El misterio de la vieja postal
Tres días antes de que llegara a sus manos un sobre amarillento, Inés Fernández observaba en silencio Madrid desde su pequeño balcón en Lavapiés. La noche era densa, negra, carente de estrellas. Debajo, las luces de la Gran Vía titilaban entre el bullicio. Dentro del piso, tras la puerta de cristal, Sergio discutía por altavoz los detalles de una operación con algún socio.
Inés apoyó la mano contra el frío vidrio del balcón.
Estaba exhausta, pero no por el trabajoeso lo dominaba perfectamente. Era el ambiente, el propio aire de los últimos años, lo que la asfixiaba. Ese ritmo predecible en el que hasta la pedida de mano parecía una casilla más en el plan quinquenal. Un nudo de ansiedad y melancolía le oprimía la garganta. Inés sacó el móvil, abrió el WhatsApp y empezó a escribirle a una antigua amiga con la que no quedaba desde hace siglos. Ella acababa de tener su segundo hijo y vivía sumergida en el caos de biberones y gritos.
El mensaje era corto, lanzado como un suspiro, casi incomprensible visto desde fuera: A veces pienso que he olvidado cómo huele la lluvia de verdad. No esta neblina ácida de ciudad, sino esa que golpea la tierra y huele a polvo y esperanza. Quiero un milagro. Algo sencillo, de papel, de esos que puedes sujetar entre los dedos.
No esperaba respuesta. Era un grito arrojado al vacío digital, su manera de calmarse. Escribir y borrar: ni siquiera lo mandó. Su amiga habría pensado que estaba deprimida, o bebida. Un minuto después ya volvía al salón, donde Sergio terminaba la llamada.
¿Va todo bien? preguntó él, lanzándole una mirada fugaz. Pareces cansada.
Todo bien sonrió Inés. Solo necesitaba aire. Algo no sé, fresco.
¿En enero? Sergio se rió. Frescura en la playa. En mayo, si cerramos el trimestre, nos escapamos.
Volvió a su pantalla. Inés cogió el móvil y leyó la notificación de una cita confirmada con un cliente. Nada de milagros. Suspiró y se fue a preparar para dormir, repasando mentalmente la agenda del día siguiente.
***
Tres días después, organizando el correo, sintió el tacto de un sobre extraño. Cayó al suelo, pesado, rugoso y del color del pergamino envejecido. Sin sello, solo un cuño en tinta con una ramita de ciprés y su dirección. Dentro, una postal de Navidad. No de imprenta moderna, sino cálida, de esas cartulinas gruesas con relieve y virutas doradas que se pegaban en los dedos.
Que en el año nuevo se cumplan tus sueños más valientes…, leyó escrito con una letra que le estremeció el pecho.
Aquella caligrafía le sonaba. Era de Hugo, el chico de su infancia en un pueblecito de Segovia, con quien juró amor eterno. Cada verano, en casa de su abuela, vivía aventuras con él: cabañas junto al río, fuegos artificiales en agosto, cartas entre cursos. Luego la abuela vendió la casa, cada uno a estudiar por su lado, y el contacto se perdió.
La postal llevaba su dirección actual. Pero fechada en 1999. ¿Cómo era posible? ¿Un error de Correos? ¿O el universo contestaba a su lamento secreto, regalándole ese milagro que se puede sostener en las manos?
Inés canceló reuniones y dos llamadas, dijo a Sergio que iba a ver una ubicación (él ni levantó la vista del iPad) y salió hacia el coche.
Hasta el pueblo segoviano eran tres horas de viaje. Tenía que encontrar al remitente. Google decía que seguía existiendo una pequeña imprenta en el pueblo.
***
El taller Copito de Nieve no era lo que imaginaba. Esperaba una tienda de souvenirs colorida, estrecha, con olor a velas baratas. En cambio, entró en un santuario de silencio.
La puerta, al abrirse con un quejido, la dejó en una sala amplia, con el aire rico, pesado y dulce como higos maduros. Olía a madera, metal y algo picante, quizá barniz antiguo. También a chimenea. El calor flotaba entre corrientes, acariciando sus mejillas frías.
El dueño estaba de espaldas, encorvado sobre un banco bajo. Tocaba los entresijos de una antigua máquina, sólida como un animal prehistórico. El tintineo de herramientas era lo único que sonaba allí. Ni se inmutó al oír la campanilla. Inés carraspeó.
Solo entonces él se irguió despacio, estirando cada vértebra. Se volvió: bajito, de complexión compacta, en camisa de cuadros remangada. El rostro, corriente, nada memorable, salvo por los ojos apacibles. No había ni curiosidad ni servilismo, solo observación paciente.
¿Es suya esta postal? Inés dejó la cartulina sobre el mostrador.
Alejandro se acercó, sin prisa. Antes de cogerla, se limpió las manos en los pantalonesdejando rastros azuladosy la sostuvo a contraluz, como con una joya.
Nuestra afirmó. El cuño es de ciprés. Del noventa y nueve. ¿Dónde la ha conseguido?
Me llegó a Madrid. Un error de Correos, supongo Inés sonaba profesional pese al temblor interno. Quiero encontrar al remitente. Esa letra… la reconozco.
Él la miró más a fondo. Sus ojos recorrieron su corte perfecto de pelo, el abrigo beigelujoso pero inadecuado allíy el rostro donde ya ni el maquillaje ocultaba el cansancio.
