El misterio de la vieja postal
Tres días antes de que un sobre amarillento irrumpiese en su vida, Lucía Serrano estaba de pie en el balcón de su estudio en el centro de Madrid. La noche era densa, negra, sin una sola estrella. Abajo, la Gran Vía brillaba con sus luces vibrantes y algún taxista pitaba sin motivo. Dentro, tras la puerta de cristal, Álvaro debatía en voz alta al manos así le parecía a ella los detalles de su última operación bursátil.
Lucía apoyó la mano en el vidrio frío del balcón.
Estaba agotada. No por el trabajo, que eso se lo ventilaba como una campeona. Se sentía cansada del propio aire, ese de ciudad que llevaba años respirando. De ese ritmo previsible hasta la extenuación, donde hasta la pedida de mano había encajado con exactitud milimétrica en el cronograma a cinco años vista. Tenía un nudo en la garganta, mezcla de nostalgia y silenciosa furia. Abrió el móvil, entró en WhatsApp y escribió a una vieja amiga con la que no quedaba desde que los SMS eran un lujo. Su amiga acababa de tener a su segundo hijo y vivía sumida en una jungla de juguetes y biberones.
El mensaje era breve, como un suspiro imposible de contener, y parecía absurdo desde fuera: ¿Tú te acuerdas de cómo olía la lluvia de verdad? No esta garúa urbana que lo ensucia todo, sino la que huele a tierra y a promesas. Quiero un milagro de esos sencillos. De papel. Para tocar con las manos.
No esperaba respuesta. Era un exabrupto lanzado al abismo digital. Un pequeño acto de auto-terapia. Se desahogó y ya, ligera como una pluma. Borró el mensaje antes de enviarlo; su amiga pensaría que estaba de bajón o que había regado de más el vermut. Al minuto, ya estaba de vuelta en el salón, donde Álvaro cerraba el portátil.
¿Todo bien? le lanzó él, sin soltar el móvil. Tienes cara de que te ha pasado un camión por encima.
Sí, sí sonrió Lucía. Solo necesitaba aire fresco. De ese de verdad.
¿En pleno diciembre? Álvaro soltó una risita. Aire fresco, al Atlántico. En mayo, si nos cuadra el trimestre, nos damos la fuga.
Dejó el comentario flotando en el ambiente y volvió al Excel de su portátil. Lucía cogió el suyo y vio que solo tenía un aviso: cliente confirmado para la reunión. Cero milagros. Suspiró y volvió a su rutina de listar tareas mentales para el día siguiente.
***
Tres días después, al repasar el buzón (de esos que solo contienen recibos), notó un sobre extraño. Se le resbaló y cayó al suelo. Era grueso, rugoso, color pergamino cansado. Sin sellos, solo un timbre de tinta con una ramita de olivo y su dirección. Dentro, una postal de Navidad. Ni de imprenta ni de grandes almacenes: era de esas cálidas, con relieve dorado y brillantina que se te queda pegada en los dedos.
Que en el año nuevo se cumplan tus sueños más valientes… decía, escrito a mano con una letra tan familiar que a Lucía se le encogió el estómago.
Era la letra de Guille, Guillermo el de Valsaín, su amor de verano eterno, con el que juró bajo la luna que nunca dejarían de quererse. Todos los veranos de colegio los pasaba con su abuela en el pueblo; allí vivió su primer revolcón romántico con chiringuitos y cabañas de madera junto al río y largas cartas cuando acababan las vacaciones. Pero la abuela vendió la casa, y cada uno acabó en una universidad diferente y se perdieron la pista.
El sobre tenía su dirección actual, pero la postal estaba fechada en 1999. O sea, ¿cómo? ¿Fallos de Correos? ¿O el universo contestándole el WhatsApp que ni siquiera mandó? Tal vez su grito infantil pedía a gritos un milagro de los que se pueden sobar con las manos.
