Milagros… lo que se dice milagros, no hubo
Almudena salió del hospital con su hijo en brazos. Nada de milagros, vamos. Sus padres no vinieron a recogerla, ni flores ni gaitas. El sol de abril brillaba como si nada hubiera pasado; se abotonó la chaqueta, ahora suelta, agarró con una mano la bolsa con las cosas y los papeles y, con la otra, acomodó mejor al bebé. Y echó a andar.
¿Dónde? Ni idea. Sus padres habían dejado clarísimo que ese niño no pisaría su casa. Su madre le pidió el dichoso papel de renuncia, insistiendo una y otra vez. Pero Almudena, que venía de un orfanato su propia madre la dejó ahí sin mirar atrás, se había prometido que jamás haría lo mismo, le costara lo que le costase.
Su familia de acogida, pues muy maja, siempre la trataron como a una hija, quizá demasiado bien: la consentían, poco la dejaron espabilarse sola y, para colmo, estaban siempre justos de dinero y con achaques. Y claro, lo del padre del niño ahí sí que fue cosa suya y ahora lo veía. El chico parecía formal, prometió presentarla a sus padres; pero, en cuanto supo del embarazo, dijo algo así como que todavía no estaba por la labor de cambiar pañales. Se largó. El móvil dejó de contestar: ni rastro.
Almudena suspiró.
Pues nada, ni los padres del niño ni los míos están por la labor Pero aquí estoy yo, que sí, que lo saco adelante.
Se sentó en un banco, la cara al sol, como buscando respuestas en el cielo de Madrid. ¿Y ahora qué? Habían dicho en la maternidad que había centros para madres que se veían así, pero a ella le dio corte preguntar la dirección, convencida de que sus padres vendrían por ella. Pero, ya ves, ni señales.
Decidió tirar de plan B: irse a algún pueblo a casa de una abuela lejana. Seguro que la acogía; Almudena le ayudaría con el huerto en cuanto empezasen a llegarle los subsidios, y después ya encontraría algo por ahí. Al final, pensó, la vida siempre acaba torciéndose ¡pero también sonriendo si una se empeña! Sacó el móvil antiguo del bolsillo para mirar de dónde salían los autocares a la sierra, mientras hacía malabares con el niño dormido, y casi se la lleva por delante un Seat León, con el típico conductor madrileño con canas y mala leche.
Salió el hombre del coche, alto, canoso, gritando que si iba mirando por dónde andaba, que podía matarse ella y al niño, y acabar él en el talego por su culpa.
Almudena se asustó: le temblaba todo, el niño lo notó y empezó también a llorar. El hombre, viendo el panorama, se suavizó y preguntó adónde iba con el crío. Ella, entre sollozos, tuvo que reconocer que, francamente, ni lo sabía.
Ea, sube aquí, Anda, que te llevo a mi casa. Allí te calmas, y ya vemos qué se hace. Venga, que el niño está colorado y esto no es sitio. Por cierto, soy Constantino Fernández, ¿y tú?
Almudena recalcó, buscando postura.
Pues hale, Almudena, deja que te ayudo.
Constantino la llevó a su piso enorme de tres habitaciones, le cedió un cuarto y la dejó que diese de comer al niño. No tenía ni ropa para cambiarle el pañal: le pidió a Constantino que, por favor, le comprase pañales y le dio lo poco que le quedaba en euros.
Pero él se negó, tajante: que no tenía a quién gastar el dinero, que eso era lo de menos Subió corriendo a casa de su vecina Pilar, doctora en el ambulatorio, a ver si estaba y le echaba una mano. Pilar estaba libre y, tras hacer unas llamadas, le preparó una lista más larga que un lunes. Pañales, toallitas, biberones, ropa de bebé y más cosas. Constantino volvió cargadísimo.
Cuando abrió la puerta, Almudena se había quedado frita sentada, la cabeza sobre el cojín, con el bebé medio desmadrado a su lado. Se lavó las manos y se animó a cogerlo un rato para que la madre pillara un respiro.
No había ni cerrado la puerta cuando Almudena despertó asustada, al ver la cuna vacía. Constantino entró sonriendo, con el niño en brazos:
¡Pero mujer, que quería que durmieras algo! Mira, todo esto he traído
Le sacó los pañales, la ropa y le ofreció ayudarle para cambiar al bebé. Explicó que en un rato vendría la vecina Pilar a explicarlo todo, y a llamar al médico para que pasara al día siguiente.
Luego, mientras merendaban, empezó la charla:
Nada de irte a un pueblo ni de buscar abuelas. Quédate aquí: sobra espacio. Soy viudo, no tengo hijos ni nietos. Cobro la pensión y aún trabajo algunas mañanas. La soledad me mata, así que me encantaría tener compañía y familia.
¿Y ha tenido usted hijos?
Sí, Almudena, un hijo. Trabajaba de ingeniero en Castilla-La Mancha, turnos larguísimos. Mi hijo estudiaba la carrera, salía con una chica. Su último año, iban a casarse porque ella estaba embarazada. Me esperaron para hacer la boda. Pero a él le chiflaban las motos y fatal: tuvo un accidente antes de que yo volviese, y sólo llegué para el entierro. Mi esposa, desde entonces, se vino abajo y también se fue poco después. La chica se perdió por ahí; sé que iba a tener el bebé de mi hijo, pero nunca supe nada más. Por eso te lo digo, Almudena: quédate. Así siento que no todo está perdido. Ah, por cierto, ¿cómo has llamado a tu hijo?
Pues, no sé por qué, Lucas. Me gusta y no se oye mucho.
¿Lucas? Almudena así se llamaba mi hijo. Nunca te lo dije. ¡Fíjate qué coincidencia! Me has alegrado el día. Entonces, ¿te quedas?
¡Claro que sí! Mi familia adoptiva me acogió, pero han decidido que mi hijo no entra en sus planes, así que me quedé tirada. Si no fuera por ellos, igual ni estaría aquí, acabé el instituto, llegué a vivir tranquila aunque mira, del orfanato me habría tocado piso propio. Mi madre me dejó en la puerta del hospicio apenas nacer, sólo con una cadena y un medallón en la manta.
Anda, vete a cambiarte, que también te he comprado ropa, y nos ponemos a cuidar del peque y la casa. Hay que dejar limpia la bañerita, ya verás cómo Pilar te enseña a bañar al niño. Y luego a cenar, que tienes que comer bien para que no te falte leche.
Cuando Almudena salió con ropa nueva, Constantino se fijó en la cadena de su cuello y, curioso, preguntó si era la misma con que la dejaron en el orfanato. Almudena asintió y sacó el medallón. En ese momento, a Constantino le fallaron las piernas, y si no llega a estar Almudena allí, se va al suelo.
Recobrado, le pidió ver el medallón: ¿lo había abierto alguna vez? Almudena negó, decía que parecía cerrado a cal y canto.
Entonces Constantino, emocionado, explicó que encargó ese medallón para su hijo y que tenía un truco para abrirse. Se lo mostró: al abrirse, dentro había un mechón de pelo envuelto con sumo cuidado.
Son cabellos de mi hijo; yo mismo los guardé ahí. Así que eres mi nieta. El destino no se ha confundido, Almudena.
Bueno, ¿y si hacemos una prueba, para que usted no tenga dudas?
¡Nada de pruebas! Eres mi nieta, este es mi bisnieto, y aquí se acaba la discusión. Al mirarte ya veía yo algo familiar. Tengo fotos de tu madre, si quieres algún día conocer a tus padres.
Autor: Sofía Corral.







