La nieve cae desde primera hora de la mañana, copos pesados y húmedos que no se deshacen, sino que se adhieren al asfalto, transformando la autopista en una cinta resbaladiza y peligrosa. Olalla mira por la ventanilla lateral del todoterreno negro, sin ser consciente ni del copo que cae ni de las luces lejanas. Toda su atención está centrada en el nudo gélido que tiene en el pecho y en la voz monótona del abogado, al otro lado del teléfono que aprieta con una mano sudorosa.
La vivienda adquirida en régimen de gananciales se reparte a partes iguales, doña Olalla. Sí. Pero el piso que su marido compró antes del matrimonio, aunque usted esté empadronada y llevéis siete años viviendo juntos, no entra en el reparto. Se queda con él.
Olalla baja el móvil despacio, apoyándolo sobre sus piernas. Siete años. Siete años convirtiendo ese cubo de hormigón en las afueras de Madrid en un verdadero hogar: eligiendo papel pintado, cortinas, pasando horas buscando por Wallapop la lámpara de pie perfecta para la esquina junto al sofá. Siete años lavando ropa, cocinando, aguantando a los amigos de Sergio hasta altas horas, soportando su temperamento complicado, celoso, posesivo. Todo, en casa ajena. En su fortaleza. Ahora, tras el derrumbe de su matrimonio, después de esa noche en la que no volvió a casa y tras descubrir en su chaqueta una barra de labios ajena y un mensaje lleno de corazones, resulta que quien termina en la calle es ella. Con su modesto sueldo de maestra y una maleta de ropa.
¿Qué, qué te ha soltado tu abogado sacacuartos? gruñe Sergio al volante, cambiando bruscamente de carril. Su rostro, antaño tan seguro y masculino, aparece ahora deformado por una sonrisa de satisfacción maligna. Él lo sabe, claro que sí. Se le nota la anticipación.
Olalla gira despacio la cabeza. Tiene los ojos abiertos de par en par en ese rostro pálido y sereno.
El piso es tuyo. Lo compraste antes del matrimonio. No me corresponde nada.
No responde. Sólo aprieta el volante con más fuerza. Se le marca la mandíbula.
Ya me suponía yo ¿Qué te esperabas, Olalla? ¿Que soy tonto, que te iba a poner media casa a nombre tuyo? Anda ya. Ya me cobijé bien las espaldas.
Ocurre algo por dentro. No es el dolor de la traición ni el rencor: eso ya quedó atrás. Es otra cosa. Un frío lúcido, una certeza. No se ha limitado a dejar de quererla. La desprecia. Todos estos años no la ha visto como esposa, sino como una ocupa momentánea, alguien a quien podía echar cuando quisiera. Él lo tenía todo bien calculado.
Has medido todos los pasos musita, sin reconocer ni su propia voz.
La vida hay que organizarla, bonita. Si es que ahora vais todas de feministas y queréis media fortuna por la cara. Pues mira, has vivido de gratis todos estos años y punto.
Tiembla sin poder evitarlo, hasta que el temblor se transforma en una calma extraña y absoluta. El hielo dentro crece, ocupa todo el espacio restante.
Llévame a casa, Sergio. Recogeré mis cosas y me iré hoy mismo.
¿Casa? escupe, sarcástico. Mi casa, será. Pero mira, ya tengo otro sitio pensado para ti. ¿Lo ves?
De repente, gira y aparca bruscamente en el arcén. Están a las afueras de Madrid, donde apenas quedan farolas y los camiones pasan a toda velocidad salpicando nieve. El parabrisas cubierto de escarcha. Por todas partes, oscuridad y un viento helador.
Baja. Airea las ideas. Piensa en tu futuro.
¿Estás loco? ¡Estamos a bajo cero y yo voy en zapatillas! Olalla, instintivamente, se encoge en el asiento.
¡Te he dicho que bajes! ruge él. Desbloquea los seguros y tira de su brazo con brusquedad. El olor de su colonia mezclada con el vino de la noche anterior le resulta repulsivo.
Ella intenta resistirse, pero Sergio es grande y está rabioso. Su puño, pesado y adornado con un grueso anillo, le golpea la sien. Ve destellos blancos, el dolor le abrasa. Otro golpe, en el hombro. Termina fuera, sobre la nieve helada, golpeándose la rodilla contra la valla de hormigón. La puerta se cierra de un portazo. El todoterreno negro arranca, le lanza a la cara una nube de nieve sucia, y desaparece absorbido por la ventisca.
Durante unos segundos permanece en el suelo, incapaz de moverse. El dolor le recorre todo el cuerpo; la mejilla y la sien insensibles. La nieve le moja la cara, y por fin llegan las lágrimas. Se incorpora tambaleándose. Lleva unas zapatillas de estar por casa, de suela fina. Solo una chaquetilla ligera cubre sus hombros. No es abrigo para el frío de Castilla.
Busca el móvil: sin batería. El cargador quedó en “su” piso. En “su” enchufe. Todo alrededor es soledad y el rugido de coches que pasan como flechas. Nadie va a parar. Nadie va a ver a esa figurita encogida en la cuneta, de noche.