Lucía no dudó. Canceló reuniones, plantó a Álvaro con la excusa de revisar un local para eventos (Vale, cariño, haz lo que tengas que hacer, respondió, absorto en sus gráficas), y se montó en el coche.
A Valsaín hay tres horas largas de carretera. Su instinto le decía que tenía que dar con ese remitente misterioso. Google le chivó que en el pueblo quedaba una imprenta minúscula.
***
La “Imprenta la Estrella”, para sorpresa de Lucía, no era la tienducha de souvenirs que esperaba: colorines, figuras de flamenco y olor a incienso barato. No, aquello era un remanso de silencio.
La puerta chirrió con desgana y de pronto se vio en un local inmenso, con un aire denso y dulce como una copa de moscatel. Olía a madera, a hierro, a un toque de barniz medio amargo. Y, cómo no, a la estufa de leña. El calor vibraba en el aire y se colaba bajo su abrigo.
El dueño, de espaldas, bregaba con un armatoste que parecía rescatado de la revolución industrial. El repiqueteo del metal era el único sonido. Ni se giró al escuchar la campana. Lucía tosió un poco.
Entonces él se irguió, con la parsimonia de un gato viejo y se giró. No era alto pero sí robusto. Camisa de cuadros arrugada y mirada tranquila, sin rastro de cliché de pueblo. Ni curiosidad ni deseo de complacer: solo observaba. Y esperaba.
¿Es suya esta postal? Lucía dejó la cartulina sobre el mostrador.
Alejandro se acercó sin prisas. Se limpió las manos en el pantalón, dejando manchas azuladas, y tras tomar la postal, la miró al trasluz como si fuera la joya de la corona.
Nuestra, sí. Ese es nuestro sello de rama de olivo. Noventa y nueve, seguro. ¿De dónde la ha sacado?
Me la enviaron. A Madrid. Cosas de Correos, supongo Lucía fingió seguridad, como buena profesional, pero por dentro se le hacía un nudo. Quiero averiguar quién la mandó. Esa letra la conozco.
Él no la perdió de vista. Reparó en su melena impecable, el abrigo beige que parecía pedir pista en Barajas, el rostro donde ni el maquillaje ocultaba la fatiga.
¿Y para qué quiere al remitente? preguntó. Han pasado veinticinco años. En ese tiempo nace la gente, muere y olvida.
Yo no me he muerto soltó Lucía, y le sorprendió su propio tono. Ni lo he olvidado.
Alejandro la miró largo, como leyendo entre líneas, y señaló con la cabeza una mesa, donde había un termo y grandes tazas cascadas.
¿Vienes helada, no? Siéntate. El té quita el frío. Incluso a las del foro.
Ni esperaba respuesta, ya estaba vertiendo el agua caliente en dos tazas.
Y así empezó todo.
***
Tres días en Valsaín fueron una cura para Lucía. Del bullicio madrileño al silencio donde el único sobresalto era el chasquido de la nieve al caer del tejado. Del fulgor de la pantalla al resplandor cálido de la estufa. Alejandro la acogió sin preguntas; vivía solo en la casa familiar, con suelos que crujían y aroma a conservas, leña y novelas antiguas.
Le enseñó clichés de su padre, planchas de cobre grabadas con ciervos y copos, y hasta le mostró cómo mezclar la purpurina para que no se cayera. Él, como la imprenta, era sólido y confiable, lleno de tesoros discretos. Le contó cómo su padre, prendado de su madre, le envió de novios una postal que nunca llegó a destino.
Amor al vacío musitó Alejandro, mirando el fuego. Bonito y absurdo.
¿Y usted cree en eso, en lo absurdo? preguntó Lucía.
Bueno al final la encontró y estuvieron juntos mil años. Yo solo creo en lo que puedo tocar, y prefiero mi imprenta, mi casa. Lo demás humo.
