban algo, y eso aumentaba su angustia.

Mientras tanto, Lucía y Alejandro hablaban cada vez más de cómo decirle la verdad. El secreto que guardaban se les hacía insoportable. Lo posponían, esperando el momento adecuado, pero sabían que no podían seguir así. Todo empezó con un encuentro en el supermercado. Una vecina de su antigua ciudad los reconoció y empezó a hacer preguntas. El pueblo era pequeño, y los rumores corrían rápido. Si Jaime se enteraba por otros, le romperían el corazón.

Jaime no era su hijo biológico. Lo habían adoptado cuando era un bebé. Por eso se mudaron, para empezar de nuevo y protegerlo de las habladurías. No planeaban decírselo, pero ahora no tenían otra opción.

Un fin de semana de invierno, durante el desayuno, se decidieron. La abuela, como si lo presintiera, salió con un pretexto. Lucía, jugueteando nerviosa con el mantel, comenzó:

—Jaime, tenemos que hablar contigo. Es importante…

Su voz temblaba, pero se armó de valor.

—Te adoptamos, cariño. Eras muy pequeño cuando te encontramos en el orfanato. Nos enamoramos de ti al instante.

Jaime se quedó inmóvil, mirándolos con ojos como platos. ¿Un orfanato? ¿De qué hablaban?

—Eres nuestro hijo, aunque no biológico. Te queremos, la abuela te adora, tus tíos… Todos te quieren— añadió Alejandro con firmeza.

De pronto, Jaime sonrió… y luego se echó a reír. Sus padres se miraron, desconcertados.

—¿Y eso es todo? ¡Pensaba que venían a por vosotros los espías o algo peor! ¿Puedo irme a jugar al fútbol con los chicos?

Feliz, salió corriendo, dejando a sus padres mudos de asombro. El secreto que lo atormentaba desde hacía meses no era tan terrible, y su corazón se sintió liviano de nuevo.

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