El miedo es tan denso que casi se puede masticar. Lo entiende en ese instante: Sergio ha querido dejarla allí para que se enfríe, para que se entere de quién manda. O quizás simplemente porque le da igual lo que pueda pasarle.
Hay que moverse. Seguir. Olalla se da la vuelta, de cara al viento, y comienza a alejarse cojeando hacia la ciudad. Cada paso le duele en la rodilla. El frío la muerde a través de la ropa frágil. A los cinco minutos, no siente los dedos de los pies. A los diez, la cara. El vaho se congela en las pestañas. El aliento es entrecortado.
En su mente, una idea resuena clara, como una campana: Sergio se ha ido a celebrarlo. A brindar por su victoria.
Sergio en efecto se dirige a un exclusivo spa de las afueras, donde le esperan Víctor y Santiago, colegas de toda la vida, tan musculados y satisfechos como él.
¿Qué, te has quitado un peso de encima? ¿Ya tienes la casa? le espeta Víctor, brindando con un chupito.
Como una señorita. Se ha ido fresquita, a tomar el aire se burla Sergio, bajando el vaso de orujo. Relata la escena tal cual, riéndose a carcajadas y permitiéndose detalles chuscos.
¡Bien hecho, colega! ¡Que aprendan lo que es bueno! aplauden los otros. Sestean en la sauna de roble, beben brandy de cristal, piden chuletas a domicilio y cuentan chistes de mal gusto. Sergio se siente el rey del mundo. Todo medido. Es un vencedor.
Sin embargo, muy en el fondo, algo se agita de manera incómoda. El destello en la mirada de Olalla antes del golpe. No era miedo, más bien vacío. Como si ya se hubiese ido antes de que él la echase. Aparta esa idea, se sirve otro trago. La noche es suya.
Hacia las tres de la madrugada, Sergio regresa con dificultad en taxi a “su” piso, ya suyo para siempre. Le cuesta acertar con la llave, abre la puerta y enciende la luz del recibidor.
Y se queda casi sin aliento.
En el piso hay una limpieza absoluta, pero es la limpieza de un cementerio, de un museo. Todo lo que era de Olalla ha desaparecido. Las fotos, los cojines que bordaba, sus libros, las estúpidas violetas africanas del alféizar Nada. Y eso ni siquiera es lo más desconcertante.
Ha desaparecido sólo lo suyo. Con precisión de cirujana, se ha llevado exclusivamente lo que le pertenecía, lo que ella compró, trajo o eligió para su casa común.
Las cortinas del salón, las de “rosa marchita”, ya no están: las ventanas son ahora un abismo negro. De las paredes, ni pósters ni cuadros: quedan huecos y rectángulos de polvo limpio. En la cocina, fuera todas las especias, cuchillos buenos, la vajilla de cerámica que ella adoraba. Incluso ha desmontado el soporte de papel de cocina. Queda el tornillo, desnudo.
A trompicones, recorre el piso. En el dormitorio no queda mitad de nada: ni los cojines que ella eligió. El baño, vacío: ni champús, ni gomas en el grifo, ni su bata en la percha. Hasta la alfombrilla ha volado.
Se sienta en el suelo del salón, helado, mirando la pared vacía. La casa está en silencio, absolutamente vacía. No físicamente, la suya sigue ahí, pero el alma, el calor, la esencia han sido arrancadas. Ha dejado siete años en cero. Su fortaleza es ahora solo un contenedor de cemento y ventanas negras.
Recuerda aquella mirada final. Sin dolor, sin súplica. Cálculo frío, igual que el suyo. No tenía pensando quedarse helada en la carretera. Le dio la escena de debilidad que él quería. Luego, mientras él celebraba con sus amigos, volvió, tal vez en el mismo taxi en que regresaría él. Tuvo el descaro de regresar y, sin lágrimas, eliminó su rastro con meticulosidad.
Una oleada de rabia lo recorre. Se levanta, golpea la pared con el puño.
¡Maldita sea! grita, pero la casa lo absorbe. Corre a buscar el móvil, quiere llamarla, presionarla, pero ya está bloqueado su número, y el nuevo no lo tendrá jamás. ¿Y qué va a decirle, “Devuélveme mis cortinas”?
Va a la ventana. Madrid reposa abajo, extendida. Ella está en alguna parte, quizá en casa de una amiga, quizá alquilando ya con mucho esfuerzo una habitación de maestra. Allí, seguramente, sí hay violetas y cortinas feas. Aquí, solo frío. Un frío distinto al del arcén: uno interno, que cala los huesos.
Todo lo había planeado. Todo medido. Menos esto. La marcha de Olalla no fue una huida, sino la retirada de quien, antes de irse, se lleva todo lo que vale la pena y deja tierra arrasada. Él tiene su piso, completo, cada centímetro. Y ahora, ese espacio lo ahoga con el peso glacial de la ausencia.
Sergio permanece de pie frente a la ventana, observando su reflejo multiplicado en la oscuridad, hasta que se da la vuelta para buscar algo que beber. Ni vasos tiene: sólo queda uno, el viejo, robado de la oficina, con la frase “Al mejor papá”. Bebe brandy a morro, sentado en el suelo frío, en la casa que ahora sí es solamente suya.
Y afuera, lentamente, sin descanso, sigue cayendo la nieve.





