La nieve llevaba cayendo desde el amanecer en Madrid, enormes copos húmedos y pesados que no se derretían, sino que se pegaban al asfalto, convirtiendo la autopista en una cinta resbaladiza y traicionera. Elvira miraba por la ventanilla lateral del todoterreno negro, ausente, incapaz de ver la nevada ni el parpadeo lejano de las farolas. Toda su atención flotaba perdida en el hielo silencioso de su pecho y la vocecilla monótona de la abogada en el móvil, el que apretaba con la mano sudorosa.
Los bienes gananciales, comprados durante el matrimonio, se reparten a la mitad, Doña Elvira González. Así es. Pero el piso, comprado por su marido antes de casaros, aunque usted esté empadronada y haya vivido allí siete años, no se divide. Se quedará para él.
El móvil tembló en su regazo mientras lo depositaba. Siete años. Siete años dando forma a esa caja de hormigón de Vallecas: eligiendo papeles pintados, cortinas, rebuscando durante horas en internet la lámpara ideal para el rincón del sofá. Siete años lavando ropa, cocinando, soportando las interminables juergas de sus amigos hasta las tres de la madrugada, soportando el carácter celoso y pesado de Gabriel. Y todo aquello, siempre, en territorio ajeno. En su fortaleza. Ahora, cuando el castillo de naipes de su matrimonio se vino abajo tras aquella noche en que no volvió a casa y la mañana la descubrió con pintalabios ajeno y un mensaje con corazones en su chaqueta, resultaba que quien acababa expulsada sería ella. Ella, con su salario de maestra y una maleta de ropa.
¿Y bien? ¿Qué dice tu chupasangre de abogada? Gabriel viró bruscamente al adelantar, ni mirándola. Su rostro, antaño varonil, estaba contraído en una sonrisa de costumbre. Lo sabía. Sabía la respuesta. Y ya la celebraba.
Elvira le enfrentó, ojos secos y enormes en el rostro lívido.
El piso es tuyo. Lo compraste antes del matrimonio. No voy a recibir nada.
Él no contestó, sólo apretó aún más los nudillos sobre el volante, los músculos del rostro tensos como cordaje.
Eso pensaba. ¿Qué creías, Elvira? ¿Que iba a poner media casa a tu nombre? ¿Que soy idiota? Su voz era densa, satisfecha.
En su interior algo se rompió: no era dolor ni rabia, eso ya estaba superado. Era frío, nítida certeza. No sólo no la amaba. La despreciaba. La veía sólo como una inquilina temporal que podía expulsar en cualquier momento. Y él lo había planeado todo. Calculado. Fríamente, como gestor con su calculadora.
Lo tienes todo calculado, susurró ella, sin reconocerse en su propia voz.
Una vida se planifica, chiquilla. No seas ingenua. Pronto todas van a sacar tajada, y yo te he ahorrado el trámite. Has vivido de gratis, agradece eso.
Elvira, que temblaba de pies a cabeza tras el teléfono, notó cómo el temblor degeneró en calma glaciar. El hielo se esparció y la invadió entera.
Llévame al piso, Gabriel. Esta noche recojo mis cosas y me largo.
¿Al piso? Gabriel bufó. Esa es mi casa. Pero a ti ya te tengo preparado alojamiento. Míralo ahí, ¿lo ves?
Aceleró y tomando una salida, encaró el coche hacia un arcén polvoriento, a las afueras de la ciudad, donde apenas quedaban farolas y los camiones rugían a toda velocidad. La ventisca golpeaba los cristales, era la frontera de la nada, con campos pelados y un viento cortante.
Bájate. Respira aire fresco. Piensa en tu futuro.
¿Te has vuelto loco? ¡Estamos a menos seis grados! ¡Llevo zapatillas de andar por casa! Elvira se replegó contra el asiento.
He dicho que bajes, rugió él, enloquecido. El seguro central saltó. El tiró de su brazo con fuerza brutal, el perfume caro mezclado con las trazas del gin-tonic de anoche.
Elvira intentó resistirse, pero él era enorme y su furia implacable. El puño, pesado, con anillo, la alcanzó en la sien. El mundo explotó en un estallido de luciérnagas blancas y el dolor se derramó caliente. Otro golpe, en el hombro. La extrajo como un fardo, lanzándola al hielo del arcén, donde se golpeó la rodilla en un separador de cemento. El portazo resonó. El todoterreno negro se alejó arrojándole nieve sucia, tragado por el torbellino blanco.
Pasó unos segundos incapaz de moverse. El cuerpo ardía de huesos y su piel helada quedó adormecida. El llanto la empapaba por dentro y las lágrimas, por fin, brotaron y se mezclaron con la nieve que le caía sobre el rostro. Se levantó tambaleando. Llevaba puestas zapatillas de fieltro, una bata ligera: había salido corriendo tras la llamada de la abogada. El móvil en el bolsillo, pero sin batería. El cargador, en su piso. En su enchufe.
Y alrededor, nada. Ni un alma. Sólo el rugido de los camiones cruzando de largo, tragándose sin mirar la figura encogida que se movía en la cuneta, un espectro diminuto en mitad del frío madrileño.
El miedo era tan espeso que se le podía masticar. Lo comprendió: él quería que se congelara. Que aprendiera la lección. Que subsumiera su lugar en el mundo. O quizás ni lo pensó. No era un asesinato. Sólo la había tirado como a un juguete roto. Y lo demás no le importaba.
