El marido se fue con una maleta a casa de su madre

Miguel se ha marchado con una maleta a casa de su madre.
¿A qué cazo te refieres? se maravilló el de treinta años, Miguél.
Pues ya sabes, la comunidad, la comida, la ropa, la limpieza ¿Cuánto piensas aportar cada mes? preguntó Inés.
Y, tras la mirada incrédula de su marido, comprendió que nada.

Todo lo malo que rodeaba a Inés parecía venir de fuera: maridos infieles traicionaban a sus esposas, y viceversa; los hijos se portaban como torbellinos; las suegras eran unas tiranas que no dejaban respirar a las nueras. En su acogedor mundo, sin embargo, esas calamidades no tenían cabida. Incluso la suegra le caía bien.

Los demás, según ella, se tenían a sí mismos la culpa. Hay que tener al marido atado a la correa, educar a los niños y mantener a la suegra a distancia con la debida cortesía.

Todo iba bien hasta que la pilló a su esposo con una amiga, en el lugar y momento menos apropiados. Resulta que la casa también puede ser lugar prohibido si llegas a la hora equivocada

Fue asqueroso, bajo y vil. Además, el efecto sorpresa funcionó a la perfección: ninguno de los dos lo esperaba.

En un abrir y cerrar de ojos, Inés perdió todo: la familia, al marido y a la mejor amiga.

La víspera había preparado una caballa al horno, doradita, sobre una cama de zanahorias y cebollas fritas. Anoche cenaron deliciosa, y una porción quedó para Óscar, el arquitecto que trabajaba desde casa.

La receta de Inés era una bomba: primero la pescado se dejaba treinta minutos en una mezcla de mostaza, mayonesa, miel y especias; luego se horneaba, primero envuelto en papel de aluminio y después a la parrilla para darle el toque crujiente que tanto le gustaba a Óscar.

En la cocina, la amiga y su marido devoraban la caballa mientras reían. Él solo llevaba calzoncillos; ella una camisa que escondía lo que fuera.

En el dormitorio, la cama estaba desarmada, como sacada de una mala película.

La amiga se sonrojó, y el marido empezó a balbucear algo sin sentido: ¡Mira, Inés ha entrado y tú no estás!

Inés, con ironía, le preguntó: ¿Sin pantalones? ¿De verdad?.
¿Por qué sin pantalones? ¡Ya son calzoncillos! replicó Óscar. Así quedó claro que él sabía el lado B de la amiga

Inés se lanzó al dormitorio, agarró toda la ropa interior y la lanzó al rostro de la pareja, justo sobre la mesa donde aún quedaba el pescado grasiento.

Luego, con la frase que tanto escuchamos de los cómicos españoles, soltó: ¡Pues id a la mierda!.

Salió al salón. Tras un ruido en la puerta, el marido regresó, intentando reanimar la situación.

¿Qué pasa, mujer? Ni siquiera he quitado la ropa de la cama, ¡llego con un proyecto nuevo! exclamó.

Pues, desenróllate, que hace bochorno replicó Inés, mientras él se desvanecía como tren que toma otra vía.

Podría haber perdonado, aceptar sus juegos y fingir que todo estaba bien, porque a fin de cuentas él era un buen marido, según los rumores. Pero Inés no se lo podía ni permitir.

Recordó cómo, por la mañana, había cubierto su almohada con una manta del lado de la cama, mientras él seguía durmiendo. Cuando volvió al dormitorio, la manta estaba tirada en el suelo

Al fin, Óscar, tras el último consejo, se marchó con la maleta a casa de su madre; el piso era de Inés. La madre, una suegra amable, había quedado con una relación de distancia que resultaba más fácil de llevar.

En ese momento, el chiquitín de 28 años, el sobrino del tío, apareció con otra maleta en la puerta del pequeño piso.

La madre, sin perder la sonrisa, les ofreció una taza de café y una charla de sobremesa.

Todo aquello no ayudó a que la nueva célula social se formara. Pronto surgió la frase: ¿Cómo pudiste, desgraciada?.

A ella ya no le importaba mucho, y la suegra, tomando la mano del hijo, también decidió marcharse.

Después del divorcio, Inés no pudo volver a mirar a un hombre sin sentir náuseas; le daba vueltas la cabeza. Por suerte, no había tenido hijos, sólo habían convivido dos años. Cuando se divorció, apenas tenía veinticuatro primaveras.

El tiempo fue curando sus heridas y, a los pocos meses, apareció Damián, un chico simpático un año menor que ella. Sus encuentros pasaron a la fase íntima; él se quedaba a dormir en el piso de Inés.

Un día, Damián le pidió mudarse a vivir con ella para siempre. ¡Nos queremos, y quiero despertar a tu lado, querida! le dijo.

Era un deseo natural, pero Inés no estaba preparada. En los matrimonios felices, uno ronca y el otro no lo oye; Inés escuchaba todo.

Damián, además de roncar como una sierra, lanzaba sus piernas sobre ella, como una bailarina torpe que intenta estirarse sobre una colcha distinta.

Durante dos noches, Inés casi no durmió. Cuando le propuso que se quedara permanentemente, la irritación se apoderó de ella.

Al final, el caballero fue rechazado: Ven a cenar, pero a dormir a otro sitio. Humillado, se fue con su mochila.

