SOY MI PROPIO REGALO
Isabel Fernández, una atractiva castaña de ojos azules, de unos cincuenta años y algo más, de figura generosa aunque acusando cierta tendencia a las curvas, se detenía frente al ventanal del suite de un hotel cinco estrellas en Marbella. Saboreaba un licor de nueces, dejándose envolver por el vaivén suave del alcohol, mientras pensaba:
Mira hasta dónde hemos llegado Divorciada, en plena madurez, sola en un hotel para enamorados. Menos mal que es un suite de lujo, no un hostal con vistas al parking. Eso ya sí que hubiese sido el colmo de la decadencia.
Convencida de que la chispa del amor se había extinguido por completo casi veinte años atrás, allá junto a los portazos adolescentes de sus hijos y la llegada de la menopausia, Isabel había decidido cortar por lo sano. Algún hombre asomaba de vez en cuando, pero aquello siempre desembocaba en esa desazón cercana a la depresión. Había llegado a la conclusión de que las relaciones ya no eran para ella.
Pero entonces se cruzó Él un caballero virtual. Sus mensajes eran tan inspiradores que le hacían ruborizarse y hasta sentarse con la espalda recta. A veces los leía varias veces, tentada de imprimirlos y colgarlos en la puerta de la nevera para recordarse, de paso, que era mejor no abrirla tanto. En ocasiones, Isabel pensaba que aquel admirador debía de acudir a tertulias literarias o tenía demasiado tiempo libre.
Volvió a ser Isa. Se compró un vestido de esos que hacen chirriar de envidia a las compañeras de trabajo, un sujetador que costaba tanto como un vuelo Madrid-París, y hasta se apuntó al gimnasio. Sus sentadillas eran tan decididas como si de ellas dependiera la paz mundial.
Si mañana me caigo muerta haciendo sentadillas, que me entierren con este vestido. Así mi ex se arrepentirá toda la eternidad bromeaba entre amigas, con un toque de acidez.
Al final, la primera cita llegó. Salió redonda. Los detalles, para el diario personal Basta decir que al mirarse después al espejo, se vio rejuvenecida y feliz. Isa había regresado.
La segunda cita, sin embargo, no salió según lo previsto. Seleccionaron un idílico pueblo costeroSitgespara darle un aire romántico al encuentro. Isabel planeó, preparó, se emocionó pero a él le dio un subidón de tensión a última hora y allí se quedó ella: sola en el hotel, en una ciudad ajena. Al parecer, los sobresaltos ya pesan más a ciertas edades. El destino parecía guiñarle el ojo: Niña, no te emociones tanto.
Sentada otra vez junto a la ventana, con otra copa de licor en la mano, intentó ponerle algo de humor:
Pues mira, no está tan mal al final. ¿Qué les voy a contar a mis nietos? Abuela, ¿cómo reviviste tu juventud? Pues, cariño, en el parking de Barajas, esperando a un señor con pastillas para la tensión. ¡Eso sí que es romanticismo español!
A la mañana siguiente, decidió darse un respiro y se fue directa al spa del hotel. Basta ya, querida, de esperar a nadie. Hoy la fiesta es para mí, se dijo frente al espejo. Allí, las esteticistas aseguraron que su piel brillaba tras el tratamiento. Y sí, había cierto resplandor aunque probablemente más por los aceites naturales que por la edad.
La excursión por la ciudad fue estupenda. El guía alto, con el pelo canoso, voz suave y envolvente, recitaba anécdotas de luchas medievales y conquistas por castillos catalanes. A su lado, una abuela en chándal no paraba de charlar, pero Isabel tenía oídos sólo para esa voz. Reflexionó: Los hombres llevan siglos batallando por ciudades, las mujeres por ser vistas. En el fondo, la vida sigue igual.
Tienes que probar la tarta de manzana, insistió el guía, llevándoles a la mejor confitería de la zona y mirándola directo a los ojos.
Y fue así: la tarta estaba para perder la cabeza. Isa casi se enamora otra vez, pero esta vez del hojaldre y las manzanas. Al menos del pastel siempre te puedes fiar, pensó divertida.
Luego tiró de tarjeta: se regaló un colgante de ámbar y un vestido turquesa que realzaba tanto el escote que hasta se guiñó a sí misma al probarlo. Dudó si tendría valor para ponérselo algún día, aunque eso no la detuvo.
En el avión de regreso, Isa echó una última ojeada por la ventanilla: el pueblo quedaba atrás y, con él, ciertas expectativas.
Quizás vuelvan a verse, o quizás no. Por suerte, la vida no acaba ahí.
Aún le esperan un armario renovado, unas vacaciones soleadas, y, quién sabe, quizás algún otro pastel. Con hombre o sin él.
Y si no es con hombre, al menos que sea con una bola de helado de vainilla, pensó, y se dejó llevar por el sueño, sonriente y en paz consigo misma.
Hoy aprendí que, para celebrar la vida, a veces solo necesitas regalarte a ti mismo la mejor compañía: tú mismo.