Debía moverse. Caminar. En alguna dirección. Elvira torció hacia el viento, desandando, paso a paso, el trayecto hacia la capital. Cada paso dolía por el golpe en la rodilla. El frío rasgaba la tela, atrincherándose bajo la piel con garras de acero. A los cinco minutos, dejó de sentir los pies; a los diez, la cara. El aliento se le escapaba en nubes, y el vaho se congelaba en sus pestañas.
En su mente, sólo una idea razonaba con nitidez: Se fue a celebrar. Con sus amigos. A brindar por su victoria.
Gabriel, en efecto, se fue de celebración. Aparcó en un spa de lujo en Pozuelo, donde lo esperaban sus compinches César y Tomás, amigos de la universidad, igual de corpulentos y pagados de sí mismos.
¿Qué, ya has recuperado el piso? le soltó César, brindando con una copita de licor.
Salió de mi territorio con mucha educación, pillando fresquito. Gabriel rió, sirviéndose otro chupito de orujo. El calor del licor le subió a la cabeza y a la lengua. Lo contó todo. La abogada, el golpe, la autopista. Añadió detalles procaces.
Sus colegas rieron y chocaron copas. Bien hecho, Gabriel. La mujer debe saber su sitio. Demasiadas feministas sueltas, buscando paguitas y piso. Se hincharon en la sauna, pidieron solomillo, rieron chistes zafios y se sintieron reyes del mundo. Gabriel estaba en la cima. Todo calculado. Había ganado. La vida, conquistada.
Pero en algún lugar bajo el calor, el alcohol y la arrogancia, algo viscoseaba y lo pinchaba. Un destello en la mirada de Elvira antes del golpe. Aquello no fue miedo. Fue el vacío. Como si hubiera partido antes incluso de que él la lanzara fuera. Molesto, se sirvió otro trago. La noche era suya.
Cerraron el local a las tres. Gabriel regresó en taxi, tambaleante, a su casa. Ahora sí, para siempre suya. El portal le costó abrirlo, las llaves bailaban torpes. Al encender la luz de la entrada, se quedó sin palabras.
En el piso reinaba el orden absoluto. Pero era orden de cementerio. O de museo olvidado. Todo lo que remitía a Elvira había desaparecido. Fotos, cojines bordados a mano, sus libros y las violetas que cuidaba como si fueran niños en las ventanas. Pero no era eso lo que helaba la sangre.
Sólo se llevó lo que era de ella. Sólo lo suyo. Con precisión quirúrgica, todo lo que había traído, regalado o elegido para esa vida común había desaparecido.
En el salón no había cortinas las mismas que buscó durante meses, color rosa marchita; los cuadros y pósteres de la pared, quitados, sólo quedaban las marcas de los clavos y rectángulos limpios en el polvo. En la cocina, los tarros de especias ausentes, el juego de cuchillos suyo, la vajilla de cerámica predilecta, hasta el soporte del rollo de papel había sido desmontado. Sólo quedaba el tornillo, como un recuerdo absurdo.
Avanzó tambaleante. En el dormitorio, ni rastro de ella: la mesilla vacía, media parte del armario desierta. No sólo había recogido lo suyo, había llevado también mitad de las almohadas las que eligió ella. En el baño, ni sus champús, ni la goma de pelo, ni la bata verde en la percha. Hasta la alfombrilla se llevó.
Se dejó caer en el suelo frío del salón, mirando la pared desnuda. El piso estaba, en realidad, perfectamente habitado y sin embargo, había perdido su alma. Un hueco insondable despojaba a la fortaleza de Gabriel de su calor, de su pulso, de sus siete años vividos allí. Elvira los había convertido nuevamente en cemento. Su trofeo no era haberle quitado el piso, sino habérselo dejado como era cuando era sólo un lugar vacío.
Recordó sus ojos por última vez. No había imploración, ni dolor. Sólo el mismo cálculo frío que él creyó reservarse. No planeaba quedarse a morir de frío. Le regaló el drama que esperaba, luego, mientras él ahogaba su vanidad en brandy, volvió. Tal vez en el mismo taxi que luego le trajo a él. Tuvo la osadía de entrar, recoger y vaciar cada esquina, implacable.
El odio lo sobrevino y saltó en cólera. Golpeó la pared con los nudillos. ¡Puta! gritó contra el vacío. Pero la casa, ahora toda suya, se lo tragó. Quiso llamarla, amenazar, pero su número ya no existía. ¿Y para qué? ¿Para exigirle que devolviera las cortinas?
Se asomó a la ventana: la ciudad seguía allí abajo. En algún lugar, Elvira también. Quizá en casa de una amiga, quizá, en una habitación alquilada con su sueldo de maestra. Y, seguro, el espacio que llenara era ya cálido de nuevo: sus cortinas absurdas, sus violetas. Aquí, en cambio… el frío. No el de la calle. El frío interior. Ese que se cuela en los huesos.
Él se creyó listo, prevenido. Pero nunca imaginó que ella no huiría, sino que marcharía como quien triunfa, llevándose todos los recuerdos y dejando atrás sólo la tierra arrasada del olvido. El piso, entero, era de él. Cada centímetro. Y con cada uno, caía sobre él el peso helado de su absoluta soledad.
De pie en la ventana, Gabriel contempló las cuencas negras de sus propias ventanas, reflejadas en el cristal. Luego fue a la cocina a servirse otro trago. No quedaban copas, ni platos. Sólo su antiguo vaso, aquel de Mejor papá que robó en la oficina. Bebía brandy a morro, sentado en el suelo gélido de su piso vacío, que ahora, por fin, era suyo para siempre.
Y afuera, inexorable, la nieve seguía cayendo.