¿Y para qué? preguntó. Han pasado veinticinco años. Hay tiempo para nacer, morir y olvidarse.
Yo no he muerto saltó Inés con rabia inesperada. Ni me he olvidado.
Él la escrutó como quien lee algo escrito detrás de las palabras, luego señaló un rincón con la tetera.
Tendrá frío. Tome té. Le despejará. Incluso a una madrileña.
No esperó respuesta; pronto llenaba tazas cascadas de agua hirviendo.
Así empezó todo.
***
Los tres días en aquel pueblo para Inés fueron un regreso a casa. Del ruido de la capital, al silencio donde se oía el alud del tejado. Del resplandor de las pantallas, al pulso rojo de la lumbre. Alejandro no preguntó nada, solo abrió su mundo. Vivía solo en la casa familiar, donde las tablas crujían bajo los pies como seres vivos. Todo olía a leña, mermelada y libros viejos.
Le mostró clichés de su padre: planchas de cobre con ciervos y copos; cómo mezclar las virutas doradas para que no se cayeran. Él parecía la casa: sólido, algo desgastado y lleno de tesoros discretos. Contó que su padre, prendado de su madre al verla, le envió esa postal al antiguo domicilio y nunca llegó.
Amor lanzado al vacío reflexionó ante la chimenea. Precioso, pero sin futuro.
¿Cree en lo imposible? preguntó Inés.
Bueno, él la encontró y vivieron muchos años juntos. Si hay amor, todo es posible. El resto solo creo en lo que puedo tocar. La máquina, la casa, mi oficio. El resto es humo.
En sus palabras Inés no detectó amargura, solo la aceptación del artesano que respeta al material. Ella siempre se había enfrentado al mundo, intentaba doblarlo. Allí su lucha carecía de sentido. La nieve caía cuando quería. Y Ron, el perro de Alejandro, dormía donde le apetecía.
Entre Inés y Alejandro nació una extraña cercanía. Era el encuentro de dos soledades complementarias: él hallaba en ella vitalidad y coraje; ella encontraba en él calma y autenticidad. Él veía a la niña que temía a la oscuridad y deseaba un milagro sencillo. Ella en él no veía un fracasado arraigado en el pasado, sino un guardián de tiempo, oficio y silencio. Junto a él, su ansiedad se apaciguaba, como el mar tras una tormenta.
Cuando sonó el teléfono de Sergio, Inés observaba a Alejandro, que partía leña en el patio.
Cada tronco partía con un crujido jugoso, rítmico.
¿Dónde te has metido? dijo la voz fría y monótona. Compra un árbol por el camino. El de metal se ha roto. Muy simbólico, ¿no?
Inés miró el abeto natural, decorado con bolas de cristal antiguas.
Sísusurró. Muy simbólico.
Colgó.
***
La verdad llegó el tercer día, víspera de Nochevieja. Alejandro le tendió en silencio un boceto amarillecido del álbum de su padre. El texto de aquella postal.
Lo encontré dijo con la voz apagada. No fue tu Hugo. Era mi padre. A mi madre. Nunca llegó. La historia es cíclica, ya ve.
La magia se desmoronó como purpurina entre los dedos. No había conexión misteriosa, solo la ironía cruel del destino. Inés sintió un frío punzante por dentro. Su fuga al pasado era un espejismo hermoso.
Debo irme susurró, evitando su mirada. Allí tengo todo. La boda. Los contratos.
Alejandro asintió. No intentó detenerla. Se quedó en medio de su universo de papel y memorias, hombre capaz de guardar el calor en sobres, pero incapaz de hacer frente al frío del otro mundo.
Lo entiendo dijo. Yo no hago magia. Solo imprimo tarjetas que caben en la mano, no castillos en el aire. Pero a veces, el pasado no envía fantasmas, sino espejos. Para que veamos en quién podríamos convertirnos.
Se volvió a la máquina, dejándola marchar.
Inés recogió el bolso y las llaves. Notó en el bolsillo el móvil: su atadura a la realidad de llamadas, KPI y un matrimonio insípido, medido en euros.
Cogió la manilla de la puerta, pero su mirada encontró la postal, y otra nueva, recién impresa, que Alejandro había dejado sin entregar. Llevaba de nuevo el cuño de ciprés y una frase: Que no falte el valor.
Inés comprendió. El milagro no era una postal del pasado. El milagro era ese instante. Elegir. Ese fogonazo de claridad en el cruce de caminos. No iba a elegir su mundo, ni él iba a entrar en el suyo. Pero tampoco iba a regresar con Sergio.
Salió a la noche helada, bajo las estrellas, sin mirar atrás.
***
Un año ha pasado. Diciembre de nuevo.
Inés no volvió al sector de eventos. Dejó a Sergio, y luego abrió una agencia especializada en celebraciones conscientes, íntimas, con alma y detalles cuidados. Sus invitaciones son de papel, impresas en aquel taller segoviano. No vive más despacio, pero sí con sentido. Aprendió a amar el silencio.
En Copito de Nieve ahora se celebran talleres creativos. Alejandro aprendió con ella a gestionar pedidos online, que filtra a conciencia. Sus postales son más conocidas, dan un ingreso constante, pero el oficio no ha cambiado.
No se escriben cada día, solo tratan asuntos de trabajo. Pero hace poco, Inés recibió una postal. Tenía el cuño de un pájaro al vuelo. Y dos palabras: Gracias por tu valor.