No había resignación en su voz, solo la quietud de quien acepta el material con el que trabaja. Lucía, en cambio, siempre había luchado por moldear la vida a su antojo. Allí, su pelea resultaba tan útil como protestar contra el invierno. La nieve caía cuando le venía en gana. Y Pancho, el perro de Alejandro, dormía donde le apetecía.
Entre ellos nació una complicidad rara. Dos almas solitarias que, al encontrarse, completaron una media naranja: él veía en Lucía la osadía; ella, en Alejandro, la serenidad. Él detectó a la niña que buscaba milagros, no a la ejecutiva abrasada; ella, al guardián de la memoria, no al atrapado en el ayer. En su compañía desaparecía la ansiedad habitual de Lucía, como la mar calma tras la tormenta.
Cuando sonó el teléfono Álvaro en pantalla, Lucía contemplaba por la ventana cómo Alejandro cortaba leña en el patio.
Lo hacía con ritmo y una gracia envidiable: cada tronco partía, ¡zas!, a la primera.
¿Dónde te has perdido? tronó la voz de Álvaro, sosa y distante. Comprando el árbol de Navidad, ¿no? El nuestro de plástico ha petado. Muy simbólico, ¿verdad?
Lucía miró al árbol de verdad, decorado con bolas antiguas de cristal.
Sí susurró. Simbólico a tope.
Y colgó.
***
La verdad se desveló el día 30. Alejandro, en silencio, le tendió un boceto amarillento del álbum de su padre. El texto exacto de la postal.
Aquí está dijo, con la voz ronca. No fue tu Guille. Lo escribió mi padre. Era para mi madre. Nunca llegó. Al final, la historia da vueltas.
El hechizo se rompió como la brillantina barata. No había magia, solo el sarcasmo de la vida. Lucía sintió frío por dentro. Su huida al pasado había sido un espejismo.
Me tengo que ir murmuró, sin mirar. Allí tengo todo. Boda, contratos.
Alejandro asintió. No trató de detenerla. Sencillamente permaneció, entre su montaña de papeles y recuerdos, el hombre que podía guardar calor en sobres, pero no vencer el invierno de otro mundo.
Lo entiendo dijo. No soy mago. Solo soy impresor. Hago cosas que se pueden tocar, no castillos en el aire. Pero a veces el pasado antepone un espejo, no un fantasma. Para que veamos lo que podríamos haber sido.
Giró hacia la imprenta, dejándole vía libre.
Lucía cogió su bolso, las llaves. El móvil, único cordón con la realidad que le esperaba más allá de la nevada, con sus KPI, videollamadas y un matrimonio cómodo, sin ruido y medido en euros.
Puso la mano en el pomo y vio, en el mostrador, las dos postales: la vieja y una nueva recién impresa, igual pero con otra frase: Que no falte valor.
Entonces lo comprendió. El milagro no estaba en el enviado del pasado. El milagro era ese instante. El cruce de caminos claro. No podía quedarse con Alejandro, ni él irse con ella. Pero tampoco volvería con Álvaro.
Lucía salió a la noche, fría y cuajada de estrellas, sin mirar atrás.
***
Ha pasado casi un año. Vuelve diciembre.
Lucía no regresó jamás al mundo de los eventos masivos. Rompió con Álvaro y fundó una pequeña agencia de celebraciones íntimas y detallistas, donde las invitaciones se imprimen en una imprenta de Valsaín. Su vida no es más lenta, pero sí tiene sentido y ha aprendido a saborear el silencio.
En la Estrella, Alejandro organiza ahora talleres creativos los fines de semana. Aprendió a aceptar encargos online, aunque los filtra sin compasión. Sus postales son más conocidas; la vida no es rica, pero tampoco apurada.
No se escriben todos los días. Hablan de trabajo, poco más. Pero hace poco, Lucía recibió una postal. Llevaba un sello de ave en vuelo y solo dos palabras: Gracias, valiente.