Apareció Miquel, medio año después. Era bueno en la cama, pero no sabía mucho de la vida doméstica; su madre lo había criado para otra cosa. La cocina se llenó de platos sucios, él jamás lavó una taza.

Le pidió a Inés que le sacara la ropa interior y los calcetines, pero no sabía poner en marcha la lavadora. Además, vivía de los ingresos de su piso alquilado con sus padres, cobrando unos cuarenta euros al mes, que apenas le alcanzaban para sus caprichos y la pensión de su hija.

Quiso mudarse con Inés:

Quiero despertar a tu lado, Inés dijo.

Vale, pero hablemos de presupuesto y de las cuentas de la casa. ¿Cuánto piensas aportar al cazo común? respondió ella.

¿A qué cazo? se extrañó Miquel, de treinta años.

A la comunidad, la comida, la lavandería, la limpieza insistió Inés.

Él, con la mirada perpleja, no supuso que iba a pagar nada.

El piso era de Inés, así que ella se encargó de todo: lavar, cocinar, limpiar, como toda mujer acostumbrada. Miquel se quedó con la espinilla de que no quería casarse.

¿No te interesa casarte? preguntó Inés.

¿Y tú me lo propones? replicó él.

Sí, si nos esforzamos contestó, aunque la palabra esfuerzo quedaba en el aire.

Miquel desapareció, dejando a Inés con una frase: ¡Eres una bruja!.

Al poco tiempo apareció Sergio, un hombre atractivo y, sorpresa, un bebedor empedernido. Vivían juntos, él ganaba bien y se encargaba de la casa: lavaba ventanas, barriendo suelos, colgaba la ropa con gracia. Inés se sentía como en un sueño.

Pero el destino jugó otra carta: Sergio se descolgó justo antes de presentar los papeles de matrimonio. Al fin y al cabo, nada de gastar en la boda.

La futura suegra llamó llorando:

Acepta al hombre, y que sea bendito por Dios suplicó.

Inés no se dejó arrastrar. A los treinta, estaba sola y orgullosa.

Su madre la llamaba a diario, preguntando por los futuros nietos; sus amigas se preguntaban si jamás encontraría a alguien. Inés respondía con humor que no había candidatos dignos.

Se hizo compañía con una gatita, Misu, que encontró en la calle. La felina escuchaba sus penas, sin interrupciones ni consejos inútiles, solo un maullido aprobatorio, como recomiendan los psicólogos.

Luego, Inés se enamoró perdidamente de Valentín Herrera, dueño de varias farmacias, rico, independiente y sin hijos. Con él, parecía que la felicidad estaba al alcance.

Inés se había convertido en una verdadera diosa del romance; por fin, una relación dulce. La madre, al fin, sopló: ¡Los nietos están a la vuelta de la esquina!. Las amigas recibieron la noticia del próximo casamiento.

Siguieron quedando en el piso de Valentín, un lujoso dos habitaciones cerca del centro. Inés lo invitó a cenar; él prometió mudarse con ella y ya tenía las maletas listas.

Todo comenzó bien: cena ligera, bromas, caricias y miradas prometedoras. Te daré una estrella, le dijo, y él, en serio, la quería regalar.

Pero, cuando Valentín salió al baño, pateó a Misu. No fue por la ropa, ni por la silla, simplemente cruzó su camino y la empujó sin razón.

Inés quedó helada. El golpe no causó daño a la gata, pero sí fue el punto de inflexión. Valentín, con una sonrisa de todo bajo control, comentó:

¿Todo por culpa de una gatita? ¿Así que nuestra relación fue una broma?

El novio respondió con una sonrisa mordaz y, al despedirse, lanzó:

No pensé que acabarías siendo tan ¡desagradable! ¡Devuélveme los regalos!

Inés, firme, cerró la puerta de golpe, tiró el abrigo de visón sobre la escalera y los anillos a un lado.

¡Vas a arruinarte, nieta! exclamó la abuela. ¡Los niños se deben engendrar, no criar gatos como ancianas!

Inés, sin complejos, replicó: «¡Hoy se pueden tener hijos hasta los setenta!». Y, como dice el refrán castellano, «si te gustan las cerezas, aprende a escupir los huesos».

Así, Inés volvió a filtrar prospectos: buscar al marido y padre ideal para sus futuros hijos.

Algunos dirían que era una búsqueda sin sentido, pero ella, como una actriz famosa, se guiaba por el corazón. Si el bajón hormonal la afectaba, mejor callar y no envidiar.

Al final, eligió a Nicolás, un hombre de cuarenta años, divorciado, atractivo y con buenos ingresos. No era un tarro de miel, pero tampoco era barril de brea. Tenía sus defectos, como una pequeña mancha de alquitrán, pero era humano.

Nicolás se llevaba bien con Misu, que lo aceptó de inmediato, lo que a Inés le pareció un punto a favor.

Además, su madre estaba a punto de cumplir su sueño de ser abuela: la prueba de embarazo mostraba dos líneas.

Cuando Inés entró al baño y vio a Nicolás, con una charca de agua en el suelo, cruzó la zona resbaladiza sin problemas y, escupiendo la semilla de una cereza, gritó:

¡Ya voy! No me dejéis sin mí y sin Misu.

¿Será justa su decisión? Solo el tiempo lo dirá.

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